En Hch 27:27-44, vemos un contraste entre la manera vil de pensar y la locura de los marineros y soldados, y la sabiduría y el cuidado ascendentes de Pablo. Esto indica que quienes no tienen a Cristo son viles y necios. Los marineros intentaron huir del barco, pero Pablo, quien los vigilaba como rey, les impidió hacerlo.
“Como los marineros intentaban huir del barco y habían bajado el bote al mar, con el pretexto de echar anclas desde la proa, Pablo dijo al centurión y a los soldados: Si éstos no permanecen en el barco, vosotros no podréis salvaros. Entonces los soldados cortaron las cuerdas del bote y lo dejaron caer” (vs. 30-32). Pablo dijo al centurión y a los soldados que no podrían salvarse si los marineros no permanecían a bordo. Parecía que él era el responsable, dando órdenes a su “ejército” para que hiciera lo necesario.
En los versículos 33 y 34 leemos: “Cuando amanecía, Pablo animaba a todos a que comieran, diciendo: Hoy es el decimocuarto día que estáis en espera, sin comer y sin haber probado nada. Por tanto, os ruego que comáis algo; porque esto es necesario para vuestra salvación, pues ni un solo cabello de vuestra cabeza se perderá”.
Habían estado catorce días esperando que pasara la tormenta y no tenían ánimo para comer. Ahora Pablo los animó a comer, pues sería para su salvación. La palabra "salvación" también puede traducirse como "seguridad" y significa que sin comer no podrían ser rescatados de la tormenta.
Necesitaban comer para tener fuerzas y poder nadar o hacer lo necesario al llegar a tierra. El versículo 35 dice: “Habiendo dicho esto, tomó un pan y dio gracias a Dios delante de todos; y partiéndolo, comenzó a comer”. Aquí él se condujo como un rey, o al menos como cabeza de una gran familia. Dió gracias por la comida y comió.
La tormenta prevalecía, el barco era golpeado por la tempestad y temían perder la vida. Sin embargo, Pablo les dijo que recobraran ánimo, estuvieran en paz y comieran para tener la fuerza necesaria. Luego, delante de todos, comió. Todos tenían miedo y no tenían ánimo para comer. Por eso, él dio ejemplo y parecía decir: “Estoy animado y en paz. Os animo a que me imitéis, porque soy un hombre que vive a Cristo”. Al recobrar ánimo y comer, “todos recobraron ánimo y también comieron” (v. 36).
Según el versículo 37, en el barco había “en total doscientas setenta y seis personas”. Como ya hemos dicho, todos eran súbditos del reino gobernado por Pablo. En Hch 27:30 los marineros querían huir, y en el versículo 42 los soldados querían matar a los prisioneros: “El parecer de los soldados era matar a los presos para que ninguno de ellos escapara nadando”.
Sin embargo, el Señor, en Su soberanía, protegió a Pablo. “Pero el centurión, queriendo salvar a Pablo, se lo impidió y ordenó que los que supieran nadar se lanzaran primero al agua y alcanzaran tierra. Los demás, que se salvaran unos en tablas y otros en restos del barco. Y así fue como todos se salvaron en tierra” (vs. 43-44).
Lo que hizo el centurión, impidiendo a los soldados hacer lo que querían, fue nuevamente la soberanía del Señor preservando la vida de Su siervo. Debido a la soberana protección del Señor para con Pablo, todos los que estaban en el barco llegaron sanos y salvos a tierra, a una isla llamada Malta (Hch 28:1).
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