CÓMO SER ÚTIL PARA EL SEÑOR
CAPÍTULO SEIS
SEMANA 3 - JUEVES
Lectura Bíblica: Ec 5:8-20
Leer y orar: "Quien ama el dinero jamás se sacia de él; y quien ama la abundancia nunca se sacia de la renta; también esto es vanidad." (Ec 5:10)
CINCO CUESTIONES PARA NUESTRO EJERCICIO (2)
Debemos ver que toda persona salva es alguien a quien el Señor puede usar. La vida del Señor es una vida de servicio, y la vida del Señor se manifiesta en nosotros para que podamos servir. Sin embargo, nuestra habilidad para servir muchas veces no se manifiesta. ¿Cuál es la razón de esto? La razón es que la capacidad de servir, que es inherente a la vida que está en nosotros, no se ha desarrollado. Si, por amor al Señor, todos nosotros, una vez más, nos sometiéramos, nos consagrásemos, renunciáramos al futuro y fuéramos quebrantados y disciplinados, en menos de un año muchos entre nosotros se manifestarían como llamados, como obreros, presbíteros, diáconos y como aquellos que se ocuparían en los negocios, ganando dinero únicamente para el Señor.
Todos los problemas radican en el hecho de que la vida de servicio que hay en nosotros no puede abrirse paso ni tiene cómo crecer. En esta situación, el estímulo, la enseñanza y la exhortación son inútiles. En cambio, lo que necesitamos hacer es permitir que la vida que está en nosotros encuentre una salida para ser liberada.
Cierto hermano que pertenecía a una familia acomodada había seguido al Señor por mucho tiempo y también se había consagrado, pero la función de la vida, la vida de servicio, en él no se había manifestado. En la primavera de 1948, casi en la época del Año Nuevo chino, llegué a Ku-lang-yu, y los hermanos organizaron mi estancia en la casa de ese hermano. Tenía una gran mansión de estilo occidental bastante imponente, y la hospitalidad hacia mí era maravillosa. No obstante, lo más doloroso para mí era que no tenía con quién tener comunión allí. Si no fuera porque la gracia del Señor había sido establecida en mí a lo largo de los años, probablemente habría quedado sin vida.
En cada célula del ser de ese hermano estaba el dinero, y todo lo que pensaba era en el dinero. A veces me llevaba a dar un pequeño paseo por la montaña y, en el camino, me hacía muchas preguntas a las cuales él mismo probablemente sabía que yo no podría responder. ¿Cómo conversar con una persona que vive para el dinero? No obstante, dado que él era el anfitrión y yo el huésped, habría sido descortés de mi parte no responder a sus preguntas, por lo que tenía que decir algo, aunque supiera que era inútil.
El punto crucial de esta historia es que, a partir de ese momento, al menos en algunas ocasiones en mis oraciones, pedí al Señor que recordara a ese hermano. Dije: "Señor, este hermano ha recibido a Tus siervos y siervas. Me ha recibido a mí y también ha recibido a algunas hermanas de la obra. Señor, Tú necesitas visitarlo. Tú necesitas realizar una obra de gracia en él".
Sin duda, cualquier obrero naturalmente haría tal oración sin necesidad de ser exhortado a hacerlo. Aquel hermano era salvo, buscaba al Señor, se interesaba por las cosas espirituales y tampoco tenía ningún problema en la vida de la iglesia, pero el gran problema era que se había dejado llevar por el dinero y se había convertido en una caja fuerte. Así, la vida de Cristo en él estaba restringida. Por esta razón, aunque era salvo y se interesaba por las cosas espirituales, la vida de servicio no podía manifestarse a través de él.
Un sacrificio que debía ser presentado a Dios, primero, tenía que ser llevado al altar, luego sacrificado, cortado en pedazos, desollado, preparado de varias formas y, finalmente, consumido por el fuego y ofrecido a Dios. Así, todos los procedimientos venían después de que el sacrificio hubiera sido llevado a la consagración. En otras palabras, nuestra consagración puede considerarse la base de cómo el Señor trata con nosotros.
¿Por qué? Según un razonamiento simple, el Señor debería haber comenzado a tratar con nosotros justo después de ser salvos para empezar a manifestarse en nosotros cada vez más. Sin embargo, muchos de nosotros no lo aceptamos ni estuvimos de acuerdo con ello. Dado que el Señor nunca nos obliga a hacer nada, Él intenta atraernos y conmovernos para que nos consagremos y digamos: “Oh Señor, acepto Tu disciplina y Tu quebrantamiento”. Tal reacción de nuestra parte es nuestra consagración; nuestra consagración es nuestra reacción.
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