CAPÍTULO 7
SEMANA 2 - MIÉRCOLES
Leer y orar: "sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Cristo Jesús, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, porque por las obras de la ley nadie será justificado." (Gálatas 2:16)
entregados a un profundo sueño; es despreciado por Formalista
y por Hipocresía; sube el Desfiladero de la Dificultad; pierde el diploma y lo vuelve a hallar.
TERMINADA esta escena, Cristiano prosiguió su camino, y al bajar la ladera del monte en cuya cima ocurrieron los hechos que acabo de relatar, vio, a poca distancia del sendero, a tres individuos llamados Ingenuo, Pereza y Presunción, profundamente dormidos y con los pies atados por cadenas de hierro.
Se acercó a ellos para despertarlos, y les gritó: Despertad, que sois como los que duermen en la punta de un mástil (Proverbios 23:34), teniendo a sus pies el Mar Muerto, que es un abismo sin fondo. Levantaos y venid conmigo, que os ayudaré a libraros de esas cadenas, porque si pasa por aquí el león rugiente, sin duda caeréis en sus terribles garras (1 Pedro 5:8).
Los tres despertaron; miraron a Cristiano, pero no prestaron atención a lo que decía. No veo que haya peligro alguno, dijo Ingenuo. Déjame dormir un poco más, añadió Pereza, y Presunción le dijo que no se metiera en su vida y que dejara en paz a quien estaba tranquilo. Y siguieron durmiendo, dejando que Cristiano continuara su camino.
Este siguió caminando, aunque triste y afligido al ver que aquellos hombres, en tan inminente peligro, se negaban, con tal obstinación, a aceptar la generosa oferta que les había hecho, de ayudarles a librarse de sus cadenas, después de haberlos despertado de su funesto sueño y de haberles dado saludables consejos.
Entregado a estos pensamientos, caminaba Cristiano, cuando de pronto, con gran sorpresa, vio saltar del muro que protegía el camino angosto a dos hombres que, aparentemente, se dirigían hacia él; se llamaban Formalista e Hipocresía. Al llegar junto a Cristiano, se entabló entre ellos el siguiente diálogo:
Cristiano – ¿De dónde venís, señores, y a dónde vais?
Formalista e Hipocresía – Somos naturales de la tierra de Vanagloria, y vamos en busca de alabanzas al monte Sion.
Cristiano – ¿Pero cómo no entrasteis por la puerta que está al comienzo del camino? ¿Ignoráis que está escrito: "El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ese es ladrón y salteador"? (Juan 10:1)
Formalista e Hipocresía – La gente de nuestro país considera, y con razón, que es necesario dar un gran rodeo para llegar a la puerta, y sabe que es más fácil saltar el muro. Es verdad que, actuando así, transgreden la voluntad revelada del Señor, pero tienen esta costumbre desde hace más de mil años, y ya sabéis que la costumbre hace la ley.
No cabe duda de que, si esta cuestión se llevara ante un tribunal, un juez imparcial fallaría a nuestro favor. Además, de lo que se trata es de entrar en el camino; por dónde se entra es lo de menos. Vosotros entrasteis por la puerta, nosotros saltamos el muro; pero lo cierto es que todos estamos en el camino, y no entendemos que haya ventaja de vuestro lado.
Cristiano – No puedo estar de acuerdo con vosotros. Yo sigo la regla establecida por el Amo, y vosotros os dejáis guiar por los impulsos de vuestros caprichos, siendo considerados, con toda razón, por el Señor del camino, como unos salteadores. Estoy absolutamente convencido de que al final de vuestro viaje no seréis tenidos por hombres de fe y de verdad. Entrasteis sin la aprobación del Señor, saldréis sin su misericordia.
Formalista e Hipocresía – Puede que todo lo que decís sea muy cierto, pero lo mejor es que cada uno se ocupe de sí mismo y deje en paz a los demás. Que sepáis que guardamos las leyes y los mandamientos tan escrupulosamente como vosotros, y la única diferencia que hay entre nosotros es ese vestido que lleváis, probablemente porque alguien os lo dio para cubrir la vergüenza de vuestra desnudez.
Cristiano – Os equivocáis rotundamente si pensáis que las leyes y los mandamientos os salvarán, y no habéis entrado por la puerta estrecha (Gálatas 2:16). Este vestido, que ha llamado vuestra atención, me lo dio el Señor para cubrir mi desnudez, y lo tengo por una gran muestra de su bondad, pues antes no tenía sino harapos.
Cuando llegue a la puerta de la ciudad, Él me reconocerá como digno de entrar, por este vestido que me regaló el día en que me limpió de mi miseria. Además, llevo en la frente una señal que quizá aún no habéis notado, la cual me fue impuesta por uno de los amigos más íntimos del Señor, el día en que cayó de mis hombros el fardo que tanto me oprimía.
Y también tengo un diploma sellado, que igualmente me fue entregado, con el doble propósito de consolarme con su lectura durante la jornada y servirme de presentación para ser admitido en la Ciudad Celestial. Sospecho que todas estas cosas os harán falta, y no las tenéis porque no entrasteis por la puerta.
Ellos no respondieron a estas palabras de Cristiano; solamente se miraron el uno al otro y sonrieron. Después que los tres prosiguieron por el camino, Cristiano iba delante, hablando consigo mismo, ora triste, ora consolado y satisfecho, y leyendo de vez en cuando el diploma que había recibido y que tanto vigor le proporcionaba.
Así llegaron al pie de un desfiladero donde había una fuente, y además del camino que comenzaba en la puerta, había otros dos senderos llamados Peligro y Muerte Eterna. El camino que atravesaba el desfiladero se llamaba Dificultad. Cristiano se acercó a la fuente (Isaías 55:1), bebió y se refrescó.
Después comenzó a subir el desfiladero por el camino Dificultad, diciendo: El camino es empinado y áspero, pero conduce directamente a la vida: es preciso envidar¹ en esta empresa todo esfuerzo y decisión. ¡Ánimo, corazón mío, no te asustes ni vaciles; es mejor seguir por el camino verdadero, aunque escabroso, que tomar el más fácil, que conduce a la desgracia eterna!
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¹ Empeñar, aplicar
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