CAPÍTULO 7
SEMANA 2 - JUEVES
Leer y orar: "Por lo cual dice: Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo." (Ef 5:14)
Los otros caminantes también llegaron al comienzo del desfiladero, pero al contemplar aquellos peñascos y riscos, y ver que había otros dos caminos mucho más fáciles, que probablemente llevaban al mismo lugar donde terminaba aquel por el que avanzaba Cristiano, decidieron tomar cada uno el suyo.
Así, uno fue por el camino del Peligro, internándose en un bosque tenebroso; el otro tomó el de Muerte Eterna, que lo condujo a un campo extenso, lleno de montañas oscuras, donde tropezó y cayó para no levantarse jamás.
Volví mi mirada hacia Cristiano, para contemplarlo en su peligrosa ascensión.
¡Qué esfuerzo! ¡Qué fatiga la suya! No podía correr, y había momentos en que hasta caminar le era difícil, debiendo ayudarse con las manos. Por fortuna, había a medio camino un lugar de descanso, preparado por el Señor del camino para el consuelo y refrigerio de los viajeros fatigados. Al llegar allí, Cristiano se sentó a descansar.
Sacó del bolsillo su diploma, para recrearse y consolarse con su lectura, y para examinar el vestido que le habían dado al pie de la cruz. Pero, mientras descansaba, le sobrevino el sueño, durante el cual el diploma se le cayó de las manos, y no despertó sino cerca de la noche. Aún dormía, cuando alguien se acercó y le dijo: "Ve, perezoso, a la hormiga, mira sus caminos, y sé sabio" (Proverbios 6:6). A esta advertencia despertó y se levantó de inmediato, continuando su marcha con mayor prisa, hasta llegar a la cima del monte.
Cuando ya iba llegando, le salieron al encuentro Temeroso¹ y Desconfianza, que corrían de regreso. —¿Por qué volvéis atrás? —les preguntó Cristiano.
Temeroso — Íbamos a la ciudad de Sion, habiendo ya vencido las dificultades de este desfiladero; pero, a medida que avanzábamos, encontrábamos mayores obstáculos, hasta el punto de parecernos más prudente retroceder y abandonar la empresa.
Desconfianza — Es la pura verdad. A poca distancia de aquí encontramos dos leones en el camino; si dormían o estaban despiertos no lo sabemos, pero temimos acercarnos, porque podrían despedazarnos.
Cristiano — Vuestras palabras me atemorizan; pero ¿a dónde podría yo huir, con seguridad? Si regreso a mi país, mi ruina es segura, porque aquella tierra está condenada al fuego y al azufre; pero si logro alcanzar la Ciudad Celestial, estaré seguro para siempre. ¡Adelante, pues, tengamos confianza! Retroceder es ir al encuentro de la muerte cierta; avanzar es solo temer la muerte, pero con la vida eterna en perspectiva. ¡Adelante, pues!
Y continuó su camino, mientras Temeroso y Desconfianza descendían el monte.
Sin embargo, las palabras de aquellos dos individuos lo preocupaban, y, para animarse y consolarse, buscó en su pecho el diploma, ¡pero no lo encontró! Grande fue su aflicción y confusión al faltarle aquel diploma que tanto lo consolaba y era su salvoconducto para entrar en la Ciudad Celestial.
Recordó entonces que había dormido en el camino y, cayendo de rodillas, pidió perdón al Señor, y volvió atrás, en busca del documento que había perdido. ¡Pobre Cristiano! ¿Quién podrá expresar la amargura que le embargaba el alma? Suspiraba, derramaba abundantes lágrimas, y a sí mismo se reprendía por haber cometido la insensatez de haberse dejado vencer por el sueño en un lugar destinado únicamente al descanso y refrigerio.
Miraba cuidadosamente a un lado y al otro del camino, buscando su diploma, y así llegó al sitio donde se había dormido. Allí su dolor se hizo más intenso, y se agravó la herida de su pesar al contemplar el lugar que le recordaba una desgracia tan sensible (Apocalipsis 2:4-5; 1 Tesalonicenses 5:6).
Prorrumpió en los siguientes lamentos: ¡Miserable y desdichado de mí! ¡Dormirme durante el día! ¡Dormir en medio de tantas dificultades! ¡Consentir con la carne y darle descanso en un lugar destinado solamente al reposo momentáneo de los viajeros! Así les ocurrió a los israelitas, que, por sus pecados, fueron obligados a volver por el camino del Mar Rojo.
¡Infeliz de mí! que me veo obligado a dar estos pasos con tanto dolor, lo cual no habría sucedido si no hubiese cedido a ese sueño de pecado; ¡cuán avanzado estaría ya en mi camino! Tener que recorrer tres veces el tramo que solo una vez debía haber andado; y, lo que es peor aún, ¡ser probablemente sorprendido por la noche, porque el día está por terminar! ¡Cuánto mejor me habría sido resistir al peso del sueño!
Absorto en estos pensamientos, llegó al lugar de descanso. Se sentó por algunos momentos, para dar libre curso a su llanto, hasta que, finalmente, permitió la Providencia que, al volver la mirada en torno al banco donde estaba sentado, se encontrara con el diploma; lo recogió presuroso y volvió a guardarlo junto a su pecho.
Me sería imposible describir el júbilo que se apoderó de este hombre al verse nuevamente en posesión de aquel precioso documento, garantía de su vida y salvoconducto para el puerto que anhelaba. Lo guardó en su pecho, dio gracias a Dios por haberle permitido encontrarlo, y, llorando de alegría, reemprendió el camino, ya sonriente y ligero, aunque no tanto como para evitar que el ocaso del sol lo sorprendiera antes de llegar a la cima del monte.
¡Funesto sueño! —decía Cristiano en medio de su dolor— tú fuiste la causa de que ahora tenga que hacer mi jornada de noche. El sol ha dejado de alumbrarme. Mis pies no sabrán qué camino pisan, y a mis oídos solo llegarán los rugidos de los animales nocturnos. ¡Ay de mí! Es de noche cuando los leones que Temeroso y Desconfianza encontraron en el camino salen en busca de su presa. Si los hallo en medio de las tinieblas, ¿quién me salvará de sus garras? (Apocalipsis 3:2; 1 Tesalonicenses 5:7-8).
Tales eran los pensamientos de Cristiano. Sin embargo, al levantar la vista, vio un magnífico palacio, situado justo frente al camino, el cual se llamaba el Palacio Hermoso.
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¹ que tiene temor; que teme equivocarse; miedoso, tímido. Alguien que se muestra vacilante, retraído.
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