jueves, 26 de junio de 2025

El Peregrino, semana 2, viernes, capítulo 8

EL PEREGRINO
EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 8

SEMANA 2 - VIERNES

Leer y orar: “Mi Dios envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones para que no me hiciesen daño, porque ante él fui hallado inocente; y aun delante de ti, oh rey, yo no he hecho nada malo.” (Dn 6:22)


Cristiano pasa ileso entre los leones,
y llega al Palacio Hermoso, donde es recibido
afablemente y tratado con la mayor atención y cariño.

VI, en mi sueño, que al ver el palacio, Cristiano apresuró el paso, con la esperanza de encontrar allí alojamiento. Pero antes de llegar encontró un pasaje muy estrecho, a unos cien pasos del palacio, y vio, a cada lado del camino, un terrible león. He aquí el peligro, dijo Cristiano para sí mismo, que obligó a Temeroso y Desconfianza a retroceder. (Los leones estaban con gruesas cadenas, pero Cristiano no lo notó). Y también yo debo retroceder, porque veo que aquí solo la muerte me espera. Pero el portero del palacio, cuyo nombre era Vigilante, al notar la indecisión de Cristiano, le gritó:

— ¿Tienes tan pocas fuerzas? (Marcos 4:40). No temas a los leones, porque están encadenados, y están allí solo para probar la fe o la incredulidad; pasa por el medio del camino, y ningún mal te sobrevendrá.

Cristiano decidió entonces pasar. Aunque temblando de miedo, cumplió estrictamente las instrucciones de Vigilante, y, aunque oyó los rugidos de las dos fieras, no recibió daño alguno de ellas. Aplaudió de alegría, y en cuatro saltos, llegó a la portería del palacio, y así interrogó a Vigilante.

Cristiano — ¿A quién pertenece este palacio? ¿Me permitirán pasar la noche aquí?

Vigilante — Este palacio pertenece al Señor del Desfiladero, y fue construido expresamente para servir de descanso y refugio a los caminantes. Y tú, ¿de dónde vienes y hacia dónde vas?

Cristiano — Vengo de la ciudad de la Destrucción y me dirijo al monte Sion; fui sorprendido por la noche y deseaba pasarla aquí, si no hay inconveniente.

Vigilante — ¿Cómo te llamas?

Cristiano — Ahora me llamo Cristiano; antes me llamaba Privado-de-Gracia. Soy de la descendencia de Jafet, a la cual Dios persuadió a habitar en las tiendas de Sem (Génesis 9:27).

Vigilante — Llegas muy tarde. Hace mucho que el sol se ha puesto.

Cristiano — Me sucedieron grandes infortunios. Primero, me dejé vencer por el sueño en el lugar de descanso, que está en la ladera del desfiladero. A pesar de eso, podría haber llegado aquí más temprano si, mientras dormía, no hubiera dejado caer de mis manos mi diploma, cuya falta solo noté cuando llegué a la cima del monte. Tuve que volver atrás, y doy gracias a Dios por haber permitido que encontrara el precioso documento. Estas son las causas de mi demora.

Vigilante — Está bien. Ahora voy a llamar a una de las doncellas que habitan el palacio, para hablar contigo y presentarte al resto de la familia, según la costumbre de la casa, si le agrada tu conversación.

Tocó una campanilla, al sonido de la cual apareció una doncella, grave y hermosa, que se llamaba Discreción, y que se dispuso a preguntar por qué la llamaban.

Vigilante — Este hombre es un caminante que, desde la ciudad de la Destrucción, se dirige al monte Sion. La noche lo sorprendió en el camino, y está muy fatigado; desea saber si podrá recibir alojamiento aquí esta noche. Discreción lo interrogó sobre su jornada y los acontecimientos ocurridos durante ella, y como recibió respuestas satisfactorias a todo lo que deseaba saber, le preguntó:

Discreción — Dígame su nombre.

Cristiano — Me llamo Cristiano. Y, como me dijeron que este edificio fue construido expresamente para seguridad y refugio de los caminantes, deseaba que me permitieran pasar aquí la noche.

Discreción sonrió, mientras algunas lágrimas deslizaban por sus mejillas, y añadió: Déjeme llamar a algunas personas de mi familia. Y llamó a Prudencia, Piedad y Caridad, que después de hablar con él durante algunos momentos, lo introdujeron en el palacio.

Muchos de sus habitantes salieron a recibir a Cristiano, cantando: Entra, bendito del Señor; para caminantes como tú fue edificado este palacio. Cristiano les hizo una reverencia, y los siguió al interior de la casa. Se sentó, y le sirvieron una ligera comida, mientras se preparaba la cena. Y, para aprovechar el tiempo, entablaron el siguiente diálogo:

Piedad — Buen Cristiano, has presenciado el cariño y benevolencia con que te hemos tratado; cuéntanos, pues, para nuestra edificación, algunas aventuras de tu viaje.

Cristiano — Con mucho gusto. Y me alegra veros tan bien dispuestos conmigo.

Piedad — Cuéntame cuál fue la causa que te movió a emprender esta peregrinación.

Cristiano — Lo que me obligó a dejar mi patria fue una voz tremenda que continuamente clamaba a mis oídos: Si no sales de aquí, infaliblemente perecerás.

Piedad — ¿Por qué escogiste este camino?

Cristiano — Porque así lo quiso Dios. Yo estaba temblando y llorando, sin saber hacia dónde huir, cuando me salió al encuentro un hombre, llamado Evangelista, que me encaminó a la puerta estrecha, que yo, solo, nunca habría encontrado, y me indicó el camino que directamente me trajo a este lugar.

Piedad — ¿Y pasaste por la casa del Intérprete?

Cristiano — Pasé, y por mucho que viva jamás olvidaré las cosas que allí aprendí, principalmente tres:

  1. Cómo Cristo mantiene en el corazón la obra de la gracia, a pesar de los esfuerzos de Satanás;

  2. Cómo el hombre, por el exceso de sus pecados, llega a desesperar de la misericordia de Dios;

  3. La visión de quien, soñando, presenciaba el juicio universal.

Piedad — ¿Oíste contar ese sueño?

Cristiano — Lo oí, y era, en verdad, terrible. Ahora, sin embargo, me alegro mucho de haberlo escuchado.

Piedad — ¿Y no viste nada más en casa del Intérprete?

Cristiano — Vi un magnífico palacio, cuyos habitantes estaban vestidos de oro. En la entrada del palacio vi a un hombre valiente que, abriéndose paso entre la gente armada que se le oponía, logró entrar, al mismo tiempo que oía las voces de los habitantes, que lo animaban a conquistar la gloria eterna. Con gusto me habría quedado un año entero en aquella casa, pero aún tenía mucho que andar, y por eso partí de allí y continué mi camino.

Piedad — ¿Y después, qué viste?

Cristiano — Apenas había andado un poco, cuando vi a un hombre clavado en una cruz, todo lleno de heridas y de sangre. Al verlo, cayó de mis hombros un peso muy incómodo, bajo el cual iba gimiendo. Fue grande mi sorpresa, porque nunca había visto cosa semejante. Y, mientras, admirado, miraba a aquel hombre, se me acercaron tres personajes resplandecientes; uno me dijo que mis pecados quedaban perdonados; otro me quitó los andrajos que me cubrían, y me dio este espléndido vestido que ves, y, finalmente, el tercero me selló en la frente y me dio este diploma.


Disfrute más:

Himno 416 "Guerra Espiritual - Por Dios como Castillo"

https://hinario.org/detail.php?id=965

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