jueves, 26 de junio de 2025

El Peregrino, semana 2, sábado, capítulo 8

EL PEREGRINO
EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 8

SEMANA 2 - SÁBADO

Leer y orar: “Pero anhelaban una patria mejor, esto es, celestial. Por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse su Dios; porque les ha preparado una ciudad.” (Hebreos 11:16)


Cristiano en el Palacio Hermoso (1)

Piedad – Continúa. Algo más habrás visto.

Cristiano – Ya os referí lo principal y lo mejor. También encontré a tres individuos, Simpleza, Pereza y Presunción, dormidos fuera del camino, con cadenas en los pies y a quienes en vano intenté despertar.

Encontré después a Hipocresía y Formalista, que saltaron por encima del muro, pretendiendo ir a Sion; pero se perdieron poco después, por no querer escucharme. También hallé muy penosa la subida del desfiladero, y aún más terrible el paso entre las bocas de los leones. Si no fuera por el portero, que me animó con sus palabras, tal vez habría retrocedido. Pero, gracias a Dios, he aquí que estoy felizmente aquí, y os agradezco la hermosa hospitalidad que me brindáis. Prudencia, tomando entonces la palabra, le preguntó:

Prudencia – ¿No piensas algunas veces en el país que dejaste?

Cristiano – Sí, señora, aunque con mucha repugnancia y vergüenza. Si lo hubiera deseado, podría haber regresado, porque tuve suficiente tiempo y ocasión para hacerlo; sin embargo, anhelo una patria mejor, la patria celestial (Hebreos 11:15-16).

Prudencia – ¿No traes contigo algunas cosas con las que estabas familiarizado antes de partir?

Cristiano – Traigo, sí, señora; pero muy contra mi voluntad, especialmente mis pensamientos carnales, que tanto me agradaban a mí y a mis compatriotas. Ahora, sin embargo, todas esas cosas me pesan tanto que, si sólo dependiera de mi voluntad, nunca más pensaría en ellas. No obstante, cuanto más deseo hacer lo mejor, tanto más hago lo peor (Romanos 7:15-21).

Prudencia – ¿Y no sientes, algunas veces, casi vencidas las cosas que, en otras ocasiones, te llenaban de confusión?

Cristiano – Lo siento, pero pocas veces; aun así, cuando eso sucede, me parece que esas horas son para mí de oro.

Prudencia – ¿Y recuerdas los medios por los cuales vences esos males en tales ocasiones?

Cristiano – ¿Que si los recuerdo? Cuando medito en lo que vi, y en lo que pasó junto a la Cruz; cuando contemplo este vestido bordado; cuando me alegro al mirar este diploma, y cuando pienso en lo que me espera, si tengo la dicha de llegar al lugar hacia el que me dirijo, entonces me parece que esos males, que tanto me afligen, desaparecen por completo.

Prudencia – ¿Y por qué motivo anhelas tanto llegar al monte Sion?

Cristiano – ¡Oh! porque espero encontrar allí, vivo, a Aquel que hace poco vi clavado en la cruz; espero, cuando llegue, verme libre de lo que tanto me oprime ahora, porque allí no entra la muerte, y porque tendré en ese lugar la compañía que más me agrada (Isaías 25:8; Apocalipsis 21:3-4). Amo mucho a Aquel que, con su muerte, me libró de la carga que me agobiaba. Mis enfermedades interiores me han afligido mucho. Deseo llegar al país donde no habrá más muerte, y anhelo tener compañeros como los que están cantando sin cesar: ¡Santo, Santo, Santo! Caridad tomó entonces la palabra:

Caridad – ¿Tienes familia? ¿Estás casado?

Cristiano – Tengo esposa y cuatro hijos.

Caridad – Entonces, ¿por qué no los trajiste contigo?

Cristiano – (Llorando). Con la mejor voluntad los habría traído; pero, lamentablemente, los cinco eran contrarios a mi viaje, y se opusieron a él con todas sus fuerzas.

Caridad – Pero debiste haberles hablado, y haberte esforzado por convencerlos del peligro que corrían.

Cristiano – Así lo hice, mostrándoles también lo que Dios me había revelado acerca de la ruina de nuestra ciudad. Pero me juzgaron loco, y no me escucharon (Génesis 19:14); señalando que acompañé este consejo con ferviente oración al Señor, porque amaba mucho a mi esposa y a mis hijos.

Caridad – Supongo que les hablaste con bastante energía de tu dolor y del miedo que tenías de la destrucción, porque creo que veías claramente cuán inminente era tu ruina.

Cristiano – Y, en verdad, así lo hice, no una, sino muchas veces, y, además, mi temor era muy evidente en mi semblante, en mis lágrimas y en el miedo que me inspiraba la idea del juicio que pesaba sobre nuestras cabezas. Pero nada fue suficiente para persuadirlos a que me siguieran.

Caridad – ¿Y qué razones alegaron para no seguirte?

Cristiano – Mi esposa temía perder este mundo, y mis hijos estaban totalmente entregados a los placeres de la juventud; he ahí el motivo por el cual me dejaron emprender solo mi viaje.

Caridad – ¿Y no serías tú quien, por tu vida vana, inutilizabas los consejos que les dabas para que te siguieran?

Cristiano – Es verdad que nada puedo decir en defensa de mi vida, porque sé cuán imperfecta ha sido, y también sé que cualquier hombre puede anular, con su conducta, lo que procura persuadir a otros con sus palabras, para su bien. Pero lo que puedo asegurar es que evitaba cuidadosamente darles ocasión, con cualquier acción inconveniente, para que ellos se negaran a acompañarme en mi peregrinación; tanto es así que me acusaban de exagerado y de privarme, por causa de ellos, de cosas que, a su parecer, no tenían ningún mal; y puedo añadir aún que lo que veían en mí era mi gran preocupación por no pecar contra Dios y por no causar daño a mi prójimo.

Caridad – Es cierto que Caín aborreció a su hermano (1 Juan 3:12), porque las obras de Abel eran buenas, y las de él malas; y esa fue la causa por la cual tu esposa y tus hijos se enemistaron contigo; se mostraron, con ese proceder, implacables para con el bien, y tú libraste tu alma de la sangre de ellos (Ezequiel 3:19).


Disfrute más:

Himno 439 “La salvación familiar”

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