viernes, 18 de julio de 2025

El Peregrino, semana 6, domingo, capítulo 17

El Peregrino

La travesía del cristiano
a la Ciudad Celestial

Capítulo 17

Semana 6 – Domingo

Lee y ora: “Escucha, oh Dios, en los cielos; perdona el pecado de tus siervos y del pueblo de Israel, y enséñales el camino recto por donde andarán; y da lluvia sobre tu tierra, que diste por heredad a tu pueblo.” (2 Crónicas 6:27)


Cristiano y Esperanza
caen en poder del Adulador

Esperanza – Ojalá hubiese aparecido Grande‑Gracia para su bien.

Cristiano – Pero fíjate que el propio Grande‑Gracia habría tenido bastante trabajo con ellos; porque, aunque manejara bien las armas y los mantuviera en una suerte de pausa momentánea cuando le atacaban desde lejos, si lo atacaban de cerca —es decir, si Desconfianza, Cobardía y aquel otro lograban apoderarse de él— no haría falta mucha fuerza para derribarlo. Y cuando un hombre está en el suelo, bien sabes que poco vale.

Las cicatrices y las heridas que marcan el rostro de Grande‑Gracia dan prueba de lo que digo. E incluso he oído que en cierto combate llegó a desesperar de la vida. ¡Cuántos gemidos, cuántos lamentos le arrancaron estos tres malvados a David (Salmo 88)!

Heman y Ezequías, aunque fueran campeones, también tuvieron que hacer grandes esfuerzos cuando fueron asaltados por ellos, y pasaron por momentos muy duros. Pedro, a quien algunos llaman el Príncipe de los apóstoles, quiso demostrar su valentía, pero ellos lo sometieron de tal forma que hasta una pobre mujer lo hizo temblar (Lucas 22:55‑57).

Además, su rey está siempre presente para oírlos y, si algún peligro los amenaza, acude al instante en su auxilio. De ese rey se dice:
«Aunque le alcance espada, no podrá contra él,
ni lanza ni coraza;
porque estima el hierro como paja,
y el acero como madera podrida.
La flecha no le hará huir,
las piedras de la honda se tornarán paja.
Considerará el hierro como hojarasca,
reirá al tronar de la lanza.» (Job 41:26‑29)

¿Qué podrá hacer el hombre en tales circunstancias? Es verdad que si en todo momento un hombre pudiera disponer de un caballo como el de Job, y tuviera valor y pericia para manejarlo, haría cosas maravillosas; porque:
«El aire bronceante exhalan sus narices,
hunde en tierra sus pezuñas;
ruge contra los guerreros,
no teme trompeta ni clamor de soldado;
arrojando fuego, relincha con ardor…» (Job 39:20‑25)

Pero los simples peones, como tú y como yo, nunca deberían desear encontrarse con un enemigo así, ni gloriarse de que otros hayan sido vencidos, ni confiarse en nuestra propia fuerza, porque aquellos que proceden así generalmente son los que peor salen de la prueba. Pedro, del que hablé hace poco, quería alardear… sí, quería decir, según su corazón le susurraba, que haría más por su Maestro que todos los demás. ¿Quién fue más humillado y abatido por los tres malvados que él?

Por lo tanto, sabiendo que en el camino real pueden suceder estas cosas, conviene que actuemos de la siguiente manera:

Salgamos armados y sin olvidar el escudo, porque por falta de él el Leviatán fue vencido por quien lo atacó. Al monstruo que nos ve sin escudo, no le temblará el pulso. El peligro por excelencia dijo: “Sobre todo tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos incendiarios del maligno.” (Ef. 6:16)

También es bueno pedir al Rey una guardia. Y aún mejor pedir que Él mismo nos acompañe. Por esa compañía David andaba gozoso, incluso cuando estaba en el valle de sombra de muerte. Moisés prefirió morir antes que dar un paso sin su Dios (Éx 33:16). ¡Ah, hermano mío! Si Él nos acompaña, ¿qué temeremos de diez mil que se levanten contra nosotros? (Salmo 3:5‑8). Pero sin Él, caen los soberbios entre los muertos (Isa. 10:4).

Yo, por mi parte, ya he estado en la lucha y, si aún vivo, es por la bondad de quien es el Sumo Bien; no tengo en qué gloriarme por mi valor, pero desearía no volver a ver tales encuentros, aunque temo que no estemos completamente libres de peligro. Y, puesto que ni el león ni el oso me han devorado hasta ahora, espero en Dios que nos libre de cualquier filisteo incircunciso que venga a nuestro alcance.

Mientras meditaban en estas cosas, ambos siguieron su camino, precediendo a Ignorancia, hasta que llegaron a un sitio donde la senda se bifurcaba, lo que les dificultó la elección, pues los dos caminos que tenían delante les parecían igualmente rectos. Se detuvieron un poco para reflexionar qué debían hacer, y entonces se les acercó un hombre de carne muy negra, pero vestido con ropa muy clara, y les preguntó por qué estaban parados allí.

– Vamos a la Ciudad Celestial, pero no sabemos por cuál de estos dos caminos debemos seguir.

– Venid conmigo —dijo él—, que yo también voy a esa ciudad.

Así hicieron los peregrinos y siguieron al desconocido por el camino que él les señaló; pero, a medida que avanzaban, notaron que describían una curva y que marchaban en dirección opuesta a la ciudad que deseaban alcanzar, de la cual se alejaban cada vez más. A pesar de dar cuenta de estas circunstancias, continuaron caminando.

No pasó mucho tiempo cuando, sin darse cuenta, se encontraron atrapados en una red de la que no podían salir, al mismo tiempo que la ropa blanca del hombre negro cayó de sus hombros. Reconocieron entonces dónde estaban, y lloraron un rato al verse imposibilitados de liberarse.

Cristiano – Ahora veo que hemos caído en un error. ¿No nos advirtieron los pastores que debíamos precavimos contra el Adulador? Hoy hemos comprobado, según dice el Sabio, que “el que lisonjea a su prójimo le tiende una red delante de sus pasos.” (Prov. 29:5)

Esperanza – También los pastores nos dieron una nota indicando el camino, para estar seguros de no caer en las trampas del destructor. En esto David procedió con más acierto que nosotros, pues dijo: “Por amor a tus palabras he guardado el camino penoso.” (Salmo 17:4)

Así estaban los peregrinos atrapados en la red cuando descubrieron a uno de los Resplandecientes que venía hacia ellos, llevando en la mano un látigo de cuerdas pequeñas. Cuando se acercó, les preguntó de dónde venían y qué hacían allí. Respondieron que eran unos pobres peregrinos que iban camino de Sion, pero que un hombre negro vestido de blanco les había hecho desviarse diciéndoles que lo siguieran “porque también iba a esa ciudad.”

Entonces el del látigo les replicó: – Ese era el Adulador, falso apóstol, transformado en ángel de luz. (Dan. 11:32; 2 Cor. 11:13‑14). Luego rompió la red y, liberándolos, les dijo: – Seguidme, que yo os pondré nuevamente en el camino. Y así los condujo otra vez al camino que habían dejado para seguir al Adulador.

Le contaron entonces al Resplandeciente que la noche anterior habían estado en las Montañas de las Delicias, que los pastores les habían dado una guía para el camino, pero que, por olvido, no la habían leído, y que habían sido advertidos contra el Adulador, pero que no creyeron que aquel fuera quien encontraron (Romanos 16:17‑18).

Vi entonces en mi sueño que el Resplandeciente los hizo acostar y los castigó severamente para enseñarles el buen camino que nunca debieron abandonar (Deut. 25:2; 2 Crónicas 6:27), y mientras los castigaba decía: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo. Sé pues fervoroso y arrepiéntete.” (Apoc. 3:19).

Hecho esto, les mandó continuar el camino, aconsejándoles encarecidamente que obedecieran las otras indicaciones de los pastores, lo cual los dos peregrinos agradecieron mucho, y continuaron su marcha por el camino recto, procurando no olvidar la severa lección recibida, y dando gracias al Señor, que había tenido con ellos tanta misericordia.


Disfruta más:

Himno – Experiencia de Cristo – “Como Aquel que es Subjetivo”

https://hinario.org/detail.php?id=613

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