EL PEREGRINO
CAPÍTULO 18
SEMANA 6 - MARTES
Leer y orar: "Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás." (Juan 6:35)
Los peregrinos encuentran a Ateo (2)
Cristiano – ¿Y alguna vez sentiste alivio del peso de tus pecados cuando tenías esos pensamientos?
Esperanza – Al contrario, eso hacía más firme mi conciencia, y solo pensar que volvería al pecado (aunque mi corazón se inclinara a él) era para mí un doble tormento.
Cristiano – ¿Y qué hacías entonces?
Esperanza – Pensaba que debía esforzarme en enmendar [corregir] mi vida, porque de otra manera mi condenación era inevitable.
Cristiano – ¿No hiciste esos esfuerzos?
Esperanza – Sí, y huía no solo de mis pecados, sino también de mis compañeros de pecado; me ocupaba en prácticas religiosas, como orar, leer, llorar mis pecados, hablar con la verdad a mis vecinos, etc. Hacía esto y muchas otras cosas que sería tedioso y difícil enumerar.
Cristiano – ¿Ya te creías bueno por actuar así?
Esperanza – Sí, pero por poco tiempo; muy pronto me abatía mi aflicción, a pesar de toda mi reforma.
Cristiano – Pero, ¿cómo, si ya estabas reformado?
Esperanza – Por varias razones. Recordaba palabras como estas: Todas nuestras justicias son como trapo de inmundicia; (Isaías 64:6); Por las obras de la ley nadie será justificado; (Gálatas 2:16); Después de haber hecho todo lo que se os ha mandado, decid: siervos inútiles somos; (Lucas 17:10); y otras del mismo estilo. Entonces razonaba así:
Si todas mis obras de justicia son trapos sucios, si por las obras de la ley nadie puede ser justificado, y después de haber hecho todo lo mandado, seguimos siendo siervos inútiles, es una locura querer llegar al cielo por medio de la ley. Y seguía pensando: si un hombre contrae una deuda con un comerciante, aunque en adelante pague puntualmente todo lo que compre, su antigua deuda permanece en el libro de cuentas y, tarde o temprano, el comerciante puede exigirle el pago y hacerlo encarcelar hasta que pague.
Cristiano – ¿Y cómo aplicaste este razonamiento a ti mismo?
Esperanza – Pensé así: Por mis pecados contraje una gran deuda con Dios, y mi reforma actual no puede saldar esa cuenta; de modo que, a pesar de todas mis enmiendas, debo pensar constantemente en cómo me libraré de la condenación en la que incurrí por mis transgresiones pasadas.
Cristiano – Ese razonamiento era verdadero. Continúa.
Esperanza – Otra cosa que más me afligía desde mi reciente reforma era la idea de que, al examinar minuciosamente mis acciones, incluso las más loables, siempre descubría pecado, pecado mezclado con todo lo mejor que podía hacer, de modo que me veía obligado a pensar que, a pesar de las ideas erróneas que antes tenía sobre mí y mis deberes, cometía cada día suficientes pecados como para ser condenado al infierno, aunque mis anteriores actos hubiesen sido sin mancha. ¿Y qué hice? No sabía qué hacer, hasta que abrí mi corazón a Fiel, a quien conocía bien, y él me dijo que solo con la justicia de un hombre que nunca hubiera pecado podría ser salvo; ni mi justicia ni la de todo el mundo bastaban.
Cristiano – ¿Y te pareció verdadero lo que Fiel te dijo?
Esperanza – Si me lo hubieran dicho cuando estaba contento y satisfecho con mis propias reformas, lo habría llamado necio; pero ahora que reconozco mi debilidad y veo el pecado mezclado con mis mejores acciones, me veo obligado a estar de acuerdo con él.
Cristiano – Pero cuando él te dio esa opinión por primera vez, ¿pensaste que era posible hallar un hombre del que se pudiera decir que nunca había pecado?
Esperanza – Debo confesarte que, al principio, sus palabras me parecieron muy extrañas; pero después de conversar más con él y tratarlo más íntimamente, me convencí plenamente de lo que decía.
Cristiano – ¿Y le preguntaste quién era ese hombre y cómo podías ser justificado por él?
Esperanza – Por supuesto, y él me respondió: Es el Señor Jesucristo, que está a la diestra del Altísimo (Hebreos 10:12 y 21). Y añadió: – Serás justificado por Él, confiando tú en lo que Él hizo en los días de su carne, y en lo que sufrió cuando fue clavado en el madero (Romanos 4:5; Colosenses 1:14; 1 Pedro 1:19). Le pregunté además cómo era posible que la justicia de ese hombre tuviera eficacia para justificar a otro ante Dios, y me dijo que el hombre del que hablaba era el Dios poderoso, y que todo lo que hizo y la muerte que padeció no fue por Él, sino por mí, a quien se imputarían sus obras y todo su valor, si creía en Él.
Cristiano – ¿Y qué hiciste después?
Esperanza – Hice objeciones a esas doctrinas, porque me parecía que el Señor no estaba dispuesto a salvarme.
Cristiano – ¿Y qué te dijo Fiel?
Esperanza – Me dijo que me dirigiera a Él, y me convencería de lo contrario. Le objeté que eso sería presunción de mi parte, pero Fiel disipó la objeción, recordándome lo que Jesús dijo: – Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Y me dio un libro, para animarme a acercarme con más libertad, añadiendo que cada jota y cada til estaban más firmes en ese libro que el cielo y la tierra (Mateo 24:35).
Le pregunté entonces qué debía hacer para acercarme a Él, y me enseñó que debía invocarlo de rodillas (Daniel 6:10), que debía rogar al Padre, de todo corazón y con toda el alma (Jeremías 29:12-13), que me revelara a Su Hijo. Le volví a preguntar cómo debía hacer mis ruegos, y me dijo: “Mira, y lo verás sentado sobre el propiciatorio, donde permanece todo el año para perdonar y redimir a los que se acercan” (Éxodo 25:22; Levítico 16:2; Números 7:8-9; Hebreos 4:16).
Le expuse que no sabía qué decir cuando me presentara ante Su presencia, y Fiel me recomendó que hablara, más o menos, en estos términos: – "Oh Dios, sé propicio a mí, pecador. Hazme conocer a Jesucristo y creer en Él, porque reconozco que si no existiera Su justicia, o si no confiara en ella, estaría irremediablemente perdido. Señor, he oído que eres un Dios misericordioso, y que diste a Jesucristo, tu Hijo, como Salvador al mundo, y que estás dispuesto a concedérselo a un pobre pecador como yo, que de verdad soy pecador. Señor, aprovecha esta ocasión y manifiesta tu gracia en la salvación de mi alma por medio de Jesucristo, tu Hijo. Amén."
Cristiano – ¿Y lo hiciste?
Esperanza – Una y muchas veces.
Cristiano – ¿Y el Padre te reveló a Su Hijo?
Esperanza – No; ni la primera, ni la segunda, ni la tercera, ni la cuarta, ni la quinta, ni la sexta vez.
Cristiano – ¿Y cómo procediste al ver eso?
Esperanza – No sabía qué decisión tomar.
Cristiano – ¿No estuviste tentado a abandonar la oración?
Esperanza – Estuve tentado cientos de veces.
Cristiano – ¿Y por qué no lo hiciste?
Esperanza – Porque creía que era verdad lo que Fiel me había dicho, es decir, que sin la justicia de Cristo, ni todo el mundo podría salvarme. Por eso razonaba así conmigo mismo: – Si lo dejo, muero; entonces prefiero morir al pie del trono de la gracia. Además, venían a mi memoria estas palabras: "Si tardare, espéralo; porque sin duda vendrá, no tardará" (Hebreos 2:3). Entonces proseguí en oración hasta que el Padre me revelara a Su Hijo.
Cristiano – ¿Y cómo te fue revelado?
Esperanza – No lo vi con los ojos del cuerpo, sino con los del entendimiento (Efesios 1:18-19). Fue así: Cierto día estaba tristísimo, más triste que nunca, y esa tristeza fue causada por una nueva revelación de la magnitud y vileza de mis pecados. Cuando no esperaba sino el infierno y la eterna condenación de mi alma, me pareció ver, de repente, al Señor Jesús mirándome desde el cielo y diciéndome: "Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo." (Hechos 16:31).
Pero Señor, le respondí, soy un gran pecador, muy grande; y Él me respondió: "Bástate mi gracia." (2 Corintios 12:9). Le volví a preguntar: Pero, ¿qué es creer? Y comprendí por esas palabras: "El que a mí viene, nunca tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca tendrá sed." (Juan 6:35), que creer y venir eran lo mismo, y que el que va, es decir, el que corre con su corazón y sus afectos hacia la salvación en Cristo, es el que verdaderamente cree en Cristo.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, y seguí preguntando: – Pero Señor, ¿puede realmente un pecador tan grande como yo ser aceptado y salvado por Ti? Y Él respondió: "Al que a mí viene, no lo echo fuera." (Juan 6:37). Y dije: – Pero Señor, ¿qué pensamiento debo tener de ti al acercarme, para que mi fe sea perfecta? Y Él me dijo: "Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores." (1 Timoteo 1:15). Por eso concluí que debo hallar la justicia en Su persona, y el pago de mis pecados en Su sangre; que lo que Él hizo, obedeciendo a la ley de Su Padre y sometiéndose a su penalidad, lo hizo por los que aceptan Su salvación y le agradecen. Entonces, mi corazón se llenó de gozo, mis ojos de lágrimas, y mis afectos se derramaron en amor por el nombre, el pueblo y los caminos de Jesucristo.
Cristiano – Eso fue, en verdad, una revelación de Cristo a tu alma. Dime ahora, ¿cuáles fueron los efectos que produjo en tu espíritu?
Esperanza – Me hizo ver que todo el mundo, a pesar de su propia justicia, está en estado de condenación; que Dios Padre, aunque justo, puede justificar justamente al pecador que viene a Él; me hizo avergonzarme de mi vida anterior, y me humilló, haciéndome conocer y sentir mi ignorancia, porque hasta entonces nunca había llegado a mi corazón un solo pensamiento que revelara la hermosura de Jesucristo; me hizo desear una vida santa, y anhelar hacer algo más para la honra y gloria del nombre del Señor; llegó a parecerme que, si tuviera mil vidas, con gusto las perdería por amor a Jesús.
Disfrute más:
Himno - "Cristo me amó, ¡qué buen Salvador!"
No hay comentarios.:
Publicar un comentario