EL PEREGRINO
CAPÍTULO 20
SEMANA 7 - DOMINGO
Leer y orar: "Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sean la bendición, la honra, la gloria y el poder por los siglos de los siglos." (Ap 5:13)
Los peregrinos entran en la gloriosa ciudad de Dios
Estas palabras hicieron que Cristiano quedara muy pensativo, por lo que Esperanza añadió: Confía, hermano, Jesucristo te sanará. Al oír esto, Cristiano exclamó en alta voz: Sí, lo veo, y oigo que me dice: "Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán" (Isaías 43:2).
Así se animaban mutuamente, y el enemigo nada pudo contra ellos, de modo que los dejó, como si estuviese encadenado, hasta que pasaron el río. La profundidad de las aguas iba disminuyendo, y pronto encontraron terreno firme donde pudieron afirmar los pies.
¡Qué gran consuelo experimentaron al ver otra vez, en la orilla opuesta, a los dos Resplandecientes que, saludándolos, les decían: Somos espíritus administradores, enviados para servicio a favor de los que han de heredar la salvación (Hebreos 1:14). Y cada vez se acercaban más a la puerta.
Debe notarse que la ciudad está edificada sobre una gran montaña, pero los peregrinos la subían con facilidad, porque iban del brazo de los Resplandecientes; además de que habían dejado atrás, en el río, sus vestidos mortales. Subían, pues, con la mayor agilidad, aunque los fundamentos sobre los que se asienta la ciudad estaban más altos que las nubes. ¡Con qué placer atravesaban las diversas regiones de la atmósfera, hablando dulcemente entre sí, y llenos de consuelo por haber cruzado el río a salvo y por tener a su servicio tan gloriosos compañeros!
¡Cuán agradables les eran las conversaciones que tenían con los Resplandecientes! Allí, decían ellos, hay una gloria y una hermosura inefables; allí está el monte Sion y la Jerusalén celestial, la compañía de muchos millares de ángeles y los espíritus de los justos hechos perfectos (Hebreos 12:22-24).
Ya estáis cerca del Paraíso de Dios, donde veréis el árbol de la vida y comeréis del fruto inaccesible. Recibiréis, al entrar, vestiduras blancas, y vuestro trato y conversación con el Rey durará por los días de toda la eternidad (Apocalipsis 2:7; 4:5; 22:5). No volveréis a ver allí lo que veíais y sentíais en la región inferior de la Tierra, esto es, dolor, enfermedad, aflicción y muerte, porque todo eso ya pasó (Isaías 65:16-17). Os uniréis con Abraham, con Isaac, con Jacob y con los profetas, a quienes Dios libró del mal futuro, y que ahora descansan en sus lechos por haber andado en justicia. Recibiréis consolación por todos vuestros trabajos y gozo por toda vuestra tristeza; recogeréis lo que sembrasteis, es decir, el fruto de todas vuestras oraciones, lágrimas y sufrimientos que por el Rey pasasteis en el camino de vuestra peregrinación (Gálatas 6:7-8).
Ceñiréis coronas de oro y gozaréis de la perpetua vista y presencia del SANTO, porque allí lo veréis tal como Él es (1 Juan 3:2).
Serviréis continuamente con alabanzas, con voces de júbilo y con acción de gracias. Aquel a quien deseabais servir en el mundo con mucha dificultad, a causa de la debilidad de vuestra carne. Vuestros ojos se regocijarán con la vista, y vosotros mismos con la dulce voz del Altísimo; recobraréis la compañía de los amigos que os precedieron, y recibiréis con alegría a todos aquellos que os siguieron en el lugar santo.
Os serán dadas vestiduras de gloria y majestad, y cuando el Rey de la gloria venga en las nubes, al sonido de la trompeta, como sobre las alas del viento, vendréis vosotros con Él; cuando se siente en el trono del juicio, os sentaréis a su lado; cuando pronuncie la sentencia contra los que obraron iniquidad, sean ángeles o hombres, también tendréis voz en ese juicio; y cuando vuelva a la ciudad, volveréis con Él al sonido de la trompeta y estaréis con Él para siempre (1 Tesalonicenses 4:13-17; Judas 14-15; Daniel 7:9-10; 1 Corintios 6:2-3).
Cuando llegaban a la puerta, he aquí que una multitud de las huestes celestiales salió a su encuentro, preguntando: ¿Quiénes son estos y de dónde vienen? Respondieron los Resplandecientes: Son hombres que amaron a nuestro Señor cuando estaban en el mundo, y lo dejaron todo por su santo nombre; Él nos envió para traerlos aquí, y los hemos acompañado en su deseado viaje, para que entren y contemplen a su Redentor cara a cara, con gran gozo. Y las huestes celestiales alzaron voces de júbilo, y exclamaron: Bienaventurados los que son llamados a la cena del Cordero. (Apocalipsis 19:9).
Al oír estas palabras, los músicos del Rey tocaron en sus instrumentos suaves melodías, que resonaban en los cielos, y con voces y gestos de alegría, cantando y haciendo sonar sus instrumentos, saludaron una y mil veces a los que venían del mundo. Se colocaron unos a la derecha, otros a la izquierda, unos adelante, otros detrás, como para acompañarlos y perseverar en las regiones superiores, llenando los espacios de melodiosos sonidos, de modo que parecía que el mismo cielo había venido a recibirlos; era la marcha triunfal más hermosa que se ha visto.
Todo indicaba a los dos peregrinos cuán bienvenidos eran a la ciudad, y con cuánta alegría eran recibidos. Ya la avistaban, ya oían los alegres repiques de todas las campanas que saludaban su llegada. ¡Oh! Qué pensamientos tan alegres y arrebatadores les venían al ver el júbilo de la ciudad, la compañía que iban a gozar, ¡y para siempre! ¿Qué lengua o qué pluma podrían expresarlos?
He aquí que llegaron a la puerta de la ciudad, sobre la cual vieron grabadas, con letras de oro, las siguientes palabras: "Bienaventurados los que lavan sus vestiduras en la sangre del Cordero, para tener derecho al árbol de la vida y para entrar por las puertas en la ciudad." (Apocalipsis 22:14).
Llamaron con fuerza, y enseguida aparecieron sobre la puerta los rostros de los que moraban allí… Enoc, Moisés, Elías… que, preguntando quién llamaba, obtuvieron esta respuesta: Son dos peregrinos que vinieron de la ciudad de la Destrucción, por el amor que tienen al Rey de este lugar.
Entonces, cada uno de los peregrinos entregó el pergamino que había recibido al principio, y habiendo sido esos documentos llevados al Rey y leídos por Él, mandó abrir las puertas a los peregrinos, para que entrara la gente justa, guardadora de la verdad. (Isaías 26:2).
Los vi, entonces, entrar, y que, después de haber pasado la puerta, fueron transfigurados y recibieron vestiduras que resplandecían como oro, y arpas y coronas que les fueron entregadas, para que, con las primeras entonasen alabanzas, y las segundas les sirvieran de distintivo de honor.
Oí nuevamente repicar las campanas de la ciudad, en señal de regocijo, al mismo tiempo que los ministros del Rey decían a los peregrinos: "Entrad en el gozo de vuestro Señor." (Mateo 25:23). Y ellos respondieron con alegría y efusión: "Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sean la bendición, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos." (Apocalipsis 5:13).
Aproveché el momento en que se abrían las puertas para que ellos pasaran, y miré hacia dentro; he aquí que vi la ciudad que brillaba como el sol; las calles eran empedradas de oro, y paseaba por ellas una multitud de hombres con coronas en la cabeza, palmas y arpas de oro en las manos, cantando alabanzas.
Vi también que algunos tenían alas, y que cantaban sin interrupción: "Santo, Santo, Santo es el Señor." Y volvieron a cerrar las puertas, y yo me quedé afuera, lleno de pesar, pues anhelaba entrar y gozar de las cosas que había visto.
Fue una pena que mi sueño no terminara con tan dulces impresiones. Después de cerradas las puertas, miré hacia atrás y vi a Ignorancia, que llegaba a la orilla del río; pasó rápido y sin la mitad de las dificultades que los peregrinos habían encontrado. Y sucedió así, porque allí había una barca llamada Vana-Esperanza, que lo ayudó a pasar en su barquito.
Ignorancia subió también la montaña hacia la puerta, pero nadie salió a su encuentro para ayudarlo, ni para dirigirle una palabra de estímulo o de consuelo. Llegando a la puerta, miró el letrero que estaba sobre ella. Comenzó a llamar, suponiendo que le franquearían la entrada, pero los que aparecieron sobre la puerta le preguntaron de dónde venía y qué quería.
Respondió Ignorancia: Comí y bebí en presencia del Rey, y Él enseñó en nuestras calles. Danos entonces el diploma para mostrarlo al Rey. Ignorancia buscó en su pecho, pero no encontró nada. No tenía diploma alguno. Le dijeron, pues: ¿No tienes diploma? Ignorancia no respondió nada.
Comunicado al Rey lo que sucedía, ordenó Él a los Resplandecientes que ataran a Ignorancia de pies y manos, y lo lanzaran afuera; y vi que lo llevaban por los aires hasta la puerta que yo había visto en la falda del monte, y que de allí lo precipitaron¹.
Quedé sorprendido; pero esto me sirvió de importante lección, pues supe que de la puerta del cielo hay camino al infierno¹, del mismo modo que lo hay desde la ciudad de la Destrucción.
Y en esto... desperté, y vi que todo había sido un sueño.
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¹ Infierno: vemos en todo el libro un fuerte concepto de arminianismo, una corriente teológica articulada por primera vez por Jacobus Arminius a comienzos del siglo XVII, en los Países Bajos, por lo tanto anterior a John Bunyan, autor de este libro. Arminius, aunque inicialmente estudió con Teodoro de Beza (sucesor de Juan Calvino), desarrolló sus propias ideas, especialmente en relación con la libre voluntad humana y la expiación universal.
Para los arminianos, un creyente puede apartarse de la fe hasta perder su salvación, algo que la Biblia no enseña. La mayor falta entre los creyentes que apoyan esta idea de Arminius es no comprender la enseñanza del reino de los cielos. Para ellos, el reino milenario y la Nueva Jerusalén se confunden.
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