sábado, 26 de julio de 2025

El Peregrino, semana 6, sábado, capítulo 20

EL PEREGRINO

EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 20

SEMANA 6 - SÁBADO

Leer y orar: "Nunca más te llamarán: Desamparada, ni tu tierra se denominará jamás: Desolada; sino que te llamarán: Hepsiba¹, y a tu tierra: Beula²; porque el Señor se deleita en ti, y tu tierra se casará." (Is 62:4)


Cristiano y Esperanza pasan por la tierra
habitada y atraviesan el río de la Muerte


Después de las agradables prácticas que acabo de referir, vi, en mi sueño, que los peregrinos ya habían pasado la tierra encantada, y estaban a la entrada del país de Beula (Isaías 62:4-12; Cantares 2:10-12).

Muy dulce y agradable era el aire de ese país que atravesaban, y donde se alegraron por algún tiempo. Se recreaban escuchando el canto de las aves y la voz de las tórtolas, y viendo las flores que cubrían los prados. En ese país el día es permanente, el sol brilla en todo su esplendor, por lo que está enteramente fuera de los límites del Valle de la Sombra de la Muerte y del dominio del gigante Desesperación; ni desde allí se divisa la menor parte del Castillo de la Duda.

Los peregrinos estaban muy cerca de la Ciudad a donde iban, y más de una vez encontraron a sus habitantes, pues los Resplandecientes acostumbraban pasear por aquellos lugares, que quedaban, por así decirlo, dentro de los límites del cielo.

Fue en ese país donde se renovó el contrato entre el Esposo y la Esposa, y, así como ellos se regocijan mutuamente, así goza con ellos su Dios. No faltaba allí ni trigo ni vino, pues había abundancia de todo cuanto habían buscado en toda su peregrinación.

Se oían grandes voces que venían de la ciudad, exclamando: "Decid a la hija de Sion: He aquí viene tu Salvador, he aquí su recompensa con Él" (Is 62:11).

Finalmente, los habitantes del país se llamaban pueblo santo, redimidos del Señor, etc. ¡Dichosos ellos! Cuanto más se internaban en aquel país, mayor era su regocijo; y, cuanto más se acercaban a la ciudad, tanto más perfecta y magnífica era la vista que se ofrecía a sus ojos.

La ciudad estaba construida de perlas y piedras preciosas, las calles empedradas de oro, de modo que el brillo natural y el reflejo de los rayos del sol hicieron que Cristiano enfermara de deseos. Esperanza también se sintió atacado por esta enfermedad, por lo que se detuvieron un poco para descansar, exclamando en medio de su ansiedad: Si encuentras a mi amado, hazle saber que estoy enfermo de amor (Cantares 5:8). En breve se fortalecieron y, hallándose más dispuestos a soportar la enfermedad, prosiguieron en su camino, acercándose a la ciudad cada vez más.

A la orilla del camino había excelentes viñedos y deliciosos jardines. Encontraron al jardinero y le preguntaron a quién pertenecían viñedos y jardines tan hermosos. Les respondió que eran propiedad del Rey, y que habían sido plantados para su deleite y consuelo de los peregrinos. Les mandó entrar en los viñedos y les ofreció los más primorosos racimos; les mostró los paseos en los que el Rey se deleitaba; y terminó por invitarlos a dormir allí.

Y vi que, mientras dormían, hablaban más que en todo su viaje; y, habiéndolo notado, me dijo el jardinero: No tienes de qué admirarte. Es de la naturaleza del fruto de estos viñedos entrar suavemente y hablar a los labios de los que duermen (Cantares 7:9).

Cuando despertaron, se prepararon para entrar en la ciudad, pero, como ya dije, siendo esta de oro fino (Apocalipsis 21:18), era tal el reflejo del sol, y tan altamente glorioso, que no pudieron contemplarla con el rostro descubierto (II Corintios 3:18).

Y vi que salieron a su encuentro dos hombres con vestidos relucientes como el oro, cuyos rostros eran brillantes como la luz, y les preguntaron de dónde venían, dónde se habían hospedado, qué dificultades y peligros, qué consolaciones y placeres habían encontrado por el camino. Satisfechas estas preguntas, les dijeron: Solo os faltan dos dificultades por vencer: entraréis enseguida en la ciudad.

Cristiano y su compañero les pidieron en seguida que los acompañaran. Los hombres respondieron que aceptaban con mucho gusto, pero les advirtieron que tendrían que vencer por la propia fe, y así caminaron juntos, hasta avistar la puerta.

Al llegar allí, vi que entre ellos y la puerta había un río; pero no había puente alguno por donde se pudiera pasar, y el río era muy profundo. Al verlo, los peregrinos se asustaron mucho, pero los hombres que los acompañaban les dijeron: O lo atravesáis o no llegaréis a la puerta.

¿No hay otro camino? Preguntaron los peregrinos.

Sí lo hay, respondieron los hombres, pero solo para dos, que son Enoc y Elías³, a quienes se les permitió pasar por encima del río desde la fundación del mundo, lo que a nadie más se le ha permitido hasta ahora.

Comenzaron entonces los peregrinos, y especialmente Cristiano, a desconsolarse mirando a un lado y a otro; pero no podían encontrar camino por donde evitar el río. Preguntaron a los dos compañeros si el agua era igualmente profunda en todo el río. Les respondieron que no, pero que eso debía serles indiferente, porque el encontrarla más o menos profunda dependía de la fe que tuvieran en el Rey del país.

Decidieron, pues, entrar en el agua; pero, apenas lo hicieron, comenzó Cristiano a hundirse, y a gritar a Esperanza: Me hundo en estas aguas, me cubren todas las olas.

Le respondió Esperanza: ¡Ten valor, hermano! Yo he alcanzado el fondo, y lo hallo seguro.

¡Ah! Amigo mío, exclamó Cristiano, me rodearon los dolores de la muerte, y no veré la tierra que fluye leche y miel. Entonces cayó sobre Cristiano gran horror y oscuridad, de modo que nada podía ver. Perdió parte de los sentidos, de modo que no podía recordar ni hablar con acierto de ninguno de los dulces consuelos que había encontrado en el camino.

Todas las palabras que pronunciaba daban a entender que tenía horror y se aterrorizaba de morir en aquel río y de no llegar a entrar por la puerta de la ciudad. Los circunstantes también observaron que tenía dolorosos pensamientos del pecado que había cometido, tanto antes como después de hacerse peregrino. Igualmente se notó que lo afligían apariciones, fantasmas y espíritus malos, lo que se deducía de las palabras que pronunciaba.

Muy grande era el trabajo de Esperanza para mantener fuera del agua la cabeza de su hermano. Algunas veces se sumergía enteramente, lo que lo dejaba casi medio muerto. Trataba de consolarlo, hablándole de la puerta y de los que allí estaban esperando, pero Cristiano respondía: Es a ti, es a ti a quien esperan; siempre fuiste Esperanza desde que te conozco; ¡ah! Por cierto que, si yo fuese acepto por Él, se levantaría para ayudarme, pero, por mis pecados, me trajo a la trampa y me abandonó en ella.

Nunca, respondió Esperanza: has olvidado sin duda el texto en que se dice de los malos: No tienen congojas por su muerte y su vigor está entero; no participan de los trabajos de los hombres, ni con los hombres serán azotados (Salmos 73:4-5). Estas aflicciones y trabajos por los que estás pasando en este río, no son señal de que Dios te haya abandonado; y solo sirven para probarte, y para ver si recuerdas lo que has recibido de su bondad, y si vives de Él en tus aflicciones.

_________________________

¹ Hepsibá: "Mi deleite"

² Beula: "Casada"

³ Enoc (Gn 5:24; Hb 11:5) y Elías (2 R 2:10-11) fueron arrebatados vivos y no pasaron por la muerte física.


Disfruta más:

Himno - Adoración al Padre - "Su Gracia en la Filiación"



Con voz en portugués:


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