ESTUDIO-VIDA DE EZEQUIEL
Leer y orar: “Pero si andamos en la luz, como Él está en la luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesús Su Hijo nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda injusticia.” (1 Jn 1:7-9)
Ezequiel 1:22-25 es muy penetrante y profundo. Estos versículos nos dicen que sobre la cabeza de los cuatro seres vivientes hay un firmamento, o expansión, que llamamos cielo. La apariencia del cielo es como cristal brillante. Es tan claro que parece temible. Este cielo se extiende sobre las cabezas de todos los seres. Bajo este cielo, los seres vivientes extienden sus dos alas rectas.
En un mensaje anterior vimos que dos de las alas de cada ser viviente están extendidas y se unen a las alas de los otros. Las otras dos alas las usan para cubrir su cuerpo.
Siempre que se mueven y siempre que actúan, sale una voz o sonido de sus alas. Esta voz es como el estruendo de muchas aguas, y también como “la voz del Todopoderoso” (v. 24), es decir, Dios Todopoderoso. También es como la voz de un tumulto, como el estruendo de un ejército (la palabra huestes en el v. 24 significa “un ejército”). Además, cuando los seres vivientes se detienen, bajan sus alas (v. 25).
Necesitamos considerar el significado espiritual y la aplicación de todo esto. Si no lo entendemos, estos puntos pueden parecernos sin sentido.
BASADO EN TODAS LAS EXPERIENCIAS ANTERIORES
Estos versículos se basan en los anteriores. Primero debemos experimentar el viento tempestuoso que trae la nube de la presencia del Señor para cubrirnos. Al disfrutar Su presencia, la nube introduce el fuego ardiente y experimentamos el quemar. Del fuego ardiente procede el electro, y llegamos a ser seres vivientes.
Como seres vivientes, nos movemos en coordinación con otros para expresar a Cristo. Tenemos cuatro rostros para expresar corporativamente al Cristo todo-inclusivo. Para tener estos cuatro rostros debemos ser tratados por la cruz. Luego experimentamos y apreciamos las alas de águila, es decir, el poder y la gracia de Cristo.
También nos cubrimos, escondiéndonos bajo Sus alas protectoras, bajo Su gracia y poder. Además, debemos aprender a trabajar como hombre, usando manos de hombre, y a andar con pies rectos de becerro, con un andar recto, franco, honesto y fiel.
Esto nos capacita para la coordinación. En ella hay fuego que sube y baja, brasas y antorchas resplandecientes. Entonces Dios como fuego consumidor está entre nosotros corporativamente. A nuestro lado hay una rueda alta y temible, que indica el mover de Dios en la tierra con nosotros.
Dentro de la rueda hay otra rueda, lo que significa que dentro de nuestro mover está el mover del Señor. Él se mueve dentro de nosotros. Por tener esta rueda estamos llenos de ojos y tenemos discernimiento.
Cuando tenemos todo esto en nuestra experiencia, tendremos un cielo claro y un sonido particular: el sonido de muchas aguas, la voz del Todopoderoso.
Ezequiel 1:22 dice que sobre la cabeza de los seres vivientes había algo semejante a un firmamento, como cristal brillante y temible, extendido sobre sus cabezas. Esto revela que después de experimentar todo lo anterior, el cielo sobre nuestras cabezas será claro como cristal, una gran extensión clara.
Esto significa que sobre nosotros hay un cielo abierto y claro. No solo es claro verticalmente, sino también horizontalmente. Nuestro cielo debe ser claro y expandido.
Antes de ser salvos, nuestro cielo era oscuro y nublado, incluso nebuloso y estrecho. Pero un día nos arrepentimos, confesamos nuestros pecados y recibimos al Señor Jesús como Salvador. Cuanto más confesamos, más claro se vuelve nuestro cielo. Tras una confesión completa sentimos que el cielo estaba claro, que las nubes se iban.
Al ser salvos recibimos un cielo claro y expandido. Pero luego pueden surgir problemas personales o con la iglesia, y el cielo se nubla otra vez. Después confesamos y recibimos perdón y limpieza (1 Jn 1:9, 7), y el cielo vuelve a aclararse. Debemos tener siempre un cielo claro, abierto y expandido.
El tipo de cielo depende de nuestra conciencia. Si no hay mancha en la conciencia, el cielo está claro. Si no está claro, hay algún delito en ella. Debemos tratar todo lo que nos condene. La historia de nuestro cielo es la historia de nuestra conciencia.
Cuando tenemos un cielo claro, abierto y expandido, no hay nada entre nosotros y Dios ni entre nosotros y los demás. No hay nubes ni separación. Nuestra extensión es clara como cristal. Los demás se asombrarán; es temible por ser cristalino y expandido.
Este cielo también es estable. El cielo común tiene movimiento, pero el cielo sobre los seres vivientes es estable como cristal, sin cambio.
En nuestra experiencia, el cielo fluctúa mucho. A veces está nublado, luego claro tras confesar; luego vuelve a nublarse. Hay muchas fluctuaciones.
Pero con los seres vivientes es diferente: el cielo sobre ellos es estable, claro y expandido. Tienen comunión vertical con el Señor y horizontal entre ellos.
Una iglesia local adecuada debe ser así. Lamentablemente, en algunas iglesias el cielo es nublado y estrecho; no hay extensión y la situación es delicada. Cualquiera puede ofenderse.
Pero donde la iglesia es adecuada, el cielo es claro y amplio, y nadie se ofende. No se trata de ser tolerantes por nosotros mismos. Debemos salir del “pozo” y venir bajo un cielo claro y amplio.
Bajo tal cielo, aun si somos estrechos, espontáneamente nos volveremos amplios. Es imposible ser estrecho bajo un cielo tan vasto. Bajo ese cielo tenemos comunión apropiada con el Señor y entre nosotros.
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Himno: “Dios, en Cristo, escogió a la Iglesia”
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