Leer y orar: "Habiendo dicho estas cosas, se arrodilló y oró con todos ellos." (Hch. 20:36)
Después de la solemne y preciosa comunión con los ancianos de la iglesia en Éfeso (20:13-35), Pablo, “arrodillándose, oró con todos ellos” (20:36). Finalmente, lo acompañaron hasta el barco. En Hechos 21:1 leemos: “Después de separarnos de ellos, nos hicimos a la mar y fuimos con rumbo directo a Cos; al día siguiente a Rodas, y de allí a Pátara”.
En Pátara, Pablo y sus compañeros encontraron un barco que iba a Fenicia, se embarcaron y siguieron su viaje (v. 2). Navegaron hasta Siria y llegaron a Tiro. “Habiendo hallado a los discípulos, nos quedamos allí siete días; y ellos, impulsados por el Espíritu, decían a Pablo que no subiera a Jerusalén” (v. 4).
En 20:23 el Espíritu Santo le mostró a Pablo que cadenas y aflicciones le esperaban en Jerusalén. El testimonio del Espíritu Santo al respecto fue sólo una profecía o predicción, y no una orden. Así, él debía haber tomado esta palabra no como mandato, sino como advertencia. Ahora, en 21:4, el Espíritu dio un paso más allá diciéndole por medio de algunos miembros del Cuerpo que no subiera a Jerusalén. Al practicar la vida del Cuerpo, Pablo debía haber tomado esta palabra y obedecido como una palabra de la Cabeza.
A PTOLEMAIDA Y CESAREA
En Hechos 21:7 y 8 leemos: “Nosotros, completado el viaje desde Tiro, llegamos a Ptolemaida, donde saludamos a los hermanos, pasando un día con ellos. Al día siguiente partimos y llegamos a Cesarea; y entrando en casa de Felipe, el evangelista, que era uno de los siete, nos quedamos con él”. A dondequiera que Pablo iba, visitaba a los hermanos y se quedaba con ellos (vs. 4-7).
De hecho, estaba practicando la vida corporativa de la iglesia, viviendo conforme a lo que enseñaba respecto al Cuerpo de Cristo. Hechos 21:10 y 11 dice: “Deteniéndonos allí algunos días, descendió de Judea un profeta llamado Ágabo; y viniendo a nosotros, tomó el cinto de Pablo, atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al dueño de este cinto, y lo entregarán en manos de los gentiles”. Aquí nuevamente el Espíritu Santo le dijo a Pablo, no directamente, sino por medio de un miembro del Cuerpo, lo que le sucedería en Jerusalén. Esto fue nuevamente una advertencia con carácter profético, y no una orden. Fue nuevamente la Cabeza hablando por medio del Cuerpo, la cual Pablo debía haber escuchado en la práctica de la vida corporativa.
El versículo 12 continúa: “Cuando oímos estas palabras, tanto nosotros como los de aquel lugar, le rogamos a Pablo que no subiera a Jerusalén”. El "nosotros" incluye a Lucas, el autor. Aquí el Cuerpo, por medio de muchos miembros, expresó su sentir, rogándole a Pablo que no fuera a Jerusalén. Pero, debido a su firme voluntad de estar dispuesto incluso a sacrificar su vida por el Señor, no se dejó persuadir. Respecto a esto leemos en el versículo 13: “Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, sino también a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús”. Como no se dejó persuadir, los miembros del Cuerpo se vieron forzados a dejar esta cuestión a la voluntad del Señor. El versículo 14 dice: “Y como no le pudimos persuadir, nos resignamos, diciendo: Hágase la voluntad del Señor”.
A JERUSALÉN, TERMINANDO EL TERCER VIAJE
En Hechos 21:15-16 leemos: “Pasados aquellos días, preparados, subimos a Jerusalén; y algunos de los discípulos de Cesarea vinieron también con nosotros, llevando consigo a Mnasón, de Chipre, discípulo antiguo, con quien nos hospedaríamos”. En el versículo 16 vemos que ellos debían hospedarse con Mnasón en Jerusalén.
En el versículo 17 leemos: “Cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con gozo”. Esta llegada a Jerusalén marcó el término del tercer viaje ministerial de Pablo, iniciado en 18:23.
Disfruta más: Himno 190
No hay comentarios.:
Publicar un comentario