jueves, 20 de febrero de 2025

Cómo ser útil para el Señor, semana 1, capítulo 1, jueves

CÓMO SER ÚTIL PARA EL SEÑOR
CAPÍTULO UNO

SEMANA 1 - JUEVES

Lectura bíblica: Mt 4:19; 8:22; 9:9; 19:21, 27; Mc 12:42, 44; Lc 9:62; Hch 1:13-14

Leer y orar: “Así que, todo aquel de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.” (Lc 14:33)

EL PRECIO EN LOS EVANGELIOS:
DEJARLO TODO PARA SEGUIR AL SEÑOR


Los Evangelios mencionan numerosas veces cuando el Señor llamó a personas diferentes. Hablando rigurosamente, el llamado del Señor no es, principalmente, para que las personas sean salvas, sino para que Le sigan. Por ejemplo, hay versículos bíblicos como: “Venid en pos de Mí” (Mt 4:19), “Sígueme” (9:9), “Vende tus bienes (...) después ven y sígueme” (19:21), “Sígueme, y deja que los muertos sepulten a sus muertos” (8:22) y “Nadie que pone la mano en el arado y mira atrás es apto para el reino de Dios” (Lc 9:62).

Estos versículos nos revelan repetidamente cuánto es grande el precio que se debe pagar por aquellos que desean seguir al Señor. En los Evangelios, el único requisito del Señor para aquellos llamados por Él era que dejaran todos los bienes (Lc 14:33). Así fue como los primeros discípulos fueron llamados a seguir al Señor. Pedro dijo, por ejemplo: “He aquí, nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido” (Mt 19:27). Todo significa “todas las cosas”. Si una persona con cinco mil dólares ofrece los cinco mil y otra con cincuenta mil dólares ofrece los cincuenta mil, entonces, ambas han entregado todo lo que tenían para pagar el precio. A los ojos del Señor, ambas pagaron el mismo precio.

Un día, el Señor elogió a la viuda que depositó dos monedas en el arca de las ofrendas, porque había depositado todo lo que tenía, que era incluso su sustento (Mc 12:42, 44). Por lo tanto, para nosotros, pagar un precio no significa necesariamente invertir la mayor parte, sino depositar todo lo que tenemos.

Aquel que deposita todo es quien paga el precio. El Señor nunca toma en cuenta lo que pagamos. Al contrario, lo que Él toma en cuenta es si hemos pagado todo. El “todo” exigido en los Evangelios es todo lo que tenemos, incluidos padres, cónyuge, hijos, hermanos, hermanas, casa, negocios, diploma académico, posición, fama, preferencias, ambiciones y vida. Todos estos son los precios exigidos en los Evangelios.

Muchos de nosotros, hoy en día, sin embargo, no hemos cortado la relación con nuestros parientes. Esto no significa que debamos romper visiblemente con todas las relaciones humanas. Al contrario, significa que debemos cortar todos los lazos emocionales. En resumen, el Señor desea que renunciemos a todo lo que tenemos. Este es el requisito más duro que Él tiene para nosotros.

Cada vez que toquemos al Señor, Él exigirá algo de nosotros. Siempre será así. El Señor nunca se satisface con el precio que ya hemos pagado: cada vez que nos toca, Él nos pedirá algo. Experimentamos la presencia más visible del Señor cuando Él exige algo de nosotros. De nuestra parte, la única vez que no percibimos que Él exige algo de nosotros es cuando perdemos la comunión con Él. De parte del Señor, la exigencia que Él nos hace cesará solo cuando el nuevo cielo y la nueva tierra estén establecidos.

Hoy es el tiempo de que el Señor use al hombre y lo conquiste para hacer Su obra. En consecuencia, Él continuará exigiendo algo de nosotros, y Sus exigencias serán cada vez mayores. Al principio, las exigencias del Señor son pequeñas, pero poco a poco se vuelven mayores, más profundas y más duras. Si tratamos de reprimir la sensación de que Él exige algo, sufriremos una gran pérdida, porque nuestra comunión con Él se interrumpirá. Después de mucho tiempo, el Señor ya no hará Su voluntad en nosotros y, en consecuencia, se verá forzado a recurrir a otra persona. Sin embargo, si estamos de acuerdo con Sus exigencias, si aprendemos a obedecer y estamos dispuestos a pagar el precio, nuestro sentimiento se volverá cada vez más sensible, llegando al punto de tener casi todo el día la sensación de que el Señor nos está pidiendo algo.

Si no cooperamos con Sus exigencias y no estamos dispuestos a pagar el precio, habrá dos resultados. Primero, de nuestra parte, seremos como el joven que se retiró triste (Mt 19:22). Segundo, de parte del Señor, Él no podrá manifestar nuestra utilidad para Él. Por esta razón, debemos errar intentando obedecer en lugar de desobedecer completamente, y es mejor obedecer demasiado que obedecer demasiado poco. Si respondemos a los requisitos del Señor, también habrá dos resultados. Primero, nos llenaremos de alegría y, segundo, el Señor podrá manifestar nuestra utilidad.

Debemos darnos cuenta de que el requisito básico para ser usados por el Señor es estar de acuerdo con Sus exigencias. Una persona que está de acuerdo con las exigencias del Señor puede ser usada por Él, aunque no tenga un gran conocimiento de la verdad. Ella aún puede ser usada por el Señor aunque no ore con mucha frecuencia. El poder que obtenemos cuando pagamos el precio de responder a las exigencias del Señor a menudo es mayor que a través de innumerables oraciones.

El poder que recibimos cuando pagamos el precio de responder a las exigencias del Señor a menudo es mayor que a través del derramamiento del Espíritu Santo. Las personas prestan atención al derramamiento del Espíritu Santo, pero no ven que, en el día de Pentecostés, los que recibieron el derramamiento del Espíritu Santo pagaron un alto precio. Dejaron todo para estar en el aposento alto en Jerusalén y perseveraron unánimes en oración (Hch 1:13-14).

Muchas personas desearían recibir el poder generado por el derramamiento del Espíritu, pero no están dispuestas a aprender la lección de pagar el precio. Por esta razón, realizan muchas obras, pero sus obras no pueden perdurar y no tienen un efecto duradero. Si el obrero quiere que su obra continúe y perdure por mucho tiempo, debe aprender la lección de pagar el precio. La permanencia de una obra depende de cuánto el obrero ha aprendido esa lección. El poder para hacer la obra del Señor está en aprender esa lección y, para ello, es necesario pagar un precio. La utilidad de una persona ante el Señor se basa en el precio que pagó ante Él.

Todos admiramos la forma en que personas como Pablo y Pedro fueron útiles para el Señor, pero olvidamos que ellos pagaron un alto precio ante el Señor. Si no somos útiles para el Señor hoy, la única razón es que no estamos dispuestos a pagar un precio, no estamos dispuestos a responder a Sus exigencias y no estamos dispuestos a renunciar a nuestra reputación, educación, posición, futuro y toda nuestra vida. Por esta razón, no sentimos la presencia del Señor, rara vez tenemos contacto con Él en la comunión y, naturalmente, tenemos poca utilidad ante Él.

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