viernes, 21 de marzo de 2025

Administración de la iglesia y el ministerio de la Palabra, semana 1, capítulo 2, viernes

A ADMINISTRACIÓN DE LA IGLESIA
Y EL MINISTERIO DE LA PALABRA

CAPÍTULO DOS
SEMANA 1 - VIERNES

Lectura Bíblica: Rm 12:6-9

Leer y orar: "Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres," (Col 3:23)

PROBLEMAS EN LA ADMINISTRACIÓN DE LA IGLESIA
Y EN EL MINISTERIO DE LA PALABRA

EL PRIMER PROBLEMA: NO TENER ENCARGO

El mayor problema en la administración de la iglesia y en el ministerio de la palabra es no tener encargo o, se puede decir, no recibir un encargo o no dar la debida atención al encargo recibido.

Es posible que los presbíteros administren la iglesia sin tener encargo. Los que ministran la palabra también pueden hacer esto sin encargo. La liberación de cierto encargo cuando ministramos la palabra no depende de saber hablar bien. Si nuestro único deseo es hablar bien para provocar ciertas emociones en las personas, nuestro hablar habrá sido sin encargo.

De modo semejante, la habilidad de administrar la iglesia no libera el encargo. No se trata de nuestra capacidad de administrar, sino de que nuestra administración sea eficaz y pueda tocar a las personas.

Por ejemplo, cuando las personas vienen a la reunión, puede haber la necesidad de transmitir la palabra. Necesitamos buscar al Señor con respecto a qué hablar y al resultado de nuestro hablar. No es cuestión de hablar bien o no, de la logística de la presentación o de que los santos sean tocados, sino de lo que será producido en ellos.

Si algunos de los presentes aún no son salvos, debemos tener el encargo por la conducción de su alma por la gracia de Dios, a fin de plantar en ella la semilla de la salvación al hablar la palabra. Nuestro encargo entonces es la salvación, y no la predicación de una palabra dinámica.

Si ya son salvos, pero no aman al Señor como deberían, nuestro encargo debe ser llevarlos a amar al Señor. Si aman al Señor, pero no están dispuestos a rendirse a Él y a recibir de Él disciplina personal, nuestro encargo debe ser conducirlos a rendirse prontamente al Señor y dejar que Él trate con ellos. Esto es el ministerio de la palabra con encargo.

De lo contrario, el mensaje de la reunión del domingo puede caer en la situación de los dichos cultos dominicales. Cada semana alguien es designado para predicar un mensaje a fin de dar continuidad a las reuniones. Después de la reunión, todos van a casa, almuerzan, descansan y regresan en la noche para la reunión de la fracción del pan. Este es un culto dominical.

En esa situación los que ministran la palabra necesitan tener encargo. Necesitamos conocer la condición de los que vienen a oír el mensaje. Tal vez ellos mismos no consigan percibir su condición, pero nosotros necesitamos tener percepción total y muy clara con relación a su condición.

Tal vez consigan sentarse y oír tranquilamente la palabra, semana tras semana, pero nosotros no podemos hablar pacíficamente semana tras semana. Necesitamos recibir el encargo a fin de "perturbarlos" e "incomodarlos" de modo tal que, cuando vengan a la reunión sintiéndose tranquilos, salgan perturbados internamente.

Si no nos importa que nuestra predicación no produzca ningún efecto en los que la oyen, es porque no tenemos encargo. Esa situación indica que quien habla y quien oye están en una rutina. Esta es la condición del cristianismo degradado, donde la congregación oye de forma rutinaria al pastor, y él, a su vez, predica de forma rutinaria a la congregación año tras año. No es así como debe ser nuestra práctica.

El ministerio de la palabra debe iluminar a los que oyen. Cuando ministramos la palabra cada domingo, debemos "incomodar" a las personas a tal punto que no tengan más paz. Eso es lo que significa tener encargo.

Si los oyentes son indiferentes, aunque oigan tranquilamente, quien ministra la palabra no debe quedarse tranquilo. Debe, antes, colocarse delante del Señor y dejar que Él le quite la paz, al punto de perder el sueño y no comer, hasta que haya recibido un encargo del Señor. Solo entonces sus mensajes permitirán que el Espíritu Santo obre en los oyentes. Solamente este tipo de hablar es el hablar de Dios.

Los que ministran la palabra necesitan tener encargo; no solo doctrinas, arreglo lógico y ejemplos. Ministrar la palabra de ese modo es inadmisible; es una ofensa a Dios y un pecado a Sus ojos.

Recibir el encargo para hablar la palabra de Dios
en el ministerio de la palabra

En Isaías 13:1, la Versión Unión China [Chinese Union Version] afirma que los profetas recibían inspiración cuando hablaban en nombre de Dios. La palabra hebrea para inspiración, sin embargo, significa encargo, [o peso - VRC].

El hombre necesita recibir un encargo. No podemos descuidar nuestra responsabilidad y pensar que Dios no nos dio encargo. Las Epístolas de Pablo demuestran claramente que él recibía encargos. Cuando alguien en la iglesia en Corinto cometió el pecado de la fornicación, Pablo no condenó simplemente el pecado o dejó de orar por quien pecó. Él recibió de Dios el encargo de asumir la responsabilidad y la comisión en favor de la iglesia (1 Co 5:1-13). Pablo no predicó doctrinas en sus epístolas; en vez de eso, tenía encargo de compartir ciertos asuntos de modo que conseguía tocar el sentimiento de las personas.

Existe el peligro de que el ministerio de la palabra en la iglesia en Taipéi se torne igual a las predicaciones de sermones en los cultos dominicales. Cuando ministramos la palabra de Dios, nuestra atención debe estar concentrada en el hablar de Dios, y no en el tópico de lo que iremos a hablar.

Para que Dios hable, quien ministra la palabra necesita recibir un encargo. Las personas pueden hasta reaccionar de forma negativa o ser profundamente tocadas cuando oigan un mensaje transmitido con encargo, sin embargo, no pueden negar que es el hablar de Dios. Ese tipo de mensaje puede ayudar a las personas y resolver sus problemas.

Un mensaje que suena agradable, pero está desprovisto del hablar de Dios, no puede tocar a las personas ni hacer que se vuelvan a su interior, o aún satisfacer a los hambrientos y sedientos, pues no son las palabras que Dios quiere transmitir, aunque sean extraídas de la Biblia.

Por lo tanto, no debemos hablar de modo tan cómodo o de poco valor. No podemos simplemente hablar porque preparamos un mensaje. Quien ministra la palabra debe llevar la condición de las personas delante de Dios. Él tiene la responsabilidad de conocer sus necesidades, estar sensible a su condición y saber lo que Dios quiere hablar.

La ayuda que recibimos en un entrenamiento no puede sustituir el encargo dentro de nosotros. El peligro es que el encargo haya sido sustituido de manera que estemos desprovistos de revelación y encargo espiritual.

Disfrute más: Himno 398

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