LA ADMINISTRACIÓN DE LA IGLESIA
Y EL MINISTERIO DE LA PALABRA
CAPÍTULO DOS
SEMANA 2 - MIÉRCOLES
Lectura Bíblica: 1 Co 12:12-27
Leer y orar: "Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? Y tú, ¿por qué menosprecias al tuyo? Pues todos compareceremos ante el tribunal de Dios... Así que cada uno de nosotros dará cuenta de sí mismo a Dios." (Ro 14:10, 12)
La necesidad de comunión y de coordinación en el Cuerpo y en la vida
Si perdemos el principio de la coordinación y la dependencia en el Cuerpo, no seremos fuertes en la administración de la iglesia y en el ministerio de la palabra. Si perdemos este principio, dejaremos de recibir mucha bendición.
Nuestra coordinación no debe volverse mecánica, y no debemos trabajar solo cuando nos toca según el turno. Debemos tener el sentir de que no podemos hacer nada sin los demás, de que realmente necesitamos unos a otros.
Si nos reunimos y dividimos el trabajo, y cada uno hace solo su parte, nuestra situación es similar a la división de tareas en una organización pública o una gran institución. Esta falta de aprecio por la coordinación entre los miembros del Cuerpo debe ser eliminada.
¿Qué significa ver el Cuerpo? La mayor señal de que hemos visto el Cuerpo es que no podemos ser independientes. Sentimos necesidad del Cuerpo, sentimos la falta de los hermanos. Sin embargo, en este momento, nuestra coordinación puede compararse al trabajo en cualquier organización. Parece que nos movemos como una máquina y nos falta el sentido de la comunión de vida.
La falta de coordinación produce el criticismo
Si nos falta coordinación con los demás, siempre criticamos lo que hacen. Aunque no expresemos nuestras críticas, estamos llenos de ellas y desaprobamos lo que realizan. Personas así son mezquinas y dignas de lástima.
En nuestro servicio nunca debemos esperar que los demás sean como nosotros ni que seamos como ellos. Sin embargo, debido a nuestra falta de coordinación en el servicio y dependencia mutua, casi siempre nos pisamos unos a otros. O no caminamos o pisamos a los demás cuando decidimos caminar. O no trabajamos o hacemos el trabajo de los demás. O no nos importa o criticamos el trabajo que otros hacen.
Cuando un asunto está en manos de otra persona, no somos capaces de hacer nada. Pero cuando surge una oportunidad, actuamos a nuestra manera y descartamos la ayuda de los demás.
Aunque esta situación no sea visible entre nosotros ahora, lo será en el futuro, porque no estamos dispuestos a someternos unos a otros. Este es un proceder insensato.
No exigir que los demás sean como nosotros, sino respetar lo que hacen
No debemos exigir que los demás sean como nosotros en todo. No debemos discutir la manera en que predican, visitan a las personas o viven.
Aunque su manera de vivir no nos agrade, no podemos establecer estándares para ellos ni estamos calificados para juzgarlos. Solo el Señor es el criterio y el Juez.
Debemos aprender a respetar lo que hacen los demás. Cuando hablamos de ser fervientes, debemos respetar el silencio de los demás; cuando hablamos de estar tranquilos y unidos al Señor, no debemos criticar a los que están ocupados.
Si todos fueran exactamente como nosotros, no existiría el Cuerpo. Solo habría un miembro. Eso no es la iglesia. Si todos fueran como nosotros, solo existiríamos nosotros y no la iglesia. La iglesia está compuesta por muchas personas.
Esto puede compararse con el cuerpo humano y sus diferentes miembros. Las manos parecen manos, los pies parecen pies, los oídos parecen oídos y los ojos parecen ojos. Incluso el miembro que parece menos adecuado es necesario para el cuerpo.
Por eso, debemos aprender a no pisar a los demás. Cuando llega nuestro turno de realizar una obra, no debemos criticar lo que han hecho. Es una bendición respetar el trabajo de los demás y añadir el nuestro al de ellos. Debemos ser positivos al hablar con ellos y no negativos. Es una falta de sabiduría decir que están equivocados. Mientras estos factores negativos existan entre nosotros, la administración de la iglesia tendrá problemas y el ministerio de la palabra no será fortalecido.
Muchos santos de varios lugares sirven juntos en la iglesia. Tienen distintos temperamentos e historial familiar, así como historial espiritual y formación variada. Por lo tanto, no podemos esperar que todos sean como nosotros. Debemos aprender a no pisar a los demás. Cuando damos un paso, no podemos pisar a los demás. Debemos evitar especialmente pisar a los demás cuando ministramos la palabra.
Por ejemplo, al hablar sobre la oración, no debemos criticar a los que hablan sobre la meditación, porque los santos pueden necesitar ambas cosas. Debemos limitarnos a hablar de forma positiva sobre la oración sin criticar lo que otros dicen sobre la meditación.
Cuando servimos juntos, debemos evitar por completo criticar a los demás en el ministerio de la palabra. Algunos pueden hablar sobre la oración y otros sobre la meditación; algunos pueden hablar sobre ser fervientes y otros sobre estar en el Lugar Santísimo. Ninguna de estas enseñanzas es herética; son solo énfasis diferentes.
Criticar a los demás muestra cuán mezquinos somos y puede causar divisiones. Si esta es nuestra manera de trabajar, no habrá edificación entre nosotros. Al contrario, habrá destrucción.
Debemos simplemente trabajar de manera positiva y aprender a recibir ayuda de otras personas. Debemos entender que nadie puede hacer nuestra parte. Ni siquiera el apóstol Pablo podía hacer lo que nosotros somos capaces de hacer. Pero también debemos admitir que no podemos sustituir a los demás.
Cada persona tiene su función. Cuando ministramos la palabra, mantenemos comunión y oramos, no debemos criticar a los demás. Especialmente cuando oramos con otras personas, debemos evitar orar de manera contradictoria.
Disfrute más: Himno 426
"¡Fluir! ¡Fluir! Con el
Señor trabajar,
En el Espíritu, como nos dice Su hablar;
No en el ego ni
independientemente actuar,
Sino en la obra, en plena armonía, servir."
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