Leer y orar: "Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó sobre el fundamento, recibirá recompensa;" (1 Co 3:14)
APRENDER A CONOCER A LAS PERSONAS
También es crucial aprender a conocer a las personas a medida que administramos la iglesia y ministramos la palabra. Necesitamos conocerlas para administrar la iglesia y también para ministrar la palabra. Si no las conocemos, no podemos edificar la iglesia. Por el contrario, la iglesia será llevada a la confusión y a la demolición.
Quien quiere edificar la iglesia debe conocer a las personas. Tenemos que saber la condición personal de los hermanos. Esto incluye conocer sus intenciones delante de Dios, sus inclinaciones de la carne y también de su espíritu. Todo trabajador de construcción hábil debe ser instruido acerca de piedras, tejas y madera. Necesita saber discernir la naturaleza de la madera, si es liviana o pesada. En caso de no conocer la naturaleza de la madera y utilizarla de forma indiscriminada, será peligroso vivir en las casas que él construya.
Gran parte del conocimiento que tenemos de las personas se da de acuerdo con la transformación que ya hemos recibido. Si el Señor trató con nosotros en cierto aspecto, será más fácil conocer a las personas en ese aspecto. Si nuestras motivaciones nunca han sido trabajadas por el Señor, será difícil percibir si las motivaciones de los demás son puras o no. Si nuestras intenciones, motivaciones y propósitos ya han sido trabajados totalmente por el Señor, cuando entremos en contacto con los demás, conoceremos sus intenciones, motivaciones y pensamientos, y sabremos prontamente cuál es la raíz de sus problemas.
Sabremos cuándo son puros. Si nuestra carne nunca ha sido eliminada por el Señor y nunca hemos aprendido la lección de ser quebrantados, no sabremos discernir cuándo los demás están en la carne. Por tanto, nuestro conocimiento de las personas se basa en el conocimiento de nosotros mismos. Quien es serio y correcto al tratar consigo mismo conoce a las personas de modo correspondiente.
Es muy importante que los ancianos que administran la iglesia conozcan las intenciones, las motivaciones y los propósitos de los hermanos. Necesitan conocer la condición espiritual de los hermanos y dónde se encuentran delante de Dios. Si esto no ocurre, están sujetos a cometer muchos errores. Cuando alguien que es amable, elocuente, instruido, lleno de celo y capaz de predicar mensajes llega a la iglesia, pueden pensar que él puede servir en coordinación con los demás. Sin embargo, cuando se le coloca a trabajar, un grupo entero de servicio entra en colapso.
Los que administran la iglesia deben evitar la inconstancia. No es adecuado que estén siempre cambiando su evaluación de los hermanos. No deben decir que un hermano es espiritual y cambiar de idea dos meses después. Esto necesita ser evitado en la administración de la iglesia; y sólo puede ser evitado cuando se conoce a las personas y siempre se aprende a conocerlas.
Los ancianos que ya han aprendido esta lección y ya han sido trabajados por el Señor tendrán conocimiento claro acerca de los demás, sabiendo dónde se encuentran y la condición de su espíritu, independientemente de cómo se comporten. Cuando alguien habla, saben si lo que dice representa su verdadera condición de espíritu. Saben si está lleno de la impureza de su ego y del hombre natural, porque su espíritu jamás ha sido libertado de su ego.
Sabrás si está inclinado a realizar una obra solo, sin la colaboración de nadie más. Un creyente puede tener experiencia, saber comportarse, pero aun así no estar libre del ego. Si su visión y conocimiento son seculares, no podrá asumir un servicio espiritual. Si alguien así se convierte en anciano, demolirá la iglesia aunque sepa ministrar la palabra.
Cualquier responsabilidad y coordinación del servicio que asuma será una obra de demolición. Será lo mismo que instalar una bomba de tiempo en un edificio: dentro de algún tiempo explotará y todo el edificio se derrumbará. Preparar todo para que él se convierta en anciano resultará en destrucción, y no en edificación. En vez de ser algo bueno para la edificación, será como una bomba de tiempo. Cuando llegue el momento de perder la calma, toda la situación ya estará fuera de control. Él puede ser capaz de conquistar a las personas y ayudarlas mediante su humildad, conocimiento, elocuencia y discurso persuasivo, pero todo eso habrá sido de acuerdo con la carne. La iglesia estará arruinada en sus manos.
Ésa es la situación real en algunos lugares. Cometer un error al conocer a una persona puede arruinar cinco años de trabajo y esfuerzo. Algunos daños no pueden ser recuperados en poco tiempo. El Señor puede requerir cinco años para reiniciar una obra.
Algunos oran según la propia dirección, y no según la dirección del Espíritu. Otros hablan de acuerdo con la propia dirección y no según la dirección del Espíritu. No debemos animarlos dándoles responsabilidad o carga para servir. No podemos prohibir que las personas hablen en las reuniones de la iglesia, pero tenemos que observarlas y verificar si su conducta es apropiada. Si su manera de proceder es inapropiada, debemos exhortarlas para que sepan que no animamos ni aprobamos su manera.
Esto tocará sus sentimientos. No debemos excomulgarlas por hablar algo inadecuado, sin embargo, si lo hacen una segunda vez, necesitamos decirles que sus modos no son aprobados. Necesitamos hacerlas sentir que su manera de comportarse no es aprobada. Esto les abrirá camino para obtener la ayuda adecuada.
Cuando los ancianos no poseen ese tipo de discernimiento, tal vez designen a un hermano mayor que aparenta ser humilde, instruido y experimentado, como responsable de algún servicio. Más tarde, cuando surjan los problemas y la iglesia haya sido perjudicada, comenzarán a comprender que no debían conocer a las personas según la carne. Ésa ha sido la situación en muchos lugares.
Disfrute más: Himno "Dios, revélate a mí"
Instrumental y partitura:
https://hinario.org/detail.php?id=486
Voz y piano (en portugués):
https://hinario.org/detail.php?tab=1&mainmp3=admin/Uploaded-mp3-Files/0412.master.mp3&id=486
1
Dios, revélate a mí,
Muestra en mí mi carnal ser;
Dame gracia, ¡di que sí!,
Y en el polvo he de caer.
Quiero la victoria, sí,
Mas también débil yo soy;
No sé hacer lo que es bien,
Y del mal cautivo estoy.
2
Sí Te quiero, oh Señor,
Pero ando mal aquí;
No me logro transformar,
¡Qué esclavitud hay en mí!
Tu ley viene a mostrar
Que el pecado ha de atar;
Lucho para me soltar,
Mas no puedo escapar.
3
Caigo y me vuelvo a alzar,
Mas fracaso mucho más;
Cuando quiero yo vencer,
Viene otra vez el mal.
Del pecado siervo soy,
Sin poder alguno estoy;
Mi carne no tiene bien,
¿Qué haré? Dímelo, ¿quién?
4
Parte de mí ya conozco,
Que no puedo por mi ser;
Mi carácter es muy malo,
Corrupto hasta perecer.
No confío en mi ego, no,
Esa lección ya la sé;
Mi esperanza, mi Señor,
Es Jesús, mi único Rey.
5 Crucifícame en la Cruz,
Para en Ti poder confiar;
Que Tu Santo Espíritu
Me permita aplicar
Esa muerte cada día
Sin cesar en mi vivir,
Que mi ego sea roto
Y Tu vida a mí fluir.
6
¡Qué terrible, sí, yo soy!
¿Quién me puede liberar,
Convertirme en vencedor,
Y esta muerte cancelar?
Cristo sangre derramó,
Santidad me vino a dar;
Como vida lo acepté,
Y sin fin me va a colmar.
7
Ya santificado fui,
Y Tu voz puedo seguir;
Ya no siento más temor
Cuando vengo a Ti a acudir.
Vida excelsa Tú me das,
Y por fe me das Tu paz;
Yo Te alabo, libre soy,
Y tranquilo vivo hoy.
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