Lectura Bíblica: 2 S 15:1-18; 1 Co 3:10; 2 Co 10:3-4
Leer y orar: "Porque aunque andamos en la carne, no militamos según la carne." (2 Co 10:3)
Discernir las motivaciones humanas
Si nuestro juicio sobre las personas no es acertado, nuestra administración de la iglesia resultará en demolición. La falta de conocimiento con respecto a las personas solo hará que la iglesia sufra pérdidas, aunque no tengamos esa intención. Si queremos conocer a las personas, necesitamos aprender a discernir si sus motivaciones e intenciones son puras delante de Dios. Si alguien no tiene una motivación pura, no debemos darle ninguna responsabilidad en el servicio.
Nuestro conocimiento de las motivaciones de las personas está basado en cómo el Señor trata con nuestras motivaciones. Si nuestras motivaciones nunca han sido tratadas por el Señor, no debemos pensar que podemos conocer las verdaderas motivaciones de los demás. Pero, si nuestras motivaciones ya han sido tratadas y ahora son puras, nuestro ministerio de la palabra no producirá "efectos colaterales" ni resultará en confusión. Más bien, seremos sencillos y puros para con Dios.
Necesitamos tratar nuestras motivaciones en todas las cosas, no solo en el ministerio de la palabra. Cuando aprendamos esta lección, seremos capaces de discernir con facilidad las motivaciones de los que vienen a nosotros. Después que nuestras motivaciones sean purificadas, seremos capaces de discernir con facilidad la motivación de aquellos con quienes nos reunimos. Tal vez no podamos percibir la pureza en su corazón, pero reconoceremos de inmediato la impureza en su interior. Lograremos discernir si alguien es sencillo y puro o si es impuro en cuanto a las motivaciones. Podremos conocer fácilmente a una persona.
Discernir la carne humana
Una persona cuya carne nunca ha sido eliminada o que nunca ha aprendido ninguna lección con relación a su propia carne y sus inclinaciones, no podrá trabajar coordinadamente con los demás en ningún servicio. Podemos permitir que sirva, pero no deberíamos designarla para ningún servicio. Eso sería un error. Ya que es difícil encontrar a alguien cuya carne haya sido trabajada por completo, no debemos designar a nadie para ningún servicio de manera incondicional.
En otras palabras, la delegación o asignación de una persona a un servicio debe ser de acuerdo con el grado con que su carne ya ha sido tratada. Cuanto más su carne es tratada, más podemos asignarle servicio. Si ha sido poco tratada, no debemos asignarle gran responsabilidad en el servicio, pues eso podría resultar en problemas.
Supongamos que un hermano ama al Señor, es celoso y desea servir. No debemos regocijarnos cuando exprese ese deseo y permitir que participe del servicio. Eso no resultará en la edificación. Nadie construye una casa de ese modo. Un carpintero primero observa su material para conocer la naturaleza, la condición y las dimensiones de lo que utilizará en la edificación. Solo entonces comienza a edificar. Él necesita primero evaluar la condición del material y luego asignar cada uno según su naturaleza y condición. Solo de esa forma su trabajo será apropiado para la construcción.
Sin embargo, los presbíteros de algunas iglesias no actúan así. Se regocijan cuando descubren a un hermano que ama al Señor y pronto lo hacen responsable de una reunión de grupo. Pero, como sus motivaciones son impuras y su ego aún no ha sido negado, todos sus "trucos" se vuelven aparentes en semanas. Aunque los santos lo aprecien mucho, del mismo modo que los hijos de Israel apreciaban mucho a Absalón, la iglesia sufrirá un considerable daño. Algunas veces esos daños solo pueden ser recuperados después de varios años, y la iglesia sufre una gran pérdida.
Eso afecta la capacidad de la iglesia de predicar el evangelio con poder, la habilidad de los hermanos de levantarse y la falta de vitalidad en las reuniones. Toda la iglesia parece sufrir de envenenamiento, transmitiendo a las personas un sentimiento de desamparo o impotencia. Esa es la consecuencia de que los presbíteros no sepan administrar la iglesia y no conozcan a las personas. Son como un carpintero que no conoce sus materiales. Por esa razón es difícil tener la edificación.
No es difícil predicar el evangelio y llevar a las personas a la salvación, y es fácil ministrar la palabra con el fin de instruirlas, pero no es así tan simple edificarlas juntas. Es por ese motivo que el apóstol Pablo dice: "Según la gracia de Dios que me fue dada, puse el fundamento como prudente constructor; y otro edifica sobre él. Pero cada uno mire cómo edifica" (1 Co 3:10). Realmente no es fácil edificar la iglesia. No podemos simplemente dejar que los hermanos crezcan por sí mismos. Necesitamos comprender que la iglesia necesita ser administrada y gran parte de la administración que ella necesita depende de nuestra habilidad en conocer a las personas y discernir sus motivaciones e inclinaciones de la carne.
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