El camino de la consagración es un camino de sufrimiento, de sacrificio, en el cual todo lo que nos pertenece naufraga. Algunos se consagran a fin de obtener la compasión de los otros y así reducir su propio sufrimiento. Estos creyentes han perdido su consagración. Es vergonzoso buscar la ayuda de terceros con el objetivo de reducir nuestro sufrimiento.
Los que están de hecho consagrados necesitan aprender a no buscar ayuda de los otros. Preferimos sufrir delante del Señor que buscar la ayuda de terceros, y preferimos pasar hambre por tres días seguidos que permitir que otras personas sepan de nuestra necesidad. Sin embargo, esa no es nuestra realidad actual. Algunos al sufrir muy poco ya desean ser notados por los otros y recibir ayuda de ellos. Esto es indicativo de que su consagración ya no es tan fuerte como en el pasado.
El primer grupo de siervos entre nosotros no buscaba ayuda de terceros. Incluso decían a las personas que no elegirían el camino de recibir ayuda de los otros. Tenían la capacidad de hacer dinero en el mundo, pero por amor al Señor no fueron al mundo para obtenerlo. Tal era la situación y el carácter de los que servían al principio.
Desafortunadamente algunos entre nosotros ahora temen no conseguir ayuda. Parece que la vergüenza para nosotros ahora es no recibir ayuda. Pero es una gloria que los otros no cuiden de nosotros, porque servimos al Señor a tiempo completo. No es glorioso procurar obtener ayuda y compasión de los otros; al contrario, es vergüenza.
Nos volveremos deplorables parásitos si siempre esperamos la ayuda de terceros. En función de eso, algunos pueden reprendernos, afirmando que somos los parásitos de la sociedad, ya que dependemos de otros para nuestro sustento. Esto indica que nuestra consagración no es firme. Sin embargo, no quiere decir que los santos no deban amar y cuidar a los siervos del Señor.
Durante muchos años los colaboradores más antiguos mantuvieron el principio de que no nos agradamos ni nos sentimos agradecidos por la ayuda que recibimos directamente de los otros. No queremos recibir ninguna contribución directamente de las manos de los hombres.
Los que se sienten responsables por nuestro cuidado deben ofrendar en la caja de ofrendas. Queremos recibir nuestro suministro directamente de las manos de Dios. Una persona preguntó en cierta ocasión a un hermano, que servía a tiempo completo, cuánto en ofrenda había recibido esa semana. Ese tipo de pregunta es un insulto para quien sirve a tiempo completo. Debemos mirar bien a los ojos de quien la hace y decirle que eso no es asunto suyo. Su pregunta no refleja amor por los que sirven al Señor; al contrario, es una ofensa. Una persona realmente interesada debe contribuir colocando la ofrenda en la caja apropiada sin preguntar cuánto recibe un siervo del Señor. Esas son preguntas inconvenientes.
La esposa de un hermano que sirve dijo cierta vez que su esposo recibía apenas unos pocos dólares por semana. Eso llevó a otros a sentir que deberían ayudarlo a encontrar un empleo. Eso es vergonzoso. Ya que esa pareja estaba dispuesta a seguir por ese camino, no debía quejarse. Quien sirve al Señor no debe actuar de ese modo. Los que eligen seguir ese camino necesitan saber que es un camino de sufrimiento y pobreza. No deben esperar tener una vida próspera. El Señor nunca dijo que los que optaran por ese camino tendrían comida con que alimentarse y buena vida. En vez de eso dijo que debemos dejar todo para seguirlo. Debemos incluso perder la vida. Ese es el camino de la consagración.
Es glorioso cuando podemos vivir por la fe un año entero, sin que nadie demuestre preocupación por nosotros. Pero existen situaciones en que los que sirven piden la ayuda de los otros. Cuando estamos en esa condición, podemos hacer la obra del cristianismo institucionalizado, pero no la de la edificación de la iglesia. Cuando edificamos la iglesia, nuestra fama, reputación, ser y familia naufragarán. Nuestra reputación, lo que somos y lo que tenemos necesitan ser enterrados. El apóstol Pablo sufrió naufragio por el Señor; y el Señor ganó su todo.
La situación de los primeros apóstoles, de los cristianos que tomaron parte en la vida de la iglesia primitiva y de los que siguieron al Señor a través de los siglos sin duda no puede ser considerada normal. Solamente podemos ser considerados normales si no nos consagramos y no seguimos el camino de la consagración. Todos los caminos de la consagración son con certeza anormales.
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