Leer y orar: “Y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de sabiduría humana, sino con demostración del Espíritu y de poder” (1 Co 2:4)
En el capítulo anterior consideramos la necesidad de estudiar el uso del ministerio de la palabra para elevar las reuniones de la iglesia. Es necesario añadir que el ministerio de la palabra debe ser vivo y práctico; no depende de temas elevados ni de contenido profundo.
No debemos pensar que temas como la regeneración y cómo tratar el pecado son demasiado superficiales solo porque alguien ya haya hablado de ellos. Ese es un concepto muy equivocado.
El ministerio de la palabra depende de la necesidad. Si alguien necesita oír un mensaje sobre la regeneración, debemos transmitir un mensaje vivo al respecto. Creo que incluso el apóstol Pablo a veces disfrutaba oír a otros predicar el evangelio. Probablemente era suplido cuando ellos predicaban, porque sus predicaciones eran vivas.
Algunos consideran difícil predicar un mensaje en la iglesia en Taipéi, porque los santos ya han escuchado buenos y elevados mensajes en las conferencias. Piensan que si la palabra trata un tema común, los santos ya lo han oído. Pero si se trata de un tema elevado, los santos no logran alcanzarlo.
Al ministrar la palabra, el contenido no debe ser demasiado elevado. Es un error buscar “alturas” para hallar un camino. No es normal andar por los tejados. Los que intentan andar por los tejados buscan problemas. Debemos más bien buscar siempre un camino claro y sin obstáculos, y como no hay obstáculos, este camino puede tomarse repetidamente.
Por eso no debemos temer a los temas antiguos, sino a las formas viejas de expresión y las maneras viejas de hablar del asunto. El tema puede ser el mismo, pero necesita diferentes formas de presentación para que se vuelva vivo.
No hay ningún beneficio en el esfuerzo de predicar mensajes elevados. Debemos creer que entre los ministros levantados por Dios en la iglesia, algunos funcionarán para suplir a la iglesia con cosas nuevas y originales, y otros no. Los hermanos no necesitan palabras profundas para ser suplidos; solo necesitan palabras simples.
Personas son salvas todos los días y deben aprender a consagrarse. Pero los que ya se han consagrado necesitan renovar su consagración. Por tanto, no necesitamos necesariamente dar mensajes elevados. Debemos esforzarnos por recibir una carga del Señor. Debemos apegarnos a este principio.
Necesitamos conocer la necesidad de los hermanos. En vez de preocuparnos por si un mensaje es superficial o profundo, debemos ocuparnos de la genuina necesidad de la iglesia. El mensaje dado en reuniones regulares es siempre diferente de la palabra dada en las conferencias.
Las conferencias presentan mensajes en momentos específicos para sembrar la necesidad de la iglesia en lo íntimo de los santos. Ellos necesitan digerir estos mensajes. La palabra del domingo, sin embargo, es para atender las necesidades generales de los hermanos. Por eso, no hay necesidad de pensar si un mensaje es superficial o profundo ni preocuparse si ya fue predicado por otros. Nuestra única preocupación debe ser si suple las necesidades de los hermanos.
Para que eso ocurra, nuestras palabras deben ser vivas. Jamás debemos temer que un tema común sea demasiado superficial para los santos. En realidad, eso no existe. Incluso un mensaje “superficial” puede ministrar cosas profundas a las personas.
En 1942, un hermano que se congregaba en cierta denominación venía con frecuencia a nuestras reuniones con la intención de escuchar los mensajes del evangelio. Aunque la predicación del evangelio era muy simple, por medio de la cual los incrédulos eran salvos, ese hermano terminó volviéndose a la base de la iglesia a causa de esas predicaciones.
Los que son responsables del ministerio de la palabra necesitan tener un cambio de concepto. No debemos considerar si un tema es profundo o simple, o si otros ya han hablado de él. En vez de preocuparnos por esas cuestiones, debemos recibir una carga para saber exactamente lo que los santos necesitan.
Una vez recibida esa carga, necesitamos estudiar para encontrar una manera viva de presentarla. Esto no significa que nuestras palabras deban estar llenas de vivacidad, elocuencia o persuasión, sino que debemos hablar palabras de vida, que toquen, conmuevan y eleven el espíritu de los santos y los convenzan en su espíritu, liberándolos así. Es ahí donde debemos invertir nuestra energía y esfuerzos.
Por eso necesitamos orar con fervor: “Señor, hoy voy a hablar sobre la regeneración. Dame una palabra nueva y llena de vida”. Nuestro hablar debe ser tal que incluso el apóstol Pablo diría que fue tocado. Debe dar incluso a los creyentes experimentados un suministro nuevo y fresco, tan refrescante como el rocío de la mañana. Aunque la regeneración sea un tema “viejo”, ya hablado tantas veces, aún debemos dar al espíritu de las personas un nuevo suministro de este tema. Esto es la palabra viva.
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