EL PEREGRINO¹ - EL VIAJE
DEL CRISTIANO A LA CIUDAD CELESTIAL
PRÓLOGO
SEMANA 1 - DOMINGO
Lectura Bíblica: He 13
Leer y orar: "Acordaos de los encarcelados, como si estuvierais presos con ellos; de los que son maltratados, como si vosotros mismos en persona fuerais los maltratados." (He 13:3)
Las profundas experiencias por las cuales pasó después de convertirse, unidas a los dones naturales de los que era poseedor, lo capacitaron, de un modo especial, para presentar los hechos a los demás hombres. Así fue que no tardó en comenzar su ministerio, del cual, más tarde, se ocupó exclusivamente, con una eficacia no alcanzada por ningún otro ministro de su tiempo.
Su predicación del Evangelio y su ausencia en los cultos de la Iglesia Oficial atrajeron sobre él la atención de las autoridades eclesiásticas del vecindario, por cuya institución fue él arrojado a prisión. Allí permaneció durante doce años, y, para sostener a su esposa y a su hija ciega, fabricaba cordones para zapatos. Y fue allí, en la prisión de Bedford, que él concibió y dio forma a la gran alegoría que inmortalizó su nombre.
Cumplida la pena, Bunyan fue puesto en libertad, y entonces comenzó a predicar en Bedford, en Londres y en otras ciudades. Escribió diversas obras de gran utilidad y continuó su ministerio hasta la edad de sesenta años. Su último viaje fue hecho para apaciguar a un padre y a un hijo que se hallaban peleados. En ese viaje contrajo un grave resfriado que le robó la vida.
En los hechos así resumidamente narrados y especialmente en el hecho de su prisión, ven algunos escritores la disciplina y la preparación de Bunyan para escribir El Peregrino. Pero la gran obra de Bunyan no se explica así. Estudiando las circunstancias de su vida anterior, nadie diría que él llegaría a producir semejante obra. Bunyan es la gran creación de la providencia divina, que solo se explica como se explica la creación de un mundo. Es un fenómeno que solo se comprende por el hecho de que Dios, por procesos que no podemos explicar y por medios que nos parecen inadecuados, hace surgir grandes hombres para grandes fines. Y no solo escoge las cosas locas de este mundo para confundir a los sabios, y débiles para confundir a los fuertes, sino que revela la sabiduría y la fuerza donde menos se sospechan estas cualidades.
Bien indica el espíritu de la Inglaterra cristiana el hecho de que ella, que debería haber colocado a Bunyan entre sus hijos más dignos, hubiese, en cambio, retribuido su esfuerzo con persecuciones y encarcelamiento, cuando su único crimen fue ausentarse de los servicios públicos de la Iglesia oficial, promover reuniones donde predicaba el Evangelio, y hacer el culto de un modo que le parecía más de acuerdo con los principios del Nuevo Testamento. Y esto, en el entender de las autoridades eclesiásticas, era un gran crimen.
Así, fue Bunyan arrestado en una reunión, en Sansell, y no pudiendo prestar fianza, fue recluido en la cárcel para esperar el proceso que solo se realizó siete semanas después. Así decía su acusación: "Juan Bunyan, de Bedford, obrero, diabólica y perniciosamente se ha ausentado de la Iglesia, promoviendo reuniones y aglomeraciones ilegales, que grandemente desorientan y perturban a los buenos súbditos de este reino". Bajo esta acusación, sin ser oída una sola testigo, fue él condenado. El Juez Keeling en un tono brutal que mucho distaba de su dignidad de juez, le dijo: "oye tu sentencia: tienes que volver a la prisión, donde quedarás por tres meses. Y al fin de tres meses, si no vuelves a frecuentar la Iglesia y si no desistes de tus predicaciones, serás desterrado del reino, y si vuelves sin licencia especial del rey, serás ahorcado. Atiende, pues, a lo que te digo". Y volviéndose al carcelero, dijo: "Llevad a este hombre".
La respuesta de Bunyan fue tan digna de su carácter cristiano como la sentencia fue indigna del Juez que la pronunció. "Si yo saliera hoy de la prisión", dijo él, "¡predicaría mañana, con la ayuda de Dios!" Y acompañando al carcelero, fue de nuevo encerrado.
Pero ni todos los horrores de la prisión, ni la separación de la esposa y de los cuatro hijos, conmovieron el espíritu de este gran siervo de Dios. Especialmente sufría él con la separación de la hija ciega. "Mi pobre hija", decía él, "¡cuán triste es tu porción en este mundo! ¡Serás maltratada, pedirás limosna, pasarás hambre, frío, desnudez y otras calamidades! ¡Oh!, ¡los sufrimientos de mi cieguita me quebrarían el corazón en pedazos!" Sin embargo, Bunyan no desfalleció, porque todo lo entregó en las manos de Dios. "En verdad", decía él, "cuando dejé mi casa, llevaba la paz de Dios en el corazón. Bendito sea el Señor, fui a la cárcel con la paz de Dios en mi pobre alma".
Los jueces no sabían qué hacer con él. Constantemente lo mandaban a buscar a su presencia y como Bunyan no prometía cambiar de conducta, lo mandaban nuevamente a la prisión, temiendo desterrarlo de Inglaterra, conforme a la sentencia del Juez Keeling. Los amigos intercedían por él. Su esposa, que concordaba con sus ideas, fue a Londres con una petición y la presentó a la Cámara de los Lores. A pesar de ser una joven retraída, se presentó ante los jueces y defendió tan bien a su marido, que cualquier abogado no lo haría mejor. Pero fue todo en vano. La única condición exigida para su libertad fue una condición que el prisionero no podía aceptar por nada de este mundo. "¿Tu marido dejará de predicar?" preguntó el Juez Twisten a la esposa de Bunyan. "Mi señor", respondió ella, "él no podrá dejar de predicar mientras tenga voz para hablar".
Bunyan era un hombre de conciencia extremada. Plenamente convencido de que era llamado por Dios para predicar el Evangelio, afrontaba² a los hombres que querían desviarlo de la senda comenzada. Y para vivir en paz con la conciencia, estaba dispuesto a sufrir todo lo que le fue impuesto.
Más de doce años pasó él en la cárcel. ¡Doce años! Es fácil escribir estas palabras, pero difícil concebir su significado. Doce años representan la quinta parte de su vida en la edad de mayor energía. A pesar de que su cuerpo estaba circunscrito al estrecho ámbito de una prisión, su alma estaba libre. Porque fue allí, en una celda húmeda en Bedford, que Bunyan tuvo aquellas gloriosas visiones, y fue allí donde las reunió magistralmente en su obra inmortal, le bastaba cerrar los ojos, y dejaba de ser el prisionero para convertirse en aquel peregrino cuya trayectoria describe con tanto vigor.
La cárcel de Bedford desaparecía y su alma liberada ascendía al monte de la visión, de donde divisaba la carrera del peregrino. Desde allí veía la Ciudad de la Destrucción y rememoraba cómo salió de ella, con un gran fardo en los hombros. Veía el Pantano de la Desconfianza y el gran cerro vecino a la casa del Sr. Legalidad, con sus precipicios y sus llamas vivas. Recordaba su entrada por la Puerta Estrecha, su visita a la casa del Intérprete, su éxtasis al llegar al pie de la Cruz, cuando, con los ojos fijos en el Crucificado, el fardo cayó de sus hombros. Y más adelante, veía el Palacio Hermoso, donde encontró alimento y reposo, y donde despertó cantando en el cuarto de la Paz. Entonces paseaba en las montañas de las Delicias, en compañía de los pastores, donde, desde el Cerro de la Luz, con el telescopio de la fe, divisaba a lo lejos los pórticos de perla, las torres de oro y los muros de jaspe de la Ciudad de los Bienaventurados, o se demoraba en la tierra de Beulá. O entonces, pasando el río, subía el cerro que llegaba a las puertas de la Ciudad, y los inmortales le tomaban de las manos y el fardo de sus hombros cansados caía al río. Las puertas se abrían a su llegada; las trompetas sonaban a su aproximación. Las campanas de la Ciudad "repicaban de alegría". Los ángeles venían a su encuentro con arpa y corona y le daban el arpa para cantar alabanzas y la corona "en señal de honra". Y la multitud de redimidos lo rodeaban con aclamaciones, diciendo: "Entra en el gozo de tu Señor".
Y todas estas visiones eran reales para él, - más reales que sus desnudas paredes de su cárcel; porque estas eran sombras que pasaban, mientras que aquellas eran la realidad que permanece para siempre. Y despertando del sueño, con el semblante irradiando alegría celestial, trazaba aquellos cuadros admirables que, después de perecidos sus perseguidores, reducidas a polvo las paredes de su cárcel y pasados los días de sufrimiento, vinieron a traer luz y alegría a todas las tierras, a todas las generaciones, en la soledad y en las ciudades, en el palacio y en la choza, a jóvenes y a ancianos, a ricos y a pobres, a sabios y a ignorantes.
Sin discusión, la prisión de Bunyan redundó para el progreso del Evangelio. La Providencia que sabe contener la ira del hombre y hacerla contribuir para su gloria, hizo que la malicia de sus perseguidores sirviera a la causa que procuraban destruir. Vemos, entonces, la mano divina usando la prisión de Bunyan para moverlo a escribir, y lo vemos sacar partido de las circunstancias para facilitarle el trabajo.
Las crueldades que se practicaban en otras prisiones quizás hubiesen puesto fin a los días del prisionero o quizás lo hubiesen imposibilitado de escribir; pero el carcelero de Bedford trataba a Bunyan con tanta humanidad que hasta llegaba a disgustar a los jueces. Así es que, de vez en cuando, Bunyan tenía la libertad para visitar a la familia. Cierta vez, un párroco, teniendo noticia de esas visitas, denunció al carcelero. Esto ocurrió justamente un día en que Bunyan estaba de visita en casa. Pues bien, sucedió que Bunyan comenzó a sentirse mal, y, por ese motivo, volvió a la prisión más temprano de lo que pretendía. Apenas había entrado Bunyan en su celda, cuando llegó el fiscal de la prisión e interrogó al carcelero: "¿Todos los presos están aquí?" Respondió él: "Sí". "¿Juan Bunyan está aquí?" insistió él. "Sí", volvió a decir el carcelero. Y como el fiscal quisiera averiguarlo con sus propios ojos, luego le fue presentado el prisionero. Después de este incidente el carcelero decía a Juan Bunyan: "Podéis salir cuando queráis porque sabéis mejor que yo, la hora de volver".
Y así fueron conservadas la vida y la salud de aquel hombre que, prohibido de predicar a pequeños grupos en hogares de pobres, predica hoy, a través de sus libros, a millones de criaturas de todas las tierras y de todas las generaciones, mientras que aquellos que procuraban taparle la boca para que no hablase, yacen hoy en el polvo del olvido. Y así son los enemigos del Evangelio: deshacen sus propios planes y así vence el bien, aureolado de gloria y resplandor.
La popularidad del libro de Juan Bunyan, titulado El Peregrino, es sin paralelo. Durante la vida del autor, muchos volúmenes fueron vendidos en Inglaterra - en aquel tiempo en que los libros eran escasos en el reino - y diversas ediciones fueron publicadas en América del Norte. Fue traducido al francés, flamenco, alemán, galés, irlandés, y a muchas otras lenguas, y solamente la Biblia le sobrepasa en popularidad.
El Peregrino es conocido como clásico, dondequiera que se hable la lengua inglesa. Es vendido por todos los precios y leído por todas las clases, ricamente ilustrado, elegantemente encuadernado, ornamenta la biblioteca del rico. O simple y desgastado por el uso se encuentra en la estantería del pobre. Los niños encuentran profundo encanto en sus historias de peligros y conflictos, de desesperación y de victoria. Hombres, tan ignorantes que apenas saben leer, quedan fascinados con su lectura. Y hombres instruidos, aunque no simpaticen con su objetivo religioso, sienten el poder de su genio y son llevados a admirar sus bellezas, sus terribles creaciones y su alta comprensión de la naturaleza humana. Los creyentes nuevos, al inicio de la carrera, lo leen para consuelo y estímulo en las luchas; los veteranos de la fe, que aún permanecen de este lado del río, ven en él, fielmente retratados, los dolores y las tribulaciones que ya pasaron.
El Peregrino es un libro universal - apela a todos los pueblos, todas las clases y todas las religiones de todos los tiempos. Y lo que excita nuestra admiración es saber que fue escrito por un hombre sin instrucción y descendiente de una tribu vagabunda, que lo escribió espontáneamente, inconscientemente, sin esfuerzo, como si lo hiciera más para expandir el tumulto de imágenes que llevaba en el cerebro. Pero, nos faltaría el tiempo, y el espacio no permite discurrir sobre todas las bellezas de este libro. Cuanto más lo estudiamos tanto más vemos en él el secreto de su popularidad que, exceptuando la Biblia, es sin rival entre los libros.
Con placer, pues, lo recomendamos a todos los amigos de la buena literatura, y es nuestro sincero deseo que algunos de los lectores sean llevados a comenzar esta misma jornada del peregrino y que aquellos que ya la comenzaron, prosigan en ella con coraje y gallardía³, hasta completar la peregrinación que Bunyan tan admirablemente trazó.
LOS EDITORES
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¹ Obra de John Bunyan (1678), El Peregrino, también conocida como El Peregrino: El progreso del peregrino desde este mundo hasta el mundo que ha de venir, se trata de un clásico de la literatura universal cristiana. Este material fue transcrito de la 12ª edición de 1969 de la Imprensa Metodista.
² Enfrentar con coraje, osadía o desafío; soportar, resistir, desafiar.
³ Valentía, nobleza de actitud o elegancia con dignidad.
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