EL PEREGRINO – EL VIAJE DEL
CRISTIANO A LA CIUDAD CELESTIAL
CAPÍTULO 1
SEMANA 1 - LUNES
Leer y orar: “Los entendidos brillarán como el resplandor del firmamento, y los que enseñan la justicia a muchos, como las estrellas a perpetua eternidad.” (Daniel 12:3)
CAMINANDO por el desierto de este mundo, me detuve en un lugar donde había una cueva¹; allí me recosté para descansar. Pronto me dormí y tuve un sueño.
Vi a un hombre cubierto de harapos², de pie, y con la espalda vuelta hacia su casa, llevando sobre los hombros una pesada carga y en las manos un libro (Isaías 64:6; Lucas 14:33; Salmo 38:4; Habacuc 2:2). Lo observé con atención y vi que abría el libro y lo leía; y, a medida que leía, lloraba y temblaba, hasta que, no pudiendo contenerse más, soltó un doloroso gemido, y exclamó: “¿Qué he de hacer?” (Hechos 2:37 y 16:30; Habacuc 1:2-3).
En este estado regresó a su casa, procurando reprimirse lo más posible, para que su esposa e hijos no percibieran su aflicción. Como, sin embargo, su mal se agravaba, ya no pudo disimularlo, y abriéndose con los suyos, les dijo así:
“Querida esposa, hijos de mi corazón, no puedo resistir por más tiempo el peso de esta carga que me aplasta. Sé con certeza que la ciudad en que habitamos será consumida por fuego del cielo, y que todos pereceremos en tan horrible catástrofe si no hallamos una forma de escapar. Mi temor crece con la idea de que no halle ese medio”.
Al oír estas palabras, un gran susto se apoderó de aquella familia, no porque creyeran que la predicción fuera a cumplirse, sino porque pensaban que su jefe ya no tenía en pleno uso sus facultades mentales.
Y, como la noche se acercaba, hicieron que se acostara, esperando que el sueño y el descanso calmarían su mente. Sin embargo, no cerró los párpados en toda la noche, que pasó en lágrimas y suspiros.
Por la mañana, cuando le preguntaron si estaba mejor, respondió negativamente, diciendo que la dolencia lo afligía cada vez más. Continuaba lamentándose, y su familia, en lugar de compadecerse de tanto sufrimiento, lo trataba con aspereza.
Sin duda esperaba lograr por este medio lo que la dulzura no había conseguido hasta entonces: a veces se burlaban de él, otras lo reprendían, y casi siempre lo despreciaban. Solo le quedaba el recurso de encerrarse en su cuarto para orar y llorar su desgracia, o salir al campo, buscando en la oración y la lectura un lenitivo³ para su dolor tan indescriptible.
Cierto día, mientras paseaba por los campos, lo noté muy abatido de espíritu, leyendo como de costumbre, y le oí exclamar de nuevo: “¿Qué he de hacer para ser salvo?”
Su mirada desorbitada se volvía de un lado a otro, como buscando un camino por donde huir; pero, al no encontrarlo enseguida, permanecía inmóvil, sin saber hacia dónde dirigirse.
Vi entonces que se le acercaba un hombre llamado Evangelista (Hechos 16:30-31; Job 33:23), quien le dirigió la palabra, entablándose entre ambos el siguiente diálogo:
Evangelista – ¿Por qué lloras?
Cristiano – (Así se llamaba él). – Porque este libro me dice que estoy condenado a muerte, y que luego seré juzgado (Hebreos 9:27), ¡y yo no quiero morir! (Job 16:21-22), ¡ni estoy preparado para comparecer en juicio! (Ezequiel 22:14).
Evangelista – ¿Y por qué no quieres morir, si tu vida está llena de tantos males?
Cristiano – Porque temo que esta pesada carga que llevo sobre los hombros me hunda aún más que la tumba, y así vaya a caer en Tofet (Isaías 30:33). Y si no estoy dispuesto a ir a esa prisión tremenda, mucho menos a comparecer en juicio o a ese suplicio. He ahí la razón de mi llanto.
Evangelista – Entonces, ¿qué esperas ahora que estás en tal estado?
Cristiano – No sé a dónde dirigirme.
Evangelista – Toma y lee. (Y le presentó un pergamino en el cual estaban escritas estas palabras: “Huid de la ira venidera”). (Mateo 3:7).
Cristiano – (Después de leer). ¿Y a dónde he de huir?
Evangelista – (Señalándole un campo muy vasto). ¿Ves aquella puerta estrecha? (Mateo 7:13-14).
Cristiano – No la veo.
Evangelista – ¿No ves allá una luz que brilla? (Salmo 119:105; II Pedro 1:19).
Cristiano – Me parece que la veo.
Evangelista – Pues no la pierdas de vista; ve derecho hacia ella, y encontrarás una puerta; llama, y allí te dirán lo que debes hacer.
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¹ Una alusión a la prisión de Bedford, donde estaba encarcelado.
² Harapos, trapos.
³ Alivio o consuelo del dolor.
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