EL PEREGRINO
EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL
CAPÍTULO 9
SEMANA 3 - LUNES
Leer y orar: "Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor." (Romanos 6:23)
SE DECIDIÓ entonces la partida de nuestro peregrino, con el consentimiento de los habitantes del palacio; pero antes de partir, lo llevaron nuevamente al arsenal, donde lo armaron con armas de la más fina templanza, para defenderse en el camino si fuera atacado. Luego lo acompañaron hasta la puerta, donde él preguntó al portero si, durante su estancia en el palacio, había pasado algún viajero. El portero le respondió afirmativamente.
Cristiano - ¿Acaso lo conoces?
Portero - No, pero le pregunté su nombre, y me dijo que se llamaba Fiel.
Cristiano - ¡Ah! ¡Ya sé quién es! Lo conozco perfectamente; es mi paisano y vecino, y viene de mi tierra. ¿Irá ya muy lejos?
Portero - Debe de ir por el final de la cuesta.
Cristiano - Gracias, buen hombre; que el Señor esté contigo y aumente sus bendiciones por el bien con que me has tratado.
Y partió. Discreción, Piedad, Caridad y Prudencia quisieron acompañarlo hasta el final del desfiladero, y todos fueron conversando sobre los asuntos que ya habían tratado.
Al llegar a la cuesta, dijo:
Cristiano - La subida me pareció difícil, pero la bajada no ha de ser menos peligrosa.
Prudencia - Así es. Siempre hay peligro para el hombre que desciende al Valle de la Humillación, adonde te diriges, de resbalar; y también son peligrosos los obstáculos que allí se encuentran. Por eso vinimos a acompañarte.
Cristiano iba descendiendo con mucha cautela, pero no sin tropezar más de una vez. Cuando llegaron al final de la pendiente, los personajes que lo acompañaban se despidieron de él, le dieron un pan, una botella de vino y un racimo de uvas.
Tan pronto como entró en el valle, comenzó Cristiano a verse en apuros. Apenas había dado algunos pasos, se le presentó un abominable demonio, llamado Apolión. Cristiano tuvo miedo y empezó a reflexionar si sería mejor huir o mantenerse firme en su puesto. Pero se acordó de que la armadura no le protegía la espalda y que, por lo tanto, darle la espalda al enemigo sería darle grandes ventajas, pues podría herirlo con sus flechas.
Se decidió, pues, a tener valor y a mantenerse firme, único recurso que le quedaba para conservar la vida.
Dio algunos pasos más y se encontró cara a cara con el enemigo. Era horrible el aspecto del monstruo; estaba cubierto de escamas, semejantes a las de los peces; tenía alas como de dragón y patas de oso; de su vientre salía humo y fuego, y su boca era semejante a la boca del león. Al acercarse a Cristiano, le lanzó una mirada de desprecio, y le habló en estos términos:
Apolión - ¿De dónde vienes y a dónde vas?
Cristiano - Vengo de la ciudad de Destrucción, albergue de todo mal, y voy a la ciudad de Sion.
Apolión - ¿Quieres decir con eso que eras mi súbdito, porque toda esa región me pertenece, y la domino como príncipe y dios? ¿Y te atreviste a rebelarte contra el dominio de tu rey? ¡Ah! Si no esperara que aún me servirás mucho, ¡te aplastaría de un solo golpe!
Cristiano - Es cierto que nací en tus dominios; pero tu servicio era tan pesado, y la paga tan miserable, que ni siquiera me alcanzaba para vivir, porque la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23). De modo que, cuando llegué a tener uso de razón, hice como la gente sensata: procuré mejorar mi suerte.
Apolión - Ningún príncipe gusta de perder a sus súbditos por poca cosa; y yo, por mi parte, no quiero perderte. Así que, como te quejas del servicio y del pago, vuelve de buena voluntad a tu tierra, que te prometo darte todo cuanto se puede dar en mis dominios.
Cristiano - Ahora estoy al servicio del Rey de reyes, así que no puedo ir otra vez contigo.
Apolión - Has ido de mal en peor, como dice el refrán; pero generalmente, los que han profesado ser siervos de tal rey, pronto se emancipan de su yugo, y, tomando mejor consejo, vuelven otra vez a mí. Haz tú como ellos, y todo te irá bien.
Cristiano - Le di mi palabra y le juré fidelidad; si desistiera ahora, ¿no merecería ser ahorcado por traidor?
Apolión - Así te portaste conmigo, y, a pesar de eso, estoy dispuesto a olvidar todo, si quieres volver.
Cristiano - Las promesas que te hice fueron hechas antes de llegar a la adolescencia, y no tienen valor alguno. Además, espero que el príncipe, bajo cuyas banderas ahora sirvo, me absolverá y me perdonará todo lo que hice para agradarte. Y, sobre todo, quiero hablarte francamente: su servicio, su paga, sus siervos, su gobierno, su compañía y su país me agradan muchísimo más que los tuyos. Pierdes tu tiempo si intentas persuadirme de lo contrario; soy su siervo, y estoy resuelto a seguirle.
Disfrute más:
No hay comentarios.:
Publicar un comentario