EL PEREGRINO
EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL
CAPÍTULO 9
SEMANA 3 - MARTES
Leer y orar: "En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones." (Ap. 22:2)
Cristiano llega al Valle de la Humillación (2)
Apolión - Ya que aún conservas la serenidad y sangre fría, piensa bien en lo que probablemente encontrarás en ese camino. Sabes que la mayoría de sus siervos tienen un fin desdichado, por haber transgredido contra mí y contra mis intenciones. ¡Cuántos no han sido víctimas de una muerte vergonzosa! Además, si su servicio es mejor que el mío, ¿por qué motivo no ha salido aún del lugar donde está para librar a los que le sirven? Yo soy lo contrario: cuántas veces, como puede atestiguarlo el mundo entero, ya sea por fuerza o por astucia, he librado a los que me sirven fielmente de sus manos y de las de los suyos, a pesar de que los tienen bajo su poder. Te prometo que haré lo mismo por ti.
Cristiano - Si él tarda en librarlos, según parece, es, en verdad, para probar más evidentemente su amor y ver si le permanecen fieles hasta el final. En cuanto al fin desdichado que dices que muchos han tenido, fue ese seguramente el fin más glorioso que podían tener. Porque, salvación presente no esperan ellos, que saben que se necesita tiempo para llegar a la gloria, y esta la tendrán cuando su Príncipe venga en su gloria, y en la de los ángeles.
Apolión - ¿Cómo puedes tú pensar en recibir salario, si ya has sido infiel en tu servicio?
Cristiano - ¿En qué fui infiel?
Apolión - ¡Vamos! apenas saliste de casa desfalleciste, cuando te viste en riesgo de ahogarte en el Pantano de la Desconfianza; luego intentaste, de varias formas, deshacerte del peso que llevabas, en lugar de esperar, como debías, que tu príncipe te librase de él. Después, te dormiste culpablemente, perdiendo en esa ocasión el objeto más precioso que poseías. El miedo a los leones también casi te hizo regresar, y, sobre todo, cuando hablas de tu viaje y de lo que has visto y oído, te domina interiormente el espíritu de la vanagloria.
Cristiano - Tienes mucha razón en lo que dices, y mucho más podrías aún decir, ¡pero el Príncipe a quien sirvo y venero es misericordioso y perdonador! Además, olvidas, sin duda, que esas debilidades se apoderaron de mí mientras estaba en tu país; allí fui vencido por ellas, y me costaron muchos pesares y muchos gemidos, pero me arrepentí de todo, ¡y mi Príncipe me perdonó!
Apolión, que ya no podía contener la ira que lo poseía, rompió en estos improperios: Soy enemigo de ese príncipe, aborrezco su persona, sus leyes, y su pueblo, y vengo con el firme propósito de impedirte el paso.
Cristiano - Mira bien lo que haces, Apolión, porque yo estoy en la calzada real, en el camino de la santidad, y, por lo tanto, soy muy superior a ti. Al oír esto, Apolión extendió las piernas hasta ocupar todo el ancho del camino, y dijo: - No creas que te tengo miedo; prepárate para morir, pues te juro, por el abismo infernal en que habito, que no pasarás de aquí. Voy a arrancarte el alma. Y, al mismo tiempo, lanzó con gran furia un dardo de fuego contra el pecho de Cristiano, este, que tenía el escudo en el brazo, lo detuvo con él y escapó del peligro.
Cristiano desenvainó enseguida la espada, reconociendo que era tiempo de acometer [atacar], y Apolión se lanzó sobre él, lanzando rayos tan numerosos [intensos] como granizo, hasta el punto de herir a Cristiano en la cabeza, en las manos y en los pies, a pesar de los esfuerzos que hacía para defenderse. Estas heridas lo hicieron retroceder un poco, circunstancia que Apolión aprovechó para volver al asalto con mayor energía; pero Cristiano, reanimándose, resistió con el mayor denuedo [osadía, valentía].
Esta furiosa lucha se prolongó hasta cerca del mediodía, hora en que se agotaron las fuerzas de Cristiano, que, por causa de las heridas, iba debilitándose cada vez más.
Apolión no dejó de aprovechar esta ventaja, y abandonando los dardos, lo acometió cuerpo a cuerpo. El choque fue tan rudo que Cristiano dejó caer la espada. - Ahora eres mío - exclamó Apolión, estrechándolo con tanta fuerza que por poco no lo sofocó.
Cristiano supuso que iba a morir; pero quiso Dios que, en el momento en que Apolión iba a descargar el último golpe, Cristiano echara rápidamente mano de la espada, que estaba en el suelo, y exclamara: "No te alegres de mí, oh enemiga mía; porque aunque caí, me levantaré" (Miq. 7:8). Y le asestó una estocada mortal, que lo obligó a retirarse, como quien recibe el golpe final. Al ver esto, Cristiano redobló su energía, y lo atacó de nuevo, diciendo: "Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó" (Rom. 8:37).
Apolión abrió sus alas de dragón, huyó apresuradamente, y Cristiano no lo vio más (Santiago 4:7). Solo quien, como yo, presenció este combate puede hacerse idea de los espantosos y horribles gritos y rugidos que Apolión lanzó durante la lucha. Su voz era semejante a la del dragón, y contrastaba con los suspiros y gemidos lastimosos que salían del corazón del Peregrino. Larga fue la pelea, y durante ella solo brilló en los ojos de Cristiano una mirada de alegría cuando hirió a Apolión con su espada de dos filos. Miró entonces al cielo y sonrió. ¡Nunca presencié una lucha tan encarnizada!
Terminado el combate, pensó Cristiano en dar gracias a aquel que lo libró de la boca del león, a aquel que lo auxilió contra Apolión. Y, arrodillándose, exclamó: Belcebú había resuelto perderme, enviando armado contra mí a ese secuaz; largo fue el combate, terrible fue la lucha; pero el Bendito, el Santo, vino en mi auxilio, lo obligó a huir por la fuerza de mi espada; alabado sea el Señor eternamente, gracias y mil bendiciones sean dadas a su santísimo nombre.
Entonces una mano misteriosa le ministró algunas hojas del árbol de la vida (Apoc. 22:2). Cristiano las aplicó sobre las heridas que había recibido en la pelea, y quedó completamente curado. Luego se sentó en aquel lugar, para comer del pan y beber del vino que poco antes le habían dado. Así fortalecido, siguió su camino, llevando en la mano la espada desenvainada, con temor de que algún otro enemigo le saliese al encuentro. Sin embargo, nada más se le opuso en todo el valle.
Pasado el Valle de la Humillación, entró en el Valle de Sombra de Muerte, que es atravesado por el camino que conduce a la Ciudad Celestial; este valle es muy solitario, como nos lo describe el profeta Jeremías.
Un desierto, una tierra despoblada y sin camino, tierra de sed, imagen de la muerte, tierra en la cual no anduvo varón sin ser cristiano, ni habitó hombre (Jer. 2:6).
Si fue terrible la lucha entre Cristiano y Apolión, no lo fue menos la que tuvo que sostener en este valle.
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