EL PEREGRINO
CAPÍTULO 15
SEMANA 5 - MARTES
Leer y orar: "Has alejado de mí al amigo y al compañero; mis conocidos están en tinieblas." (Salmos 88:18)
Cristiano y Esperanza aprisionados por el gigante Desesperación
Cristiano y Esperanza, al verse rodeados de consuelo y paz, caen en negligencia y, tomando un camino equivocado, son aprisionados por el gigante Desesperación;
Nuestros peregrinos seguían su camino, cuando los vi llegar a un hermoso río, al que el rey David llamó "río de Dios" y Juan "río del agua de la vida" (Salmos 65:9; Apocalipsis 22:1; Ezequiel 47:1-9).
Tenían que cruzar este río. Grande fue el consuelo que sintieron, y mayor aún cuando, habiendo aplicado sus labios al agua de la vida, hallaron que era agradable y refrescante para sus espíritus fatigados.
En las orillas del río crecían árboles frondosos, que producían toda clase de frutos, y cuyas hojas servían para prevenir aquellas enfermedades que suelen atacar a las personas que, por haber caminado mucho, sienten agitación en la sangre. A ambos lados del río había hermosos prados adornados de lozanos lirios, que todo el año se mantenían verdes.
Al llegar a uno de estos prados, se acostaron y se durmieron, porque en ese lugar podían descansar con seguridad (Salmos 23:2; Isaías 14:30). Al despertar, comieron de los frutos de los árboles, volvieron a beber del agua de la vida, y se durmieron de nuevo. Así lo hicieron durante varios días que permanecieron en este lugar. El placer que experimentaban era tal que exclamaban: "Bendito sea el Señor, que preparó estas aguas cristalinas para los peregrinos que por aquí pasan. Suave es la fragancia que exhalan estos prados, que con gran delicia nos invitan. Quien pruebe estos frutos o incluso las hojas de estos árboles, con gusto venderá todo lo que posee para comprar esta tierra".
Como aún no hubiesen llegado al final de su viaje, decidieron partir, después de haber comido y bebido.
Vi entonces en mi sueño que, muy cerca de allí, se separaban el camino y el río, lo cual no dejó de entristecerlos. A pesar de ello, no se atrevieron a abandonar la senda. Cuanto más se alejaba del río, más áspera se volvía, y como los pies de los peregrinos estaban muy sensibles debido a la larga caminata, sus almas se abatieron grandemente (Números 21:4).
No obstante, continuaron su camino, aunque deseaban entrar a un prado, al cual se accedía por unos tablones de madera; se llamaba "Prado del camino equivocado". Entonces dijo Cristiano a su compañero: Si este prado sigue paralelo al camino, podríamos ir por él. Y, acercándose a los tablones para examinar mejor, vio un atajo que corría junto a la senda, del otro lado del muro.
Esperanza – ¿Y si nos perdemos en el camino?
Cristiano – No es probable. Mira, ¿no ves que el atajo sigue paralelo al camino?
Esperanza, convencido por su compañero, pasó con él al otro lado, y entraron en el atajo, que era muy suave para los pies de nuestros peregrinos. Divisaron un poco más adelante a un hombre que iba por el mismo atajo, llamado Falsa Confianza. Le preguntaron adónde conducía esa vereda. A la puerta celestial, respondió el hombre. "¿Ves? ¿No te lo decía yo?" preguntó Cristiano a su compañero. "Ahora podemos estar seguros de que vamos bien".
Y continuaron su marcha, yendo aquel hombre delante. Pero la noche los sorprendió, y se hizo tan oscura que no podían distinguir al hombre que iba delante. Éste, al no ver el camino, cayó en una fosa profunda, mandada abrir por el príncipe de aquellos lugares, para que en ella cayesen los necios presuntuosos, y se lastimó mucho en la caída (Isaías 3:16).
Cristiano y Esperanza, al oírlo caer, le preguntaron en alta voz qué le había sucedido, pero por toda respuesta obtuvieron un profundo gemido. Entonces preguntó Esperanza: ¿Dónde estamos? Cristiano no se atrevió a responder, temiendo haberse perdido. Al mismo tiempo comenzó a llover, y se desencadenó una violenta tormenta. Los truenos y relámpagos se sucedían, y el agua subía e inundaba a los peregrinos. Esperanza soltó un gemido, diciéndose a sí mismo: ¡Mejor hubiéramos seguido por la senda, como yo quería!
Cristiano – ¡Quién habría pensado que este atajo nos haría errar el camino!
Esperanza – Lo presentí desde el principio, y por eso te hice aquella suave advertencia, no hablando más claramente por respeto a tu edad.
Cristiano – No te ofendas, buen hermano. Siento en lo más profundo haber contribuido a que erraras el camino, exponiéndote a tan inminente peligro. Perdóname, no fue con mala intención.
Esperanza – Tranquilo, hermano. Te perdono de todo corazón, y cree que este suceso será provechoso para ambos.
Cristiano – ¡Cuánto estimo tener por compañero a un hermano tan bondadoso! Pero, en lugar de quedarnos aquí, volvamos atrás en busca de la senda.
Esperanza – Muy bien, querido hermano, pero déjame ir delante.
Cristiano – No. Yo deseo ir adelante. Si hay algún peligro, que lo sufra yo primero, ya que por mi causa nos perdimos los dos.
Esperanza – No debo consentirlo, porque tu espíritu está turbado, y podríamos extraviarnos aún más.
En ese momento oyeron, con gran consuelo, una voz que decía:
"Prestad atención al camino y a la senda por donde anduvisteis; volved" (Jeremías 31:21). Pero las aguas habían crecido mucho, lo que hacía muy peligrosa la vuelta. (Pensé entonces cuán fácil es salir del camino cuando estamos en él, y cuán difícil es volver una vez que lo hemos perdido). Nuestros peregrinos se arriesgaron a volver atrás; pero las tinieblas eran tan densas, y el agua tan alta, que estuvieron a punto de ahogarse varias veces.
Por más diligencia que pusieron, no podían dar con los tablones de madera. Entonces, habiendo hallado un pequeño refugio, se sentaron allí y esperaron el amanecer, quedándose dormidos de fatiga y cansancio.
Cerca del lugar donde se sentaron, había un castillo llamado el Castillo de la Duda, cuyo dueño era el Gigante Desesperación, a quien también pertenecían los terrenos donde nuestros peregrinos se habían dormido.
El gigante, habiéndose levantado temprano, paseaba por sus campos, cuando se topó, sorprendido, con Cristiano y Esperanza, que aún dormían. Con voz áspera y amenazadora, les preguntó de dónde eran y qué querían allí.
– Somos peregrinos, respondieron, y nos perdimos en el camino.
– Miserables –exclamó el gigante–; habéis violado mis terrenos esta noche, pisoteando mi siembra; sois mis prisioneros. Nada pudieron responder ante esta intimidación, pues el gigante era más fuerte, y ellos se sabían transgresores; así que decidieron obedecer. El gigante los empujó delante de sí y los metió en una de las prisiones de su castillo, oscura, repugnante y horrible al espíritu de los pobres peregrinos. Allí yacieron desde el miércoles por la mañana hasta el sábado por la noche, sin comida, sin agua, sin luz, y sin que nadie se interesara por su estado. Tristísima era la situación, lejos de amigos y conocidos (Salmos 88:1-18), y especialmente la de Cristiano, pues su mal aconsejada prisa había sido la causa de tan grande infortunio.
La esposa del gigante Desesperación se llamaba Desconfianza. El gigante le contó, cuando se acostaron, que había atrapado a los prisioneros y los había arrojado a la cárcel por haber violado sus tierras, preguntándole después qué destino, según su opinión, debían tener los presos. Desconfianza, luego de indagar quiénes eran, de dónde venían y adónde iban, aconsejó a su marido que los azotara sin misericordia a la mañana siguiente.
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