EL PEREGRINO
CAPÍTULO 15
SEMANA 5 - MIÉRCOLES
Leer y orar: "Pondré sobre su hombro la llave de la casa de David; abrirá,y nadie cerrará; cerrará, y nadie abrirá." (Is 22:22)
Cristiano y Esperanza aprisionados por el gigante Desesperación (2)
Así pues, el gigante, en cuanto se levantó, se armó con un terrible látigo y bajó a la prisión. Comenzó a injuriarlos, tratándolos como perros, y, aunque ellos no respondieron nada malo, se lanzó sobre ellos, azotándolos de tal manera que ya no podían moverse, ni siquiera voltearse en el suelo de un lado a otro. Hecho esto, se retiró, dejándolos abandonados a su miseria y llorando su desgracia. Así pasaron aquel día solos, entre sollozos y amargos lamentos.
En la noche siguiente, enterada Desconfianza de lo sucedido, dijo a su esposo que debía aconsejarles acabar con sus propias vidas.
Llegó el día. El gigante se dirigió a la prisión con la misma rudeza de la víspera, y al ver cuánto sufrían los prisioneros a consecuencia de los golpes que les había dado, les dijo:
—Ya que nunca habéis de salir de aquí, lo mejor que podéis hacer es poner fin a la vida, por el hierro, la soga o el veneno; porque, realmente, ¿cómo habréis de soportar una vida tan llena de amargura?
Ellos, sin embargo, insistieron con el gigante para que los dejara continuar su camino.
Desesperación los miró con ira, y con tal ímpetu cayó sobre ellos que seguramente los habría destrozado si no hubiera sido acometido por uno de los ataques a los que era propenso, y que, privándolo del uso de las manos, lo obligó a retirarse y dejarlos solos, entregados a sus reflexiones.
Entonces comenzaron a discutir si sería mejor seguir el consejo del gigante, y mantuvieron entre ellos este diálogo:
Cristiano —¿Qué hemos de hacer, hermano? La vida que llevamos es de miserias, y no sé si será mejor vivir así o acabar de una vez. Mi alma prefiere el suicidio a la vida, y la tumba a esta cárcel (Job 7:15). ¿Debemos seguir el consejo del gigante?
Esperanza —Es cierto que nuestra situación es terrible, y que la muerte me sería más agradable si hemos de quedarnos aquí para siempre; sin embargo, debemos recordar que el Señor del país al que nos dirigimos dijo: “No matarás”, y que si nos dio este mandamiento respecto a los demás, con mayor razón se aplica a nosotros mismos. Además, quien mata a otro solo le quita el cuerpo, pero quien se suicida mata cuerpo y alma de un solo golpe. ¿Hablas tú del descanso de la tumba?
¿Has olvidado acaso adónde van los que matan? “Recuerda que ningún asesino tiene vida eterna” (1 Jn 3:15). Debemos considerar que no toda ley está en manos de este gigante. Creo que otras personas han caído, como nosotros, en su poder, y que, sin embargo, han escapado de sus manos.
¿Quién sabe si Dios, que hizo el mundo, hará morir a este gigante Desesperación, o permitirá que algún día olvide echar el cerrojo, o vuelva a ser acometido de algún ataque que le haga perder el uso de los pies? Si así sucediera, estoy resuelto a actuar con energía y a hacer todo lo posible para huir de su poder; fui un necio en no haberlo intentado ya, pero tengamos paciencia y suframos un poco más; ha de llegar la hora de nuestra feliz liberación; no seamos, pues, asesinos de nosotros mismos.
Con estas palabras, Esperanza logró moderar por el momento el ánimo de su hermano, y así pasaron juntos en tinieblas aquel día en el más doloroso estado.
Al caer la tarde, el gigante volvió a bajar a la prisión para ver si los presos habían seguido su consejo; y aunque no se habían suicidado, los encontró con poca vida, porque, por un lado la falta de alimento y por otro las heridas recibidas, los habían debilitado al punto de apenas respirar.
Al verlos aún vivos, el gigante se enfureció y les dijo que mejor habría sido no haber nacido nunca que haber despreciado su consejo.
Esta amenaza atemorizó en gran manera a los dos prisioneros, y Cristiano casi se desmayó; pero, recobrando ambos un poco el ánimo, nuevamente discutieron sobre el consejo que el gigante les había dado.
Cristiano mostraba estar inclinado a seguirlo, pero Esperanza le dijo:
—Querido hermano: ¿acaso has olvidado el valor que tantas veces demostraste? ¿No pudo derrotarte Apolión, ni tampoco todo lo que viste, oíste y sentiste en el Valle de Sombra de Muerte? ¡Cuántas pruebas, terrores y espantos has atravesado! ¡Y ahora en ti solo veo debilidad y temor! ¿No estoy yo aquí en la misma cárcel, siendo por naturaleza mucho más débil que tú? ¿No me hirió el gigante como a ti? ¿No nos privó de pan y de agua? ¿No lamento, como tú, estar inmersos en profundas tinieblas? Pongamos en acción un poco más de paciencia. Recuerda el valor que mostraste en la Feria de la Vanidad, recuerda que no te atemorizaron ni las cadenas, ni la prisión, ni la perspectiva de una muerte terrible, y soportemos los males presentes con paciencia, tanto como podamos, para evitar la vergüenza.
Así pasó otro día. Por la noche, la esposa del gigante volvió a preguntarle sobre el estado de los prisioneros, para saber si habían seguido su consejo. El gigante respondió que eran unos hombres sin orgullo ni vergüenza, que prefirieron sufrirlo todo a suicidarse.
La mujer le replicó:
—Mañana, pues, por la mañana, llévalos al patio del castillo, muéstrales los huesos y los cráneos de aquellos que has destrozado, y diles que antes de ocho días habrán sufrido igual suerte.
Así se hizo. A la mañana siguiente, el gigante los llevó al patio del castillo, según el consejo de su mujer, y les dijo:
Estos huesos pertenecían a peregrinos como vosotros, que violaron mis dominios, como también lo habéis hecho vosotros, y a quienes destrocé cuando me pareció bien, como he de hacer con vosotros dentro de pocos días. Ahora volved otra vez a la prisión.
Y los acompañó hasta la puerta del calabozo, dándoles muchos azotes. Allí permanecieron tristes todo el día sábado, en circunstancias tan lamentables como antes. Llegada la noche, el gigante volvió a conversar con su esposa acerca de los peregrinos, extrañado de que ni los azotes ni los consejos hubieran acabado con ellos.
—Temo —dijo la mujer— que abriguen la esperanza de que alguien venga a libertarlos, o que tengan alguna llave falsa, con la cual esperan escapar.
—Mañana los registraré —respondió el gigante.
Era cerca de la medianoche del sábado cuando nuestros peregrinos comenzaron a orar, y continuaron en oración hasta casi el amanecer.
Momentos antes del alba, exclamó Cristiano con fervor, como si estuviera espantado: ¡Qué loco y necio soy por estar aquí en este calabozo, cuando podría estar disfrutando de la libertad! ¡Tengo en el pecho una llave llamada Promesa que, estoy convencido, puede abrir todas las cerraduras del castillo de la Duda! ¿Sí? —exclamó Esperanza—. ¡Qué buenas noticias me das, hermano! ¡Saca entonces la llave de tu pecho y probémosla!
Cristiano sacó la llave y la aplicó a la puerta de la prisión. Momentos después, la cerradura cedió y la puerta se abrió de par en par con gran facilidad. Cristiano y Esperanza salieron.
Llegaron a la puerta exterior que daba al patio del castillo, la cual también cedió fácilmente. Luego se dirigieron a la gran puerta de hierro que cerraba toda la fortaleza, y, aunque la cerradura era sumamente fuerte y complicada, lograron abrirla con la llave. Empujaron la puerta para huir a toda prisa, pero los goznes crujieron tanto que despertaron al gigante Desesperación, quien se levantó de inmediato para perseguir a los fugitivos; pero le fallaron las fuerzas, pues fue acometido por uno de sus ataques, lo que le impidió correr tras los peregrinos. Mientras tanto, ellos corrían, y llegaron a la carretera real, libres de todo temor, pues ya se hallaban fuera de la jurisdicción del gigante.
Habiendo pasado el puente que daba acceso a los terrenos del castillo, comenzaron a reflexionar entre sí sobre cómo podrían advertir del peligro de estar en poder del gigante, y decidieron erigir allí una columna, grabando en su cima estas palabras: Este camino conduce al castillo de la Duda, propiedad del gigante Desesperación, quien desprecia al Rey del país celestial y busca destruir a sus santos peregrinos.
Esta advertencia fue útil a muchos que llegaron después a aquel lugar, y que, al leer el letrero, pudieron evitar el peligro.
Y después de erigir la columna, entonaron un himno, que decía más o menos así: “¡Qué terrible situación la nuestra, cuando salimos del camino recto; entonces supimos lo que es pisar terreno prohibido! Vosotros que nos seguís en esta peregrinación, estad atentos, aprended de nuestro ejemplo y huid siempre de entrar al castillo de la Duda, pues caeréis en manos del terrible gigante Desesperación.”
Disfrute más:
Himno - Oración - “Esperando en Dios”
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