REUNIONES EN CASA
Leer y orar: “Así también vosotros, puesto que deseáis dones espirituales, procurad abundar en ellos para la edificación de la iglesia.” (1 Co 14:12)
En este mensaje consideraremos la manera de practicar las reuniones en casa. La forma de practicar cualquier reunión es tener en primer lugar la mutualidad, y en segundo lugar, el hablar. Estas dos cosas son muy útiles y prevalecientes en la práctica de cualquier reunión.
LA MUTUALIDAD EN LAS REUNIONES DE LA IGLESIA
Debido a la historia del cristianismo casi todos los cristianos hoy en día, incluso nosotros, no están acostumbrados a tener la mutualidad en sus reuniones. Generalmente en los servicios cristianos vemos que una o dos personas hablan y las demás son simplemente oyentes. De ningún modo esto es conforme a la enseñanza bíblica.
En el Nuevo Testamento hay dos categorías principales de reuniones cristianas. La primera es la reunión del ministerio, la reunión de los apóstoles, la reunión de cualquier persona dotada, tal como Pedro en el día de Pentecostés. La reunión en el día de Pentecostés fue una reunión para el ministerio.
No se puede considerar este tipo de reunión como una reunión de la iglesia y en la iglesia. Por otro lado, cuando en 1 Corintios 14 habla de la reunión, se refiere a la reunión de la iglesia y en la iglesia. El versículo 23 dice: “Si, pues, toda la iglesia se reúne...” Esta es la reunión de la iglesia en la iglesia. Cuando hablamos de las reuniones en casa, sin duda, nos referimos a las reuniones en la iglesia y las reuniones de la iglesia.
La predicación o la enseñanza de la reunión del ministerio no tiene mucha mutualidad ni mucho hablar uno con el otro. Pero en 1 Corintios 14, en las reuniones de la iglesia existe la necesidad básica, el factor básico de la mutualidad.
1 Corintios 14:23 dice: “Si, pues, toda la iglesia se reúne...” Luego en el versículo 26 dice que en este tipo de reunión “...uno tiene salmo, otro, doctrina; éste trae revelación, aquél otra lengua, y aún otro, interpretación”.
Esto nos muestra que la reunión de la iglesia y en la iglesia depende de la mutualidad. Allí siempre está el sentimiento de uno para con el otro. Debemos tener muy claro que las reuniones en casa ciertamente no son reuniones de algún ministerio.
Las reuniones en casa son absolutamente reuniones de la iglesia y en la iglesia. Dependen cien por ciento de la mutualidad. Si no hay mutualidad, no hay una reunión en casa. Tener una reunión en casa sin la mutualidad hace que la reunión en casa pierda su carácter; esa reunión en casa no sería de la iglesia.
Puede ser que sea una reunión en casa pero sólo de un ministerio pequeño, donde una persona habla y todas las demás escuchan. Un orador estaría allí con un auditorio pequeño, pero no habría mutualidad. 1 Co 14 es el único capítulo en los escritos de Pablo que nos enseña algo sobre las reuniones de la iglesia. En este capítulo está el factor básico de la mutualidad.
EL HABLAR EN LAS REUNIONES DE LA IGLESIA
El segundo factor necesario para las reuniones de la iglesia es el hablar. Si nadie habla, eso mata la reunión de la iglesia. La falta de hablar mata la reunión de la iglesia. La reunión de la iglesia depende de la mutualidad y del hablar. Las referencias de la Escritura para este mensaje proveen una base para tener comunión tocante a tales factores.
Hechos 5:42 dice: “Y todos los días, en el templo y de casa en casa, no cesaban de enseñar y de predicar [buenas nuevas] a Jesús, el Cristo”. Esto sucedió al comienzo de la vida de la iglesia, después del día de Pentecostés.
Después que los miles de nuevos creyentes fueron salvos, se reunían en el templo. La reunión en el templo fue para el ministerio, para que Pedro y Juan ministraran, hablaran, predicaran y enseñaran.
El versículo 42 se refiere también a que se reunían de casa en casa y, en cada casa. ¿Qué hacían allí? Se reunían para enseñar y predicar. Sin duda enseñaban a Cristo, enseñaban las cosas referentes a Cristo. En el día de Pentecostés, después de la predicación de Pedro, tres mil fueron salvos y enseguida comenzaron a reunirse.
Seguramente no hablaban de la religión judía. Sin duda hablaban de lo que habían oído en el único mensaje de Pedro. Enseñaban y predicaban. Predicaban a Jesucristo como las buenas noticias. En sus reuniones sólo hacían dos cosas, las dos incluían el hablar. Enseñar es hablar, y predicar también es hablar.
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