Leer y orar: “De igual manera, después de haber cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.” (Lc 22:20)
De Hebreos 7 al 10, Cristo es presentado de manera triple: como Sumo Sacerdote, como Ministro y como Ejecutor del nuevo pacto. Cuando Cristo es mencionado como Sumo Sacerdote, también se nos dice que Él es el Ministro del santuario y el Ejecutor del nuevo pacto.
Estos tres títulos se mencionan juntos porque sus funciones se superponen. Mientras Cristo desempeña Su obra sacerdotal, también ejecuta el nuevo pacto y, simultáneamente, ministra su contenido a nosotros.
En este mensaje consideraremos cómo Él ejecuta el nuevo pacto. Este es el punto más complicado del Nuevo Testamento de comprender; sin embargo, es todo-inclusivo.
EL HABLAR DE DIOS AL HOMBRE
A lo largo de toda la Biblia, el hablar de Dios ocurrió de tres maneras: Su palabra, Su promesa y Su pacto (o testamento). En el hablar de Dios estaba Su promesa. Al ser pronunciada bajo juramento, Su promesa se convirtió en un pacto, que también es un testamento.
Desde el principio, Dios habló con el hombre. Antes de que Adán desobedeciera, Dios habló con él. Después de la caída, Dios volvió a hablar con él, esta vez prometiendo que la descendencia de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente (Gn 3:15).
Con el hablar de Dios vino la promesa de Dios. Esto también fue cierto en el caso de Abraham. Al hablarle, Dios le prometió una descendencia y la buena tierra (Gn 13:15). Dios habló y Dios prometió. ¿Cómo se convirtió la promesa en un pacto? Fue mediante la adición de un juramento hecho con un sacrificio en el cual hubo derramamiento de sangre (Gn 15:7-18). Un pacto es un acuerdo en el que una de las partes promete ciertas cosas a la otra.
Un testamento, por su parte, es una herencia de lo que ya ha sido realizado. En términos actuales, es la última voluntad, una declaración legal por escrito para que la propiedad del testador sea distribuida en el momento de su muerte. La Biblia, vista como un todo, es en realidad el testamento de Dios, y aun sus dos partes se llaman Antiguo y Nuevo Testamento.
Dios es un Dios que habla. Cuanto más habla, más se compromete por Sus palabras. Sin embargo, ¡Él no puede dejar de hablar! Tiene mucho que decir al ser humano. La Biblia está llena del hablar de Dios. Ella es la Palabra de Dios para el hombre.
Cuando hablamos, podemos hacer promesas aun de manera inconsciente. Si logramos hacer que otros hablen con nosotros, podemos inducirlos a hacer promesas que no tenían la intención de hacer. Mientras permanezcan en silencio, no podremos persuadirlos; pero si hablan, puede ser que asuman un compromiso con nosotros.
Dios habló. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento Él habló y, al hablar, hizo promesas. La Biblia está llena de promesas: promesas a Adán, a Noé, a Abraham, a David y a nosotros, los creyentes del Nuevo Testamento.
Si el Señor Jesús no hubiera muerto, estas promesas serían solo promesas. Pero, a fin de cumplir estas promesas, Él de hecho murió. Por medio de Su sangre derramada, estas promesas se convirtieron en un pacto.
Ahora hay un compromiso firme para que se cumplan. En este pacto todavía quedan algunas cosas por hacer. Otras ya se han realizado y nos han sido legadas como herencia. Así, el pacto se convirtió en un testamento, el cual nos informa cuál es nuestra herencia.
“Por eso mismo, Él es el Mediador del nuevo pacto, para que, interviniendo la muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna. Porque donde hay testamento, es necesario que intervenga la muerte del testador; pues un testamento solo se confirma en caso de muerte, ya que no tiene ninguna fuerza legal mientras vive el testador” (He 9:15-17).
En el griego, la palabra usada es la misma tanto para pacto como para testamento. El nuevo pacto, consumado con la sangre de Cristo (vs. 11-14), no es solamente un pacto, sino también un testamento que incluye todas las cosas realizadas por la muerte de Cristo y legadas a nosotros como herencia.
Primeramente, Dios prometió que haría un nuevo pacto (Jr 31:31-34; He 8:8-13). Luego Cristo derramó Su sangre a fin de promulgar el nuevo pacto (Lc 22:20). Puesto que hay promesas ya cumplidas en este pacto, también es un testamento.
Este testamento, o última voluntad, fue confirmado y validado por la muerte de Cristo y es realizado y ejecutado por Él después de Su resurrección. La promesa del pacto de Dios es asegurada por Su fidelidad; el pacto de Dios es garantizado por Su justicia; y el testamento es ejecutado por el poder de la resurrección de Cristo.
La Biblia primero nos dice que Cristo vendrá. Luego nos promete que Él vendrá. No hay solo el hablar, sino también la promesa. Muchas bendiciones están incluidas en esta promesa: que Él moriría por nosotros para que nuestros pecados fueran perdonados y fuéramos redimidos; que recibiríamos vida; que esta vida es el Espíritu, quien a su vez es el propio Dios como todo para nosotros y para nuestro disfrute; finalmente, que heredaremos todo lo que Dios es, posee y hace. Después de haber hablado y prometido (incluyendo el contenido de Su promesa), Cristo fue a la cruz y murió, derramando Su sangre.
Debido a Su muerte, la promesa fue consumada, el pacto fue establecido y el testamento fue promulgado. Tenemos, por lo tanto, cuatro etapas en el hablar de Dios con el hombre: Su hablar, Su promesa, el establecimiento de Su pacto y la ejecución de Su testamento.
Adán, en Génesis 2, estaba en la primera etapa. Abraham, en Génesis 12, en la segunda, la etapa de la promesa. Los discípulos, al ver a Cristo morir en la cruz, estaban en la tercera, la etapa del establecimiento del pacto. Nosotros, actualmente, estamos en la cuarta etapa, cuando el testamento es ejecutado. Dios habló, prometió, Cristo estableció el pacto, y el pacto se convirtió en testamento para nosotros.
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Himno: Alabanza al Señor – “En Memoria de Él”
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