EL MINISTERIO
CELESTIAL DE CRISTO
Leer y orar: “Por lo cual también puede salvar por completo a los que por medio de Él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (He 7:25)
INTERCEDER POR NOSOTROS EN NUESTRAS NECESIDADES
¡Cuánto lo necesitamos!
Sin duda lo necesitamos a toda hora. Hora tras hora, no sabemos con certeza con qué nos encontraremos. Podemos decir aleluya o amén en la reunión, pero cuando regresamos a casa nuestra alegría puede desaparecer y, en lugar de aleluya y amén, solo hay silencio y “cara larga”.
Surge un problema o podemos resfriarnos y enfermarnos. Sea cual sea el problema, Cristo está allí cuidando de nuestro caso. Él nos sostiene cuando estamos tristes o enfermos. Su intercesión por nosotros nunca cesa.
Su capacidad para cuidarnos es ilimitada, porque Él es el Dios todopoderoso. Su sacerdocio es un ministerio de intercesión en los cielos, en el Santo de los Santos, delante de Dios a nuestro favor.
Muchas veces no somos conscientes de Su intercesión; sin embargo, algunas veces logramos percibir que Él cuida de nosotros de esta manera. Tal vez te encuentres en medio de una discusión con tu esposa cuando, de repente, te faltan las palabras.
¿Por qué aquellas palabras llenas de ira dejan de brotar de repente de tu boca? ¿Tuviste alguna experiencia semejante antes de ser salvo? En mi propio caso, yo solía enojarme de tal manera que podía durar todo el día, incluso hasta pasar la noche.
Desde que fui salvo, sin embargo, nunca más he podido enfurecerme por completo. Lo máximo que duró mi enojo, según recuerdo, fue solo algunos minutos. ¿Y tú? ¿Cuánto tiempo puedes permanecer enojado? No mucho, porque Cristo está allí, intercediendo por ti ante el trono de Dios, y Su intercesión es oída.
Algunas veces los problemas nos alcanzan y nos ponemos ansiosos. Antes de ser salvos, esas preocupaciones eran interminables. Ahora, cuando la ansiedad comienza a surgir, pronto sentimos un consuelo que nos trae alivio, como si nos dijera: “¿Por qué no oras? No necesitas preocuparte”.
Cristo comienza a interceder por nosotros, y ese es el efecto que Su intercesión produce en nosotros. Entonces le respondemos: “Gracias, Señor, por llevar mis preocupaciones. Todos mis cuidados están en Tus manos”.
Solo unas pocas palabras, y la ansiedad se va. ¡Podemos disfrutarlo! Esta es la intercesión sacerdotal de Cristo por nosotros. Es incesante.
En Romanos 8:34 Pablo pregunta: “¿Quién los condenará? Cristo Jesús es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”. No hay nadie que pueda condenarnos. Ciertamente Cristo no lo hará; Él murió por nosotros, resucitó y ahora está en los cielos intercediendo por nosotros.
Su ministerio celestial es cuidarnos. Todos hemos tenido muchas experiencias del cuidado de nuestro fiel Sumo Sacerdote hacia nosotros. Hemos sido recordados, consolados, fortalecidos e incluso guiados por Él muchas veces.
Si tuviéramos tiempo, podríamos dar testimonio tras testimonio de cómo la ayuda nos llegó no tanto de manera externa, sino desde dentro de nosotros. La ayuda también nos viene de los cielos. Hay algo en nosotros y algo desde lo alto que nos fortalece, nos sostiene, nos consuela y nos ilumina.
Sin este apoyo de la intercesión de nuestro Sumo Sacerdote, hace mucho tiempo ya habríamos sido derrotados. Hemos sido preservados no por nosotros mismos, sino por nuestro Sumo Sacerdote. Nuestro Sumo Sacerdote está altamente calificado para este oficio.
El libro de Hebreos nos presenta Sus calificaciones. Él es el Hijo de Dios (1:5), el Hijo del Hombre (2:6-9), el Autor de nuestra salvación (2:10), el Apóstol enviado por Dios a nosotros (3:1) y el verdadero Josué que nos conduce al reposo (4:8).
Es este, totalmente calificado, quien ahora cuida de nosotros en todos los detalles. Su intercesión es preciosa para el Padre. Dios, en Su trono, considera como un precioso tesoro el sacerdocio de Su Hijo. Necesitamos tener la misma consideración.
Él ora por ti día y noche. Puede que te hayas apartado del Señor y de la vida de la iglesia. Hacías oídos sordos a todos los que intentaban ayudarte. Pero un día, quizá mientras estabas muy lejos en lo alto de una montaña, comenzaste a pensar: “¿Por qué no regresar a la iglesia?”.
Te encontrabas completamente solo, lejos de la influencia de terceros, y aun así escuchaste ese consejo interior. ¿Cómo se explica esto? Con toda certeza es el resultado del sacerdocio de Cristo. Su intercesión te tocó mientras estabas lejos y te trajo de vuelta.
Realmente no necesitamos tanta ayuda exterior. ¡Tenemos un Ayudador en los lugares celestiales! Nuestra ayuda viene de los cielos hasta nuestro espíritu. Finalmente, viene desde nuestro propio interior. ¡Tenemos este tremendo Sumo Sacerdote!
“Por tanto, teniendo a Jesús, el Hijo de Dios, como gran sumo sacerdote […], acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia” (He 4:14-16). Después de presentarnos un retrato de nuestro Sumo Sacerdote cuidando de nuestras debilidades, el escritor de Hebreos nos exhorta a acercarnos al trono de la gracia.
Es acercándonos confiadamente de esta manera que tenemos reciprocidad con Su intercesión celestial. ¿Dónde está el trono de la gracia? Debemos responder que está tanto en los cielos como en nuestro espíritu. Si estuviera solo en los cielos, ¿cómo podríamos acercarnos a él? Como lo testifica nuestra experiencia, el trono también se encuentra en nuestro espíritu.
A modo de ilustración, supongamos que estamos ansiosos por alguna razón. Estar ansioso es una característica de las personas inteligentes. Solo los necios están completamente despreocupados, sin importar lo que les suceda. Si somos personas despiertas, que razonan, muchas cosas nos ponen ansiosos.
Cuando somos solteros, nuestros pensamientos se dirigen a preocupaciones personales. Después de casarnos, somos dos de quienes preocuparnos. En lugar de pensar solo en nosotros mismos, nos concentramos en nuestro cónyuge: “¿Qué decir de la conversación que tuvimos anoche? ¿Y nuestro futuro? ¿Y si uno de nosotros se enferma?”.
Necesitamos encontrar una salida para enfrentar todos los pensamientos perturbadores y las situaciones difíciles que nos acometen. ¡Gracias a Dios que nuestro espíritu está conectado con el Santo de los Santos! Cuando nos volvemos de la mente al espíritu, entramos en el Santo de los Santos. Una vez allí, es difícil percibir si estamos en el cielo o en la tierra.
El Santo de los Santos tiene dos extremos: uno en los cielos y otro en nuestro espíritu. Allí, en el Santo de los Santos, está el trono de la gracia. ¿Qué hacemos junto al trono de la gracia? Oramos, adoramos y buscamos a Aquel que está en el trono. Lo alabamos y le damos gracias.
Desde ese trono fluye el río de la vida. Si permanecemos allí por unos instantes, percibiremos que algo fluye del trono de la gracia hacia nosotros, en nosotros y desde nosotros. Experimentaremos la vida eterna como suministro de la gracia. Recibiremos misericordia y hallaremos “gracia para oportuno socorro” (He 4:16).
Al acercarnos al trono de la gracia, tenemos reciprocidad con el sacerdocio celestial de Cristo. Siempre que nos volvemos al espíritu y nos acercamos así al trono de la gracia, tenemos reciprocidad con Su intercesión celestial. Su intercesión y nuestra oración constituyen un camino de doble vía entre el cielo y la tierra.
Cuando el sumo sacerdote entraba en el Santo de los Santos, llevaba sobre sus hombros los nombres de las doce tribus (Éx 28:6-10). Estos nombres también estaban escritos sobre el pectoral (v. 21). Hoy en día, nuestro Sumo Sacerdote nos lleva a todos delante de Dios en el Santo de los Santos celestial.
Él se presenta delante de Dios para llevarnos hasta allí y también para llevar nuestras necesidades ante Él. En ese Lugar Santo todos nuestros problemas son resueltos. Él nos está sirviendo junto al trono de la gracia. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para recibir misericordia y hallar gracia para oportuno socorro.
El trono de la gracia es el único lugar donde nuestros problemas pueden ser resueltos. Al acercarnos a él, tenemos reciprocidad con la intercesión de Su parte. Esta comunicación continúa todo el día. Aunque nada de esto puede verse con los ojos físicos, nuestro espíritu percibe lo que ocurre en el Santo de los Santos a nuestro favor. ¡Acércate al trono de la gracia!
Este oficio de Sumo Sacerdote es la parte más grandiosa del ministerio celestial de Cristo. Nos encontramos con Él, hora tras hora, disfrutándolo, experimentándolo y tocándolo. A medida que Él intercede por nosotros, nos acercamos con confianza al trono para recibir misericordia y hallar gracia.
La misericordia y la gracia siempre están disponibles para nosotros, pero necesitamos recibirlas y hallarlas mediante el ejercicio del espíritu, acercándonos al trono y tocando a nuestro Sumo Sacerdote, quien se compadece de nosotros en todas nuestras debilidades.
LA GRANDEZA DE NUESTRO SUMO SACERDOTE
¡Cuán grande es nuestro Sumo Sacerdote! Él “puede salvar por completo a los que por medio de Él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (He 7:25). Los sumos sacerdotes que servían bajo la ley tenían debilidades; por eso debían ofrecer sacrificios primero por sus propios pecados y luego por los pecados del pueblo (v. 27).
Nuestro Sumo Sacerdote, en cambio, es “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores y hecho más sublime que los cielos” (v. 26). Él no tiene necesidad de ofrecer sacrificios, “porque lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a Sí mismo” (v. 27).
A diferencia de los hombres débiles que sirvieron como sumos sacerdotes bajo la ley, nuestro Sumo Sacerdote es “el Hijo, hecho perfecto para siempre” (v. 28). “[...] tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos” (8:1). Él es el “gran sacerdote sobre la casa de Dios” (10:21).
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¹ Himno n.º 186 en el himnario de Brasil
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Himno: 186
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