CADENAS Y TRIBULACIONES ME ESPERABAN
Consideremos nuevamente Hechos 20:22 junto con el 23: “Y ahora, constriñido en mi espíritu, voy a Jerusalén, sin saber lo que me sucederá allí, salvo que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me asegura que me esperan cadenas y tribulaciones”. Pablo no sabía lo que encontraría en Jerusalén, pero sabía una cosa: el Espíritu Santo solemnemente le testificaba que cadenas y aflicciones lo esperaban. El testificar del Espíritu Santo era solamente una profecía, una predicción, y no una orden. Por eso, no debía haberlo tomado como una orden, sino como una advertencia. Aunque no sabía exactamente lo que le aguardaba en Jerusalén, sabía, por la advertencia del Espíritu Santo, que cadenas y tribulaciones lo esperaban.
En el versículo 24 continúa: "Pero en nada considero mi vida preciosa para mí mismo, con tal que termine mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios". Lo que dijo aquí se relaciona con el movimiento neotestamentario del Señor, de propagar el Cristo resucitado por medio del evangelio. En Hechos 20:24 el término griego traducido como "vida" también significa "alma". Lo que dijo en este versículo implica que sentía que sería martirizado.
LA ABARCABILIDAD DE LA ENSEÑANZA DE PABLO
El versículo 25 continúa: “Ahora sé que todos vosotros, en cuyo medio pasé predicando el reino, no veréis más mi rostro”. Este versículo indica que en Éfeso proclamó el reino de Dios. Vimos que el reino de Dios es el principal tema de la predicación de los apóstoles en Hechos (1:3; 8:12; 14:22; 19:8; 28:23, 31). No es un reino material visible a los ojos humanos, sino el reino de la vida divina.
En Hechos 20:25 les dice a los presbíteros de la iglesia en Éfeso que ya no verían su rostro. Esto indica que él había percibido de antemano que sería martirizado. En Hechos 20:26-27 leemos: “Por tanto, os protesto en este día que estoy limpio de la sangre de todos; porque nunca dejé de anunciaros todo el designio de Dios”. La expresión griega traducida como “en este día” es muy enfática. Las palabras de Pablo en el versículo 27, sobre nunca dejar de anunciar todo el designio de Dios, indican que él llevó a cabo una gran obra en Éfeso. Aquí tenemos una indicación de la amplitud de la enseñanza de Pablo a los queridos hermanos allí.
EL ESPÍRITU SANTO CONSTITUYE SUPERVISORES ENTRE EL REBAÑO
Lo que Pablo dice en Hechos 20:28 es muy importante: “Mirad por vosotros y por todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo os ha constituido obispos, para pastorear la iglesia de Dios, la cual él compró con su propia sangre”. Al igual que en 1 Pedro 5:2, el término griego para rebaño literalmente significa pequeño rebaño. Este rebaño es pequeño en número (Lc 12:32) comparado con el mundo. Es una pequeña planta para dar vida, y no un gran árbol para que las aves aniden en él (Mt 13:31-32 y notas), es decir, una gran religión como el cristianismo.
En Hechos 20:28 Pablo les dice a los presbíteros de la iglesia en Éfeso que el Espíritu Santo los había constituido supervisores entre el rebaño. Los apóstoles eran los que designaban a los presbíteros en cada iglesia (14:23). Pero aquí, Pablo, el principal, el que designaba, dijo que el Espíritu Santo lo había hecho, lo que indica que cuando los apóstoles designaban a los presbíteros, el Espíritu Santo estaba uno con ellos, y lo hacían de acuerdo con la dirección del Espíritu.
A través de lo que Pablo dijo en estos versículos, vemos que la existencia de las iglesias depende completamente del Espíritu Santo, y no de los apóstoles. Aunque los apóstoles habían designado a los presbíteros, Pablo aquí dice que esto fue obra del Espíritu Santo. Esto nos revela que una iglesia solo existe a través de la obra del Espíritu Santo. En otras palabras, la obra de los apóstoles con respecto a las iglesias debe ser absolutamente la obra del Espíritu Santo. Como es el Espíritu Santo quien establece a los presbíteros, es Él quien establece las iglesias.
Los supervisores en el versículo 28 son los presbíteros en el versículo 17, lo que prueba que supervisor y presbítero son sinónimos, denotando a la misma persona. Hacer de un supervisor un obispo distrital para gobernar a los presbíteros de varias localidades en ese distrito es un error grave. Esto fue lo que enseñó Ignacio. Su enseñanza errónea se convirtió en la base para el establecimiento de las posiciones y dio lugar a la jerarquía.
El vocablo griego para supervisor es episkopos, de epi, que significa sobre, y skopós, que significa aquel que ve; de ahí, supervisor (obispo, del latín episcopus). Un supervisor (1 Ti 3:2) en una iglesia es un presbítero. Los dos títulos se refieren a la misma persona: presbítero denota a alguien con madurez; supervisor denota la función de presbítero. Fue Ignacio en el segundo siglo quien enseñó que supervisor, o obispo, es más elevado que presbítero. De esa enseñanza errónea surgió la jerarquía de los obispos, arzobispos, cardenales y papa. Esta enseñanza también es la origen del sistema episcopal de gobierno eclesiástico. Tanto la jerarquía como el sistema son abominables a los ojos de Dios.
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