CÓMO SER ÚTIL PARA EL SEÑOR
CAPÍTULO CINCO
SEMANA 2 - JUEVES
Si leemos la Biblia con atención, podremos descubrir el concepto de Dios acerca de la salvación. Toda persona que administra un negocio tiene una idea sobre su gestión, y la administración y organización de su negocio están basadas en esa idea.
De igual manera, Dios también tiene una idea acerca de la economía y la dispensación de la gracia para con nosotros. Hoy, en el cristianismo, el concepto predominante es que antes éramos pecadores, pero después de creer en el Señor y recibir el perdón de Dios, fuimos salvos. Por lo tanto, después de morir, nuestra alma irá al cielo para disfrutar de las bendiciones eternas. Sin embargo, recuerde que este es el concepto del hombre, no el de Dios.
Romanos 8:29 dice que “a los que antes conoció, también los predestinó”. ¿Para qué los predestinó Dios? ¿Para que fueran al cielo? No. El versículo 30 dice además: “Y a los que predestinó, a estos también llamó”. ¿Los llamó para que fueran al cielo? No. El versículo continúa: “Y a los que llamó, a estos también justificó”. ¿Los justificó para que fueran al cielo? No. La Palabra dice que “también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo”. Dios nos salva, no para que vayamos al cielo, sino para que seamos conformados a la imagen de Su Hijo.
Efesios 1 dice que Dios “nos escogió en él [en Cristo] antes de la fundación del mundo (...) para adopción¹ de hijos por medio de Jesucristo” (vs. 4-5). [La expresión adopción de hijos también puede traducirse como filiación]. La intención de Dios es que nos convirtamos en hijos de Dios. Luego, en el capítulo cuatro, dice que Su deseo es que nosotros, los salvos, lleguemos a la plena madurez, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (v. 13).
La primera epístola de Juan 3:2 dice que, sin duda, “ahora somos hijos de Dios”, y aún “no se ha manifestado lo que hemos de ser”. Juan también dice que, no obstante, cuando el Señor regrese, “seremos semejantes a él”. Además, dice: “Todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (vs. 2-3).
Ante esto, ¿cuál es el concepto de Dios? El concepto de Dios no es tan simplista como el nuestro. La Biblia dice que Dios tiene un placer en Su corazón, según el cual Él quiere ganar un grupo de personas para que sean vasos de Su gloria en el futuro. Como un alfarero, Dios nos hizo de barro. No éramos más que trozos de barro, pero fuimos creados por Dios para ser vasos, e incluso vasos que Él preparó de antemano para gloria. La intención de Dios es poner en nosotros Su propia gloria para que lleguemos a ser vasos de gloria (Rm 9:20-24). ¡Qué gracia!
Así como un vaso puede contener jugo de uva, también podemos contener a Dios. Sin embargo, como el vaso es un objeto muerto, el jugo de uva no puede transformarlo ni mezclarse con él. No obstante, como vasos vivos de Dios, contenemos al Dios vivo con el Espíritu vivo y la vida. De este modo, podemos ser mezclados con Él.
Damos gracias a Dios porque, un día, fuimos salvos, Dios entró en nosotros y, en cuanto entró en nosotros, se estableció una comunión entre Él y nosotros, y nosotros con Él (1 Jn 1:3). Una vez establecida la comunión, comienza la transformación (2 Co 3:18).
Creo que todos tenemos este tipo de experiencia. En el momento en que fuimos salvos, Dios entró en nosotros y, desde entonces, interviene en todo en nuestra vida diaria: en nuestro hablar, en nuestras acciones, en nuestras intenciones, pensamientos y motivaciones. Aquel que está en nosotros está vivo. Como vive en nosotros, nos inquieta y tiene comunión con nosotros en todo momento, produciendo un efecto en nuestro interior. Cuanto más intenso sea este efecto, más seremos transformados interiormente.
Esta transformación sucede, primero, en nuestro espíritu y luego, poco a poco, llega a nuestra mente (Rm 12:2; Ef 4:23). Cuando esto ocurre, nuestra mente comienza a tener el elemento de Dios. Poco a poco, esta transformación llega a nuestra emoción y, en consecuencia, ya no podemos ser tan libres como antes en cuanto a expresar nuestra alegría, ira, dolor y placer.
Ya no podemos ser libres para amar lo que queramos. Cuando queremos amar a alguien o algo con nuestro amor, Aquel que está en nosotros nos detiene y no nos deja amar. Antes, amábamos y perdíamos la paciencia a nuestro antojo, pero ahora ya no nos conviene hacer esas cosas. Cuando estamos a punto de amar a alguien o de perder la paciencia, Aquel que está en nosotros nos detiene e inquieta, impidiéndonos tener paz.
Antes, nuestras ideas, decisiones, elecciones y preferencias eran solo nuestras. Sin embargo, después de que Dios se mezcló con nosotros, todo ha cambiado y ya no somos tan libres. Esto sucede porque el elemento de Dios ha sido añadido a nosotros.
En el pasado, cuando teníamos una idea o una opinión formada, nadie podía cambiarnos. Ahora es diferente. Cuando estamos a punto de expresar nuestra idea, Él nos da un toque interior. Cuando tenemos una opinión formada, Él se mezcla con nosotros. Mientras oramos, en nuestro interior preguntamos: “¿Será que Dios quiere que haga esto? ¿Él estará contento con esto?”
De este modo, nuestras ideas tienen el elemento de Dios y el sabor de Dios, porque Él se ha mezclado con nosotros. Esta mezcla es conformarse. Cuanto más nos mezclamos, más tenemos la imagen del Hijo de Dios. Muchos entre nosotros tienen cierto sabor del Hijo de Dios en sus experiencias. Esto sucede porque Dios continuamente se mezcla con ellos para conformarlos a la imagen de Su Hijo.
_____________
No hay comentarios.:
Publicar un comentario