lunes, 12 de mayo de 2025

La administración de la iglesia y el ministerio de la palabra, semana 9, capítulo 12, lunes

 LA ADMINISTRACIÓN DE LA IGLESIA
Y EL MINISTERIO DE LA PALABRA

CAPÍTULO DOCE:
LA PALABRA ES PARA SUMINISTRAR
Y LA ADMINISTRACIÓN ES PARA EDIFICAR

SEMANA 9 - LUNES
Lectura Bíblica: 1 Co 13:11; 14:20; 2 Co 5:13; 1 Ts 2:7

Leer y orar: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero al llegar a ser hombre, dejé las cosas de niño.” (1 Corintios 13:11)


LA MANERA DE HABLAR DEBE SER
ADECUADA Y APROPIADA

Quienes transmiten la palabra también deben prestar atención a su manera de hablar. Esto se refiere a la postura y está relacionado con el temperamento. Claro que no nos enfocamos en cosas externas, pero la manera de hablar puede afectar en gran medida el mensaje que transmitimos. Es posible que nuestra postura le reste peso al mensaje.

Por ejemplo, gesticular demasiado con las manos puede causar distracción y, por lo tanto, debe corregirse. Podemos corregir este error practicando nuestra manera de hablar frente al espejo. Así lograremos corregirnos.

Un obrero del Señor no debe fingir; sin embargo, todo obrero debe mantener una postura adecuada. La postura se refiere a la manera de hablar. La primera lección que debe aprender un diplomático está relacionada con la postura. No puede comportarse como un niño en un evento importante.

Hasta un atleta mantiene una postura apropiada. Tiene su manera de comportarse, ya sea al caminar o correr. Cuando un atleta se levanta, lo hace de tal forma que otros lo reconocen como tal.

Un obrero jamás debe fingir, sino ser genuino. No obstante, necesitamos comportarnos adecuadamente. Las hermanas deben tener una conducta adecuada para una hermana. Esa manera difiere de la de los hermanos.

Los ancianos deben tener una conducta que les sea apropiada. Lo mismo aplica para los más jóvenes. Algunos ancianos son descuidados al relacionarse con los santos; no mantienen una conducta apropiada.

Un anciano no debe comportarse como burócrata, mostrándose especial o superior a los demás; más bien debe comportarse de manera adecuada. Debe ser sincero, sin pretensiones y sencillo, no presumido. Al mismo tiempo, no debe ser superficial ni negligente.

Las personas deben percibir que tiene peso, que es serio y su conducta es la de un anciano. Estas cualidades están relacionadas con el trasfondo histórico de la persona, su disposición natural, su educación, entorno y familia.

Todo diplomático necesita aprender tres lecciones importantes: primero, la conducta apropiada. Luego debe perfeccionar su aptitud en el lenguaje. Un diplomático debe ser bueno con las palabras. Debe ser capaz de cambiar cualquier situación a su favor con pocas palabras.

Todos somos embajadores del reino de Dios, diplomáticos que interactúan diariamente con el reino de Satanás en la tierra. Ya hemos tenido la experiencia de cambiar a quienes se oponían a nosotros con solo unas palabras. Incluso han recibido al Señor después de oírnos, aunque al principio no tenían ningún deseo por Él. Por lo tanto, la segunda cosa que debe aprender un diplomático es hablar.

En tercer lugar, un diplomático debe aprender a ser magnánimo. Una persona magnánima no deja que otros noten si está feliz o triste. Siempre permite que otros se retiren con dignidad. Por ejemplo, cuando es ofendido, no se enfurece de inmediato. En lugar de eso, ejerce su magnanimidad retirándose y evaluando la situación para ver si tiene base para dar una respuesta clara.

No se enfurece tras ser ofendido ni hace cosas por otros según su estado de ánimo. Un diplomático magnánimo siempre consulta con varios especialistas, como consejeros, supervisores, secretarios y asesores para evaluar las ventajas y desventajas de una situación antes de responder.

Quien no puede aprender estas tres cosas no puede ser un buen diplomático, por mucho conocimiento que tenga. El conocimiento es secundario para él. Lo más importante es su conducta. Luego debe tener habilidad al hablar y ser magnánimo.

Cuando es provocado no pierde el control emocional y cuando es elogiado no se siente en deuda con los demás. Todos los que sirven deben aprender estas tres lecciones. Es completamente impropio perder el control cuando un hermano nos ofende. Y tampoco es apropiado aceptar de inmediato el pedido de un hermano solo porque nos favorece.

Debemos prestar atención a cómo nos comportamos al contactar a otros y ministrar la palabra. En estos aspectos, es difícil que otros nos corrijan. Es mejor ir frente al espejo, autoevaluarnos y corregir lo que sea necesario.

Por ejemplo, un hermano frunce el ceño, con una ceja levantada muy alto y la otra baja, cada vez que se levanta para hablar. Luego sacude la cabeza dos veces antes de pronunciar la primera frase. Lo ha hecho por más de veinte años y nunca ha cambiado su postura al hablar.

Otro siempre se pone nervioso y agitado al recibir extranjeros. Aunque es afectuoso, su comportamiento es inadecuado. Podemos mantener la calma y actuar con dignidad al saludar a alguien. Si no nos comportamos de forma adecuada, dejamos una mala impresión.

Además, no todos debemos tener la misma postura al hablar. Por ejemplo, había un predicador que usaba toga y casi no se movía al hablar; sin embargo, cuando decía: “Porque de tal manera amó Dios al mundo”, era algo poderoso y conmovedor.

Otro predicador solía correr desde la plataforma por todo el salón de reuniones y luego volvía al lugar de donde había salido. Lloraba y reía, gritaba y aullaba, se arrodillaba y se tumbaba en el suelo. A veces imitaba el andar y el hablar de algunas mujeres para mostrar cuán inapropiado era.

En general, a las personas les costaba aceptar su manera de comportarse, pero después de oír su mensaje eran conquistadas y convencidas de que su comportamiento era correcto y no inadecuado. Por tanto, todos los que ministran la palabra tienen su propia manera de conducirse.

La cuestión de la postura es un problema para casi todos. Hace diez años, había un hermano que constantemente se subía los pantalones mientras hablaba. Otro no se daba cuenta de que su cinturón siempre estaba torcido cuando terminaba de hablar. Otro más gustaba de sostener su corbata al hablar.

Aunque no son cosas importantes, pueden afectar nuestra predicación. Un hermano que suele fruncir el ceño no debería hablar en una boda o en una reunión conmemorativa. Las bodas son ocasiones de alegría y su ceño fruncido no sería apropiado. Del mismo modo, las personas ya están tristes en una reunión conmemorativa y no necesitan su ceño. En realidad, sería inapropiado que él hablara en cualquier ocasión.

Algunos siempre se comportan de manera apropiada. En una ocasión alegre, su manera de hablar es adecuada, incluso si no hablan directamente de la felicidad. Cuando hablan en una reunión conmemorativa, consuelan grandemente a los familiares del fallecido. Tal vez no digan mucho, pero su postura tiene gran peso.

Durante un tiempo, pensé que el hermano Nee era demasiado espiritual como para prestar atención a asuntos pequeños como la apariencia. Pero un día, mientras me enseñaba a componer himnos en chino usando tipos móviles, dijo que si imprimíamos los himnos horizontalmente sería menos eficaz para tocar a las personas, pero si los imprimíamos verticalmente causarían mayor impacto. Entonces compusimos un himno en ambos formatos. Al leer y cantar el himno en ambos sentidos, descubrimos que realmente había diferencia. Como seres humanos, somos afectados por muchas cosas. La habilidad para tocar a las personas es básicamente obra del Espíritu Santo; sin embargo, ciertas cosas pueden frustrar esta obra.

Leer algo compuesto horizontalmente puede frustrar la obra, mientras que leer lo mismo en vertical puede contribuir a ella. De igual manera, una postura apropiada no solo elimina la resistencia de las personas al Espíritu Santo, sino que también colabora con Su obra.

Si es inapropiada, nuestra postura puede volverse un obstáculo para el Espíritu Santo. A veces, nuestra conducta inapropiada puede anular completamente el impacto de nuestro mensaje. Cuando a las personas no les agrada nuestra actitud, no prestan atención a lo que decimos; su corazón se cierra y no pueden recibir nada del mensaje.

Además, los más jóvenes nunca deben comportarse como ancianos. Deben ser espontáneos y naturales, manteniendo una conducta apropiada y distinta. Debemos estar locos ante Dios y sobrios ante los hombres (2 Co 5:13). No obstante, ser sobrio ante los padres es diferente a ser sobrio ante los hijos.

Aunque nos mantengamos sobrios en ambos contextos, nuestro comportamiento será distinto. Ser sobrio ante los padres expresa un tipo de conducta, pero la conducta ante los hijos será diferente. Necesitamos estudiar este tema.

Disfrute más: Himno S-95

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