Leer y orar: "¿Quién te distingue? ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?" (1 Co 4:7)
Hemos llegado al punto crítico de la necesidad urgente de edificación. Si solamente salvamos pecadores y los instruimos, repetiremos la obra del cristianismo en los últimos cien años. Esta obra no resultó en la edificación ni en la morada de Dios.
Cuando una persona es edificada en Kaohsiung, al dejar esa ciudad e ir a Hualien o Tainan, aún seguirá edificada. Aunque salga de Kaohsiung, no ha salido del edificio; aún es parte de la casa espiritual. Esta casa no está limitada por el tiempo ni por el espacio. A dondequiera que vaya, estará edificada en el Cuerpo de Cristo. En la edificación única de Dios en el universo, ella es una persona edificada.
Es diferente de otra persona que sólo está salva. Es diferente de una persona espiritual. Ella está edificada. Solamente una persona así puede formar parte de la morada de Dios y funcionar como miembro del Cuerpo de Cristo dondequiera que vaya.
Dios necesita un grupo de personas así en la tierra hoy. Él necesita con urgencia una obra de edificación. Si queremos participar en esta obra, necesitamos la administración de la iglesia y, aún más, del ministerio de la palabra. El ministerio de la palabra viene primero, y después la administración de la iglesia.
Actualmente nuestra mayor carencia es en el ministerio de la palabra. Este es un problema muy serio. Todas nuestras reuniones son pobres, débiles, deficientes, frías, muertas y superficiales, porque nos falta el ministerio de la palabra. La administración de la iglesia es secundaria en orden de importancia. Por tanto, los hermanos que siempre hablan desde el púlpito deben considerar seriamente este asunto y esforzarse por aprender la lección concerniente al ministerio de la palabra.
Jamás debemos depender de la edad. Es decir, no debemos pensar que, porque ya hemos hablado durante muchos años, podemos simplemente arreglar un mensaje extraído de nuestras antiguas notas y de los libros de consulta. Un mensaje así no tendrá ningún valor ni causará impacto. No tocará a los demás y no alcanzará el objetivo.
Necesitamos aprender a siempre incomodar a los hermanos cuando escuchen un mensaje. Ellos deben ser tocados aunque lleguen a olvidarse del tema o pierdan el contenido. Deben sentirse como si hubieran sido picados por un insecto. Como resultado de esto, serán incapaces de descansar después de la reunión, porque algo fue inyectado en su interior.
Las hermanas también deben tener esta habilidad al visitar a los demás. Preguntar a las personas si han leído las Escrituras o si han orado las deja avergonzadas. No debemos estar muertos; necesitamos aprender a estar vivos y también desarrollar algunas habilidades. Tal vez no mencionemos nada espiritual, sin embargo inconscientemente se aplica una inyección espiritual. Puede ser que hablemos con las personas sobre el mundo que ellas aman, pero al final de nuestra charla ellas están “picadas”. No pueden descansar y se sienten incómodas. Necesitamos aprender a hacer eso.
Necesitamos compartir, mediante oración y consideración, con aquellos con quienes servimos, respecto al contenido de nuestra palabra. Cuando yo servía en el norte de China, entre 1940 y 1943, había un hermano cuya situación siempre estaba en mis consideraciones. Algunas veces sentía una carga mientras hablaba desde el púlpito y entonces decía que ese hermano necesitaba una visita. Los hermanos que me escuchaban recibían una carga y entonces lo visitaban.
Hoy en día, sin embargo, como todos se esfuerzan por destacarse cuando hablan para hacerse famosos, no están preocupados por recibir una carga. Esto no puede considerarse servicio.
Es lamentable que los hermanos del norte de China no hayan salido del continente. Los mensajes que daban llenaban las necesidades prácticas y no eran compilados con prisa. Cuando los santos regresaban de sus visitas a los hermanos, presentaban un informe. Los lunes por la mañana compartíamos respecto a las condiciones de los santos desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde. A veces incluso ayunábamos y orábamos por ellos.
Como consecuencia de eso, aprendíamos muchas lecciones. Estudiábamos cómo ayudar a los que pasaban por problemas y cómo enfrentarlos. Con frecuencia, después de ser visitada, una persona era vivificada. Nuestra palabra y visitas actuaban en armonía. No obstante, esa armonía no resultaba de discusiones, sino que era espontánea. Esto es la verdadera y práctica acción coordinada.
La palabra desde el púlpito era viva y los que venían a las reuniones también estaban vivos. Muchos de los santos quedaban atónitos con la manera en que los mensajes satisfacían su necesidad específica. Siempre que venían a una reunión, sus problemas eran solucionados. La palabra tocaba sus problemas y su interior; de esta manera, sus problemas encontraban solución y sus necesidades eran satisfechas. Lo que se hablaba era la palabra viva.
Esa fue la situación por casi dos años, porque los que servían buscaban una palabra viva, y no solamente una palabra rutinaria. No eran desorganizados ni perezosos, ni hablaban lo que bien les parecía. Por eso, dondequiera que fueran, su liderazgo en la iglesia era vivificante.
El mejor período de nuestra coordinación en el ministerio de la palabra fue entre 1940 y 1943. La situación actual no se compara con la que teníamos entonces. En aquel período, la coordinación entre los que servían y los que ministraban la palabra era viva. Imprimir algo no era tan fácil como lo es hoy y no había tanta organización, sin embargo todo era vivo.
CONCLUSIÓN
En resumen, no podemos ser individualistas. Necesitamos aprender a depender de los demás, confiando en ellos en cuanto a nuestra vida. Necesitamos aprender a actuar coordinadamente con los demás con relación a nuestro servicio. No debemos usar ordenanzas muertas ni hablar mensajes muertos. Más bien, debemos estudiar un medio vivificante y aprender las lecciones. Además, debemos recibir una carga y comprender las necesidades de las personas. Debemos conocer los diversos problemas de los santos, de los niños, de los jóvenes y de los ancianos.
Con base en ese conocimiento, podremos tocar a los ancianos, a los jóvenes y a los padres cuando hablemos. Todos los que escuchen el mensaje serán tocados. La iglesia necesita esa palabra viva que traiga una situación viva.
Hoy en día encontramos muerte en todas nuestras reuniones. La reunión de los niños, la reunión de los jóvenes y la reunión del domingo son todas conducidas de acuerdo con ordenanzas muertas. Estas reuniones son nuestra responsabilidad. No podemos continuar así. La obra del Señor y la iglesia sufren una gran pérdida y la mayor responsabilidad es de los que ministran la palabra. El suministro en el ministerio de la palabra es importante para los niños, los jóvenes, los padres, los ancianos y los santos que trabajan.
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