miércoles, 18 de junio de 2025

El Peregrino, semana 1, jueves, capítulo 3

EL PEREGRINO - EL VIAJE
DEL CRISTIANO A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 3

SEMANA 1 - JUEVES

Leer y orar: "Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí." (Juan 14:6)


Cristiano abandona su camino
engañado por Sabio-Según-el-Mundo;
pero Evangelista le sale al encuentro,
y le indica nuevamente el camino a seguir.

CRISTIANO, aunque se encontraba solo, emprendió su marcha resueltamente, y vio acercarse a él, en medio de la llanura, a un sujeto con quien poco después se encontró en el punto donde se cruzaban las diferentes direcciones en que se marchaba.

Este nuevo interlocutor se llamaba Sabio-Según-el-Mundo, y habitaba en una ciudad conocida como Prudencia-Carnal, situada a poca distancia de la ciudad de la Destrucción. Había oído hablar de Cristiano, pues su partida de la tierra natal había sido muy comentada, y al verlo ahora caminar tan fatigado debido a la carga que llevaba y oyendo sus gemidos y suspiros, le habló en los siguientes términos:

Sabio — Bienvenido seas, amigo. ¿A dónde vas con esa carga tan pesada?

Cristiano — Bien dices. Es tan pesada que nunca persona alguna cargó un peso igual. Me dirijo a la puerta estrecha, que ves allá, muy a lo lejos, porque, según me han dicho, allí es donde me comunicarán el modo de librarme de esta carga.

Sabio — ¿Tienes mujer e hijos?

Cristiano — Sí los tengo; pero esta carga me preocupa y me aflige tanto que ya no siento por ellos el placer que sentía antes, y apenas tengo conciencia de que los poseo. (I Corintios 7:29).

Sabio — Vamos, escúchame, que puedo darte muchos buenos consejos.

Cristiano — Los recibiré con mucho gusto, porque necesito con urgencia buenos consejos.

Sabio — En primer lugar, opino que te deshagas, cuanto antes, de ese peso. Mientras no lo hagas, tu alma no estará tranquila, ni podrás gozar, como debes, de las bendiciones que el Señor ha derramado sobre ti.

Cristiano — Justamente eso es lo que estoy buscando, ya que me es imposible hacerlo por mí mismo, y no hay en el país quien sea capaz de lograrlo. Fue solo con ese fin que emprendí este viaje.

Sabio — ¿Quién te aconsejó emprenderlo?

Cristiano — Un caballero que me pareció muy digno de respeto y consideración. Recuerdo que se llamaba Evangelista.

Sabio — ¡Maldito sea quien da tales consejos! Este camino es exactamente el más difícil y peligroso que hay en el mundo. ¿Acaso no has comenzado ya a experimentarlo? Bien te veo lleno de lodo del Pantano de la Desconfianza. Y fíjate que ese no es más que el primer eslabón de la cadena de males que por ese camino te esperan. Soy mayor que tú, y he oído a muchas personas dar testimonio propio de que por allí solo hay fatigas, penas, hambre, peligros, desnudez, leones, dragones, tinieblas, en fin, la muerte con todos sus horrores. Dime francamente, ¿por qué ha de perderse un hombre por hacer caso a extraños?

Cristiano — Con gusto sufriría todos los males que acabas de enumerar, a cambio de verme libre de esta carga que para mí es más pesada y más terrible que todos ellos.

Sabio — ¿Y cómo vino esa carga sobre ti?

Cristiano — Leyendo este libro que tengo en la mano.

Sabio — Ya me lo parecía. Eres uno de esos necios que se meten en cosas demasiado elevadas para ellos, y que al final encuentran tantas dificultades y pierden el juicio y son arrastrados a aventuras desesperadas para alcanzar algo que ni siquiera saben lo que es.

Cristiano — En cuanto a mí, sé perfectamente lo que quiero: verme libre de esta pesada carga.

Sabio — Lo comprendo. Pero, ¿para qué has de ir por un camino tan peligroso, si yo puedo indicarte otro en el que no hay ninguna de esas dificultades? Ten un poco de paciencia y escúchame: mi remedio está a mano, y en vez de peligros encontrarás seguridad, amigos y satisfacción.

Cristiano — Entonces habla; te lo ruego encarecidamente; revélame ese secreto.

Sabio — Mira: en esa aldea cercana, que se llama Moralidad, vive un hombre de mucho juicio y gran reputación, cuyo nombre es Legalidad, quien es muy hábil en tratar personas como tú, lo cual ha sido probado con numerosos ejemplos; además, también sabe curar a quienes padecen del cerebro.

Su casa está a un cuarto de legua de aquí, como mucho, y, si él no está en casa, su hijo Urbanidad¹, que es un joven de gran talento, podrá servirte tan bien como su padre. No dejes de ir. Y si no estás dispuesto, como no deberías estar, a volver a tu ciudad, manda buscar a tu mujer y a tus hijos, porque en la aldea de la que te hablo hay muchas casas desocupadas², y puedes conseguir una por un precio muy módico. Otra cosa buena que encontrarás allí: vecinos honrados, de trato fino y buenas costumbres. La vida allí es muy barata y cómoda.

Al oír estas palabras, Cristiano quedó indeciso durante unos momentos, pero pronto le vino este pensamiento: Si es verdad lo que él dice, la prudencia me manda seguir sus palabras.

Cristiano — ¿Por dónde se va a la casa de ese hombre honrado?

Sabio — Después de pasar esa alta montaña, la primera casa que encuentres es la suya.

Cristiano cambió inmediatamente de resolución, para dirigirse a la casa del Sr. Legalidad, en busca del remedio deseado. Cuando llegó a las faldas de la montaña, le pareció que era tan elevada, y tan escarpada por el sitio por donde tenía que pasar, que tuvo miedo de continuar, temiendo que se le viniera encima. Se detuvo sin saber qué hacer.

Sintió entonces, más que nunca, el peso de su carga, al ver salir de la montaña relámpagos y llamas que amenazaban devorarlo. (Éxodo 19:16-18). Le asaltaron grandes temores y tembló de terror (Hebreos 12:21). ¡Ay de mí! exclamaba él, ¿por qué habré hecho caso de los consejos de Sabio-Según-el-Mundo? Y, cuando estaba poseído de estos temores y remordimientos, vio que Evangelista se acercaba. ¡Qué vergüenza! ¡Qué estremecimientos sentí al encontrar la mirada severa de Evangelista!

Evangelista — ¿Qué haces por aquí?

Cristiano no encontró palabras para responder. La vergüenza le paralizó la lengua.

Evangelista — ¿No eras tú a quien encontré llorando fuera de los muros de la ciudad de la Destrucción?

Cristiano — Sí, era yo, señor.


_______________________

¹ Urbanidad: sustantivo que designa el comportamiento cortés, educado y respetuoso en el trato con los demás; buenos modales, cortesía y civilidad, especialmente en contextos sociales y públicos.

² Desocupado: abandonado, sin uso o habitante.


Disfruta más:

Himno “¿Quién protege al peregrino de desviarse?”

https://hinario.org/detail.php?id=1092

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