jueves, 10 de julio de 2025

El Peregrino, semana 4, jueves, capítulo 13

EL PEREGRINO

EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 13

SEMANA 4 - JUEVES

Leer y orar: "Compra la verdad y no la vendas; compra sabiduría, instrucción y entendimiento." (Pr 23:23)


Peregrinos en la Feria de la Vanidad (2)

Uno de la feria, queriendo burlarse de estos hombres, les preguntó insolentemente: ¿Qué queréis comprar? Y ellos, mirándolo con mucha seriedad, respondieron: "Compramos la verdad" (Proverbios 23:23).

Esta respuesta fue causa de nuevos desprecios. Unos se mofaban de ellos: otros los insultaban, otros se burlaban, y no faltó quien propusiera que fueran apaleados. Finalmente, las cosas llegaron a tal punto que se produjo un gran tumulto en la feria, alterándose completamente el orden. Al llegar estos hechos a oídos del principal, éste acudió al lugar de los disturbios y encargó a algunos de sus amigos más fieles que interrogaran a los que habían causado los desórdenes.

Los peregrinos fueron interrogados, y sus jueces les preguntaron de dónde venían, adónde iban, y qué hacían allí con vestiduras extrañas. —Somos peregrinos del mundo —respondieron ellos—, y nos dirigimos a nuestra patria, que es la Jerusalén Celestial (Hebreos 11:13-16). No dimos motivo a los habitantes de la ciudad, ni a los comerciantes, para que nos maltrataran de esta manera, ni para que nos impidieran continuar nuestro viaje: sólo respondimos a los que nos invitaban a comprar sus mercancías que sólo queríamos comprar la verdad.

Pero el tribunal declaró que estaban locos y que habían venido expresamente para perturbar el orden público. Por ello fueron arrestados, golpeados, cubiertos de lodo, y encerrados en una jaula para servir de espectáculo a toda la gente de la feria. En esa situación permanecieron por algún tiempo, siendo objeto del entretenimiento, la maldad o la venganza de los circunstantes.

La mayoría se reía de todos los insultos; otros, sin embargo, más observadores y menos apasionados, al ver cuán pacientes y sufridos eran los peregrinos, que no devolvían maldiciones por maldiciones, sino bendiciones, y que respondían con palabras suaves a los insultos e injurias que se les dirigían, comenzaron a contener a la multitud y a reprenderla por sus abusos y desvaríos injustificables. Pero el pueblo, irritado, se volvió contra estos, diciendo que eran tan malos como los que estaban en la jaula, y, sospechando que eran sus cómplices, los amenazaron con iguales castigos.

Aquellos que habían tomado el partido de los prisioneros respondieron enérgicamente que los peregrinos demostraban ser personas serias y pacíficas; que no hacían daño a nadie; y que en la feria había muchos vendedores que más merecían estar en la jaula, e incluso ser puestos en el pelourinho¹, en lugar de aquellos desgraciados de quienes tanto se abusaba. Así continuaron las disputas, hasta que finalmente llegaron a las manos, y muchos resultaron heridos.

Entonces volvieron a llevar a los presos, que se habían comportado con toda sabiduría y templanza, ante sus interrogadores, y ante ellos los acusaron de haber provocado el tumulto ocurrido. Los golpearon brutalmente, les pusieron grilletes y los pasearon por toda la feria, para terror y escarmiento de los demás, y para que nadie los defendiera ni se uniera a ellos.

Cristiano y Fiel se portaron con gran prudencia, y recibían la vergüenza y la ignominia con paciencia y mansedumbre, de modo que ganaron la simpatía de algunos feriantes, aunque pocos. Esta adhesión exasperó al extremo a la parte contraria, que resolvió matar a los peregrinos. Inmediatamente los amenazaron de muerte, diciéndoles que, puesto que la prisión no era suficiente, serían condenados a la pena máxima por el delito cometido y por haber engañado a los de la feria. Nuevamente los encerraron en la jaula, atándolos a un cepo, mientras se decidía definitivamente qué suerte les sería destinada.

Entonces los peregrinos se acordaron de lo que les había dicho Evangelista, y este recuerdo los preparó aún más para el sufrimiento y fortaleció su constancia. También se consolaban mutuamente con la idea de que, quien más sufriera, mejor suerte tendría, por lo que ambos deseaban, en lo íntimo de sus corazones, ser el preferido, pero entregándose siempre en las manos de Aquel que dispone de todo con altísima sabiduría. Y en estas disposiciones permanecieron, esperando los acontecimientos.

El proceso siguió su curso, y, llegado el día del juicio, los peregrinos fueron llevados al tribunal, donde fueron públicamente acusados. El juez del proceso era el doctor Odio-al-Bien, y los principales puntos de la acusación eran los siguientes: Que los acusados eran enemigos y perturbadores del comercio, que habían provocado desórdenes y conflictos en la ciudad, y que habían levantado un partido en favor de sus peligrosísimas opiniones, desacatando completamente las leyes del príncipe reinante.

Fiel pidió la palabra para defenderse, y habló así: En cuanto a mí, sólo me opuse a quien primero se levantó contra aquel que es superior al más alto. No promoví disturbios; soy hombre de paz. Quien tomó nuestra defensa lo hizo al ver nuestra verdad e inocencia; los que así procedieron no hicieron más que pasar de un estado peor a otro mejor. En cuanto al rey de quien habláis, que es belcebú, el enemigo de nuestro Señor, lo desafío, así como a todos sus secuaces.

Se hizo entonces un pregón para que todos los que tuvieran algo que decir en favor del rey, su señor, y contra los acusados, se presentaran inmediatamente a testificar. Se presentaron tres testigos: Envidia, Superstición y Adulación. Al ser preguntadas si conocían al acusado y qué tenían que decir contra él y en favor del rey, habló primero Envidia, que dijo:

Envidia – Excmo. Sr. Juez, conozco a este hombre desde hace mucho tiempo, y declararé ante este tribunal, bajo juramento, que...

Juez – Esperad, esperad. Tened la bondad de prestar juramento.

Después de cumplir esta formalidad, Envidia prosiguió:

— Señor, este hombre, a pesar de su buen nombre, es uno de los peores de nuestro país, pues no respeta al príncipe, ni al pueblo, ni la ley, ni las costumbres, y hace todo lo posible por infundir a todos sus pésimas ideas, que generalmente llama principios de fe y santidad.

En resumen, diré que de la propia boca del acusado oí que el cristianismo y las costumbres de nuestra ciudad de la Vanidad son diametralmente opuestos, sin posibilidad alguna de armonizarse; de lo cual se concluye, Sr. Juez, que no solo condena nuestras loables costumbres, sino también a todos los que las siguen y cumplen.

Juez – ¿Tenéis algo más que añadir?

Envidia – Mucho más podría decir, si no temiera cansaros, pero, si es necesario, ampliaré mi declaración después de que hayan hablado otras testigos, para que no falten elementos para la condena de los acusados.

Juez – Podéis retiraros.

Entró a continuación Superstición. Se le ordenó mirar al acusado y decir lo que sabía contra él en favor del rey. Después de prestar juramento, la testigo habló así:

Superstición – Sr. Juez, no conozco bien a este hombre, ni lo deseo; sé, sin embargo, por una conversación que tuve con él en esta ciudad, que es muy peligroso. Le oí decir que nuestra religión es vana, y que por ella nadie puede agradar a Dios, de lo que se concluye necesariamente que, en opinión del acusado, es vano nuestro culto, permanentes nuestros pecados y cierta nuestra condenación. Esto es lo que tengo que decir.

Siguió el juramento de Adulación, que habló así contra el acusado:

Adulación – Excmo. Sr. Juez y demás señores del tribunal, conozco desde hace mucho tiempo a este acusado, a quien he oído decir cosas que nunca deberían decirse. Ha injuriado a nuestro excelso príncipe belcebú, y ha hablado con desprecio de sus ilustres amigos, como el señor Hombre-Viejo, el señor Deleite-Carnal, el señor Comodidad, el señor Deseo-de-Vanagloria, el respetable anciano señor Lujuria, el caballero Voracidad, y muchos otros de nuestra más alta nobleza. También ha dicho que, si todos pensaran como él, no quedaría en esta ciudad ninguno de estos distinguidos caballeros. Aún más: ni Vuestra Excelencia, que ha sido nombrado su juez, ha escapado a sus injurias; os ha llamado bribón, impío, y otros nombres insultantes con los que, en general, califica a la mayor parte de las ilustres personalidades de esta ciudad.


________________________

¹ Pelourinho: columna de piedra o madera erigida en lugares públicos donde se castigaba a criminales o esclavizados. Servía para la exposición pública de los que cometían delitos, como símbolo de autoridad y poder de la justicia local.


Disfrute más:

Himno - Certeza y Alegría de la Salvación – "Asegurados por las Provisiones Divinas"

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Estudio-vida de Ezequiel, semana 14, lunes, mensaje 27

ESTUDIO-VIDA DE EZEQUIEL Mensaje 27 LA TIERRA SANTA Y LA CIUDAD SANTA SEMANA 14 - LUNES Lectura bíblica: Ez 48:35b; Ap 21:21, 22:1-2 Leer y...