EL PEREGRINO
CAPÍTULO 13
SEMANA 4 - VIERNES
Leer y orar: "¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?" (Ro 8:35)
Peregrinos en la Feria de la Vanidad (3)
Terminado el testimonio de Adulación, el juez se dirigió al acusado y le dijo: Renegado, hereje y traidor, ¿has oído lo que estas respetables testigos han declarado contra ti?
Fiel – ¿Se me permite decir algunas palabras en mi defensa?
Juez – ¡Ah, malvado! No mereces vivir ni un instante más; sin embargo, para que se vea cuánta condescendencia tengo contigo, puedes hablar. ¿Qué tienes que decir?
Fiel – Diré, en primer lugar, y en respuesta al testimonio del señor Envidia, que las palabras por las que me acusa fueron estas: Que todas las reglas, leyes, costumbres o personas que sean directamente contrarias a la palabra de Dios son diametralmente opuestas al cristianismo. Si esto no es verdad, convénzanme del error, que estoy dispuesto a hacer aquí mi retractación.
En cuanto al segundo testigo, el señor Superstición, y su testimonio, debo declarar que lo que dije fue: Que en el culto a Dios es necesaria una fe divina, la cual no puede existir sin una revelación divina de la voluntad de Dios; y que, por tanto, todo lo que se introduzca en el culto a Dios, en desacuerdo con la revelación divina, no puede proceder sino de una fe humana, la cual no tiene valor para la vida eterna.
En lo que respecta al señor Adulación, dejando de lado lo que os dijo de injurias y cosas semejantes, diré que el príncipe de esta ciudad, con la pandilla de su corte a la que el testigo se refirió, son más dignos y merecedores del infierno que de esta ciudad y de este país. Y terminaré diciendo: Que el Señor tenga misericordia de mí.
Entonces el juez, volviéndose al jurado, que durante toda la audiencia había estado escuchando y observando, dijo:
— Señores del jurado, ved que este hombre ha provocado un gran tumulto en vuestra ciudad. Acabáis de oír lo que las dignas testigos han declarado contra él; también habéis escuchado su réplica y confesión. Os corresponde condenarlo o absolverlo; pero antes de vuestra decisión, me parece conveniente instruirlos en nuestra ley.
En tiempos de Faraón, el grande, siervo de nuestro príncipe, queriéndose impedir que se multiplicaran los sectarios de una religión contraria a la nuestra, y que se hicieran más fuertes de lo que era conveniente, se promulgó un decreto que ordenaba que todos sus hijos varones fueran arrojados al río (Éxodo 1:22).
En los días de Nabucodonosor, el grande, también siervo de nuestro príncipe, se publicó un decreto para que todos los que no quisieran doblar las rodillas y adorar su imagen de oro fueran arrojados en un horno ardiente (Daniel 3:6).
En tiempos de Darío también se publicó un edicto, ordenando que fuese lanzado al foso de los leones todo aquel que, en determinado tiempo, invocara a otro dios que no fuese el mismo Darío (Daniel 6:7). Ahora bien, este rebelde violó el principio establecido por estas leyes, no solo en pensamiento (lo que ya de por sí no podría tolerarse), sino también en palabras y en hechos. ¿Puede tolerarse esto?
Y notad que el decreto de Faraón se basaba en una suposición, es decir, tenía como fin prevenir un mal, pues hasta aquella época ningún crimen se había cometido aún; mientras que, en el caso presente, hay completa infracción de la ley. En el segundo y tercer punto ofende nuestra religión, y, como él mismo confiesa su traición, es digno de muerte.
Oída la exposición de la ley, se retiró el jurado, que estaba compuesto por los señores Ceguera, Injusticia, Maldad, Lascivia, Libertinaje, Temeridad, Altivez, Malevolencia, Mentira, Crueldad, Odio-a-la-Luz e Implacable, y, habiendo emitido cada uno su opinión contra el acusado, decidieron unánimemente que los crímenes estaban probados. Y así lo declararon al juez. Ceguera, que era el presidente del jurado, dijo:
— Veo claramente que este hombre es un hereje.
— Fuera del mundo con este bribón, dijo Injusticia.
— Sí, añadió Maldad, porque incluso verlo me molesta.
— Yo, por mi parte, nunca pude soportarlo, dijo Lascivia.
— Ni yo, confirmó Libertinaje, porque siempre criticaba mi modo de vida.
— ¡A la horca con él!, dijo Temeridad.
— Es un miserable, añadió Malevolencia.
— Es un infame, dijo Mentira.
— Se le hace un gran favor al colgarlo, dijo Crueldad.
— Y hay que despacharlo cuanto antes, apoyó Odio-a-la-Luz. Y finalmente, dijo Implacable: Aunque me dieran todo el mundo, no podría reconciliarme con él. Declarémoslo, pues, y desde ya, digno de muerte.
Y así lo hicieron. Lo condenaron a ser llevado al sitio donde comenzara el tumulto, y allí ser ejecutado de la manera más cruel que se pudiera imaginar.
Se apoderaron de él para cumplir sus leyes, lo azotaron, lo abofetearon, le arrancaron pedazos de carne, lo apedrearon, lo hirieron con espadas, y finalmente lo lanzaron al fuego y lo redujeron a cenizas. Así murió Fiel.
Pero, detrás de la multitud, vi yo, en mi sueño, un carro tirado por dos caballos que lo esperaba. Y, en cuanto sus enemigos lo mataron, fue arrebatado en ese carro entre las nubes, al son de trompetas, rumbo a la puerta celestial.
El castigo de Cristiano fue pospuesto. Nuestro peregrino volvió a la prisión, donde permaneció aún por un tiempo. Aquel, sin embargo, que todo lo dispone, y que tiene en su mano el poder sobre la ira de los enemigos, permitió que Cristiano escapara por esta vez y continuara su camino.
¡Qué dulces cantos oí de Cristiano mientras caminaba! “Grande fue tu felicidad en el Señor, mi buen amigo Fiel”, decía él. “Ahora estás bendito, mientras que los incrédulos, cuyos placeres son falsos y vanos, se lamentarán en medio de penas y agonías. Bendice a Dios, amigo Fiel, y canta: tu nombre será eterno, porque vives, aunque te hayan matado.”
Vi entonces, en mi sueño, que Cristiano no salió solo de la ciudad, sino que iba acompañado por Esperanza, quien había llegado a obtener ese nombre al ver la conducta de Cristiano y Fiel, escucharlos y presenciar sus sufrimientos en la Feria de la Vanidad.
Esperanza se unió a Cristiano, y tratándolo con paz fraternal, prometió que sería su compañero. De modo que, habiendo muerto Fiel por dar testimonio de la verdad, de sus cenizas se levantó otro para ser compañero del peregrino; y, según decía Esperanza, había muchos otros en la feria que los seguirían en la primera oportunidad.
Poco habían andado los dos compañeros, cuando los alcanzó un sujeto llamado Interés Propio, a quien le preguntaron de dónde venía y hacia dónde iba.
— Vengo de la ciudad de Buenas Palabras, y me dirijo a la Ciudad Celestial. — Pero no les dijo su nombre.
Cristiano – ¿Venís de la ciudad de Buenas Palabras? ¿Hay allí alguien que sea bueno? (Proverbios 26:24)
Interés Propio – Por supuesto; ¿quién podrá dudarla?
Cristiano – ¿Queréis tener la bondad de decirme vuestro nombre?
Interés Propio – Amigo mío, soy para vos un extraño, así como vos lo sois para mí; si vais por este camino, me alegraré mucho con vuestra compañía; si no, seguiré sin ella.
Cristiano – He oído hablar algunas veces de esa ciudad de Buenas Palabras. Según dicen, es tierra de muchas riquezas.
Interés Propio – Casi todos los habitantes son comerciantes; yo mismo tengo allí parientes muy ricos.
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