domingo, 6 de julio de 2025

El Peregrino, semana 4, miércoles, capítulo 13

EL PEREGRINO

EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 13

SEMANA 4 - MIÉRCOLES

Leer y orar: "Aparta mis ojos, que no vean la vanidad;
avívame en tu camino" (Salmo 119:37)

Peregrinos en la Feria de la Vanidad

El Evangelista sale otra vez al encuentro de los peregrinos y los prepara para nuevos trabajos. Entran en la Feria de la Vanidad, donde son objeto de burla. Persecución y muerte de Fiel.

Apenas nuestros peregrinos salieron de ese desierto, Fiel vio que detrás de él venía una persona a quien reconoció de inmediato, y exclamó, dirigiéndose a su compañero: Mira quién viene allá.

Cristiano miró y dijo: ¡Es mi buen amigo el Evangelista! Sí —respondió Fiel—, también es el mío, pues fue él quien me encaminó hacia la puerta.

Entonces se acercó a ellos el Evangelista, quien los saludó diciendo:

Evangelista – Paz sea con vosotros, amadísimos, y con aquellos que os ayudan.

Cristiano – ¡Bienvenido, bienvenido seas, mi buen Evangelista! Tu presencia me recuerda tu antigua bondad y tus incansables esfuerzos por mi bien eterno.

Fiel – Sí, mil veces bienvenida sea tu compañía, oh dulce Evangelista: ¡cuánto la desean estos pobres peregrinos!

Evangelista – ¿Cómo habéis estado, amigos míos, desde la última vez que nos separamos? ¿Qué habéis encontrado y cómo os habéis conducido?

Entonces le narran todo lo que les había sucedido en el camino, y cómo y con cuántas dificultades habían llegado hasta donde estaban.

— Me alegro mucho —dijo el Evangelista—, no porque hayáis pasado por todas esas pruebas, sino porque habéis salido vencedores de ellas, y porque, a pesar de vuestras muchas debilidades, habéis seguido este camino hasta el presente. Me alegro tanto por vosotros como por mí. Yo sembré, y vosotros habéis cosechado, y viene el día en que el que siembra y el que cosecha gozarán juntos (Juan 4:36), esto es, si os mantenéis firmes, porque a su tiempo segaréis, si no desmayáis (Gálatas 6:9).

Delante de vosotros está la corona incorruptible; corred de tal manera que la obtengáis (1 Corintios 9:24-27). Hay quienes comienzan el camino para alcanzar esta corona, pero después de haber avanzado mucho, viene otro y se la arrebata. Retened, por tanto, lo que ya tenéis, para que nadie os quite vuestra corona. Aún no estáis fuera del alcance de Satanás, todavía no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado (Apocalipsis 3:2; Hebreos 12:4).

Tened siempre el reino delante de vuestros ojos y creed firmemente en las cosas invisibles. No permitáis que las cosas del mundo invadan vuestro corazón, y velad principalmente sobre vuestros corazones y sus concupiscencias, porque son engañosos sobre todas las cosas, y perversos. Tenéis a vuestro lado todo el poder que hay en el cielo y en la tierra.

Cristiano le agradeció esta exhortación y le pidió que los enseñara aún más, para ayudarles a vencer el resto del camino. Más aún, sabían que él era profeta y podía decirles algunas cosas que les sucederían, y cómo vencerlas con resistencia. Fiel se unió a la petición de Cristiano, y el Evangelista tomó nuevamente la palabra.

Evangelista – Hijos míos, habéis oído en la palabra de la verdad del Evangelio que, por muchas tribulaciones, entramos en el reino de Dios, y que en cada ciudad nos esperan prisiones y persecuciones. Debéis, por tanto, esperar que en vuestro camino os encontréis con algunas de estas cosas. Parte de la verdad de este testimonio ya la habéis experimentado, y lo restante no tardará en llegar, porque, como veis, estáis casi fuera de este desierto, y pronto llegaréis a una ciudad donde seréis atacados por enemigos que intentarán mataros.

Tened por cierto que uno de vosotros, o ambos, tendrá que sellar su testimonio con su propia sangre. Conservaos fieles hasta la muerte, y el Rey os dará la corona de la vida. El que muera allí, aunque su muerte sea vergonzosa y sus sufrimientos atroces, tendrá mejor suerte que su compañero, no solo porque llegará más pronto a la Ciudad Celestial, sino porque se librará de muchas miserias que el otro aún encontrará en el resto de su jornada. Cuando lleguéis a la ciudad que está cercana, y se cumpla lo que os he anunciado, recordad a vuestro buen amigo. Portaos con valor y encomendad vuestras almas a Dios (1 Pedro 4:19).

Entonces vi en mi sueño que, apenas salieron del desierto, avistaron una aldea llamada Vanidad, en la cual se celebra una feria, conocida por el mismo nombre, que dura todo el año. Y se llama así porque la ciudad donde se celebra es más liviana que la vanidad misma, y porque todo lo que allí se vende, y todos los que allí acuden, son vanidad, pues como dijo el sabio: todo es vanidad (Eclesiastés 12:8; Isaías 13:11). Esta feria es muy antigua. Os contaré la historia de su origen:

Hace casi cinco mil años que ya había peregrinos que se dirigían a la Ciudad Celestial, como Cristiano y Fiel. Viendo Belcebú, Apolión y Legión, con sus compañeros, que por la dirección que llevaban los peregrinos era forzoso pasar por esta ciudad de Vanidad, acordaron entre ellos establecer aquí esta feria, que duraría todo el año, y en la cual se vendería toda clase de vanidad.

Por esta razón, se encuentran en la feria todo tipo de mercancías: casas, tierras, negocios, empleos, honores, títulos, países, reinos, concupiscencias, placeres; y toda clase de delicias, tales como prostitutas, esposas, maridos, hijos, amos, sirvientes, vida, sangre, cuerpos, alma, plata, oro, perlas, piedras preciosas y muchas otras cosas.

También se encuentran allí, constantemente, engaños, juegos, diversiones, arlequines [payasos], teatros, entretenimientos y embaucadores de toda clase. Y no solo eso. También hay allí, gratuitamente, robos, homicidios, adulterios, perjurios, falsos testimonios de toda clase de gravedad. Como en otras ferias de menor importancia, hay en esta varias calles y callejones, con nombres apropiados, destinadas todas a ciertas especialidades.

Algunas de esas calles llevan el nombre de ciertos países. Así, la calle de España, de Italia, de Francia, de Inglaterra, de Alemania, etc. De la misma manera que en todas las demás ferias, hay en esta ciertos géneros que tienen más salida: son los de Roma, a los que actualmente hacen oposición Inglaterra y otras naciones, que no estaban de acuerdo con el desarrollo que el comercio de Roma iba adquiriendo. El camino que conduce a la Ciudad Celestial pasa justo por el medio de esta aldea, y aquel que quiera ir a la Ciudad Celestial sin pasar por aquí tendrá que salir del mundo (1 Corintios 5:10).

Hasta el Príncipe de los príncipes, cuando estuvo en el mundo, tuvo que pasar por esta aldea antes de llegar a su propio país; también estuvo en la feria que pertenecía a Belcebú, según creo, el cual personalmente lo invitó a comprar sus vanidades, y no solo eso; incluso llegó a ofrecerle todo gratuitamente, si el Príncipe aceptaba hacerle una reverencia al pasar por la aldea.

Como era persona de alta categoría, Belcebú lo llevó a otras calles y le mostró todos los reinos del mundo en un instante, intentando inducirlo a comprar alguna de sus vanidades; pero no pudo lograrlo, y el Príncipe salió de la ciudad sin haber gastado un solo centavo (Mateo 4:8-10). Esta feria es, por tanto, muy antigua y de mucha importancia.

Era necesario que los peregrinos pasaran por este lugar, y así sucedió, pero tan pronto como su presencia fue notada, toda la gente de la aldea se alborotó por su causa. He aquí la razón de ello:

1º) La vestimenta de los peregrinos era muy diferente de la que se vendía en la feria, y aquella gente los rodeaba por todos lados para verlos. Unos decían que los peregrinos eran idiotas, otros que estaban locos, y otros que eran extranjeros (Job 12:4; 1 Corintios 4:9).

2º) Y si muchos se admiraban de sus ropas, no menos se asombraban de su manera de hablar, porque pocos podían entenderlos. Ellos hablaban el idioma de Canaán y la gente de la feria hablaba el lenguaje del mundo; de modo que se consideraban mutuamente como bárbaros (1 Corintios 2:7-8).

3º) Pero lo que más asombraba a los mercaderes era que estos peregrinos hacían poco caso de las mercancías, y ni siquiera se molestaban en mirarlas. Y si alguien los llamaba para comprar, se tapaban los oídos y exclamaban: "Aparta mis ojos, que no vean la vanidad" (Salmos 119:37). Y miraban hacia arriba, como dando a entender que sus negocios estaban en el cielo (Filipenses 3:20-21).


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