EL MINISTERIO
CELESTIAL DE CRISTO
Leer y orar: “Él es la cabeza del cuerpo, de la iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la primacía” (Col 1:18)
El objetivo del ministerio celestial de Cristo es cumplir el propósito eterno de Dios. Lo que Dios quiere es la iglesia. Para que la iglesia se haga realidad, se requieren dos tipos de obra. La primera es el mover en vida de manera exterior para predicar el evangelio y conducir a las personas a Dios. La segunda es el crecimiento interior en vida para la edificación del Cuerpo.
En los siglos pasados, el primer aspecto de la obra fue realizado ampliamente. Muchos cristianos celosos avanzaron como misioneros para propagar el evangelio. Incluso en el presente, muchos cristianos sinceros todavía siguen por este camino.
Cuando se trata de la edificación del Cuerpo, sin embargo, descubrimos que este aspecto ha sido descuidado. Muchos cristianos ni siquiera saben lo que significa crecer en vida. Muy pocos conocen la necesidad de la edificación del Cuerpo.
Millones han sido conducidos al Señor, pero, debido al poco crecimiento en vida, hay poca edificación. Pocos cristianos se preocupan por este aspecto excelente e interior de la obra. Mi carga con respecto a este aspecto del mover del Señor en los cielos es que haya de nuestra parte una reciprocidad más excelente y profunda hacia Él.
Tal reciprocidad depende de retener la Cabeza y crecer en Él (Col 2:19; Ef 4:15). Cuánto retenemos la Cabeza y crecemos en Él determina cuánta reciprocidad tenemos con Él en la vida interior para la edificación del Cuerpo.
Sin embargo, es probable que estos dos términos cruciales sean nuevos para ustedes. ¿Alguna vez alguien les llamó la atención sobre ellos? ¿Han oído algún sermón acerca de cómo retener la Cabeza o cómo crecer en la Cabeza? Cristo es nuestra Cabeza. Él es la Cabeza del Cuerpo. Todos los miembros del Cuerpo necesitan retener la Cabeza y crecer en todo en Él.
LOS ESCRITOS DE PABLO
Las Epístolas de Pablo constituyen dos grupos. El orden en que aparecen en la Biblia es muy significativo. Las primeras siete, de Romanos a Colosenses, forman un grupo. Sus primeras Epístolas son Romanos y 1 y 2 Corintios.
Estas tres son seguidas por las cuatro que llamo el corazón de la revelación divina: Gálatas, Efesios, Filipenses y Colosenses. El primer grupo, por lo tanto, consiste en tres más cuatro.
El segundo grupo consiste en 1 y 2 Tesalonicenses, 1 y 2 Timoteo, Tito y Filemón; un total de seis. Es claro que también está Hebreos, cuya autoría ha causado tanta discusión. Creo que hay amplia evidencia para afirmar que Pablo fue el autor.
Estas siete Epístolas se constituyen de cuatro más tres. Las dos a los Tesalonicenses y las dos a Timoteo suman cuatro, mientras que Tito, Filemón y Hebreos son las otras tres.
No hablaremos de este segundo grupo de siete Epístolas en este mensaje. El primer grupo de siete Epístolas trata de tres puntos importantes: Cristo vive en nosotros, el Cristo todo-inclusivo y la iglesia. Estos son los puntos cruciales en el ministerio de Pablo para completar la Palabra de Dios (Col 1:25).
Para que esta obra de completamiento sea concluida, necesitamos experimentar a Cristo viviendo en nosotros, comprender cómo Él es todo-inclusivo y tener la visión de la iglesia gloriosa. Estos son los énfasis de las primeras siete Epístolas paulinas. Veamos cómo los escritos de Pablo enfatizan estos tres puntos.
UN RÁPIDO EXAMEN DE LAS PRIMERAS SIETE EPÍSTOLAS
Romanos menciona varios asuntos en sus dieciséis capítulos. Sin embargo, según Martín Lutero, su tema principal es la justificación por la fe.
En realidad, sería más exacto decir que su mensaje es que Dios nos transfirió de Adán a Cristo. Esto incluye la justificación por la fe. Por medio de nuestros padres nacimos en Adán, pero cuando creímos en el Señor Jesús, fuimos transferidos del primer hombre a Cristo.
Romanos 6:3 nos dice que fuimos bautizados en Cristo Jesús. Ahora estamos en Él. Ya no estamos en Adán, sino en Cristo. Primera de Corintios nos dice que fuimos “llamados a la comunión de su Hijo Jesucristo, nuestro Señor” (1:9).
Muchos cristianos tienen el pobre concepto de que Dios los llamó para que algún día puedan ir al cielo. Este versículo, sin embargo, afirma que fuimos llamados a la comunión, o participación, disfrute, de Cristo.
Él debe ser nuestro deleite. Él es el poder y la sabiduría de Dios (1:24). Porque estamos en Él, Él es para nosotros “sabiduría, y justicia, y santificación, y redención” (v. 30). Con un Cristo tan vasto para nuestro disfrute, Pablo determinó “no saber nada entre vosotros, sino a Jesucristo, y a este crucificado” (2:2).
En 15:22 Pablo nos dice además que “todos serán vivificados en Cristo”. Cristo nos vivifica porque, como el último Adán, Él se hizo Espíritu vivificante (15:45). Todos estos aspectos suyos presentados en esta Epístola son para nuestro disfrute y están a nuestro alcance porque Él se hizo el Espíritu vivificante.
Segunda de Corintios continúa esta línea de que el Señor ahora es el Espíritu (3:17). Nuestra parte es quitar los velos para contemplarlo y reflejarlo. “Pero todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando y reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Señor Espíritu” (3:18, lit.).
A medida que lo miramos y lo reflejamos, somos transformados a su imagen de gloria en gloria, como por el Señor Espíritu. Esta expresión Señor Espíritu es un título compuesto que se refiere a Cristo.
Pablo advirtió a los creyentes de Galacia que, si intentaban cumplir la ley, serían llevados a desligarse de Cristo (Gá 5:4). Él se preocupaba de que permanecieran en Cristo y no se dejaran distraer por la ley o la religión. Si regresaban a ellas, perderían todo lo que habían ganado de Cristo y así serían separados y cortados de Él, haciendo que Él quedara sin efecto en cuanto a sus resultados. Hacer de la circuncisión una condición para la salvación sería abandonar a Cristo, lo cual no les sería de ningún provecho.
En Efesios Pablo oró para que el Padre fortaleciera a los creyentes “con poder, mediante su Espíritu en el hombre interior; para que Cristo habite por la fe en vuestros corazones” (3:16-17).
Nuestro hombre interior necesita ser fortalecido para que Cristo habite en nuestro corazón. Él debe ocuparnos hasta el punto de que todo nuestro ser llegue a ser su morada.
“Para mí el vivir es Cristo”, nos dice Pablo en Filipenses 1:21. Cristo lo era todo para él. En 3:8 declara cuán precioso le era Cristo: “Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor; por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo”.
Debido al valor insuperable de Cristo, Pablo consideraba todo como pérdida con el fin de ganarlo. Colosenses nos dice además cuán grandioso es Cristo. “Él es la cabeza del cuerpo, de la iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la primacía” (1:18).
Él es todo-inclusivo, es la realidad de todo lo que es positivo (2:17), es nuestra vida (3:4) y es todo en todos en el nuevo hombre (3:10-11). ¡Cuán grandioso era el Cristo que Pablo vio! Todos necesitamos una visión como esta para retener la Cabeza.
🌿 Disfrute más:
Himno: Alabanza al Señor – “En memoria de Él”
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