Leer y orar: “Antes bien, siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, Cristo,” (Efesios 4:15)
Desde Su ascensión, el Señor ministra en los cielos. Sin embargo, para que este ministerio se lleve a cabo en la tierra, se requiere una reciprocidad de nuestra parte. Casi veinte siglos han pasado, pero muy poco se ha realizado en la tierra. Por lo tanto, como nuestra era se acerca a su fin, existe una necesidad urgente de nuestra reciprocidad hacia el ministerio del Señor.
RECIPROCIDAD DOBLE
Los versículos antes mencionados ilustran esta reciprocidad de nuestra parte. Las referencias de Hechos se relacionan con un mover en vida para la propagación del evangelio. En la época de Hechos, los discípulos avanzaban juntamente con el Señor en vida.
Este fue el caso de Felipe y el eunuco etíope, de Ananías y Saulo, y de Pedro y Cornelio. Los tres se refieren a avances en vida que corresponden al ministerio del Señor en los cielos.
Las referencias de las Epístolas, en cambio, ilustran el crecimiento y la función en vida, en lugar de un mover en vida. Lo que se revela en Efesios y Colosenses no es un mover por la causa del evangelio, sino el crecimiento y el funcionamiento del Cuerpo.
Uno es para llevar a las personas al Señor, el otro para edificar el Cuerpo. Para que las personas sean llevadas al Señor, es necesario un mover en vida; para que el Cuerpo sea edificado, la necesidad es el crecimiento y la función en vida.
El mover en vida para atraer personas al Señor es algo exterior, pero el crecimiento en vida para la edificación del Cuerpo es interior. Tanto para el aspecto exterior como para el interior, debe haber reciprocidad de nuestra parte al ministerio del Señor en los cielos.
RECIPROCIDAD AL MOVER EN VIDA
En Hechos 8 al 10 el Señor movió exteriormente a los discípulos para la predicación del evangelio. Él ministraba en los cielos para mover a algunos discípulos.
Supongamos que Felipe, en aquel tiempo, hubiera estado fuera amando el mundo, que Ananías hubiera caído en pecado y que Pedro hubiera regresado a Galilea para pescar.
Entonces Cristo estaría ministrando en los cielos, pero sin ninguna reacción en la tierra. ¡Alabado sea el Señor, pues aquellos tres ya estaban listos para reaccionar!
Felipe
En respuesta al ministerio celestial del Señor, Felipe partió de Jerusalén hacia Gaza (Hch 8:26). Su caminar solo en el desierto fue una reacción al Cristo celestial. El Señor tenía un discípulo allí en el desierto a quien podía mover. Cuando le dijo a Felipe: “Acércate a ese carro y acompáñalo” (v. 29), Felipe corrió hacia allá y oyó al eunuco leyendo Isaías.
¿Percibe usted la reciprocidad de Felipe hacia el ministerio celestial? Así fue como el eunuco etíope fue llevado al Señor. Esta fue la reciprocidad de Felipe al mover en vida para la predicación del evangelio.
Ananías
La situación en Hechos 9 fue similar. Ananías debía estar orando cuando recibió una visión de los cielos. El Señor le habló por medio de la televisión celestial y lo guió hasta Saulo. ¡Saulo también estaba orando cuando la transmisión celestial lo alcanzó y entonces vio llegar a Ananías!
Hubo una maravillosa triangulación de Cristo ministrando en los cielos, junto con Ananías y Saulo correspondiendo en la tierra, todo con el objetivo de atraer a Saulo al Señor.
Pedro
En Hechos 10, un centurión romano llamado Cornelio estaba orando cuando un ángel fue a él y le dijo que mandara a buscar a Pedro. Supongamos que Pedro hubiera estado indisponible cuando los mensajeros de Cornelio llegaron a él.
Si Pedro se hubiera ido a pescar, los mensajeros habrían regresado con las manos vacías y decepcionados. De cualquier manera, Pedro, justo antes de la llegada de estos hombres, también estaba orando cuando la televisión celestial llegó hasta él.
Un objeto parecido a un lienzo descendía del cielo, lleno de animales impuros. Pedro oyó una voz: “Levántate, Pedro, mata y come”. Su respuesta fue: “¡De ninguna manera, Señor!”. ¡Ese maravilloso programa de televisión se repitió tres veces!
Mientras Pedro estaba perplejo respecto a lo que aquello podría significar, los mensajeros aparecieron en la puerta preguntando por él. Él los siguió, y Cornelio, su familia y probablemente también los soldados fueron todos conducidos al Señor.
Esta es la forma apropiada de predicar el evangelio. Es un mover en vida bajo el ministerio celestial de Cristo. No es un movimiento organizado por una misión.
Cristo como Cabeza ejercía Su encabezar para mover a los discípulos de aquí para allá. Ellos estaban alertas, respondiendo a Su ministerio en los cielos.
Mi esperanza es que la predicación del evangelio en la restauración sea así: un mover en vida eficaz que corresponda al ministerio celestial de Cristo y esté bajo Su encabezar.
Un testimonio
Permítanme presentarles una ilustración de mi experiencia con respecto a este asunto. En julio de 1932, acababa de regresar a casa del trabajo en la oficina cuando llegó un hermano.
En realidad, él buscaba a otro hermano, quien, sin embargo, no estaba en casa. Como aún no anochecía, sugerí que fuéramos a la playa. Mientras íbamos de camino, él hizo algunas preguntas sobre asuntos espirituales.
Le dije que sería bueno sentarnos en la playa y conversar sobre esos asuntos. Así lo hicimos, conversando desde las siete hasta las once de la noche. Hablamos sobre el bautismo por inmersión (nuestra denominación practicaba el bautismo por aspersión).
Tan pronto como terminamos la conversación, él me dijo: “Usted es la persona correcta para bautizarme, y yo soy la persona correcta para ser bautizada. ¡Usted debe bautizarme esta noche!”.
Yo era apenas un joven de cerca de veintisiete años. No era pastor, anciano ni siquiera diácono. Retrocedí asustado: “No, no, no”, le dije, “no puedo. Soy demasiado joven. No soy pastor ni anciano ni diácono. ¡No!”.
Él me reprendió: “Usted sólo predica, pero no practica. Acaba de decirme quién es la persona correcta para ser bautizada, cuál es el lugar correcto y cuándo es el momento correcto. Yo entiendo que aquí es el lugar correcto (el mar frente a nosotros, lleno de agua), esta es la hora correcta (una noche oscura), yo soy la persona correcta para ser bautizada, y usted es la persona correcta para bautizarme. ¿Cómo puede negarse?”.
Fui persuadido. Aunque no había llevado ropa de cambio, entramos al agua y lo bauticé. ¡Después de eso, ambos estábamos en el tercer cielo!
Dos días después, un jueves, yo estaba en la oficina y necesitaba recordar su nombre. No podía recordar cómo se escribía. Como uno de mis compañeros lo conocía muy bien, le pregunté cómo se escribía su nombre. Él se mostró curioso sobre por qué yo quería saberlo y me preguntó acerca de lo que había ocurrido.
“¿Quieres saber lo que pasó?”, respondí, “anteanoche lo bauticé en el mar”. Él quedó asombrado, pero yo también me sorprendí cuando me dijo: “¡Usted lo bautizó! Bueno, ¡me gustaría que usted me bautizara esta noche!”.
Como teníamos otro compañero que también había sido llevado al Señor, le dije: “Déjame hablar primero con Fulano de Tal”. Cuando hablé con él, se alegró de unirse a nosotros. Después del trabajo en la oficina, los tres fuimos a la playa, junto con el hermano que yo había bautizado antes. Le pedí que realizara los bautismos, pero él se negó.
Eso me incomodó. ¿Por qué estaba yo bautizando a las personas como si fuera pastor? No obstante, bauticé a los otros dos. Después de terminar, sentimos un gozo intenso. Caminábamos sin rumbo por las calles, hablando de la gracia del Señor. Hacíamos tanto ruido que un hombre detrás de nosotros nos siguió y luego preguntó: “¿Usted es Witness Lee?”. “Soy yo”, respondí, “¿por qué?”.
Entonces él contó que acababa de salir de una reunión de oración en una iglesia misionera, donde se quejaban de que yo había bautizado a uno de sus candidatos. Decían que yo no era anciano ni diácono, ¿cómo podía bautizar a las personas? Luego añadió: “Cuando los oí hablar, decidí que me gustaría ponerme en contacto con usted. Nunca imaginé que lo encontraría de esta manera. ¿Cuándo tendrán la próxima reunión?”.
Cuando llegó el domingo, había once en nuestro grupo. Una semana después, comenzamos a tener la mesa del Señor. El Señor estaba ejerciendo Su encabezar para atraer a las personas. Aunque éramos pocos, teníamos reciprocidad con el Cristo celestial.
Desde aquellos días, mucho se ha realizado, no por una organización, sino por Su ministerio en los cielos y por algunos de Sus discípulos correspondiendo en la tierra.
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