viernes, 26 de diciembre de 2025

El ministerio celestial de Cristo, semana 4, domingo, capítulo 10

O MINISTERIO
CELESTIAL DE CRISTO

Capítulo 10
LA ADMINISTRACIÓN UNIVERSAL DE CRISTO EN LOS CIELOS

SEMANA 3 - DOMINGO
Lectura Bíblica: Ap 3:21; 8:3-5; 10:1-2; 18:1; 20:4, 6; 22:1, 3

Leer y orar: “Al vencedor, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en Su trono.” (Ap 3:21)


Ofrecer oraciones y derramar las respuestas

En el capítulo ocho, Cristo es nuevamente retratado como otro Ángel, ofreciendo las oraciones de los santos a Dios (vs. 3-5). En Su administración Él necesita de nuestras oraciones. Nuestra oración es la respuesta a Su ministerio celestial.

A medida que oramos, Él administra. A medida que administra, nosotros oramos. Estas oraciones Él las ofrece a Dios y luego derrama las respuestas de Dios a ellas sobre la tierra. Este es el significado del versículo 5: “Y el ángel tomó el incensario, lo llenó del fuego del altar y lo arrojó a la tierra; y hubo truenos, voces, relámpagos y un terremoto”.

El derramamiento de las respuestas de Dios a nuestras oraciones equivale a Su administración universal. Este Administrador está calificado en todos los sentidos; sin embargo, necesita de nuestras oraciones. Podemos decir que Cristo administra el universo entero por medio de nuestras oraciones.


Tomar posesión de la tierra

En el capítulo diez, se ve a otro Ángel fuerte “descendiendo del cielo, envuelto en una nube, con el arco iris sobre Su cabeza; Su rostro era como el sol, y Sus pies como columnas de fuego… Puso Su pie derecho sobre el mar y el izquierdo sobre la tierra” (vs. 1-2).

Aquí, Cristo como el otro Ángel ha dejado el trono en los cielos y está en camino de regreso a la tierra. El hecho de estar envuelto en una nube indica que en esta etapa Su venida es en secreto. Él retorna secretamente a la tierra a fin de tomar posesión de ella por completo. Un pie sobre el mar y el otro sobre la tierra simboliza Su posesión. La tierra pertenece al Señor. Toda ella es Su herencia. Él vendrá con poder para tomar posesión de ella.


Juzgar a Babilonia

En 18:1 se nos dice: “Después de estas cosas vi descender del cielo a otro ángel, que tenía gran autoridad, y la tierra fue iluminada con Su gloria”. Él ya no se encuentra envuelto en una nube. Está en el espacio abierto y muy cerca de la tierra. Él viene para ejercer Su autoridad sobre la cristiandad, la Gran Babilonia. Después de juzgar por completo esta religión perversa, Él destruirá a Satanás y establecerá el reino milenario en la tierra.


SOBERANO EN EL REINO Y POR TODA LA ETERNIDAD

En ese reino Él gobernará, con todos los vencedores como correyes (Ap 3:21; 20:4, 6). Él será el Administrador principal del reino. Después de esos mil años habrá la Nueva Jerusalén, teniendo como centro el trono de Dios y del Cordero (22:1, 3).

En ella el Cordero redentor será el Soberano por toda la eternidad, así como será por toda la eternidad el Administrador. Esta administración universal es una parte grandiosa del ministerio celestial de Cristo.


CUMPLIMIENTO POR MEDIO DE LOS MINISTERIOS
CORRESPONDIENTES EN LA TIERRA

Sin el ministerio completivo de Pablo, Cristo no tiene cómo desempeñar Su ministerio celestial. Los dos se corresponden mutuamente. Uno está en los cielos, el otro, entre los santos en la tierra. Hoy nos encontramos bajo estos dos ministerios. Incluso en este mismo instante Cristo ministra en los cielos, y el ministerio completivo de Pablo se desempeña aquí entre nosotros.

El ministerio completivo efectúa la economía divina en la preparación de un Cuerpo para Cristo. La Cabeza necesita un Cuerpo. Piense en lo que usted podría realizar si tuviera solo la cabeza sin cuerpo. ¡No podría hacer nada! Sin la iglesia, Su Cuerpo, Cristo tampoco puede hacer nada. El ministerio completivo, por lo tanto, existe para producir el Cuerpo para que la Cabeza desempeñe la administración divina en la tierra.

El ministerio completivo de Pablo, como veremos en los próximos mensajes, se centra en Cristo como el centro de la economía divina y la circunferencia del propósito de Dios. Este Cristo necesita vivir en nosotros, y nosotros necesitamos vivir en Él. Él es el Cristo todo-inclusivo. Entonces tenemos la maravillosa vida de iglesia.

Dios pasó por un proceso a fin de llegar a ser el Espíritu vivificante y entrar en nuestro espíritu. Estos dos espíritus se hacen uno cuando somos regenerados. A partir de ahí, este Espíritu todo-inclusivo se esparce de nuestro espíritu a nuestra alma, para que esta sea saturada del Dios Triuno.

Este esparcimiento de Dios en nuestro interior se llama transformación y crecimiento en vida. Por medio de este crecimiento, somos consolidados para llegar a ser un Cuerpo. Este Cuerpo no es edificado por medio de enseñanza, organización o formalidades, sino por la transformación de nuestra alma. Así crecemos juntos, no solo como un Cuerpo, sino también como el nuevo hombre universal.

Cristo tiene Su Cuerpo, y Dios tiene un nuevo hombre. Por eso Cristo puede actuar, y Dios puede llevar a cabo Su propósito eterno. De esta manera el ministerio completivo de Pablo efectúa el ministerio celestial de Cristo. Después de la serie sobre el ministerio completivo de Pablo, proseguiremos con el ministerio remendador de Juan. Con estos tres ministerios la Biblia es consumada, y los nuevos cielos y la nueva tierra, con la Nueva Jerusalén, entran en escena.


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jueves, 25 de diciembre de 2025

El ministerio celestial de Cristo, semana 3, sábado, capítulo 10

EL MINISTERIO
CELESTIAL DE CRISTO

Capítulo 10
LA ADMINISTRACIÓN UNIVERSAL DE CRISTO EN LOS CIELOS

SEMANA 3 - SÁBADO
Lectura bíblica: Ap 1:11-13, 16-18, 20; 2:1; 3:1, 7, 21; 4:1; 5:1-10; 8:3-5; 10:1-2; 18:1; 20:4, 6; 22:1, 3

Leer y orar: “Vi a otro ángel fuerte que descendía del cielo, envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza; su rostro era como el sol, y sus piernas como columnas de fuego;” (Ap 10:1)


En nuestros mensajes anteriores, vimos que Cristo actualmente ejerce Su soberanía para la expansión del evangelio, para introducir a los Suyos en Sí mismo; ejerce Su encabezamiento para hacernos crecer y funcionar, a fin de que Su Cuerpo sea edificado; ejerce Su sacerdocio para interceder por nosotros; ejecuta el nuevo testamento a nuestro favor y ministra el suministro de vida para nosotros.

Todos estamos bajo Sus cuidados. En lo que respecta a nosotros, nada nos falta. Pero ¿qué hay del universo? ¿Y qué hay del propósito total de Dios? Para responder a esto, necesitamos considerar un aspecto más del ministerio del Señor en los cielos.

Este aspecto final de la administración universal de Cristo en los cielos nos es revelado en el libro de Apocalipsis. El universo entero, tanto los cielos como la tierra, está bajo Su autoridad. Él es el Administrador universal.


EL SUMO SACERDOTE QUE CUIDA DE LAS IGLESIAS

En Apocalipsis, en primer lugar vemos que Cristo, el Ungido de Dios, ahora cuida de Su iglesia. Él cuida de ella de manera administrativa. Las iglesias son los candelabros de Dios que resplandecen Su testimonio y necesitan la administración de Cristo.

A veces surgen problemas y dificultades que requieren Su atención administrativa. En los tiempos antiguos el sumo sacerdote cuidaba del candelabro, asegurándose de que todas las lámparas estuvieran en buen estado para continuar brillando.

Nuestro Sumo Sacerdote actualmente hace exactamente lo mismo, mientras anda entre los candelabros (Ap 1:11-13). Él también cuida de las iglesias, teniendo en Sus manos a sus responsables. Los líderes en las iglesias son comparados con estrellas que brillan en los cielos en la oscuridad de la noche (vs. 16, 20). Nosotros, que servimos a las iglesias, necesitamos ser conscientes de que no estamos en nuestras propias manos, sino en las Suyas. Él administra los candelabros y sostiene las estrellas.

La visión presentada en Apocalipsis 1 nos muestra cómo las iglesias pueden proseguir en estos tiempos. La situación entre los cristianos sin duda nos deja decepcionados y desanimados. ¡Necesitamos volvernos de la visión terrenal a Cristo! ¡Él es el primero y el último! ¡Él vive, y vive para siempre! ¡Él es capaz! Es Aquel que ahora sostiene “en Su mano derecha las siete estrellas” y anda “en medio de los siete candeleros de oro” (2:1). Él “abre, y nadie cerrará, y cierra, y nadie abrirá” (3:7).

Al mirarlo únicamente a Él, seremos alentados. ¡Las iglesias locales nunca fracasarán a causa de este Administrador que anda entre nosotros y sostiene a nuestros líderes! Esta es la administración de Cristo en las iglesias.


EL CORDERO REDENTOR EJECUTA EL TESTAMENTO

Apocalipsis también nos dice que Cristo es el Administrador que cuida de todos los pueblos. Existen los judíos, que son los escogidos de Dios; los paganos, que son las naciones; y los que participan de la cristiandad. Necesitamos saber que incluso la cristiandad y la forma en que progresará están bajo la administración de Cristo.

Después de que todas estas categorías de pueblos sean tratadas según el gobierno de Cristo, vendrá el milenio, el reino de Dios en la tierra. Después de eso, habrá una nueva era, la eternidad, con la Nueva Jerusalén y los nuevos cielos y la nueva tierra. De todos estos pueblos y tiempos, Cristo es el Administrador.

Esto es lo que se nos revela, comenzando por Apocalipsis 4. La escena cambia de Cristo cuidando de los candelabros (capítulos uno a tres) a “una puerta abierta en el cielo”, y se nos muestra “lo que debe suceder después de estas cosas” (4:1).

Cristo es presentado como el Cordero redentor que venció, calificado para tomar el nuevo testamento, abrirlo y ejecutarlo. Este es el significado del rollo sellado en la mano derecha de Aquel que está sentado en el trono (5:1).

Cuando un ángel fuerte proclama: “¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos?” (v. 2), solo este Cordero-León digno es capaz de venir y tomar el libro (5:5-7). Él está calificado para tomar el nuevo testamento, abrirlo y ejecutarlo.

El nuevo testamento en las Epístolas de Pablo es principalmente para nuestro disfrute de las riquezas de Cristo que nos fueron legadas. Existe, sin embargo, otro aspecto del nuevo testamento. Dios trata con el universo conforme a Su testamento. Él actuará con los judíos, con las naciones y con la cristiandad de acuerdo con Su testamento.

En él hay una herencia para que nosotros, los creyentes, la disfrutemos. En ese mismo testamento también están los asuntos relacionados con la manera en que Dios trata con los diversos pueblos e incluso con los cielos y la tierra. Es este nuevo testamento el que el Redentor de todo el universo está calificado para tomar, abrir y ejecutar.

Al final, todo lo que existe en el universo será encabezado en Cristo. Los judíos, las naciones paganas y la cristiandad serán todos tratados, y el reino de Dios será introducido en la tierra. Cuando todo lo que existe haya sido encabezado en Cristo, habrá llegado la plenitud de los tiempos. Los cielos serán nuevos, así como la tierra y todo lo que hay en ella.

El universo entero estará en orden. Ya no habrá divisiones, confusión, tinieblas, muerte, noche ni lágrimas. Cuando nos preguntan cómo estamos, por lo general respondemos “bien”. En realidad, no todo está bien. Las cosas están enredadas, confusas, nebulosas y caminando hacia la muerte. Hay motivo para derramar lágrimas.

Incluso los hombres deberían llorar por el estado lamentable de las cosas. Afirmar que estamos bien o que las cosas van bien no es decir la verdad. Nadie está bien. Ninguna familia está bien. Ninguna sociedad está bien. Vendrá, sin embargo, el día en que habrá nuevos cielos y nueva tierra. Todas las cosas serán encabezadas en Cristo. Todo quedará en orden. Entonces todo estará bien.

¿Quién es digno de administrar estos nuevos cielos y nueva tierra con la Nueva Jerusalén? Solo Cristo. Fue Él quien murió para la redención de todo el universo. Fue Él quien derrotó a Satanás por medio de Su muerte. Fue Él quien consumó el pacto con Su sangre redentora. Fue Él quien nos legó como herencia el nuevo testamento. ¡Él está plenamente calificado!

Él es digno de tomar el libro del nuevo testamento, abrirlo y ejecutar todo lo que allí está escrito, proveyéndonos de todo lo que nos fue legado, desempeñando cada punto allí contenido y poniendo todo en orden en el universo. Este es el supremo ministerio celestial de Cristo: la efectivización de todo lo que Dios proyectó.


“OTRO ÁNGEL”

En Apocalipsis Cristo es presentado primeramente como el Sumo Sacerdote para las iglesias. Él anda en medio de ellas, cuida de su resplandor y sostiene en Su mano a todos sus líderes, para que continúen aun en la noche oscura de una situación degradante.

Luego Cristo es retratado como el Cordero vencedor, el Cordero-León calificado para ejecutar el nuevo testamento. Después, en los capítulos siete, ocho, diez y dieciocho, Él es referido como el “otro ángel”. Que el título “otro ángel” se refiere a Cristo queda claro por el contexto. Dios envió muchos ángeles; sin embargo, Cristo, como el enviado de Dios, es extraordinario. En este papel Él es llamado otro Ángel.


Controlar el universo

En el capítulo siete, Cristo como el Ángel de Dios controla el universo entero, dirigiendo a los demás ángeles a fin de ejecutar el juicio de Dios sobre la tierra (vs. 2-3).


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Himno: La Iglesia – “El Candelabro de Cristo”

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El ministerio celestial de Cristo, semana 3, viernes, capítulo 9

EL MINISTERIO
CELESTIAL DE CRISTO

Capítulo 9
EL MINISTERIO MÁS EXCELENTE
DE CRISTO EN EL VERDADERO TABERNÁCULO

SEMANA 3 - VIERNES
Lectura Bíblica: Gn 28:12; Jn 1:51; 14:27; Ro 8:26, 34; 2 Co 3:17; Fil 4:7; He 8:1, 2, 6; 9:11, 15

Leer y orar: “Y añadió: De cierto, de cierto os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y descender sobre el Hijo del Hombre.” (Jn 1:51)


EL MINISTRO QUE NOS SUPLE

Después de interceder y de ejecutar el testamento, este mismo Intercesor y Ejecutor es el Ministro, trayéndonos todo lo que necesitamos y sirviéndonos conforme a nuestras necesidades. Aquí en la tierra puedo estar enfrentando problema tras problema. Mi situación me deja preocupado y ansioso. No consigo ver ninguna salida. Ese puede ser el caso en la tierra. Sin embargo, ¡aleluya!, ¡una situación diferente prevalece en los cielos!

Allí el Sumo Sacerdote está intercediendo por mí. El Ejecutor está tomando las disposiciones del testamento. Además, el Ministro toma la paz que necesito y me la suministra. Esta paz me fue prometida en Juan 14:27: “La paz os dejo, Mi paz os doy”. También fue prometida en Filipenses 4:7: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús”.

Cuando surge un problema, sin embargo, me olvido de estas promesas que se han convertido en mi herencia y sólo me acuerdo de mis preocupaciones. Yo puedo olvidarme de todo lo que me fue legado; sin embargo, Él no se olvida. Y viene como el Espíritu vivificante que mora en mi espíritu.

Él viene como el Melquisedec celestial, esta vez no trayendo pan y vino, sino paz. Es Él quien viene a visitarme. Dentro de mí, sin ninguna razón aparente, de repente quedo lleno de paz. La preocupación desaparece. La ansiedad se va. ¿Cómo ocurrió este cambio? Experimenté el ministerio celestial de Cristo como el Sumo Sacerdote, el Ejecutor y el Ministro.

Con toda certeza tú también ya has experimentado algo semejante. En el pasado, sin embargo, no comprendías lo que era. Ahora la luz y el conocimiento han llegado a ti. Ninguna prueba debe dejarte derrotado. Tienes un Sumo Sacerdote que intercede por ti. Tienes a Aquel que ejecuta las provisiones de Su testamento a tu favor.

Tienes un Siervo que te suple con la cosa correcta en el momento correcto. En toda situación que surja, ese Ministro celestial actúa a tu favor. Después de muchas experiencias con Su cuidado, gradualmente te darás cuenta de que no hay razón para preocuparte. ¡Cristo está allí, ministrando en los cielos por ti!

Cristo es llamado Sumo Sacerdote, Ministro y Mediador de manera intercambiable en Hebreos (8:1, 2, 6; 9:11, 15). El Sumo Sacerdote es el Ministro, y el Ministro es el Mediador.

El término Ejecutor no se utiliza de manera explícita, pero está implícito en el capítulo nueve: “Por eso mismo, Él es el Mediador del nuevo pacto, para que, interviniendo la muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna. Porque donde hay testamento, es necesario que intervenga la muerte del testador; pues un testamento sólo es válido en caso de muerte, ya que no tiene fuerza alguna mientras vive el testador” (9:15-17).

Cristo, en Su muerte, estableció el nuevo pacto y nos lo legó como el nuevo testamento. Después de la muerte, Él resucitó y se convirtió en Aquel que ejecuta el nuevo testamento. Los cuatro títulos —Sumo Sacerdote, Ministro, Mediador y Ejecutor— se refieren al Cristo resucitado.


EN LOS CIELOS Y EN NUESTRO INTERIOR

Este mismo Cristo es ahora el Señor en los cielos y al mismo tiempo el Espíritu en nosotros. “Ahora bien, el Señor es el Espíritu” (2 Co 3:17). Como Señor, Él está en los cielos. Como Espíritu, está en nosotros. Como Aquel que está en los cielos, Él ejerce Su soberanía, Su encabezamiento y Su sacerdocio.

Él ejerce Su soberanía para la expansión del evangelio, a fin de que los escogidos de Dios sean introducidos en Él. Ejerce Su encabezamiento para que todos Sus miembros crezcan y funcionen, para que Su Cuerpo sea edificado. Ejerce Su sacerdocio a fin de rescatarnos de todas nuestras complicadas confusiones por medio de la intercesión, de la ejecución de las provisiones del nuevo testamento y del servicio de aquello que necesitemos; y así nos mantiene firmes para evitar que caigamos. Todas estas son Sus actividades como Señor en los cielos.

Todo lo que Él desempeña como Señor, lo aplica a nosotros como el Espíritu. ¿Cómo podemos percibir todas Sus funciones celestiales? Todo lo que Él intercede, ejecuta o ministra es transmitido a nuestro espíritu. Como Señor en los cielos, Él es la electricidad en la central eléctrica. Como Espíritu en nuestro espíritu, Él es la electricidad del edificio en el que estamos ahora.

El Señor en los cielos y el Espíritu en nuestro espíritu son uno solo. Hay una transmisión continua entre los cielos y nuestro espíritu, de modo que todo lo que se manifiesta allá es aplicado inmediatamente aquí. Observa que este tránsito es entre los cielos y nuestro espíritu. Nuestra mente no cuenta. Es nuestra mente la que nos deja preocupados.

Cuando surge la transmisión celestial, esta maravillosa realidad fortalece nuestro espíritu, el cual entonces se levanta para exclamar: “¡Gloria a Dios!”. La transmisión llegó a nuestro espíritu, no a nuestra mente. El Espíritu en nuestro espíritu es el propio Señor en los cielos.

Romanos 8 confirma que Aquel que es el Espíritu es el mismo que es el Señor. El versículo 26 nos dice que “el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles”. Luego el versículo 34 dice que Cristo Jesús “está a la diestra de Dios y también intercede por nosotros”.

¿Quién intercede por nosotros? ¡Es el Señor Espíritu! En los cielos es el Señor, y en nosotros es el Espíritu. Lo mismo es verdad con respecto a Melquisedec. Hay un solo Melquisedec. En los cielos Él es el Señor, y en nuestro espíritu Él es el Espíritu. Desde el punto de vista doctrinal, no tenemos una explicación satisfactoria para esta doble realidad; pero en nuestra experiencia, en cambio, tenemos de hecho la confirmación.

Tal vez regreses del trabajo agotado y te preguntes cómo estará la situación en casa. Inesperadamente, mientras te lo preguntas, tienes la sensación de ser suplido y fortalecido. ¿Cuál es la fuente de este suministro? Vino del propio Cristo, quien es tanto el Señor en los cielos como el Espíritu en nuestro interior. Él intercede por ti, cuida de ti y ejecuta el nuevo testamento a tu favor.

Basado en este testamento, Él toma el suministro de vida y te lo proporciona exactamente conforme a lo que más necesitas. Entonces lo experimentas como Señor, Espíritu, Sumo Sacerdote, Ejecutor y Ministro. Él es también el Mediador, quien transmite lo que necesitas del Padre, que es la fuente, a tu espíritu para suplirte y sostenerte.


EL SACERDOTE SUSTENTADOR

Con toda certeza todos hemos experimentado este ministerio celestial de Cristo. ¿Por qué nos hemos mantenido firmes sin caer todos estos años? Puedo testificar que fue esto lo que me preservó durante estos cincuenta y cinco años.

En Su ministerio terrenal, Él murió por mí en la cruz. Ahora Él me sirve en resurrección, y este es Su ministerio celestial. Su elemento principal es el sacerdocio hacia los miembros de Su Cuerpo. Por supuesto, Él ejerció Su soberanía para asegurarse de que yo fuera salvo y, por lo tanto, conducido a Dios.

También ejerció Su encabezamiento sobre mí para hacer que yo creciera y funcionara, y de este modo fuera edificado en el Cuerpo. Sin embargo, es Su sacerdocio lo que Él más ejerce para preservarme. ¡Aleluya por nuestro Sumo Sacerdote celestial! Fuimos sustentados, preservados y suplidos por Su intercesión, ejecución del testamento y ministración a nosotros conforme a nuestras necesidades.

Nada me faltó. Mi porción es un valioso suministro de vida. Nuestra preservación y nuestro sustento por medio de Él están totalmente garantizados por Su sacerdocio, el cual está basado en el testamento. El testamento está en nuestras manos, y el Sumo Sacerdote está tanto en los cielos como en nosotros.

En los cielos Él es el Señor; en nosotros Él es el Espíritu. El Señor Espíritu nos ministra el suministro de vida de manera continua. El suministro que recibimos es celestial, porque el cielo es su fuente. Nuestro Sumo Sacerdote nos ministra en el verdadero tabernáculo, el Lugar Santísimo celestial, que está unido a nuestro espíritu por Él como escalera celestial (Gn 28:12; Jn 1:51). Al ministrarnos el suministro celestial, Él nos hace un pueblo celestial. Somos un pueblo en la tierra que vive una vida celestial.


🌿 Disfrute más:

Himno: Alabanza al Señor – “Su Todo-Inclusividad”

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martes, 23 de diciembre de 2025

El ministerio celestial de Cristo, semana 3, jueves, capítulo 9

EL MINISTERIO
CELESTIAL DE CRISTO

Capítulo 9
EL MINISTERIO MÁS EXCELENTE
DE CRISTO EN EL VERDADERO TABERNÁCULO

SEMANA 3 - JUEVES
Lectura Bíblica: Gn 14:18-20; He. 6:19-20; 7:11-17; 8:2; 10:12

Leer y orar: “Melquisedec, rey de Salem, sacó pan y vino; era sacerdote del Dios Altísimo” (Gn 14:18)


EL TESTAMENTO Y SU EJECUTOR

¡Tenemos un testamento maravilloso y un Ejecutor magnífico! El testamento es, en realidad, toda la Biblia: comenzó con Dios hablando, se convirtió en Su promesa, más tarde vino a ser Su alianza y ahora, puesto que todo ya se ha cumplido por medio de la muerte de Cristo, es un testamento o última voluntad, con todos los ítems de su contenido legados a nosotros como herencia.

Todo en ese testamento es nuestro. ¡Tenemos un Ejecutor maravilloso que asegura el cumplimiento del testamento! Él es Dios; sin embargo, se hizo hombre. Vivió en esta tierra y probó todos los sufrimientos de la vida humana.

Al final de Su experiencia como ser humano, murió en la cruz. Por ese medio resolvió el problema de nuestros pecados, derrotó a Satanás, puso fin a toda la vieja creación y dio solución a todos los problemas. Satisfizo a Dios y cumplió todas Sus exigencias.

Después de tres días sepultado, venció la muerte y entró en la vida de resurrección. En la resurrección elevó la humanidad y Él mismo llegó a ser el Espíritu vivificante. Este es el Espíritu compuesto, todo-inclusivo. Esta Persona maravillosa —Dios y hombre, muerto y resucitado, vivo para siempre, fuerte y capaz— ejecuta todo lo que se encuentra en ese testamento para nuestro beneficio y disfrute.

¡Qué privilegio disfrutamos al vivir en la etapa en que el testamento está en plena ejecución y al tener un Ejecutor plenamente capaz de llevar a cabo todas sus provisiones para nuestro disfrute!


EL MINISTERIO DE MELQUISEDEC

El libro de Hebreos nos dice que Cristo es Sumo Sacerdote, no según el orden de Aarón, sino según el orden de Melquisedec (7:11-17). Al final de Su vida en la tierra, Él actuó como Sumo Sacerdote, ofreciéndose a Sí mismo como sacrificio a Dios. Esta parte terrenal de Su sacerdocio —ofrecer el sacrificio para llevar a cabo la redención— fue tipificada por Aarón, el sumo sacerdote escogido por Dios de entre Su pueblo.

Ahora que esto ya fue realizado, Cristo en resurrección es el Sumo Sacerdote celestial, según el orden de Melquisedec. ¿Qué hace nuestro Melquisedec celestial? Ya no ofrece sacrificios, sino que sirve. Así como un ministro sirve, supliendo a aquellos a quienes sirve con lo que necesitan, así también este Ministro nos provee del suministro celestial, ministrándonos al propio Dios.

En el relato de Génesis 14:18-20, cuando Abraham regresó de la matanza de los reyes, Melquisedec, sacerdote del Altísimo, salió a su encuentro con pan y vino. Melquisedec no era un sumo sacerdote que presentaba ofrendas, sino que servía.

Abraham debía de estar exhausto después de guerrear contra los reyes. En su agotamiento sin duda necesitaba suministro. Cristo ahora hace, en los lugares celestiales, lo que Melquisedec hizo por Abraham. Él nos sirve suministro de vida conforme a nuestra necesidad. Ya no existe necesidad de sacrificios, pues Su única ofrenda satisfizo a Dios para siempre (He. 10:12).

El sacerdocio celestial de Cristo tiene como fin servirnos pan y vino. Cristo también es “ministro del santuario y del verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre” (He. 8:2). El verdadero tabernáculo es el Santo de los Santos celestial, adonde Él entró más allá del velo como nuestro Sumo Sacerdote (6:19-20).

Además de ser el Sumo Sacerdote que intercede por nosotros y el Mediador que ejecuta el nuevo testamento, ¡Él es Intercesor, Ejecutor y Ministro! ¡Tenemos este maravilloso Sumo Sacerdote!


EL TESTAMENTO COMO NUESTRA BASE

Todo este servicio está basado en el testamento. No es algo realizado sin base, sino que tiene un fundamento firme. Supongamos, a modo de ilustración, que exista un banco lleno de dinero. No tengo ningún dinero en el bolsillo, por lo tanto voy allí para retirar algo. Lamentablemente no tengo cuenta allí, o mi cuenta no tiene fondos. Mi solicitud de dinero no tiene base.

Supongamos ahora que alguien depositó diez millones de dólares en ese banco. Si voy al banco y presento un cheque firmado por él, tendré base para retirar dinero de su cuenta. Muchas veces nos acercamos a Dios cuando estamos necesitados y le suplicamos por Su misericordia. Derramamos lágrimas y oramos: “Padre, ¡cuánto necesito Tu misericordia! Ten misericordia de mí en esta triste condición mía. Te doy gracias porque Tú eres un Dios de misericordia”.

Suplicar de ese modo es como ir al banco y decirle al gerente: “¡Oh! tenga misericordia de mí. Necesito desesperadamente dinero. Tenga compasión de mí y deme algo de dinero para pagar mis cuentas”. ¿No sería una necedad usar este enfoque para conseguir dinero en el banco? No tenemos ninguna base si suplicamos de esa manera. ¿Cuál es la base sobre la cual presentamos nuestras peticiones a Dios? Es el testamento, aquel que Cristo promulgó y nos dejó como herencia. Sobre esta base Cristo ejerce Su sacerdocio celestial e intercede en los cielos.

Necesitamos que este Ejecutor interrumpa nuestras oraciones en forma de súplica y nos haga recordar: “¿Por qué oras de esta manera tan lamentable? ¡Acércate al trono con denuedo! ¡Ve al banco y reclama tu dinero! Aquí está el testamento. Yo soy el Ejecutor. Tú puedes ser joven e insensato, pero yo soy tu Abogado. ¿Quién se atrevería a engañarte? ¡Soy el Hijo de Dios, que murió en la cruz por ti y ahora vive resucitado!”.

¿Cómo enfrentas los problemas diarios que te asedian? Temo que las hermanas en particular derramen sus lágrimas y giman delante del Señor. Así se olvidan del testamento y del Ejecutor. La Biblia y Cristo están lejos. Solo sus lágrimas están cerca.

Yo tengo la misma inclinación. No derramo lágrimas, pero algunas veces no sé qué hacer cuando surge algún problema. Entonces recuerdo que necesito buscar al Señor. Y clamo: “¡Oh Señor Jesús! ¡Ten misericordia de mí!”. ¡Él es verdaderamente misericordioso! Mientras clamo a Él, Él me recuerda el testamento y Su posición como mi Ejecutor y Abogado.

¡Cuántas veces Él ya me lo ha recordado! Y así percibo una vez más que el Hijo del Dios viviente, el propio Cristo resucitado, está a mi lado, está de pie junto a mí, intercediendo por mí y ejecutando Su testamento a mi favor. Y soy fortalecido, dejo mi ansiedad y comienzo a alabarlo. Hermanas, ahorren sus lágrimas. En lugar de eso, alábenlo por ejecutar el testamento a su favor.

¡Cuán bendecidos somos por estar en la restauración del Señor! Lo que hemos oído es desconocido para los oídos de muchos que están fuera. Cuando estamos en la cristiandad, podemos oír acerca de las setenta semanas de Daniel, los diez cuernos y las cuatro bestias. Sin embargo, muy poco, si algo, nos ha llegado respecto al testamento como nuestro legado y al Cristo vivo como su Ejecutor. Vemos lo que otros no vieron. Ahora disfrutamos lo que muchos otros no tienen cómo disfrutar. No sabemos cuán bendecidos somos.


🌿 Disfrute más:

Himno: Experiencia de Cristo - “Como el Ministro de la Nueva Alianza”

El ministerio celestial de Cristo, semana 3, miércoles, capítulo 8

EL MINISTERIO
CELESTIAL DE CRISTO

Capítulo 8
LA EJECUCIÓN DEL NUEVO TESTAMENTO POR MEDIO DE CRISTO

SEMANA 3 - MIÉRCOLES
Lectura Bíblica: Mt 26:27-28; Lc 22:20

Leer y orar: “Por lo cual también puede salvar por completo a los que por medio de Él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (He. 7:25)


NUESTRA HERENCIA

Ya hemos abordado tres aspectos del ministerio celestial de Cristo: cómo Él ejerce Su soberanía sobre todo el mundo, para que Su evangelio sea predicado y los escogidos de Dios sean introducidos en Él; cómo Él ejerce Su encabezamiento para hacernos crecer y funcionar a fin de que Su Cuerpo sea edificado; y cómo Él intercede por nosotros y cuida de nosotros como nuestro Sumo Sacerdote.

En este mensaje consideraremos el cuarto aspecto: cómo Él ejecuta el testamento que nos legó como nuestra herencia. Mediante la ejecución del nuevo testamento, el Cristo celestial hace que todos los ítems enumerados en él se hagan reales para nosotros.

A todos les gusta ser recordados en un testamento. Estoy seguro de que todos mis hijos e incluso mis nietos esperan ser incluidos en mi testamento. Supongamos que en un testamento se nos deja una gran propiedad con una mansión, y que en esa mansión haya veinticuatro habitaciones y siete baños. Además, se nos dejaron diez millones de marcos alemanes. Sin duda eso nos agradaría.

Sin embargo, tendríamos que asegurarnos de que esa herencia es algo más que solo dos ítems anotados en una hoja de papel. El testamento tendría que ser ejecutado para que tomáramos posesión de nuestra herencia.

¿Alguna vez ha procurado descubrir qué está incluido en el nuevo testamento? ¡Es una lista larga! En realidad, después de intentar varias veces enumerar todos los ítems, llegué a la conclusión de que no es posible hacerlo. La lista es interminable. Aquí están algunos de esos ítems: redención, perdón de pecados, justificación, reconciliación, regeneración, santificación, filiación, vida, poder, paz, santidad, etc.

¿Ya ha recibido usted todo ese legado? Algunas veces el heredero es muy joven y no tiene conciencia de todo lo que heredó. O quizá el heredero es sencillo y no logra comprender el significado de los términos del testamento.

O bien, en una tercera situación, el heredero puede ser demasiado débil para reclamar su herencia, a pesar de tener suficiente madurez y conocimiento. En todos estos casos es necesario alguien que ayude al heredero legítimo a tomar posesión de lo que le fue legado.


LA ALIANZA PROMULGADA POR LA SANGRE DE CRISTO

Cuando Cristo murió en la cruz, transformó la promesa de Dios en alianza. Su sangre fue el símbolo de la promulgación. La mesa del Señor, que celebramos semana tras semana, es símbolo del testamento.

El Señor tomó la copa y dio gracias. Luego la dio a los discípulos, diciendo: “Bebed de ella todos; porque esto es Mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para perdón de pecados” (Mt 26:27-28).

Las palabras en Lucas 22:20 son: “Esta copa es la nueva alianza en Mi sangre, que es derramada a favor de vosotros”. La copa que bebemos es la nueva alianza. Esto es muy profundo. Cuando tomamos la copa, necesitamos saber que ella es la nueva alianza.

Los dos principales ítems en la nueva alianza son el perdón de pecados y la infusión de vida. Por medio de ellos, disfrutamos a Dios. Él es la bendición de la copa. Él es la porción eterna de la bendición contenida allí. La sangre de Jesús, por lo tanto, firmó la alianza. Su muerte la confirmó. Luego, en la resurrección, Él viene a ejecutar su contenido.


LA EJECUCIÓN DEL TESTAMENTO

Él ahora se encuentra en los cielos, vivo, divino, capaz, constituido de la vida indisoluble. ¡Nada puede oponerse a Él! ¡Nada puede destruirlo! ¡Él es Aquel que vive para siempre! Por eso es capaz de ejecutar este testamento en todos sus detalles.

¿Necesita usted vida? ¿poder? ¿perdón? ¿paz? ¿santidad? Es claro que usted tiene muchas necesidades. ¿Cómo puede ser suplido? En el testamento se encuentran todos esos ítems. Le fueron legados. Cristo hoy ejecuta el testamento, haciendo que todos los ítems estén disponibles y se hagan reales para usted.

Supongamos que su esposa le causa dificultades. Usted necesita paciencia. ¿Dónde conseguirá la paciencia necesaria para soportar la presión? La paciencia es uno de los ítems del testamento, y se aplica y está disponible para usted por la ejecución de Cristo. Cuando lo que usted necesita es paciencia, Él la pone a su disposición. Usted percibe la paciencia viniendo a usted como un fluir. ¿Nunca ha experimentado esto?

Lo mismo es verdad en lo que respecta a la alegría. Usted puede estar en sufrimiento, pero hay alegría en ese testamento. ¿Cómo puede esa alegría hacerse real para usted? El propio Cristo ejecutará la alegría en usted, inundando su ser de ella. Tal vez usted se pregunte cómo puedo tener tanto que decir. Quizá piense que me faltará qué decir; pues incluida en ese testamento está la preciosa Palabra.

Cuando estoy por dar un mensaje, no recurro a libros de referencia para encontrar un tema, reunir algunos puntos, estudiar algunos comentarios y así organizar lo que voy a decir. ¡No! Cristo como Ejecutor me inunda con las riquezas de la Palabra de Dios. De esa inundación surgen nociones preciosas y ricos pronunciamientos. Por esa razón, el hablar no tiene fin.

¡Qué testamento tan magnífico tenemos! ¡Y qué Ejecutor: vivo, poderoso y capaz! La intercesión de Cristo es parte de la ejecución del testamento. Puede ser que le falten vida y luz. Tal vez usted no esté disfrutando a Dios como su vida y su luz.

Entonces su Sumo Sacerdote orará por usted, a fin de que usted pueda disfrutar a Dios ricamente. Esa es Su intercesión. Luego Él ejercerá Su posición como Ejecutor e inundará a usted de vida y de luz de parte de Dios. Esa es la respuesta a Su intercesión y también el cumplimiento de Su testamento.


NUESTRA RECIPROCIDAD

Así como usted necesita tener reciprocidad de manera adecuada con respecto a Su intercesión acercándose al trono de la gracia, también necesita tener reciprocidad de manera adecuada con respecto a Su ejecución del testamento.

Usted puede fallar en tener reciprocidad, porque nunca obtuvo ayuda para ver estas cuestiones. Tal vez nunca haya oído estos mensajes. A partir de ahora, ya no hay motivo para eso: ¡usted ya puede tener reciprocidad para con Él!

Hebreos 7:25 nos enseña la manera de tener reciprocidad para con Su ejecución de la nueva alianza: “Por lo cual también puede salvar por completo a los que por medio de Él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos”. Cooperamos con Él cuando nos acercamos a Dios.

Continúe acercándose a Dios. Por la mañana y por la tarde, de día y de noche, cuando ore y cuando no ore, ¡acé­rquese a Dios! “Oh Dios, estoy abierto para Ti. Tú eres rico. Te necesito. Necesito todo lo que tienes para mí en Tu testamento. Quiero estar abierto para Ti todo el tiempo”.

A medida que haga esto, Cristo, Aquel que es capaz, ejecutará en su ser todo lo que usted necesite. Forma parte de Su ministerio celestial ejecutar así ítem tras ítem del testamento en su interior para su disfrute. Tomar conciencia de esto lo fortalecerá.

Supongamos que su jornada de trabajo ha terminado y usted está listo para ir a casa. Se ha dedicado a ocho horas de trabajo arduo y está cansado. Sin embargo, la idea de ir a casa no es muy atractiva, porque usted nunca sabe qué situación le espera. No hay manera de predecir si será recibido con “cara larga” o con una sonrisa.

Algunos días, al ir a casa, usted encuentra tormenta; otros días, todo está calmo y soleado. Usted no soportaría tener que enfrentar otra tormenta esta noche. ¿Qué hacer? Recuerde el testamento. Ábrase. Acérquese a Dios. Usted puede decir simplemente: “Oh Dios, mi Padre, me abro ahora a Ti”, y tendrá la profunda convicción de haber sido fortalecido. Él intercedió por usted y ejecutó algo en usted. Usted fue fortalecido en el hombre interior. Ahora está listo para ir a casa.

Ya puede declarar: “Señor, ya no importa si el clima está bravo o calmo. Quiero volver a casa y disfrutarte. Puede ser con cielo despejado o nublado; con lluvia o con sol; aun así permaneceré abierto para Ti. Tú serás mi suministro conforme a Tu testamento. Estoy incluido en Tu testamento. Padre, sé que estás comprometido con Tu testamento. Además, tengo un Ejecutor que se asegura de que yo reciba todos los ítems de ese testamento. Mis circunstancias no importan, pues Tu testamento me provee de todo lo que necesito”.

El ministerio celestial de Cristo aún no ha terminado. Su ministerio terrenal de hecho está consumado. Pero, como Ejecutor de la nueva alianza, Él todavía ministra a fin de fortalecer, consolar, suplir, sostener e incluso llevarle a usted. Su propósito al hacer esto es que usted crezca y funcione para que Su Cuerpo sea edificado.

Su ministerio celestial, cuyo objetivo es la edificación del Cuerpo de Cristo, posee muchos aspectos. Ya hemos considerado cuatro de ellos. Está el ejercicio de Su soberanía, el ejercicio de Su encabezamiento, el sacerdocio y la ejecución de la alianza y el testamento de Dios. En el próximo mensaje proseguiremos con un nuevo aspecto.


🌿 Disfrute más:

Himno: Adoración al Padre - “Su Novedad”

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domingo, 21 de diciembre de 2025

El ministerio celestial de Cristo, semana 3, martes, capítulo 8

EL MINISTERIO
CELESTIAL DE CRISTO

Capítulo 8
LA EJECUCIÓN DEL NUEVO TESTAMENTO POR MEDIO DE CRISTO

SEMANA 3 - MARTES
Lectura Bíblica: Gn 3:15; 15:7-18; Jr 31:31-34; Lc 22:20; He 7–10; 8:8-13; 9:15-17

Leer y orar: “De igual manera, después de haber cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.” (Lc 22:20)


De Hebreos 7 al 10, Cristo es presentado de manera triple: como Sumo Sacerdote, como Ministro y como Ejecutor del nuevo pacto. Cuando Cristo es mencionado como Sumo Sacerdote, también se nos dice que Él es el Ministro del santuario y el Ejecutor del nuevo pacto.

Estos tres títulos se mencionan juntos porque sus funciones se superponen. Mientras Cristo desempeña Su obra sacerdotal, también ejecuta el nuevo pacto y, simultáneamente, ministra su contenido a nosotros.

En este mensaje consideraremos cómo Él ejecuta el nuevo pacto. Este es el punto más complicado del Nuevo Testamento de comprender; sin embargo, es todo-inclusivo.


EL HABLAR DE DIOS AL HOMBRE

A lo largo de toda la Biblia, el hablar de Dios ocurrió de tres maneras: Su palabra, Su promesa y Su pacto (o testamento). En el hablar de Dios estaba Su promesa. Al ser pronunciada bajo juramento, Su promesa se convirtió en un pacto, que también es un testamento.

Desde el principio, Dios habló con el hombre. Antes de que Adán desobedeciera, Dios habló con él. Después de la caída, Dios volvió a hablar con él, esta vez prometiendo que la descendencia de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente (Gn 3:15).

Con el hablar de Dios vino la promesa de Dios. Esto también fue cierto en el caso de Abraham. Al hablarle, Dios le prometió una descendencia y la buena tierra (Gn 13:15). Dios habló y Dios prometió. ¿Cómo se convirtió la promesa en un pacto? Fue mediante la adición de un juramento hecho con un sacrificio en el cual hubo derramamiento de sangre (Gn 15:7-18). Un pacto es un acuerdo en el que una de las partes promete ciertas cosas a la otra.

Un testamento, por su parte, es una herencia de lo que ya ha sido realizado. En términos actuales, es la última voluntad, una declaración legal por escrito para que la propiedad del testador sea distribuida en el momento de su muerte. La Biblia, vista como un todo, es en realidad el testamento de Dios, y aun sus dos partes se llaman Antiguo y Nuevo Testamento.

Dios es un Dios que habla. Cuanto más habla, más se compromete por Sus palabras. Sin embargo, ¡Él no puede dejar de hablar! Tiene mucho que decir al ser humano. La Biblia está llena del hablar de Dios. Ella es la Palabra de Dios para el hombre.

Cuando hablamos, podemos hacer promesas aun de manera inconsciente. Si logramos hacer que otros hablen con nosotros, podemos inducirlos a hacer promesas que no tenían la intención de hacer. Mientras permanezcan en silencio, no podremos persuadirlos; pero si hablan, puede ser que asuman un compromiso con nosotros.

Dios habló. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento Él habló y, al hablar, hizo promesas. La Biblia está llena de promesas: promesas a Adán, a Noé, a Abraham, a David y a nosotros, los creyentes del Nuevo Testamento.

Si el Señor Jesús no hubiera muerto, estas promesas serían solo promesas. Pero, a fin de cumplir estas promesas, Él de hecho murió. Por medio de Su sangre derramada, estas promesas se convirtieron en un pacto.

Ahora hay un compromiso firme para que se cumplan. En este pacto todavía quedan algunas cosas por hacer. Otras ya se han realizado y nos han sido legadas como herencia. Así, el pacto se convirtió en un testamento, el cual nos informa cuál es nuestra herencia.

“Por eso mismo, Él es el Mediador del nuevo pacto, para que, interviniendo la muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna. Porque donde hay testamento, es necesario que intervenga la muerte del testador; pues un testamento solo se confirma en caso de muerte, ya que no tiene ninguna fuerza legal mientras vive el testador” (He 9:15-17).

En el griego, la palabra usada es la misma tanto para pacto como para testamento. El nuevo pacto, consumado con la sangre de Cristo (vs. 11-14), no es solamente un pacto, sino también un testamento que incluye todas las cosas realizadas por la muerte de Cristo y legadas a nosotros como herencia.

Primeramente, Dios prometió que haría un nuevo pacto (Jr 31:31-34; He 8:8-13). Luego Cristo derramó Su sangre a fin de promulgar el nuevo pacto (Lc 22:20). Puesto que hay promesas ya cumplidas en este pacto, también es un testamento.

Este testamento, o última voluntad, fue confirmado y validado por la muerte de Cristo y es realizado y ejecutado por Él después de Su resurrección. La promesa del pacto de Dios es asegurada por Su fidelidad; el pacto de Dios es garantizado por Su justicia; y el testamento es ejecutado por el poder de la resurrección de Cristo.

La Biblia primero nos dice que Cristo vendrá. Luego nos promete que Él vendrá. No hay solo el hablar, sino también la promesa. Muchas bendiciones están incluidas en esta promesa: que Él moriría por nosotros para que nuestros pecados fueran perdonados y fuéramos redimidos; que recibiríamos vida; que esta vida es el Espíritu, quien a su vez es el propio Dios como todo para nosotros y para nuestro disfrute; finalmente, que heredaremos todo lo que Dios es, posee y hace. Después de haber hablado y prometido (incluyendo el contenido de Su promesa), Cristo fue a la cruz y murió, derramando Su sangre.

Debido a Su muerte, la promesa fue consumada, el pacto fue establecido y el testamento fue promulgado. Tenemos, por lo tanto, cuatro etapas en el hablar de Dios con el hombre: Su hablar, Su promesa, el establecimiento de Su pacto y la ejecución de Su testamento.

Adán, en Génesis 2, estaba en la primera etapa. Abraham, en Génesis 12, en la segunda, la etapa de la promesa. Los discípulos, al ver a Cristo morir en la cruz, estaban en la tercera, la etapa del establecimiento del pacto. Nosotros, actualmente, estamos en la cuarta etapa, cuando el testamento es ejecutado. Dios habló, prometió, Cristo estableció el pacto, y el pacto se convirtió en testamento para nosotros.


🌿 Disfrute más:

Himno: Alabanza al Señor – “En Memoria de Él”

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sábado, 20 de diciembre de 2025

El ministerio celestial de Cristo, semana 3, lunes, capítulo 7

EL MINISTERIO
CELESTIAL DE CRISTO

Capítulo 7
EL SACERDOCIO CELESTIAL DE CRISTO

SEMANA 3 – LUNES
Lectura Bíblica: Éx 28:6-10, 21; Ro 8:34; He 1:5; 2:6-9, 10; 3:1; 4:8, 14-16; 7:25, 27-28; 8:1; 10:21

Leer y orar: “Por lo cual también puede salvar por completo a los que por medio de Él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (He 7:25)


INTERCEDER POR NOSOTROS EN NUESTRAS NECESIDADES

¡Cuánto lo necesitamos!

“De Ti, Señor, necesito,
Sí, necesito siempre”
(Himnos, n.º 186) ¹

Sin duda lo necesitamos a toda hora. Hora tras hora, no sabemos con certeza con qué nos encontraremos. Podemos decir aleluya o amén en la reunión, pero cuando regresamos a casa nuestra alegría puede desaparecer y, en lugar de aleluya y amén, solo hay silencio y “cara larga”.

Surge un problema o podemos resfriarnos y enfermarnos. Sea cual sea el problema, Cristo está allí cuidando de nuestro caso. Él nos sostiene cuando estamos tristes o enfermos. Su intercesión por nosotros nunca cesa.

Su capacidad para cuidarnos es ilimitada, porque Él es el Dios todopoderoso. Su sacerdocio es un ministerio de intercesión en los cielos, en el Santo de los Santos, delante de Dios a nuestro favor.

Muchas veces no somos conscientes de Su intercesión; sin embargo, algunas veces logramos percibir que Él cuida de nosotros de esta manera. Tal vez te encuentres en medio de una discusión con tu esposa cuando, de repente, te faltan las palabras.

¿Por qué aquellas palabras llenas de ira dejan de brotar de repente de tu boca? ¿Tuviste alguna experiencia semejante antes de ser salvo? En mi propio caso, yo solía enojarme de tal manera que podía durar todo el día, incluso hasta pasar la noche.

Desde que fui salvo, sin embargo, nunca más he podido enfurecerme por completo. Lo máximo que duró mi enojo, según recuerdo, fue solo algunos minutos. ¿Y tú? ¿Cuánto tiempo puedes permanecer enojado? No mucho, porque Cristo está allí, intercediendo por ti ante el trono de Dios, y Su intercesión es oída.

Algunas veces los problemas nos alcanzan y nos ponemos ansiosos. Antes de ser salvos, esas preocupaciones eran interminables. Ahora, cuando la ansiedad comienza a surgir, pronto sentimos un consuelo que nos trae alivio, como si nos dijera: “¿Por qué no oras? No necesitas preocuparte”.

Cristo comienza a interceder por nosotros, y ese es el efecto que Su intercesión produce en nosotros. Entonces le respondemos: “Gracias, Señor, por llevar mis preocupaciones. Todos mis cuidados están en Tus manos”.

Solo unas pocas palabras, y la ansiedad se va. ¡Podemos disfrutarlo! Esta es la intercesión sacerdotal de Cristo por nosotros. Es incesante.

En Romanos 8:34 Pablo pregunta: “¿Quién los condenará? Cristo Jesús es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”. No hay nadie que pueda condenarnos. Ciertamente Cristo no lo hará; Él murió por nosotros, resucitó y ahora está en los cielos intercediendo por nosotros.

Su ministerio celestial es cuidarnos. Todos hemos tenido muchas experiencias del cuidado de nuestro fiel Sumo Sacerdote hacia nosotros. Hemos sido recordados, consolados, fortalecidos e incluso guiados por Él muchas veces.

Si tuviéramos tiempo, podríamos dar testimonio tras testimonio de cómo la ayuda nos llegó no tanto de manera externa, sino desde dentro de nosotros. La ayuda también nos viene de los cielos. Hay algo en nosotros y algo desde lo alto que nos fortalece, nos sostiene, nos consuela y nos ilumina.

Sin este apoyo de la intercesión de nuestro Sumo Sacerdote, hace mucho tiempo ya habríamos sido derrotados. Hemos sido preservados no por nosotros mismos, sino por nuestro Sumo Sacerdote. Nuestro Sumo Sacerdote está altamente calificado para este oficio.

El libro de Hebreos nos presenta Sus calificaciones. Él es el Hijo de Dios (1:5), el Hijo del Hombre (2:6-9), el Autor de nuestra salvación (2:10), el Apóstol enviado por Dios a nosotros (3:1) y el verdadero Josué que nos conduce al reposo (4:8).

Es este, totalmente calificado, quien ahora cuida de nosotros en todos los detalles. Su intercesión es preciosa para el Padre. Dios, en Su trono, considera como un precioso tesoro el sacerdocio de Su Hijo. Necesitamos tener la misma consideración.

Él ora por ti día y noche. Puede que te hayas apartado del Señor y de la vida de la iglesia. Hacías oídos sordos a todos los que intentaban ayudarte. Pero un día, quizá mientras estabas muy lejos en lo alto de una montaña, comenzaste a pensar: “¿Por qué no regresar a la iglesia?”.

Te encontrabas completamente solo, lejos de la influencia de terceros, y aun así escuchaste ese consejo interior. ¿Cómo se explica esto? Con toda certeza es el resultado del sacerdocio de Cristo. Su intercesión te tocó mientras estabas lejos y te trajo de vuelta.

Realmente no necesitamos tanta ayuda exterior. ¡Tenemos un Ayudador en los lugares celestiales! Nuestra ayuda viene de los cielos hasta nuestro espíritu. Finalmente, viene desde nuestro propio interior. ¡Tenemos este tremendo Sumo Sacerdote!


NUESTRA RECIPROCIDAD
CON LA INTERCESIÓN CELESTIAL

“Por tanto, teniendo a Jesús, el Hijo de Dios, como gran sumo sacerdote […], acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia” (He 4:14-16). Después de presentarnos un retrato de nuestro Sumo Sacerdote cuidando de nuestras debilidades, el escritor de Hebreos nos exhorta a acercarnos al trono de la gracia.

Es acercándonos confiadamente de esta manera que tenemos reciprocidad con Su intercesión celestial. ¿Dónde está el trono de la gracia? Debemos responder que está tanto en los cielos como en nuestro espíritu. Si estuviera solo en los cielos, ¿cómo podríamos acercarnos a él? Como lo testifica nuestra experiencia, el trono también se encuentra en nuestro espíritu.

A modo de ilustración, supongamos que estamos ansiosos por alguna razón. Estar ansioso es una característica de las personas inteligentes. Solo los necios están completamente despreocupados, sin importar lo que les suceda. Si somos personas despiertas, que razonan, muchas cosas nos ponen ansiosos.

Cuando somos solteros, nuestros pensamientos se dirigen a preocupaciones personales. Después de casarnos, somos dos de quienes preocuparnos. En lugar de pensar solo en nosotros mismos, nos concentramos en nuestro cónyuge: “¿Qué decir de la conversación que tuvimos anoche? ¿Y nuestro futuro? ¿Y si uno de nosotros se enferma?”.

Necesitamos encontrar una salida para enfrentar todos los pensamientos perturbadores y las situaciones difíciles que nos acometen. ¡Gracias a Dios que nuestro espíritu está conectado con el Santo de los Santos! Cuando nos volvemos de la mente al espíritu, entramos en el Santo de los Santos. Una vez allí, es difícil percibir si estamos en el cielo o en la tierra.

El Santo de los Santos tiene dos extremos: uno en los cielos y otro en nuestro espíritu. Allí, en el Santo de los Santos, está el trono de la gracia. ¿Qué hacemos junto al trono de la gracia? Oramos, adoramos y buscamos a Aquel que está en el trono. Lo alabamos y le damos gracias.

Desde ese trono fluye el río de la vida. Si permanecemos allí por unos instantes, percibiremos que algo fluye del trono de la gracia hacia nosotros, en nosotros y desde nosotros. Experimentaremos la vida eterna como suministro de la gracia. Recibiremos misericordia y hallaremos “gracia para oportuno socorro” (He 4:16).

Al acercarnos al trono de la gracia, tenemos reciprocidad con el sacerdocio celestial de Cristo. Siempre que nos volvemos al espíritu y nos acercamos así al trono de la gracia, tenemos reciprocidad con Su intercesión celestial. Su intercesión y nuestra oración constituyen un camino de doble vía entre el cielo y la tierra.

Cuando el sumo sacerdote entraba en el Santo de los Santos, llevaba sobre sus hombros los nombres de las doce tribus (Éx 28:6-10). Estos nombres también estaban escritos sobre el pectoral (v. 21). Hoy en día, nuestro Sumo Sacerdote nos lleva a todos delante de Dios en el Santo de los Santos celestial.

Él se presenta delante de Dios para llevarnos hasta allí y también para llevar nuestras necesidades ante Él. En ese Lugar Santo todos nuestros problemas son resueltos. Él nos está sirviendo junto al trono de la gracia. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para recibir misericordia y hallar gracia para oportuno socorro.

El trono de la gracia es el único lugar donde nuestros problemas pueden ser resueltos. Al acercarnos a él, tenemos reciprocidad con la intercesión de Su parte. Esta comunicación continúa todo el día. Aunque nada de esto puede verse con los ojos físicos, nuestro espíritu percibe lo que ocurre en el Santo de los Santos a nuestro favor. ¡Acércate al trono de la gracia!

Este oficio de Sumo Sacerdote es la parte más grandiosa del ministerio celestial de Cristo. Nos encontramos con Él, hora tras hora, disfrutándolo, experimentándolo y tocándolo. A medida que Él intercede por nosotros, nos acercamos con confianza al trono para recibir misericordia y hallar gracia.

La misericordia y la gracia siempre están disponibles para nosotros, pero necesitamos recibirlas y hallarlas mediante el ejercicio del espíritu, acercándonos al trono y tocando a nuestro Sumo Sacerdote, quien se compadece de nosotros en todas nuestras debilidades.


LA GRANDEZA DE NUESTRO SUMO SACERDOTE

¡Cuán grande es nuestro Sumo Sacerdote! Él “puede salvar por completo a los que por medio de Él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (He 7:25). Los sumos sacerdotes que servían bajo la ley tenían debilidades; por eso debían ofrecer sacrificios primero por sus propios pecados y luego por los pecados del pueblo (v. 27).

Nuestro Sumo Sacerdote, en cambio, es “santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores y hecho más sublime que los cielos” (v. 26). Él no tiene necesidad de ofrecer sacrificios, “porque lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a Sí mismo” (v. 27).

A diferencia de los hombres débiles que sirvieron como sumos sacerdotes bajo la ley, nuestro Sumo Sacerdote es “el Hijo, hecho perfecto para siempre” (v. 28). “[...] tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos” (8:1). Él es el “gran sacerdote sobre la casa de Dios” (10:21).


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¹ Himno n.º 186 en el himnario de Brasil


🌿 Disfrute más:

Himno: 186

El ministerio celestial de Cristo, semana 3, domingo, capítulo 7

EL MINISTERIO
CELESTIAL DE CRISTO

Capítulo 7
EL SACERDOCIO CELESTIAL DE CRISTO

SEMANA 3 - DOMINGO
Lectura Bíblica: Gn 14:18-20; Dt 8:15-18; Lc 19:41; Jn 11:35; He 2:16-17; 3:1; 4:14-16; 5:6,10; 6:20; 7:16

Leer y orar: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades; sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (He 4:15)


Como ustedes probablemente ya saben, la Biblia nos enseña que Cristo posee tres oficios: profeta, sacerdote y rey. Cristo vino la primera vez principalmente como el Profeta previsto en Deuteronomio 18:15, 18. En Su ministerio terrenal, Él habló por Dios, transmitió a Dios al hablar, enseñó a Sus discípulos y profetizó.

Ese fue Su papel de profeta. Luego, en la última parte de Su ministerio terrenal, Él pasó a ofrecerse a Dios, hasta el momento en que finalmente Se ofreció en la cruz como sacrificio a Dios por nosotros. En esto cumplió Su papel de sacerdote. Desde entonces, esa ha sido Su función.


EL CUMPLIMIENTO DEL SACERDOCIO TERRENAL

En los tiempos de Levítico, los sacerdotes realizaban dos tipos de actividades. La primera era el ofrecimiento de sacrificios a Dios, en el atrio del tabernáculo, alrededor del altar. Una vez presentadas las ofrendas, los sacerdotes entraban en el Lugar Santo. El sumo sacerdote entraba en el Santo de los Santos. Allí ministraban a Dios en favor de Su pueblo.

La primera actividad sacerdotal tipifica el sacerdocio terrenal de Cristo; la segunda tipifica Su sacerdocio celestial. Cuando Cristo Se ofreció en la cruz a Dios en nuestro favor, Él fue un sacerdote, presentando la ofrenda en la tierra, en el atrio.

Luego, después de Su resurrección, Él entró en el tercer cielo, el cual es el Santo de los Santos. Allí continúa sirviendo como sacerdote celestial. Es este segundo aspecto de Su sacerdocio el que consideraremos ahora.

Este sacerdocio en los cielos es aquello en lo que Cristo más se ocupa actualmente. Es un tema muy amplio que debe abordarse. El libro de Hebreos trata este asunto de manera muy abarcadora. Puesto que nuestro tiempo aquí es limitado para analizar el tema por completo, les recomiendo que lean los mensajes del Estudio-Vida de Hebreos que tratan este tema (en especial los mensajes 13, 27, 28, 31, 32, 33 y 35).


NUESTRO SACERDOTE TANTO DIVINO COMO HUMANO

Para que Cristo sea un sacerdote, primero necesita ser un hombre (He 2:16-17). El sumo sacerdote fue “tomado de entre los hombres” (5:1). Si Él hubiera sido un ángel, no habría tenido la menor comprensión de los problemas humanos.

Por haber sido escogido de entre los hombres, el sacerdote pudo compadecerse de las debilidades de los hombres. ¡Nuestro actual Sumo Sacerdote, Jesucristo, es un hombre!

Él participó de nuestra naturaleza. Él participó de carne y sangre. Fue hecho semejante a nosotros en todo. Tuvo que comer y beber. Algunas veces incluso lloró. Derramó lágrimas ante la tumba de Lázaro (Jn 11:35); lloró por Jerusalén al final de Su ministerio terrenal (Lc 19:41) y oró “con gran clamor y lágrimas” (He 5:7) en el huerto de Getsemaní.

Aun hoy en día Él continúa siendo un hombre, un hombre en la gloria. “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades; sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (4:15). Por conocer plenamente todos nuestros puntos débiles y problemas, Él tiene compasión de nosotros. Así es nuestro Sumo Sacerdote como hombre.

¡Nuestro Sumo Sacerdote también es Dios! Por ser hombre, Él puede compadecerse de nosotros. Pero por ser también divino, puede cuidarnos. En el Antiguo Testamento, el sumo sacerdote Aarón podía compadecerse del pueblo; sin embargo, muchas veces no podía ayudarlo por no ser divino.

Nuestro Sumo Sacerdote, sin embargo, no es según el orden de Aarón, sino de Melquisedec (5:6,10; 6:20). No hay registro genealógico de Melquisedec en Génesis (Gn 14:18-20) para que él sea un tipo adecuado de Cristo como Aquel que es eterno, a fin de ser nuestro Sumo Sacerdote para siempre.

Como hombre, Cristo conoce nuestra situación y se compadece de nosotros; y, como Dios, Él es capaz de cuidar de todas nuestras necesidades. ¡Aleluya por este hombre-Dios que es nuestro Sumo Sacerdote!

El sacerdocio de Cristo es “constituido no conforme a la ley de mandamiento carnal, sino según el poder de una vida indestructible” (He 7:16). Aarón fue constituido sumo sacerdote según la letra impotente de la ley; Cristo, en cambio, fue constituido según el poderoso elemento de una vida indestructible.

Nuestro Sumo Sacerdote está constituido de una vida que no puede ser derrotada, sino que todo lo conquista. Es una vida que no puede ser destruida. Una vida que salva plenamente; la vida que no tiene fin, eterna, divina, no creada; la vida resucitada que ya pasó por la prueba de la muerte y del Hades.

Nuestro Sumo Sacerdote ahora sirve a Dios en nuestro favor en el Santo de los Santos. ¡Él es nuestro Abogado en el supremo tribunal de los cielos! Es nuestro Representante, que presenta nuestro caso delante de Dios. No somos conscientes de cuánto Cristo hace por nosotros allí. Aunque Su obra redentora esté consumada, Su servicio celestial en nuestro favor jamás cesa.


🌿 Disfrute más:

Himno: Alabanza al Señor - “Su Nombre”

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miércoles, 17 de diciembre de 2025

El ministerio celestial de Cristo, semana 2, sábado, capítulo 6

EL MINISTERIO
CELESTIAL DE CRISTO

Capítulo 6
CÓMO RETENER LA CABEZA
Y CRECER EN ÉL EN TODAS LAS COSAS

SEMANA 2 - SÁBADO
Lectura bíblica: Dn 9:24-27; Ef 4:14; Col 2:19

Leer y orar: “Sino que, siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, Cristo,” (Efesios 4:15)


DISTRAÍDOS POR LAS PROFECÍAS

Tan pronto como fui salvo, amaba al Señor y Su Palabra. Cuando joven, amaba la Biblia y tomé la firme decisión de que comprendería todos sus versículos. Además, dedicaría toda mi vida a ello. Hoy ya sé que la Biblia es demasiado profunda para comprenderla por completo.

Al principio pensaba que estaba progresando muy bien en mis esfuerzos. Salía en busca de libros sobre la Biblia e iba dondequiera que se la enseñara. Al final acabé siendo cautivado por los Hermanos Unidos.

Cuando comencé a asistir a sus reuniones, predicaban sobre las setenta semanas de Daniel (9:24-27). En todos los años en el cristianismo desde que había nacido, jamás había oído hablar de las setenta semanas. Quedé fascinado.

Más tarde, oí acerca de los diez dedos, de las cuatro bestias y de los diez cuernos. Entonces comencé a estudiar estos asuntos extraños, aunque muy bíblicos. En los años que pasé entre los Hermanos Unidos, no recuerdo haber oído nunca ni un solo mensaje sobre Cristo.

Cierto día, me di cuenta de cuán triste era mi situación. Había aprendido todo acerca de las profecías; sin embargo, estaba muerto, impotente. Decepcionado, cambié. ¡El Señor me apartó de los diez dedos, de los diez cuernos, de las cuatro bestias y de las setenta semanas! Me volví a Cristo, al Espíritu, a la vida y a la iglesia. Desde 1932, mi atención se ha concentrado en estos asuntos.

Mensaje tras mensaje, estos son los temas que ustedes oyen en la restauración del Señor. Necesito advertirles, queridos jóvenes, que no se dejen distraer de estos asuntos por cualesquiera otros.

Tal vez alguien se les acerque y les pregunte cuál es el significado de los siete sellos, de las siete trompetas y de las siete copas. Si ustedes no lo saben, harán que sientan que su conocimiento de la Biblia es demasiado pequeño, que ustedes sólo saben acerca de Cristo, del Espíritu, de la vida y de la iglesia.

Los jóvenes anhelan conocimiento. Si ustedes se dejan distraer por las profecías, no podrán retener la Cabeza. No quiero decir que no deban estudiar otros temas de la Biblia. Deben estudiarlos, pero también deben darse cuenta de que todas estas cosas son asuntos menores. Los grandes temas de la Biblia son Cristo, el Espíritu, la vida y la iglesia.


DISTRAÍDOS POR LAS DOCTRINAS

Es fácil distraerse. Conozco personas que se dejaron distraer por la observancia del sábado. En lugar de preocuparse por Cristo, por el Espíritu todo-inclusivo, por la vida divina y por la iglesia, hablan del séptimo día.

Otros se dejaron distraer por la forma del bautismo. Puede ser que algún predicador les pregunte qué tipo de bautismo practica la iglesia: aspersión o inmersión, en nombre de quién, hacia adelante o hacia atrás, cuántas veces. ¿Cómo responderían ustedes? ¿Se dejarían distraer?

Una hermana que participó en una reunión de la mesa del Señor en Los Ángeles, me escribió objetando el uso de vino. ¿Cómo responderían ustedes? Ya he gastado bastante tiempo estudiando si deberíamos usar vino o jugo de uva en la mesa del Señor. Ambos lados tienen argumentos a su favor. No se puede llegar a una decisión absoluta. ¿De qué sirve, entonces, discutir estos asuntos?

El uso del velo por parte de las hermanas es otro tipo de pregunta que pueden hacerles. Si ustedes dicen que están a favor de su uso, podrán cuestionarles de qué color, forma o tamaño. ¡Den la espalda a todas estas cuestiones que sólo causan distracción!

Mi consejo es: ¡retengan la Cabeza! La cristiandad tiene miles de divisiones a causa de estas distracciones. Cuando les hagan cualquiera de estas preguntas, ustedes podrán orar interiormente: “Señor, ten misericordia de mí. Ayúdame a retenerte como Cabeza. No quiero ser seducido por ninguna de estas preguntas que sólo sirven para distraernos. Prefiero retener la Cabeza”.

Cuando Pablo escribió acerca de no retener la Cabeza en Colosenses 2:19, se refería a los que distraían a la iglesia en Colosas con el judaísmo, la filosofía griega y el gnosticismo. Sólo cuando uno retiene la Cabeza, logra mantenerse lejos de tales distracciones y puede, entonces, tener reciprocidad con el ministerio de Cristo en los cielos.

Sólo si retiene la Cabeza, usted crecerá. La razón por la cual tan pocos cristianos tienen reciprocidad con el ministerio celestial de Cristo es que dejaron de retener la Cabeza.

Efesios 4:14 dice: “Para que ya no seamos niños, zarandeados por las olas y llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina, por la astucia de los hombres, por su astucia para inducir al error”.

Los vientos que llevan de aquí para allá son la enseñanza. No son los vientos de las herejías, sino incluso los de la doctrina correcta, bíblica, los que pueden apartarnos: lejos de Cristo (la Cabeza) y de la iglesia (el Cuerpo).

Estos vientos son parte del sistema satánico para engañar a los creyentes y atraerlos lejos de Cristo. ¡Cuán importante es retener la Cabeza y no permitir que ninguna doctrina, por más bíblica que sea, nos distraiga de Él!


CEDER ESPACIO AL SEÑOR

A medida que retenemos la Cabeza, crecemos en Él (Ef 4:15). Gradualmente nos daremos cuenta de que, en una cosa tras otra, no estamos en Cristo. A medida que nos damos cuenta de ello, podemos orar: “Señor, asume el control. Te cedo espacio en este aspecto de mi vida”. Este es el crecimiento práctico en vida.

Pertenecemos a Cristo; sin embargo, en muchas cosas no estamos en Él. En esas cosas Él no encuentra espacio en nosotros. En nuestra manera de hablar, quizá Él no encuentre espacio. A medida que retenemos la Cabeza, tal vez nos demos cuenta de que nuestra manera de hablar no está en Cristo. Si pedimos al Señor que asuma el control en esta área, creceremos en vida en lo que respecta a nuestra manera de hablar.

Muchos cristianos aman al Señor; sin embargo, Él no tiene espacio en ellos, porque no retienen a Cristo. Cuando lo retengan, el Espíritu dentro de ellos podrá, por ejemplo, preguntar acerca de la manera en que se visten. Si dicen: “Señor, te cedo espacio para tratar la manera en que me visto”, entonces Él vendrá y asumirá el control.

Lo mismo puede ocurrir en la manera en que un hermano trata a su esposa o en la manera en que una hermana actúa con su esposo. Puede ser que amen al Señor; sin embargo, en su relación conyugal no le dan el menor espacio para actuar. Si retienen la Cabeza, el Espíritu dentro de ellos les dirá que Cristo no encuentra espacio en su actitud. A medida que se abran y cedan espacio al Señor, Él los ocupará cada vez más.

Ceder, por lo tanto, espacio al Señor en la vida diaria es la manera adecuada de crecer en vida. Usted no crecerá acumulando conocimiento bíblico. Crecer en vida es permitir que el Señor asuma el control en todas las cuestiones prácticas.

A medida que haga esto en cada asunto, actitud tras actitud, crecerá en esas áreas específicas. El Señor lo llenará gradualmente, y usted pasará a pertenecerle en todo su ser.

Así usted madurará. Mediante este crecimiento en vida su función emergerá, y el Cuerpo será edificado. Esta es una reciprocidad más excelente y profunda con el ministerio celestial del Señor. De este modo las iglesias son edificadas.


LA EDIFICACIÓN DEL CUERPO

Que todos nos demos cuenta de que en la economía divina nada importa sino Cristo. Fuimos transferidos a Él. Él es nuestra porción, disfrute y vida. Él es el Espíritu vivificante. Él debe serlo todo para nosotros. Esta visión nos preservará. No dejaremos que ninguna doctrina nos distraiga; ¡las doctrinas son como fieras salvajes que esperan devorarnos!

Necesitamos retener la Cabeza con temor y temblor. Entonces el Espíritu, día tras día, continuará hablándonos: “En este asunto, todavía mantienes espacio sólo para ti mismo. En aquel otro, nunca te has rendido al Señor. En esta área todavía no le has cedido ni un centímetro de espacio. En aquella área todavía te cierras al Señor”.

Si retenemos la Cabeza, nuestra respuesta será: “Señor, en este caso te cedo espacio. En aquel otro me rindo para que asumas el control”. Una respuesta como ésta resulta en crecimiento en vida.

Cristo crece en nosotros al poder asumir más espacio. De este modo nuestra función saldrá a la luz, y el Cuerpo será edificado. Esta reciprocidad vital con el ministerio celestial del Señor es más excelente que el mover externo en vida para atraer personas al mover de Dios. Tener reciprocidad con Él de esta manera más profunda hace posible la edificación de Su Cuerpo.


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