sábado, 26 de julio de 2025

El Peregrino, semana 7, domingo, capítulo 20

EL PEREGRINO

EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 20

SEMANA 7 - DOMINGO

Leer y orar: "Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sean la bendición, la honra, la gloria y el poder por los siglos de los siglos." (Ap 5:13)


Los peregrinos entran en la gloriosa ciudad de Dios

Estas palabras hicieron que Cristiano quedara muy pensativo, por lo que Esperanza añadió: Confía, hermano, Jesucristo te sanará. Al oír esto, Cristiano exclamó en alta voz: Sí, lo veo, y oigo que me dice: "Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán" (Isaías 43:2).

Así se animaban mutuamente, y el enemigo nada pudo contra ellos, de modo que los dejó, como si estuviese encadenado, hasta que pasaron el río. La profundidad de las aguas iba disminuyendo, y pronto encontraron terreno firme donde pudieron afirmar los pies.

¡Qué gran consuelo experimentaron al ver otra vez, en la orilla opuesta, a los dos Resplandecientes que, saludándolos, les decían: Somos espíritus administradores, enviados para servicio a favor de los que han de heredar la salvación (Hebreos 1:14). Y cada vez se acercaban más a la puerta.

Debe notarse que la ciudad está edificada sobre una gran montaña, pero los peregrinos la subían con facilidad, porque iban del brazo de los Resplandecientes; además de que habían dejado atrás, en el río, sus vestidos mortales. Subían, pues, con la mayor agilidad, aunque los fundamentos sobre los que se asienta la ciudad estaban más altos que las nubes. ¡Con qué placer atravesaban las diversas regiones de la atmósfera, hablando dulcemente entre sí, y llenos de consuelo por haber cruzado el río a salvo y por tener a su servicio tan gloriosos compañeros!

¡Cuán agradables les eran las conversaciones que tenían con los Resplandecientes! Allí, decían ellos, hay una gloria y una hermosura inefables; allí está el monte Sion y la Jerusalén celestial, la compañía de muchos millares de ángeles y los espíritus de los justos hechos perfectos (Hebreos 12:22-24).

Ya estáis cerca del Paraíso de Dios, donde veréis el árbol de la vida y comeréis del fruto inaccesible. Recibiréis, al entrar, vestiduras blancas, y vuestro trato y conversación con el Rey durará por los días de toda la eternidad (Apocalipsis 2:7; 4:5; 22:5). No volveréis a ver allí lo que veíais y sentíais en la región inferior de la Tierra, esto es, dolor, enfermedad, aflicción y muerte, porque todo eso ya pasó (Isaías 65:16-17). Os uniréis con Abraham, con Isaac, con Jacob y con los profetas, a quienes Dios libró del mal futuro, y que ahora descansan en sus lechos por haber andado en justicia. Recibiréis consolación por todos vuestros trabajos y gozo por toda vuestra tristeza; recogeréis lo que sembrasteis, es decir, el fruto de todas vuestras oraciones, lágrimas y sufrimientos que por el Rey pasasteis en el camino de vuestra peregrinación (Gálatas 6:7-8).

Ceñiréis coronas de oro y gozaréis de la perpetua vista y presencia del SANTO, porque allí lo veréis tal como Él es (1 Juan 3:2).

Serviréis continuamente con alabanzas, con voces de júbilo y con acción de gracias. Aquel a quien deseabais servir en el mundo con mucha dificultad, a causa de la debilidad de vuestra carne. Vuestros ojos se regocijarán con la vista, y vosotros mismos con la dulce voz del Altísimo; recobraréis la compañía de los amigos que os precedieron, y recibiréis con alegría a todos aquellos que os siguieron en el lugar santo.

Os serán dadas vestiduras de gloria y majestad, y cuando el Rey de la gloria venga en las nubes, al sonido de la trompeta, como sobre las alas del viento, vendréis vosotros con Él; cuando se siente en el trono del juicio, os sentaréis a su lado; cuando pronuncie la sentencia contra los que obraron iniquidad, sean ángeles o hombres, también tendréis voz en ese juicio; y cuando vuelva a la ciudad, volveréis con Él al sonido de la trompeta y estaréis con Él para siempre (1 Tesalonicenses 4:13-17; Judas 14-15; Daniel 7:9-10; 1 Corintios 6:2-3).

Cuando llegaban a la puerta, he aquí que una multitud de las huestes celestiales salió a su encuentro, preguntando: ¿Quiénes son estos y de dónde vienen? Respondieron los Resplandecientes: Son hombres que amaron a nuestro Señor cuando estaban en el mundo, y lo dejaron todo por su santo nombre; Él nos envió para traerlos aquí, y los hemos acompañado en su deseado viaje, para que entren y contemplen a su Redentor cara a cara, con gran gozo. Y las huestes celestiales alzaron voces de júbilo, y exclamaron: Bienaventurados los que son llamados a la cena del Cordero. (Apocalipsis 19:9).

Al oír estas palabras, los músicos del Rey tocaron en sus instrumentos suaves melodías, que resonaban en los cielos, y con voces y gestos de alegría, cantando y haciendo sonar sus instrumentos, saludaron una y mil veces a los que venían del mundo. Se colocaron unos a la derecha, otros a la izquierda, unos adelante, otros detrás, como para acompañarlos y perseverar en las regiones superiores, llenando los espacios de melodiosos sonidos, de modo que parecía que el mismo cielo había venido a recibirlos; era la marcha triunfal más hermosa que se ha visto.

Todo indicaba a los dos peregrinos cuán bienvenidos eran a la ciudad, y con cuánta alegría eran recibidos. Ya la avistaban, ya oían los alegres repiques de todas las campanas que saludaban su llegada. ¡Oh! Qué pensamientos tan alegres y arrebatadores les venían al ver el júbilo de la ciudad, la compañía que iban a gozar, ¡y para siempre! ¿Qué lengua o qué pluma podrían expresarlos?

He aquí que llegaron a la puerta de la ciudad, sobre la cual vieron grabadas, con letras de oro, las siguientes palabras: "Bienaventurados los que lavan sus vestiduras en la sangre del Cordero, para tener derecho al árbol de la vida y para entrar por las puertas en la ciudad." (Apocalipsis 22:14).

Llamaron con fuerza, y enseguida aparecieron sobre la puerta los rostros de los que moraban allí… Enoc, Moisés, Elías… que, preguntando quién llamaba, obtuvieron esta respuesta: Son dos peregrinos que vinieron de la ciudad de la Destrucción, por el amor que tienen al Rey de este lugar.

Entonces, cada uno de los peregrinos entregó el pergamino que había recibido al principio, y habiendo sido esos documentos llevados al Rey y leídos por Él, mandó abrir las puertas a los peregrinos, para que entrara la gente justa, guardadora de la verdad. (Isaías 26:2).

Los vi, entonces, entrar, y que, después de haber pasado la puerta, fueron transfigurados y recibieron vestiduras que resplandecían como oro, y arpas y coronas que les fueron entregadas, para que, con las primeras entonasen alabanzas, y las segundas les sirvieran de distintivo de honor.

Oí nuevamente repicar las campanas de la ciudad, en señal de regocijo, al mismo tiempo que los ministros del Rey decían a los peregrinos: "Entrad en el gozo de vuestro Señor." (Mateo 25:23). Y ellos respondieron con alegría y efusión: "Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sean la bendición, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos." (Apocalipsis 5:13).

Aproveché el momento en que se abrían las puertas para que ellos pasaran, y miré hacia dentro; he aquí que vi la ciudad que brillaba como el sol; las calles eran empedradas de oro, y paseaba por ellas una multitud de hombres con coronas en la cabeza, palmas y arpas de oro en las manos, cantando alabanzas.

Vi también que algunos tenían alas, y que cantaban sin interrupción: "Santo, Santo, Santo es el Señor." Y volvieron a cerrar las puertas, y yo me quedé afuera, lleno de pesar, pues anhelaba entrar y gozar de las cosas que había visto.

Fue una pena que mi sueño no terminara con tan dulces impresiones. Después de cerradas las puertas, miré hacia atrás y vi a Ignorancia, que llegaba a la orilla del río; pasó rápido y sin la mitad de las dificultades que los peregrinos habían encontrado. Y sucedió así, porque allí había una barca llamada Vana-Esperanza, que lo ayudó a pasar en su barquito.

Ignorancia subió también la montaña hacia la puerta, pero nadie salió a su encuentro para ayudarlo, ni para dirigirle una palabra de estímulo o de consuelo. Llegando a la puerta, miró el letrero que estaba sobre ella. Comenzó a llamar, suponiendo que le franquearían la entrada, pero los que aparecieron sobre la puerta le preguntaron de dónde venía y qué quería.

Respondió Ignorancia: Comí y bebí en presencia del Rey, y Él enseñó en nuestras calles. Danos entonces el diploma para mostrarlo al Rey. Ignorancia buscó en su pecho, pero no encontró nada. No tenía diploma alguno. Le dijeron, pues: ¿No tienes diploma? Ignorancia no respondió nada.

Comunicado al Rey lo que sucedía, ordenó Él a los Resplandecientes que ataran a Ignorancia de pies y manos, y lo lanzaran afuera; y vi que lo llevaban por los aires hasta la puerta que yo había visto en la falda del monte, y que de allí lo precipitaron¹.

Quedé sorprendido; pero esto me sirvió de importante lección, pues supe que de la puerta del cielo hay camino al infierno¹, del mismo modo que lo hay desde la ciudad de la Destrucción.

Y en esto... desperté, y vi que todo había sido un sueño.


______________________

¹ Infierno: vemos en todo el libro un fuerte concepto de arminianismo, una corriente teológica articulada por primera vez por Jacobus Arminius a comienzos del siglo XVII, en los Países Bajos, por lo tanto anterior a John Bunyan, autor de este libro. Arminius, aunque inicialmente estudió con Teodoro de Beza (sucesor de Juan Calvino), desarrolló sus propias ideas, especialmente en relación con la libre voluntad humana y la expiación universal.

Para los arminianos, un creyente puede apartarse de la fe hasta perder su salvación, algo que la Biblia no enseña. La mayor falta entre los creyentes que apoyan esta idea de Arminius es no comprender la enseñanza del reino de los cielos. Para ellos, el reino milenario y la Nueva Jerusalén se confunden.


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El Peregrino, semana 6, sábado, capítulo 20

EL PEREGRINO

EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 20

SEMANA 6 - SÁBADO

Leer y orar: "Nunca más te llamarán: Desamparada, ni tu tierra se denominará jamás: Desolada; sino que te llamarán: Hepsiba¹, y a tu tierra: Beula²; porque el Señor se deleita en ti, y tu tierra se casará." (Is 62:4)


Cristiano y Esperanza pasan por la tierra
habitada y atraviesan el río de la Muerte


Después de las agradables prácticas que acabo de referir, vi, en mi sueño, que los peregrinos ya habían pasado la tierra encantada, y estaban a la entrada del país de Beula (Isaías 62:4-12; Cantares 2:10-12).

Muy dulce y agradable era el aire de ese país que atravesaban, y donde se alegraron por algún tiempo. Se recreaban escuchando el canto de las aves y la voz de las tórtolas, y viendo las flores que cubrían los prados. En ese país el día es permanente, el sol brilla en todo su esplendor, por lo que está enteramente fuera de los límites del Valle de la Sombra de la Muerte y del dominio del gigante Desesperación; ni desde allí se divisa la menor parte del Castillo de la Duda.

Los peregrinos estaban muy cerca de la Ciudad a donde iban, y más de una vez encontraron a sus habitantes, pues los Resplandecientes acostumbraban pasear por aquellos lugares, que quedaban, por así decirlo, dentro de los límites del cielo.

Fue en ese país donde se renovó el contrato entre el Esposo y la Esposa, y, así como ellos se regocijan mutuamente, así goza con ellos su Dios. No faltaba allí ni trigo ni vino, pues había abundancia de todo cuanto habían buscado en toda su peregrinación.

Se oían grandes voces que venían de la ciudad, exclamando: "Decid a la hija de Sion: He aquí viene tu Salvador, he aquí su recompensa con Él" (Is 62:11).

Finalmente, los habitantes del país se llamaban pueblo santo, redimidos del Señor, etc. ¡Dichosos ellos! Cuanto más se internaban en aquel país, mayor era su regocijo; y, cuanto más se acercaban a la ciudad, tanto más perfecta y magnífica era la vista que se ofrecía a sus ojos.

La ciudad estaba construida de perlas y piedras preciosas, las calles empedradas de oro, de modo que el brillo natural y el reflejo de los rayos del sol hicieron que Cristiano enfermara de deseos. Esperanza también se sintió atacado por esta enfermedad, por lo que se detuvieron un poco para descansar, exclamando en medio de su ansiedad: Si encuentras a mi amado, hazle saber que estoy enfermo de amor (Cantares 5:8). En breve se fortalecieron y, hallándose más dispuestos a soportar la enfermedad, prosiguieron en su camino, acercándose a la ciudad cada vez más.

A la orilla del camino había excelentes viñedos y deliciosos jardines. Encontraron al jardinero y le preguntaron a quién pertenecían viñedos y jardines tan hermosos. Les respondió que eran propiedad del Rey, y que habían sido plantados para su deleite y consuelo de los peregrinos. Les mandó entrar en los viñedos y les ofreció los más primorosos racimos; les mostró los paseos en los que el Rey se deleitaba; y terminó por invitarlos a dormir allí.

Y vi que, mientras dormían, hablaban más que en todo su viaje; y, habiéndolo notado, me dijo el jardinero: No tienes de qué admirarte. Es de la naturaleza del fruto de estos viñedos entrar suavemente y hablar a los labios de los que duermen (Cantares 7:9).

Cuando despertaron, se prepararon para entrar en la ciudad, pero, como ya dije, siendo esta de oro fino (Apocalipsis 21:18), era tal el reflejo del sol, y tan altamente glorioso, que no pudieron contemplarla con el rostro descubierto (II Corintios 3:18).

Y vi que salieron a su encuentro dos hombres con vestidos relucientes como el oro, cuyos rostros eran brillantes como la luz, y les preguntaron de dónde venían, dónde se habían hospedado, qué dificultades y peligros, qué consolaciones y placeres habían encontrado por el camino. Satisfechas estas preguntas, les dijeron: Solo os faltan dos dificultades por vencer: entraréis enseguida en la ciudad.

Cristiano y su compañero les pidieron en seguida que los acompañaran. Los hombres respondieron que aceptaban con mucho gusto, pero les advirtieron que tendrían que vencer por la propia fe, y así caminaron juntos, hasta avistar la puerta.

Al llegar allí, vi que entre ellos y la puerta había un río; pero no había puente alguno por donde se pudiera pasar, y el río era muy profundo. Al verlo, los peregrinos se asustaron mucho, pero los hombres que los acompañaban les dijeron: O lo atravesáis o no llegaréis a la puerta.

¿No hay otro camino? Preguntaron los peregrinos.

Sí lo hay, respondieron los hombres, pero solo para dos, que son Enoc y Elías³, a quienes se les permitió pasar por encima del río desde la fundación del mundo, lo que a nadie más se le ha permitido hasta ahora.

Comenzaron entonces los peregrinos, y especialmente Cristiano, a desconsolarse mirando a un lado y a otro; pero no podían encontrar camino por donde evitar el río. Preguntaron a los dos compañeros si el agua era igualmente profunda en todo el río. Les respondieron que no, pero que eso debía serles indiferente, porque el encontrarla más o menos profunda dependía de la fe que tuvieran en el Rey del país.

Decidieron, pues, entrar en el agua; pero, apenas lo hicieron, comenzó Cristiano a hundirse, y a gritar a Esperanza: Me hundo en estas aguas, me cubren todas las olas.

Le respondió Esperanza: ¡Ten valor, hermano! Yo he alcanzado el fondo, y lo hallo seguro.

¡Ah! Amigo mío, exclamó Cristiano, me rodearon los dolores de la muerte, y no veré la tierra que fluye leche y miel. Entonces cayó sobre Cristiano gran horror y oscuridad, de modo que nada podía ver. Perdió parte de los sentidos, de modo que no podía recordar ni hablar con acierto de ninguno de los dulces consuelos que había encontrado en el camino.

Todas las palabras que pronunciaba daban a entender que tenía horror y se aterrorizaba de morir en aquel río y de no llegar a entrar por la puerta de la ciudad. Los circunstantes también observaron que tenía dolorosos pensamientos del pecado que había cometido, tanto antes como después de hacerse peregrino. Igualmente se notó que lo afligían apariciones, fantasmas y espíritus malos, lo que se deducía de las palabras que pronunciaba.

Muy grande era el trabajo de Esperanza para mantener fuera del agua la cabeza de su hermano. Algunas veces se sumergía enteramente, lo que lo dejaba casi medio muerto. Trataba de consolarlo, hablándole de la puerta y de los que allí estaban esperando, pero Cristiano respondía: Es a ti, es a ti a quien esperan; siempre fuiste Esperanza desde que te conozco; ¡ah! Por cierto que, si yo fuese acepto por Él, se levantaría para ayudarme, pero, por mis pecados, me trajo a la trampa y me abandonó en ella.

Nunca, respondió Esperanza: has olvidado sin duda el texto en que se dice de los malos: No tienen congojas por su muerte y su vigor está entero; no participan de los trabajos de los hombres, ni con los hombres serán azotados (Salmos 73:4-5). Estas aflicciones y trabajos por los que estás pasando en este río, no son señal de que Dios te haya abandonado; y solo sirven para probarte, y para ver si recuerdas lo que has recibido de su bondad, y si vives de Él en tus aflicciones.

_________________________

¹ Hepsibá: "Mi deleite"

² Beula: "Casada"

³ Enoc (Gn 5:24; Hb 11:5) y Elías (2 R 2:10-11) fueron arrebatados vivos y no pasaron por la muerte física.


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Con voz en portugués:


jueves, 24 de julio de 2025

El Peregrino, semana 6, viernes, capítulo 19

EL PEREGRINO

EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 19

SEMANA 6 - VIERNES

Leer y orar: "Cuando te desvíes a la derecha y cuando te desvíes a la izquierda, tus oídos oirán detrás de ti una palabra que diga: Este es el camino, andad por él." (Is 30:21)


Los peregrinos conversan sobre Temporal

Esperanza - Estoy de acuerdo. Creo que dijiste la verdad. Pero dime: ¿aún no hemos salido del terreno encantado?

Cristiano - ¿Vas aburrido de nuestra conversación?

Esperanza - No, pero deseaba saber dónde estamos.

Cristiano - Aún nos falta cerca de una legua para salir de este terreno. Pero, volviendo al asunto: los ignorantes no reconocen que tales convicciones, que los atemorizan, son para su bien y por eso procuran ahogarlas.

Esperanza - ¿Y cómo procuran hacerlo?

Cristiano:

1º) Creen que esos temores son obra del demonio (siendo, en verdad, de Dios), y por eso le resisten con lo que tiende directamente a su ruina.

2º) Piensan también que esos temores tienden a perjudicarles la fe, cuando (¡desgraciados que son!) ninguna tienen, y por eso endurecen contra ellos sus corazones.

3º) Suponen que no deben temer, y por eso, a pesar de sus temores, se vuelven vanamente confiados [Jer 17:5].

4º) Juzgan que esos temores tienden a envilecer su propia santidad, antigua y miserable, y por eso les resisten con todas sus fuerzas.

Esperanza - Yo mismo experimenté algunas de esas cosas, porque antes de convencerme pasé por lo que acabas de decir.

Cristiano - Bien. Dejemos por ahora a nuestro vecino Ignorancia, y pasemos a otra cosa provechosa.

Esperanza - Con la mejor buena voluntad. Propón tú esa nueva cuestión.

Cristiano - ¿Conociste en tu tierra, hará [hacía] diez años, a un tal Temporal, que era en esa época hombre bastante fervoroso en religión?

Esperanza - Perfectamente. Aún no me he olvidado: él vivía en Sin-Gracia, aldea que dista cerca de media legua de Honestidad, en una casa junto a la de un tal Retroceso.

Cristiano - Eso mismo. Vivía con él bajo el mismo techo. Pues ese Temporal estuvo una vez muy bien encaminado. Creo que en esa época tenía alguna convicción de sus pecados y del estipendio [castigo] que se les debe.

Esperanza - Me acuerdo de eso perfectamente. Su casa no distaba más que una legua de la mía, y muchas veces vino él a mí, bañado en lágrimas. Me entristecía, y no perdí del todo las esperanzas que en él fundaba. Está, sin embargo, visto que no todos los que claman "¡Señor!" son cristianos.

Cristiano - Temporal me dijo una vez que estaba resuelto a hacerse peregrino, como nosotros ahora lo somos, pero trabó conocimiento con un tal Salvación-Propia, y dejó mi amistad desde entonces.

Esperanza - Ya que hablamos de él, investiguemos la razón de su apostasía repentina, y de la de otros como este.

Cristiano - Esa investigación puede ser muy provechosa. Ahora, sin embargo, es tu turno de empezar.

Esperanza - En mi opinión las razones son cuatro:

1ª) Aunque las conciencias de esos hombres estén despiertas¹, sus corazones no tienen diferencia alguna. Por eso, cuando termina el poder del pecado², acaba también el motivo que los llevó a volverse religiosos y regresan naturalmente a sus costumbres antiguas, así como vemos volver al perro a su vómito, y a la cerda lavada a revolcarse en el lodo (II Pedro 2:22).

Buscan ávidamente el cielo, sólo porque comprenden y temen los tormentos del infierno: pero en cuanto se enfría y debilita esta aprehensión y este temor, también se enfrían y debilitan los deseos que tenían, del cielo, de la salvación, y por eso, pasado el delito y el temor, acaban esos deseos, y regresan a los antiguos hábitos.

2ª) Otra razón es que no son temores de Dios, sino de otros hombres, y el temor del hombre es un lazo. De modo que, pareciendo ávidos por el cielo, mientras braman en torno suyo las llamas del infierno, en cuanto pasa ese terror acuden otros pensamientos, tales como que es bueno ser cauteloso y que no es muy prudente meterse en aflicciones innecesarias, volviendo así a hacer las paces con el mundo.

3ª) También sucede que les sirve de tropiezo la vergüenza mal entendida, que suele acompañar a la religión: son orgullosos y altivos, y la religión es vil y despreciable a sus ojos: y por eso, una vez perdido el sentimiento de infortunio y de la ira venidera, regresan al antiguo modo de vivir.

4ª) Les aflige mucho la idea del pecado, y piensan en él con terror: no les gusta contemplar sus miserias, pues, aunque la primera consideración los llevó a refugiarse donde se refugian los justos, y donde estarían seguros, como atribuyen esos pensamientos al pecado y al terror, una vez que se tornan insensibles a sus convicciones y al temor de la ira de Dios, endurecen voluntariamente sus corazones y eligen precisamente los caminos que más contribuyen a este engrandecimiento.

Cristiano - Creo que hablas con bastante acierto, porque la causa principal es la falta de un cambio en su corazón y en su voluntad, por lo que se asemejan al acusado, que cuando está en presencia del juez, tiembla y parece arrepentirse del íntimo corazón, cuando la única causa que lo mueve es el temor del patíbulo [de la horca] y no el horror del crimen cometido. Da libertad a ese reo, y los verás continuar matando y robando como antes: pero, si su corazón hubiera cambiado, también habría cambiado su conducta.

Esperanza - Ya que te expuse las razones del regreso de estos hombres a lo antiguo, explícame tú ahora la manera en que esa falta se efectúa.

Cristiano - Te lo digo:

1º) Desvían sus pensamientos, cuando les es posible, de la meditación y del recuerdo de Dios, de la muerte y del juicio futuro.

2º) Abandonan poco a poco, y gradualmente, sus deberes³ particulares, como son: la oración, el refrenamiento de las concupiscencias, la vigilancia sobre sí mismos, el dolor por los pecados, etc.

3º) Van enfriándose en el cumplimiento de los deberes³ públicos, como: la lectura y predicación de la palabra, el trato con otros cristianos, etc.

4º) Comienzan a censurar a las personas piadosas, y esto de una manera infernal, para tener una excusa aparente de arrojar fuera la religión, con el pretexto de algunas debilidades que descubrieron en aquellos que la profesan.

5º) Pasan a adherirse y asociarse con hombres carnales, lujuriosos [sensuales, carnales] y frívolos.

6º) En seguida se entregan secretamente a conversaciones carnales y frívolas, estimando ver hacer lo mismo a algunos que son tenidos por honrados, para justificar su proceder y poder proseguir más osadamente.

7º) Finalmente, comienzan a mofarse [burlarse] abiertamente de ciertos pecados, diciendo que son de poca monta [importancia], y:

8º) Endureciéndose de esta manera, se manifiestan tal cual son. Y así, lanzados en el abismo de la miseria, si un milagro de la gracia no lo evita, perecen para siempre en sus propios engaños.


_____________________

¹ Para Dios, la conciencia de un incrédulo está muerta, pues no le permite conocer su condición pecaminosa. Si alguien que no creyó en el Señor es sensible, procurará ayudar a las personas y no hacer cosas malas según su concepto natural, pero su conciencia es incapaz de llevarlo al arrepentimiento.

² Cristo destruyó el poder del pecado en la cruz, pero ese es un hecho objetivo, no significa que después de creer en el Señor estamos libres del pecado. En nuestra experiencia humana, siempre que nuestra consagración acabe el poder del pecado estará presente. Esto será así hasta el regreso del Señor (Ro 6:12-14).

³ Sólo un sentimiento de cumplir con el deber no es capaz de mantenernos en el Camino. Como dice el himno siguiente, necesitamos ser atraídos por la belleza y el valor del Señor:

"¿Por qué dejé en el mundo
Mis ídolos, sin dolor?
No fue por deber – yo tuve
La visión de Su valor."


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El Peregrino, semana 6, jueves, capítulo 19

EL PEREGRINO

EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 19

SEMANA 6 - JUEVES

Leer y orar: "Ese amor no tiene miedo, pues el perfecto amor aleja todo miedo. Si tenemos miedo, es porque tememos el castigo, y eso muestra que aún no hemos experimentado plenamente el amor." (1 Jn 4:18)


Los peregrinos vuelven a hablar con Ignorancia (2)

Ignorancia - ¿Juzgas que soy tan necio que suponga que Dios no ve sino lo que yo veo, o que me atrevería a presentarme en Su presencia con la mejor de las obras?

Cristiano - Pues si no juzgas eso, ¿qué es lo que juzgas?

Ignorancia - En pocas palabras lo diré: Creo que es necesario tener fe en Cristo para ser justificado.

Cristiano - ¿Cómo? ¿Piensas que puedes tener fe en Cristo sin ver tu necesidad de Él, ni conociendo tus debilidades originales y actuales, antes teniendo, acerca de ti y de lo que haces, una opinión tal que muy claramente prueba que nunca has reconocido la necesidad de la justicia personal de Cristo para justificarte delante de Dios? ¿Cómo puedes decir: "Creo en Cristo"?

Ignorancia - Creo, y bastante, a pesar de todo eso.

Cristiano - ¿Y cómo crees?

Ignorancia - Creo que Cristo murió por los pecadores, y que seré justificado delante de Dios y quedaré libre de la maldición, si Él acepta mi obediencia a Su ley. En otras palabras: Cristo hace que mis deberes religiosos sean aceptados por el Padre, en virtud de sus méritos, y así yo soy justificado.

Cristiano - Permíteme que me oponga a tu profesión de fe.

1º) Tienes una fe imaginaria, porque tal fe no la encuentro descrita en ninguna parte de la Palabra de Dios.

2º) Tienes una fe falsa, porque dejas de lado la justificación por la justicia personal de Cristo, y aplicas tu propia justicia.

3º) Esa fe hace que Cristo sea quien justifica no tu persona, sino tus acciones, lo que es falso.

4º) Finalmente, tu fe es engañosa, al punto de dejarte bajo la ira del Dios Altísimo, porque la verdadera fe, que justifica, hace que el alma convicta de su estado de perdición por la ley, busque como refugio la justicia de Cristo, justicia que no consiste en un solo acto de gracia, en que tu obediencia sea aceptada por Dios para justificación, sino en la obediencia personal de Cristo a la ley, en sufrir por nosotros lo que de nosotros se exige. Esta es la justicia que la verdadera fe acepta, y que cubre bajo su manto nuestra alma, que por eso se presenta sin mancha delante de Dios, siendo aceptada y absuelta de la condenación.

Ignorancia - ¿Quieres entonces que confiemos simplemente en lo que Cristo hizo, sin que intervengamos con el concurso de nuestras personas? Esa fantasía daría libre curso a nuestras concupiscencias, y permitiría que viviéramos como mejor nos pareciera: porque, ¿qué habría de importarnos el modo de vivir, si pudiéramos ser enteramente justificados por la justicia personal de Cristo, solo por tener fe en ella?

Cristiano - Ignorancia te llamas, y bien lo demuestras en esta tu respuesta. Ignoras lo que es la justicia que justifica, y también ignoras cómo has de librar tu alma, por esta fe, de la terrible ira de Dios. Ignoras los verdaderos efectos de esta fe salvadora en la justicia de Cristo, que son: doblegar y ganar el corazón para Dios en Cristo, amando Su nombre, Su Palabra, Sus caminos y Su pueblo, y no como tú, en tu ignorancia, los imaginas.

Esperanza - Pregúntale si alguna vez se le reveló Cristo.

Ignorancia - ¿Qué? ¿Eres tú de los que creen en revelaciones? ¡Vaya! Me parece que lo que dices sobre ese punto no es más que el fruto de un cerebro desordenado.

Esperanza - ¡Hombre! Cristo está en Dios de un modo tan incomprensible para toda carne, que nadie puede conocerlo de una manera salvadora, si Dios Padre no se lo revela.

Ignorancia - Esa será tu creencia, pero no la mía, puesto que no dudo de que la mía sea tan buena como la tuya, a pesar de que mi cabeza esté en mejor estado que la tuya.

Cristiano - Permíteme que entre también en la conversación. No se debe hablar tan lisonjeramente en este asunto, pues yo afirmo resuelta y categóricamente que nadie puede conocer a Jesucristo sino por la revelación del Padre. Aún más: que la fe para ser recta, ha de ser operada por la supereminente grandeza de Su poder (Mateo 11:27: 1 Corintios 12:3: Efesios 1:17-20).

Veo, pobre Ignorancia, que nada sabes de esta operación de la fe. Despierta, pues, reconoce tu propia miseria, y recurre al Señor Jesús, y por su justicia, que es la justicia de Dios (porque Él mismo es Dios), serás libre de la condenación.

Ignorancia - ¡Muy deprisa vais! No puedo acompañaros en ese paso. Id adelante, que yo no tengo prisa.

Y se despidió de ellos.

Dijo entonces Cristiano a su compañero: Vamos bien, Esperanza. Está visto que tenemos que ir otra vez solos.

Alargaron el paso, mientras Ignorancia los seguía cojeando, y les oyó el siguiente diálogo:

Cristiano - ¡Me da lástima este pobre mozo!

Esperanza - Desgraciadamente hay muchos en nuestra ciudad en idénticas circunstancias, familias enteras, calles enteras: y, si hay tantos en nuestra ciudad, donde todos son peregrinos, ¿qué será en la tierra donde Ignorancia nació?

Cristiano - Bien verdadera es la palabra: Cerró sus ojos para que no vean...

Ahora, sin embargo, que estamos otra vez solos, dime: ¿Qué te parecen estos hombres? ¿Crees que alguna vez tengan convicción del pecado, y que teman, por consiguiente, el estado de peligro en que se encuentran?

Esperanza - A esa pregunta nadie mejor que tú sabrá responder, pues eres más competente que yo.

Cristiano - Soy de la opinión de que es posible que lo sientan una u otra vez, pero, como son ignorantes por naturaleza, no comprenden que esta convicción les es provechosa, y buscan ahogarla, por todos los modos, continuando adulándose a sí mismos, en el camino de sus propios corazones.

Esperanza - En efecto, también creo, como tú, que el miedo sirve mucho para bien de los hombres y para hacerlos ir derechos al principio de su peregrinación.

Cristiano - No podemos dudar de que es bueno, porque así lo dice la palabra: "El temor de Dios es el principio de la sabiduría" (Job 28:28: Salmos 111:10: Proverbios 1:7: 9:10).

Esperanza - ¿Cómo se podrá reconocer el miedo que es bueno¹?

Cristiano - El miedo bueno se reconoce por tres cosas:

1ª) Por su origen: es causado por las convicciones salvadoras del pecado:

2ª) Impulsa el alma a acercarse a Cristo para la salvación:

3ª) Genera y conserva en el alma una gran reverencia hacia Dios, hacia Su palabra y Sus caminos, manteniéndola constante y tierna, y haciéndola temer apartarse de ellos, hacia otro lado, o hacer cualquier cosa que pueda deshonrar a Dios, alterar su paz, entristecer al Espíritu Santo, o dar ocasión a que el enemigo tome alguna ventaja.


_______________________

¹ En ese contexto la palabra "miedo" debe entenderse como un sentimiento de temor, reverencia y respeto. En la Biblia, el miedo no viene de Dios y se presenta como un sentimiento de inmadurez espiritual (1 Juan 4:18).


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domingo, 20 de julio de 2025

El Peregrino, semana 6, miércoles, capítulo 19

EL PEREGRINO

EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 19

SEMANA 6 - MIÉRCOLES

Leer y orar: "El solitario busca su propio interés y se rebela contra la verdadera sabiduría." (Prov. 18:1)


Los peregrinos vuelven a hablar con Ignorancia,
y ven en sus palabras el lenguaje de un cristiano que lo es solo de nombre.

Cuando Esperanza terminó el razonamiento que acabamos de mencionar, miró hacia atrás y, viendo a Ignorancia que los seguía, dijo a Cristiano:

Esperanza - Ese joven no parece tener mucho deseo de alcanzarnos.

Cristiano - Ya lo veo. Nuestra compañía, sin duda, no le agrada.

Esperanza - Yo también lo creo. Sin embargo, esperémoslo.

Y así lo hicieron. Tan pronto como el muchacho se acercó, Cristiano le preguntó por qué venía tan despacio.

Ignorancia - Me gusta mucho andar solo, sobre todo cuando la compañía no me agrada.

Cristiano - (Al oído de Esperanza): ¿No te dije que no le gustaba nuestra compañía?

(En voz alta, a Ignorancia): Vamos, acércate a nosotros y aprovechemos el tiempo en una conversación provechosa. Dime, ¿cómo estás? ¿Cómo están tus relaciones entre Dios y tu alma?

Ignorancia - Supongo que lo mejor posible. Siempre estoy lleno de buenos pensamientos, que acuden a mi mente para consolarme en mi peregrinación.

Cristiano - ¿Y cuáles son esos pensamientos?

Ignorancia - Pienso en Dios y en el cielo.

Cristiano - ¡También los demonios y las almas condenadas piensan como tú!

Ignorancia - Pero yo medito en esos pensamientos y tengo el deseo de realizarlos.

Cristiano - Así también hacen muchos que no tienen ninguna probabilidad de llegar a Dios ni al cielo. El alma del perezoso desea y nada alcanza (Prov. 13:4).

Ignorancia - Pero yo pienso en estas cosas y lo dejo todo por ellas.

Cristiano - Lo dudo mucho, porque eso de abandonar todo es mucho más difícil de lo que muchos piensan. Pero dime: ¿en qué te basas para pensar que lo has dejado todo por Dios y por el cielo?

Ignorancia - Es mi corazón el que me lo asegura.

Cristiano - El sabio dice que el que confía en su corazón es un necio (Proverbios 28:26).

Ignorancia - Eso es cuando el corazón es malo; el mío, sin embargo, es bueno.

Cristiano - ¿Y cómo puedes probarlo?

Ignorancia - Me consuelo con esperanzas del cielo.

Cristiano - Eso también puede ser engañoso: porque el corazón puede consolarnos con la esperanza de aquello mismo que no tiene ningún fundamento para esperar.

Ignorancia - Pero mi corazón y mi vida están perfectamente en armonía, y por eso creo que mi esperanza está bien fundamentada.

Cristiano - ¿Quién te dijo que tu corazón y tu vida estaban en armonía?

Ignorancia - Mi corazón.

Cristiano - ¡Tu corazón! Si la palabra de Dios no da testimonio en ese sentido, cualquier otro testimonio carece de valor.

Ignorancia - Entonces, ¿no es bueno el corazón que tiene buenos sentimientos? ¿No es buena la vida que está de acuerdo con los mandamientos de Dios?

Cristiano - Es cierto: es bueno el corazón que tiene buenos pensamientos, y es buena la vida que está en armonía con los mandamientos de Dios; pero debes notar que una cosa es tenerlos y otra pensar que los tenemos.

Ignorancia - Dime, entonces: ¿qué entiendes tú por buenos pensamientos y por conformidad de vida con los mandamientos de Dios?

Cristiano - Hay diferentes tipos de buenos pensamientos: unos respecto a nosotros mismos, otros respecto a Dios y otros respecto a otras cosas.

Ignorancia - ¿Cuáles son los buenos pensamientos respecto a nosotros mismos?

Cristiano - Aquellos que están en conformidad con la palabra de Dios.

Ignorancia - ¿Cuándo están en conformidad con la palabra de Dios nuestros pensamientos sobre nosotros mismos?

Cristiano - Cuando juzgamos de nosotros lo mismo que juzga esa palabra. Me explico mejor. Dice la palabra de Dios, hablando de los que están en estado natural, que no hay ni un solo justo, ni hay quien haga el bien. Dice además que todo el fin de los pensamientos del corazón del hombre es solamente el mal (Génesis 8:21).

Pues bien, cuando pensamos así respecto de nosotros mismos, y así lo sentimos verdaderamente, nuestros pensamientos son buenos, porque están en armonía con la palabra de Dios.

Ignorancia - Nunca creeré que mi corazón sea tan malo.

Cristiano - Y por eso nunca en toda tu vida has tenido un buen pensamiento. Así como la palabra de Dios sentencia nuestros caminos, y cuando los pensamientos de nuestros corazones y nuestros caminos concuerdan con el juicio que la palabra forma al respecto, ambos son buenos, porque están conformes con ella.

Ignorancia - Explícame el sentido de esas palabras.

Cristiano - Dice la palabra de Dios que los caminos del hombre están extraviados, que no son buenos, sino perversos; dice que los hombres por naturaleza se apartan del camino, que ni siquiera lo han conocido (Salmos 125:5; Proverbios 2:15; Romanos 3:12-17). Pues bien, cuando un hombre piensa así de sus caminos, es decir, cuando lo piensa con sentimientos de humillación del corazón, es cuando tiene buenos pensamientos sobre sus propios caminos.

Ignorancia - ¿Y cuáles son los buenos pensamientos respecto a Dios?

Cristiano - De igual modo, aquellos que concuerdan con lo que acerca de Dios nos dice su palabra, cuando pensamos en su ser, en sus atributos, tal como la palabra nos enseña. A este respecto, sin embargo, no puedo extenderme ahora. Hablando solo de Dios en sus relaciones con nosotros, tenemos pensamientos buenos y rectos cuando pensamos que Él nos conoce mejor de lo que nosotros mismos nos conocemos, y que puede ver el pecado en nosotros, aun cuando nosotros no podamos verlo de ningún modo; cuando pensamos que conoce nuestros pensamientos más íntimos y que lo más recóndito de nuestro corazón está siempre patente a sus ojos; cuando pensamos que todas nuestras justicias son abominación en su presencia, y que, por lo tanto, no puede admitir que estemos en su presencia confiando en nuestras obras, aun en las mejores.


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Himno - Anhelos - "Por Luz"

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El Peregrino, semana 6, martes, capítulo 18

EL PEREGRINO

EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 18

SEMANA 6 - MARTES

Leer y orar: "Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás." (Juan 6:35)


Los peregrinos encuentran a Ateo (2)

Cristiano – ¿Y alguna vez sentiste alivio del peso de tus pecados cuando tenías esos pensamientos?

Esperanza – Al contrario, eso hacía más firme mi conciencia, y solo pensar que volvería al pecado (aunque mi corazón se inclinara a él) era para mí un doble tormento.

Cristiano – ¿Y qué hacías entonces?

Esperanza – Pensaba que debía esforzarme en enmendar [corregir] mi vida, porque de otra manera mi condenación era inevitable.

Cristiano – ¿No hiciste esos esfuerzos?

Esperanza – Sí, y huía no solo de mis pecados, sino también de mis compañeros de pecado; me ocupaba en prácticas religiosas, como orar, leer, llorar mis pecados, hablar con la verdad a mis vecinos, etc. Hacía esto y muchas otras cosas que sería tedioso y difícil enumerar.

Cristiano – ¿Ya te creías bueno por actuar así?

Esperanza – Sí, pero por poco tiempo; muy pronto me abatía mi aflicción, a pesar de toda mi reforma.

Cristiano – Pero, ¿cómo, si ya estabas reformado?

Esperanza – Por varias razones. Recordaba palabras como estas: Todas nuestras justicias son como trapo de inmundicia; (Isaías 64:6); Por las obras de la ley nadie será justificado; (Gálatas 2:16); Después de haber hecho todo lo que se os ha mandado, decid: siervos inútiles somos; (Lucas 17:10); y otras del mismo estilo. Entonces razonaba así:

Si todas mis obras de justicia son trapos sucios, si por las obras de la ley nadie puede ser justificado, y después de haber hecho todo lo mandado, seguimos siendo siervos inútiles, es una locura querer llegar al cielo por medio de la ley. Y seguía pensando: si un hombre contrae una deuda con un comerciante, aunque en adelante pague puntualmente todo lo que compre, su antigua deuda permanece en el libro de cuentas y, tarde o temprano, el comerciante puede exigirle el pago y hacerlo encarcelar hasta que pague.

Cristiano – ¿Y cómo aplicaste este razonamiento a ti mismo?

Esperanza – Pensé así: Por mis pecados contraje una gran deuda con Dios, y mi reforma actual no puede saldar esa cuenta; de modo que, a pesar de todas mis enmiendas, debo pensar constantemente en cómo me libraré de la condenación en la que incurrí por mis transgresiones pasadas.

Cristiano – Ese razonamiento era verdadero. Continúa.

Esperanza – Otra cosa que más me afligía desde mi reciente reforma era la idea de que, al examinar minuciosamente mis acciones, incluso las más loables, siempre descubría pecado, pecado mezclado con todo lo mejor que podía hacer, de modo que me veía obligado a pensar que, a pesar de las ideas erróneas que antes tenía sobre mí y mis deberes, cometía cada día suficientes pecados como para ser condenado al infierno, aunque mis anteriores actos hubiesen sido sin mancha. ¿Y qué hice? No sabía qué hacer, hasta que abrí mi corazón a Fiel, a quien conocía bien, y él me dijo que solo con la justicia de un hombre que nunca hubiera pecado podría ser salvo; ni mi justicia ni la de todo el mundo bastaban.

Cristiano – ¿Y te pareció verdadero lo que Fiel te dijo?

Esperanza – Si me lo hubieran dicho cuando estaba contento y satisfecho con mis propias reformas, lo habría llamado necio; pero ahora que reconozco mi debilidad y veo el pecado mezclado con mis mejores acciones, me veo obligado a estar de acuerdo con él.

Cristiano – Pero cuando él te dio esa opinión por primera vez, ¿pensaste que era posible hallar un hombre del que se pudiera decir que nunca había pecado?

Esperanza – Debo confesarte que, al principio, sus palabras me parecieron muy extrañas; pero después de conversar más con él y tratarlo más íntimamente, me convencí plenamente de lo que decía.

Cristiano – ¿Y le preguntaste quién era ese hombre y cómo podías ser justificado por él?

Esperanza – Por supuesto, y él me respondió: Es el Señor Jesucristo, que está a la diestra del Altísimo (Hebreos 10:12 y 21). Y añadió: – Serás justificado por Él, confiando tú en lo que Él hizo en los días de su carne, y en lo que sufrió cuando fue clavado en el madero (Romanos 4:5; Colosenses 1:14; 1 Pedro 1:19). Le pregunté además cómo era posible que la justicia de ese hombre tuviera eficacia para justificar a otro ante Dios, y me dijo que el hombre del que hablaba era el Dios poderoso, y que todo lo que hizo y la muerte que padeció no fue por Él, sino por mí, a quien se imputarían sus obras y todo su valor, si creía en Él.

Cristiano – ¿Y qué hiciste después?

Esperanza – Hice objeciones a esas doctrinas, porque me parecía que el Señor no estaba dispuesto a salvarme.

Cristiano – ¿Y qué te dijo Fiel?

Esperanza – Me dijo que me dirigiera a Él, y me convencería de lo contrario. Le objeté que eso sería presunción de mi parte, pero Fiel disipó la objeción, recordándome lo que Jesús dijo: – Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Y me dio un libro, para animarme a acercarme con más libertad, añadiendo que cada jota y cada til estaban más firmes en ese libro que el cielo y la tierra (Mateo 24:35).

Le pregunté entonces qué debía hacer para acercarme a Él, y me enseñó que debía invocarlo de rodillas (Daniel 6:10), que debía rogar al Padre, de todo corazón y con toda el alma (Jeremías 29:12-13), que me revelara a Su Hijo. Le volví a preguntar cómo debía hacer mis ruegos, y me dijo: “Mira, y lo verás sentado sobre el propiciatorio, donde permanece todo el año para perdonar y redimir a los que se acercan” (Éxodo 25:22; Levítico 16:2; Números 7:8-9; Hebreos 4:16).

Le expuse que no sabía qué decir cuando me presentara ante Su presencia, y Fiel me recomendó que hablara, más o menos, en estos términos: – "Oh Dios, sé propicio a mí, pecador. Hazme conocer a Jesucristo y creer en Él, porque reconozco que si no existiera Su justicia, o si no confiara en ella, estaría irremediablemente perdido. Señor, he oído que eres un Dios misericordioso, y que diste a Jesucristo, tu Hijo, como Salvador al mundo, y que estás dispuesto a concedérselo a un pobre pecador como yo, que de verdad soy pecador. Señor, aprovecha esta ocasión y manifiesta tu gracia en la salvación de mi alma por medio de Jesucristo, tu Hijo. Amén."

Cristiano – ¿Y lo hiciste?

Esperanza – Una y muchas veces.

Cristiano – ¿Y el Padre te reveló a Su Hijo?

Esperanza – No; ni la primera, ni la segunda, ni la tercera, ni la cuarta, ni la quinta, ni la sexta vez.

Cristiano – ¿Y cómo procediste al ver eso?

Esperanza – No sabía qué decisión tomar.

Cristiano – ¿No estuviste tentado a abandonar la oración?

Esperanza – Estuve tentado cientos de veces.

Cristiano – ¿Y por qué no lo hiciste?

Esperanza – Porque creía que era verdad lo que Fiel me había dicho, es decir, que sin la justicia de Cristo, ni todo el mundo podría salvarme. Por eso razonaba así conmigo mismo: – Si lo dejo, muero; entonces prefiero morir al pie del trono de la gracia. Además, venían a mi memoria estas palabras: "Si tardare, espéralo; porque sin duda vendrá, no tardará" (Hebreos 2:3). Entonces proseguí en oración hasta que el Padre me revelara a Su Hijo.

Cristiano – ¿Y cómo te fue revelado?

Esperanza – No lo vi con los ojos del cuerpo, sino con los del entendimiento (Efesios 1:18-19). Fue así: Cierto día estaba tristísimo, más triste que nunca, y esa tristeza fue causada por una nueva revelación de la magnitud y vileza de mis pecados. Cuando no esperaba sino el infierno y la eterna condenación de mi alma, me pareció ver, de repente, al Señor Jesús mirándome desde el cielo y diciéndome: "Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo." (Hechos 16:31).

Pero Señor, le respondí, soy un gran pecador, muy grande; y Él me respondió: "Bástate mi gracia." (2 Corintios 12:9). Le volví a preguntar: Pero, ¿qué es creer? Y comprendí por esas palabras: "El que a mí viene, nunca tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca tendrá sed." (Juan 6:35), que creer y venir eran lo mismo, y que el que va, es decir, el que corre con su corazón y sus afectos hacia la salvación en Cristo, es el que verdaderamente cree en Cristo.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, y seguí preguntando: – Pero Señor, ¿puede realmente un pecador tan grande como yo ser aceptado y salvado por Ti? Y Él respondió: "Al que a mí viene, no lo echo fuera." (Juan 6:37). Y dije: – Pero Señor, ¿qué pensamiento debo tener de ti al acercarme, para que mi fe sea perfecta? Y Él me dijo: "Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores." (1 Timoteo 1:15). Por eso concluí que debo hallar la justicia en Su persona, y el pago de mis pecados en Su sangre; que lo que Él hizo, obedeciendo a la ley de Su Padre y sometiéndose a su penalidad, lo hizo por los que aceptan Su salvación y le agradecen. Entonces, mi corazón se llenó de gozo, mis ojos de lágrimas, y mis afectos se derramaron en amor por el nombre, el pueblo y los caminos de Jesucristo.

Cristiano – Eso fue, en verdad, una revelación de Cristo a tu alma. Dime ahora, ¿cuáles fueron los efectos que produjo en tu espíritu?

Esperanza – Me hizo ver que todo el mundo, a pesar de su propia justicia, está en estado de condenación; que Dios Padre, aunque justo, puede justificar justamente al pecador que viene a Él; me hizo avergonzarme de mi vida anterior, y me humilló, haciéndome conocer y sentir mi ignorancia, porque hasta entonces nunca había llegado a mi corazón un solo pensamiento que revelara la hermosura de Jesucristo; me hizo desear una vida santa, y anhelar hacer algo más para la honra y gloria del nombre del Señor; llegó a parecerme que, si tuviera mil vidas, con gusto las perdería por amor a Jesús.


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sábado, 19 de julio de 2025

El Peregrino, semana 6, lunes, capítulo 18

EL PEREGRINO

EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 18

SEMANA 6 - LUNES

Leer y orar: "No os he escrito porque ignoréis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la verdad." (1 Jn 2:21)


Los peregrinos encuentran al Ateo, a quien resisten con las doctrinas de la Biblia. Pasan por la Tierra Encantada, imagen de la corrupción de este mundo, en tiempos de tranquilidad y prosperidad. Medios por los que se libraron de ella: Vigilancia, Meditación y Oración.

Habían dado pocos pasos cuando avistaron a un hombre que avanzaba hacia ellos. Cristiano, al verlo, dijo a Esperanza:

Cristiano - Allá veo un hombre que viene hacia nosotros dándonos la espalda, volviendo las espaldas a la ciudad de Sion.

Esperanza - Bien lo veo; estemos atentos, no sea que sea otro adulador.

Cuando llegó junto a ellos, el Ateo (así se llamaba el recién llegado), les preguntó adónde se dirigían.

Cristiano - Al Monte Sion. (El Ateo soltó una estrepitosa carcajada).

Cristiano - ¿Por qué te ríes?

Ateo - Me río al ver cuán ignorantes sois, emprendiendo un viaje tan incómodo, cuando la única recompensa con la que podéis contar es vuestro trabajo y el cansancio del viaje.

Cristiano - ¿Entonces te parece que no nos recibirán allá?

Ateo - ¿Allá dónde? ¿Acaso existe en este mundo el lugar con el que soñáis?

Cristiano - No está en este mundo, pero sí en el venidero.

Ateo - Cuando estaba en casa, en mi país, oí hablar de eso que decís, y salí en su búsqueda. Hace veinte años que ando buscando esos lugares, pero nunca los encontré (Eclesiastés 10:13-15).

Cristiano - Pues nosotros hemos oído y creemos que esos lugares existen, y que podremos encontrarlos.

Ateo - Si yo no hubiera creído también, no habría ido tan lejos en su búsqueda; pero como no los encontré (y si ese lugar existiera, ciertamente lo habría hallado, pues lo he buscado más que vosotros), vuelvo a casa, y veré si ahora puedo consolarme con las cosas que entonces dejé, esperanzado como estaba en lo que, como creo actualmente, no existe.

Cristiano - (a Esperanza): ¿Será cierto lo que dice este hombre?

Esperanza - ¡Qué tontería! Este es otro Adulador. Recuerda lo que ya nos costó, una vez, prestar oídos a gente como esta. ¿Acaso no habrá Monte de Sion? ¿No vimos desde los montes del Deleite la puerta de la ciudad? Y, además de todo eso, ¿no debemos andar por fe? (2 Cor. 5:7). Vamos; no sea que otra vez caiga sobre nosotros el azote. No olvidemos aquella importante lección que deberías recordar: No ceses, hijo mío, de oír la enseñanza, ni te apartes de las palabras del conocimiento; (Prov. 19:27).

Cristiano - Querido hermano, no hice esta pregunta porque dudase de la veracidad de nuestra creencia, sino para probarte y para sacar una muestra de la sinceridad de tu corazón. En cuanto a este hombre, bien sé que está cegado por el dios de este siglo; sigamos, pues, nuestro camino, seguros de que poseemos la creencia de la verdad, de la cual no puede proceder ninguna mentira (1 Juan 2:21).

Esperanza - Ahora me regocijo en la esperanza de la gloria de Dios.

Y se apartaron de aquel hombre, que, riéndose de ellos, siguió su camino.

Vi entonces en mi sueño, que siguieron andando hasta llegar a cierto país, cuya atmósfera vuelve soñolientos a todos los extranjeros.

Esperanza comenzó a sentir los efectos del nuevo aire que respiraba, y, sintiéndose muy pesado y con mucho sueño, dijo a Cristiano:

Esperanza - Tengo tanto sueño que apenas puedo tener los ojos abiertos. Echémonos un poco y durmamos.

Cristiano - Ni hablemos de eso. Mira que podemos dormir y no volver a despertar.

Esperanza - Entonces, ¿por qué? ¡Hermano, el sueño es dulce para el que trabaja! Si dormimos un poco, nos levantaremos más frescos.

Cristiano - ¿No te acuerdas de que uno de los pastores nos dijo que tuviéramos cuidado con la Tierra Encantada? Con ese consejo quería decirnos que nos abstuviéramos de dormir. No durmamos, pues, sino velad y sed sobrios (1 Tesalonicenses 5:6)

Esperanza - Reconozco mi error y veo que, si estuviera solo, habría corrido el peligro de morir. Bien decía el Sabio: Mejor son dos que uno; (Eclesiastés 4:9).

Tu compañía ha sido un bien para mí, lo cual ya es una buena recompensa por mi esfuerzo.

Cristiano - Entonces, para no dormirnos, comencemos una buena conversación.

Esperanza - Con mucho gusto.

Cristiano - ¿Por dónde empezamos?

Esperanza - Por donde Dios empezó con nosotros. Haz tú el favor de comenzar.

Cristiano - Entonces voy a hacerte una pregunta: ¿Cómo llegaste a pensar en hacer lo que estás haciendo ahora?

Esperanza - ¿Quieres decir, cómo llegué a pensar en el bien de mi alma?

Cristiano - Sí, esa era mi intención.

Esperanza - Ya hacía mucho tiempo que me deleitaba en el gozo de las cosas que se veían y se vendían en nuestra feria, cosas que, según creo ahora, me habrían sepultado en la perdición y la destrucción si hubiera seguido practicándolas.

Cristiano - ¿Y qué cosas eran esas?

Esperanza - Eran los tesoros y riquezas de este mundo. También me deleitaba mucho el bullicio, la embriaguez, la maledicencia, la lujuria, la profanación del día del Señor, y muchas otras cosas que todas conducían a la destrucción de mi alma. Pero, por fin, oyendo y considerando las cosas divinas, de las que tú me hablaste, de nuestro buen y querido Fiel, que murió por su fe y vida ejemplar en la feria de la Vanidad, llegué a concluir que el fin de todas las cosas es la muerte (Romanos 6:21-23) y que, por medio de ellas, viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia (Efesios 5:6).

Cristiano - ¿Y quedaste inmediatamente con esa íntima convicción?

Esperanza - No, no quise reconocer desde el principio la maldad del pecado, ni la condenación que le sigue: me esforcé, más bien, cuando mi espíritu comenzaba a conmoverse con la palabra, en cerrar los ojos a la luz.

Cristiano - ¿Pero por qué resistías de ese modo los primeros impulsos del Espíritu de Dios?

Esperanza - Por estas razones: 1ª) Ignoraba que esa era la obra de Dios en mí. Nunca pensé que Dios comenzara la conversión de un pecador con la convicción de pecado; 2ª) El pecado aún era muy agradable para mi carne, y sentía mucho tener que abandonarlo; 3ª) No podía despedirme de mis amigos y compañeros cuya presencia y acciones tanto me alegraban; 4ª) Eran tan incómodas y llenas de terror las horas en que sufría por estas convicciones, que mi corazón no podía soportar ni siquiera el recuerdo de ellas.

Cristiano - ¿Quieres decir que algunas veces pudiste librarte de esa incomodidad?

Esperanza - Sí, pero nunca me libraba del todo; de modo que volvía a estar tan mal o peor que antes.

Cristiano - ¿Y qué era lo que, otra vez, te traía a la memoria tus pecados?

Esperança - Diferentes cosas. Por ejemplo: simplemente encontrar en la calle a un hombre bueno; oír alguna lectura de la Biblia; un simple dolor de cabeza; saber que algún vecino estaba enfermo, o escuchar toques fúnebres; pensar en la muerte; oír hablar de una muerte repentina, o presenciarla; pero, especialmente, pensar en mi propio estado, en que debía comparecer en juicio muy pronto.


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viernes, 18 de julio de 2025

El Peregrino, semana 6, domingo, capítulo 17

El Peregrino

La travesía del cristiano
a la Ciudad Celestial

Capítulo 17

Semana 6 – Domingo

Lee y ora: “Escucha, oh Dios, en los cielos; perdona el pecado de tus siervos y del pueblo de Israel, y enséñales el camino recto por donde andarán; y da lluvia sobre tu tierra, que diste por heredad a tu pueblo.” (2 Crónicas 6:27)


Cristiano y Esperanza
caen en poder del Adulador

Esperanza – Ojalá hubiese aparecido Grande‑Gracia para su bien.

Cristiano – Pero fíjate que el propio Grande‑Gracia habría tenido bastante trabajo con ellos; porque, aunque manejara bien las armas y los mantuviera en una suerte de pausa momentánea cuando le atacaban desde lejos, si lo atacaban de cerca —es decir, si Desconfianza, Cobardía y aquel otro lograban apoderarse de él— no haría falta mucha fuerza para derribarlo. Y cuando un hombre está en el suelo, bien sabes que poco vale.

Las cicatrices y las heridas que marcan el rostro de Grande‑Gracia dan prueba de lo que digo. E incluso he oído que en cierto combate llegó a desesperar de la vida. ¡Cuántos gemidos, cuántos lamentos le arrancaron estos tres malvados a David (Salmo 88)!

Heman y Ezequías, aunque fueran campeones, también tuvieron que hacer grandes esfuerzos cuando fueron asaltados por ellos, y pasaron por momentos muy duros. Pedro, a quien algunos llaman el Príncipe de los apóstoles, quiso demostrar su valentía, pero ellos lo sometieron de tal forma que hasta una pobre mujer lo hizo temblar (Lucas 22:55‑57).

Además, su rey está siempre presente para oírlos y, si algún peligro los amenaza, acude al instante en su auxilio. De ese rey se dice:
«Aunque le alcance espada, no podrá contra él,
ni lanza ni coraza;
porque estima el hierro como paja,
y el acero como madera podrida.
La flecha no le hará huir,
las piedras de la honda se tornarán paja.
Considerará el hierro como hojarasca,
reirá al tronar de la lanza.» (Job 41:26‑29)

¿Qué podrá hacer el hombre en tales circunstancias? Es verdad que si en todo momento un hombre pudiera disponer de un caballo como el de Job, y tuviera valor y pericia para manejarlo, haría cosas maravillosas; porque:
«El aire bronceante exhalan sus narices,
hunde en tierra sus pezuñas;
ruge contra los guerreros,
no teme trompeta ni clamor de soldado;
arrojando fuego, relincha con ardor…» (Job 39:20‑25)

Pero los simples peones, como tú y como yo, nunca deberían desear encontrarse con un enemigo así, ni gloriarse de que otros hayan sido vencidos, ni confiarse en nuestra propia fuerza, porque aquellos que proceden así generalmente son los que peor salen de la prueba. Pedro, del que hablé hace poco, quería alardear… sí, quería decir, según su corazón le susurraba, que haría más por su Maestro que todos los demás. ¿Quién fue más humillado y abatido por los tres malvados que él?

Por lo tanto, sabiendo que en el camino real pueden suceder estas cosas, conviene que actuemos de la siguiente manera:

Salgamos armados y sin olvidar el escudo, porque por falta de él el Leviatán fue vencido por quien lo atacó. Al monstruo que nos ve sin escudo, no le temblará el pulso. El peligro por excelencia dijo: “Sobre todo tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos incendiarios del maligno.” (Ef. 6:16)

También es bueno pedir al Rey una guardia. Y aún mejor pedir que Él mismo nos acompañe. Por esa compañía David andaba gozoso, incluso cuando estaba en el valle de sombra de muerte. Moisés prefirió morir antes que dar un paso sin su Dios (Éx 33:16). ¡Ah, hermano mío! Si Él nos acompaña, ¿qué temeremos de diez mil que se levanten contra nosotros? (Salmo 3:5‑8). Pero sin Él, caen los soberbios entre los muertos (Isa. 10:4).

Yo, por mi parte, ya he estado en la lucha y, si aún vivo, es por la bondad de quien es el Sumo Bien; no tengo en qué gloriarme por mi valor, pero desearía no volver a ver tales encuentros, aunque temo que no estemos completamente libres de peligro. Y, puesto que ni el león ni el oso me han devorado hasta ahora, espero en Dios que nos libre de cualquier filisteo incircunciso que venga a nuestro alcance.

Mientras meditaban en estas cosas, ambos siguieron su camino, precediendo a Ignorancia, hasta que llegaron a un sitio donde la senda se bifurcaba, lo que les dificultó la elección, pues los dos caminos que tenían delante les parecían igualmente rectos. Se detuvieron un poco para reflexionar qué debían hacer, y entonces se les acercó un hombre de carne muy negra, pero vestido con ropa muy clara, y les preguntó por qué estaban parados allí.

– Vamos a la Ciudad Celestial, pero no sabemos por cuál de estos dos caminos debemos seguir.

– Venid conmigo —dijo él—, que yo también voy a esa ciudad.

Así hicieron los peregrinos y siguieron al desconocido por el camino que él les señaló; pero, a medida que avanzaban, notaron que describían una curva y que marchaban en dirección opuesta a la ciudad que deseaban alcanzar, de la cual se alejaban cada vez más. A pesar de dar cuenta de estas circunstancias, continuaron caminando.

No pasó mucho tiempo cuando, sin darse cuenta, se encontraron atrapados en una red de la que no podían salir, al mismo tiempo que la ropa blanca del hombre negro cayó de sus hombros. Reconocieron entonces dónde estaban, y lloraron un rato al verse imposibilitados de liberarse.

Cristiano – Ahora veo que hemos caído en un error. ¿No nos advirtieron los pastores que debíamos precavimos contra el Adulador? Hoy hemos comprobado, según dice el Sabio, que “el que lisonjea a su prójimo le tiende una red delante de sus pasos.” (Prov. 29:5)

Esperanza – También los pastores nos dieron una nota indicando el camino, para estar seguros de no caer en las trampas del destructor. En esto David procedió con más acierto que nosotros, pues dijo: “Por amor a tus palabras he guardado el camino penoso.” (Salmo 17:4)

Así estaban los peregrinos atrapados en la red cuando descubrieron a uno de los Resplandecientes que venía hacia ellos, llevando en la mano un látigo de cuerdas pequeñas. Cuando se acercó, les preguntó de dónde venían y qué hacían allí. Respondieron que eran unos pobres peregrinos que iban camino de Sion, pero que un hombre negro vestido de blanco les había hecho desviarse diciéndoles que lo siguieran “porque también iba a esa ciudad.”

Entonces el del látigo les replicó: – Ese era el Adulador, falso apóstol, transformado en ángel de luz. (Dan. 11:32; 2 Cor. 11:13‑14). Luego rompió la red y, liberándolos, les dijo: – Seguidme, que yo os pondré nuevamente en el camino. Y así los condujo otra vez al camino que habían dejado para seguir al Adulador.

Le contaron entonces al Resplandeciente que la noche anterior habían estado en las Montañas de las Delicias, que los pastores les habían dado una guía para el camino, pero que, por olvido, no la habían leído, y que habían sido advertidos contra el Adulador, pero que no creyeron que aquel fuera quien encontraron (Romanos 16:17‑18).

Vi entonces en mi sueño que el Resplandeciente los hizo acostar y los castigó severamente para enseñarles el buen camino que nunca debieron abandonar (Deut. 25:2; 2 Crónicas 6:27), y mientras los castigaba decía: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo. Sé pues fervoroso y arrepiéntete.” (Apoc. 3:19).

Hecho esto, les mandó continuar el camino, aconsejándoles encarecidamente que obedecieran las otras indicaciones de los pastores, lo cual los dos peregrinos agradecieron mucho, y continuaron su marcha por el camino recto, procurando no olvidar la severa lección recibida, y dando gracias al Señor, que había tenido con ellos tanta misericordia.


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Himno – Experiencia de Cristo – “Como Aquel que es Subjetivo”

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El Peregrino, semana 5, sábado, capítulo 17

EL PEREGRINO

EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 17

SEMANA 5 - SÁBADO

Leer y orar: "Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe y por ella muchos sean contaminados; no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura." (Hebreos 12:15,16)


Robo de Poca-Fe

Esperanza - Gran consuelo debió de sentir [Poca-Fe], al ver que no le habían arrebatado esa preciosidad.

Cristiano - Podría haberle sido de gran consuelo, si hubiese hecho uso de ella como debía. Pero, según me contaron, hizo muy poco uso de ella, en las varias circunstancias en que se encontró, por causa del gran susto que recibió cuando le robaron el dinero.

Se olvidó del precioso pergamino durante la mayor parte de su viaje, y si alguna vez se acordaba de él y esta memoria comenzaba a consolarlo, pronto la idea de la pérdida que había sufrido acudía a su mente, ensombreciendo su alma y quitándole toda la paz.

Esperanza - Pobrecito, debió de sufrir mucho.

Cristiano - ¡Y tanto! ¿Y no habríamos sufrido cualquiera de nosotros si hubiésemos sido tratados como él, robado y herido en un lugar desierto? Lo que me admira es que haya podido sobrevivir a tanto sufrimiento. Me contaron que, por todo el camino, iba lanzando amargas y dolorosas quejas, contando a todos los que encontraba dónde y cómo lo habían despojado, cómo había sido herido, y cómo escapó con vida de tan grandes pruebas.

Esperanza - Me admira que no se le ocurriera empeñar algunas de sus joyas, para tener con qué sostenerse en el camino.

Cristiano - ¡Eres extremadamente ingenuo! ¿A quién habría de empeñarlas o venderlas? En el país donde fue robado no se da valor a las joyas, y aun así no habría hallado alivio en aquel país. Además, si le faltaban las joyas, cuando llegara a la puerta de la Ciudad Celestial, sería excluido (lo que él bien sabía) de la herencia que allí se encuentra, lo que sin duda le sería más doloroso que el ataque y los malos tratos de miles de ladrones.

Esperanza - Te ruego que no respondas con tanta aspereza a mis preguntas. No seas brusco conmigo, y escúchame. Esaú vendió su primogenitura por un plato de comida (Hebreos 12:16), y esa primogenitura era su joya preciosa. Pues bien, si él hizo esto, ¿por qué no habría de hacer lo mismo Poca-Fe?

Cristiano - Esaú vendió efectivamente su primogenitura, y a su ejemplo han procedido muchos otros que, por ese hecho, perdieron la bendición mayor, como le ocurrió a aquel desgraciado. Pero hay diferencia entre Esaú y Poca-Fe, así como entre las circunstancias de uno y del otro.

La primogenitura de Esaú era simbólica, lo cual no sucedía con las joyas de Poca-Fe. Esaú no tenía otro dios que su vientre, no así Poca-Fe: la necesidad de Esaú no pasaba del deseo de saciar el apetito carnal; y la necesidad de Poca-Fe era de otro género. Además, Esaú solo pensaba en satisfacer su apetito, y por eso exclamó: "He aquí que me voy a morir; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura?" (Gén. 25:32).

Pero Poca-Fe, aunque tenía poca fe, tenía alguna, y fue esa la que le impidió cometer la extravagancia de deshacerse de sus joyas, como hizo Esaú, y prefirió verlas y apreciarlas. En ninguna parte leerás que Esaú tuviera fe, por poca que fuera, y por eso no es de extrañar que aquel en quien solo impera la carne (lo que siempre sucede con el hombre que no tiene fe para resistir) venda su primogenitura, su alma y todo cuanto es y tiene, al mismo demonio — porque esos hombres son semejantes a la asna montés que nadie puede detener (Jeremías 2:24).

Cuando sus corazones están sujetos a sus concupiscencias, han de satisfacerlas, cueste lo que cueste; pero Poca-Fe era de un temperamento muy distinto; su corazón se inclinaba a las cosas divinas, y su alimento eran las cosas celestiales y espirituales.

¿Para qué, pues, habría de vender sus joyas, aunque encontrara quien se las comprara, para llenar su corazón de cosas vanas? ¿Dará alguien su dinero para llenar su vientre de paja? ¿Se puede persuadir a la paloma de alimentarse de carne podrida como el cuervo?

Aunque los incrédulos, para servir sus concupiscencias carnales, hipotequen o vendan lo que son y lo que poseen, sin embargo los que tienen fe, la fe que salva, por poca que sea, nunca podrán imitarlos. Aquí tienes explicado, querido hermano, el equívoco en que estabas.

Esperanza - Ahora lo reconozco, pero te confieso que tu severa reflexión casi me estaba molestando.

Cristiano - ¿Por qué? No hice más que comparar tu ingenuidad con la de un polluelo más avispado, que echa a correr por caminos conocidos y desconocidos, aún pegado a la cáscara. Pero vamos, discúlpame eso, y tratemos el asunto que estamos discutiendo.

Esperanza - Estoy persuadido, en mi corazón, de que esos tres malvados fueron muy cobardes, por huir cuando oyeron los pasos de aquel que se acercaba. ¿Por qué no se armó Poca-Fe de más valor? Me parece que debería haberse arriesgado a combatir contra ellos, y que solo debería haber cedido cuando no hubiera más remedio.

Cristiano - Sí, muchos lo llamaron cobarde, pero son pocos los que en la hora de la prueba tienen ánimo para sostenerse. Gran valor no tenía Poca-Fe, y por tus palabras, veo que tú, en su lugar, solo te arriesgarías a un pequeño combate, cediendo enseguida. En verdad, si ahora, que estamos lejos de los tres malvados, muestras ese ánimo, temo que tus pensamientos serían muy distintos si esos hombres te acometieran como acometieron a Poca-Fe.

Y debes considerar que no pasaban de ladrones subalternos, siervos del rey del abismo insondable, el cual, si fuese necesario, vendría en su auxilio, y su voz es como la del león rugiente (1 Pedro 5:8). Yo mismo fui asaltado como Poca-Fe, y sé, por experiencia propia, cuán rudos son esos ataques.

Los tres malvados me acometieron, y cuando comencé a resistirles como buen cristiano, soltaron un pequeño grito, al cual acudió su amo al instante. Mi vida estuvo por un hilo, si no me hubiera protegido la armadura a prueba de todo que yo llevaba por voluntad de Dios; y aun así, apenas pude salir airoso del combate. Solo quien se ha visto en tan duras pruebas puede valorarlas debidamente.

Esperanza - Es verdad. Pero, en cuanto supusieron que Grande-Gracia se acercaba, huyeron.

Cristiano - Tanto ellos como su amo han huido muchas veces de la simple presencia de Grande-Gracia, lo cual no es de extrañar, por ser este el campeón real; y creo que debes admitir alguna diferencia entre Poca-Fe y el campeón del rey; no todos los súbditos del rey son sus campeones, por lo tanto, no todos pueden hacer prodigios de valor en la hora de la prueba.

¿Puede acaso suponerse que cualquier niño venciera a Goliat como lo hizo David, o que haya un avecilla con la fuerza de un toro? Unos son fuertes, otros débiles; unos tienen mucha fe, otros poca. Poca-Fe era de los débiles, y por eso cedió.


Disfrute más:

Himno - Consuelo en las Pruebas - “Por el Cuidado del Señor”


1 Peregrino en el camino,
Y cansado del labor –
Oye dulces estas voces:
“Da tus cargas al Señor!”

Da tus cargas al Señor!
Da tus cargas al Señor!
Te va a fortalecer
Y consolar tu ser –
Da tus cargas al Señor!

2 ¿Tus pies van tan fatigados?
¿Tu lámpara sin luz?
¿Tu cruz está tan pesada?
“Da tus cargas a Jesús!”

Da tus cargas al Señor!
Da tus cargas al Señor!
Te va a fortalecer
Y consolar tu ser –
Da tus cargas al Señor!

3 ¿Tus amigos te han dejado?
¿No te dan más su amor?
¿Tu alma va angustiada?
“Da tus cargas al Señor!”

Da tus cargas al Señor!
Da tus cargas al Señor!
Te va a fortalecer
Y consolar tu ser –
Da tus cargas al Señor!

4 ¿Tu corazón tan débil?
¿Tu mente sin vigor?
¿Tus fuerzas tan pequeñas?
“Da tus cargas al Señor!”

Da tus cargas al Señor!
Da tus cargas al Señor!
Te va a fortalecer
Y consolar tu ser –
Da tus cargas al Señor!

5 Él te va a sostener, sí,
Te guiará en su fulgor;
Con poder va a guardarte,
Y dará su gran vigor.

Da tus cargas al Señor!
Da tus cargas al Señor!
Te va a fortalecer
Y consolar tu ser –
Da tus cargas al Señor!

Estudio-vida de Ezequiel, semana 9, sábado, mensaje 20

ESTUDIO-VIDA DE EZEQUIEL Mensaje 20 LOS ATRIOS EXTERIOR E INTERIOR SEMANA 9 - SÁBADO Lectura Bíblica: Ez 40-42 Leer y orar: “Jesús les res...