lunes, 30 de junio de 2025

El Peregrino, semana 3, viernes, capítulo 11

EL PEREGRINO

EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 11

SEMANA 3 - VIERNES

Leer y orar: "Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley." (Gálatas 5:17-18)


Cristiano encuentra en Fiel un excelente compañero;

El prudente temor que tuvo al unirse a él nos enseña que debemos ser muy cautelosos en la elección de nuestros compañeros de fe. Conversaciones provechosas que tuvieron entre ellos.

Después de todo esto, llegó nuestro Peregrino a una eminencia expresamente levantada para que los viajeros pudieran desde allí divisar el camino que iban a seguir. Vio, muy adelante, a Fiel, a quien llamó diciendo: Hola, hola, ¡espera para que caminemos juntos!

Fiel miró hacia atrás, oyó a Cristiano volver a llamarlo, y respondió: No puedo esperar. Mi vida corre peligro, porque viene tras de mí el vengador de la sangre. Esta respuesta entristeció bastante a Cristiano, pero, haciendo un gran esfuerzo, pronto alcanzó a Fiel, pasándole incluso al frente, y así el último llegó a ser el primero.

Sonrió, jactándose de haber pasado adelante de su hermano; pero, como no prestó atención a dónde ponía los pies, de repente tropezó y cayó, sin poder levantarse hasta que Fiel vino en su ayuda. Vi, entonces, en mi sueño, que caminaban juntos en la mayor armonía, conversando agradablemente sobre todo lo que les había sucedido durante el viaje. Cristiano comenzó a hablar en estos términos:

Cristiano - Honrado y querido hermano Fiel, ¡estoy contentísimo de haberte alcanzado, y de que Dios haya dispuesto así nuestros espíritus para que caminemos juntos en esta senda tan agradable!

Fiel - Tenía intención de venir contigo desde nuestra ciudad; pero te adelantaste de tal forma que me vi obligado a venir solo.

Cristiano - ¿Cuánto tiempo permaneciste aún en la ciudad de la Destrucción después de mi partida?

Fiel - Me quedé hasta que ya no pude soportarlo más, porque, tan pronto como partiste, comenzaron a decir que la ciudad iba a ser reducida a cenizas por el fuego del cielo.

Cristiano - ¿Qué me dices? ¿Nuestros vecinos decían eso?

Fiel - Sí lo decían; y durante algún tiempo no se hablaba de otra cosa.

Cristiano - Y, a pesar de eso, ¿sólo tú trataste de ponerte a salvo?

Fiel - Aunque, como te dije, se hablaba mucho del peligro, me pareció que no creían mucho en su existencia, porque, en el calor de la discusión, oí a algunos burlarse de ti y de tu viaje, que llamaban desesperado. Pero yo creí, y aún creo, que nuestra ciudad será abrasada con fuego y azufre, y por eso huí.

Cristiano - ¿Oíste hablar del vecino Flexible?

Fiel - Oí decir que había seguido hasta el Pantano de la Desconfianza, donde dicen que cayó, porque no quiere que se sepa lo que le sucedió; pero lo que no pudo ocultar a nuestra vista fue el barro con que venía cubierto.

Cristiano - ¿Y qué dijeron los vecinos?

Fiel - Desde que volvió, ha sido objeto de desprecio y burla de toda la gente, al punto de que casi no encuentra quién le dé trabajo. Ahora está mucho peor que antes de salir de la ciudad.

Cristiano - Pero ¿cómo se explica la mala estima en que lo tienen, si ellos desprecian el camino que él abandonó?

Fiel - Lo llaman renegado, por no haber permanecido fiel a su profesión. Yo creo que Dios incitó hasta a sus enemigos a burlarse de él, por haber abandonado su camino (Jeremías 38:18-19).

Cristiano - ¿Hablaste con él antes de partir?

Fiel - Lo encontré una vez en la calle, pero él volvió el rostro hacia otro lado, como avergonzado de lo que había hecho, y por eso no llegamos a hablar.

Cristiano - Realmente, cuando comencé mi viaje, tenía algunas esperanzas en él; pero ahora temo que perezca en las ruinas de la ciudad, porque le sucedió lo que dice ese verdadero proverbio: "El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno" (2 Pedro 2:22).

Fiel - También tengo ese temor; pero, ¿quién puede saber el futuro?

Cristiano - Tienes razón. No hablemos más de él; ocupémonos mejor de cosas que más directamente nos interesan. Cuéntame lo que te sucedió en el camino. Se supone que encontraste algunas cosas dignas de ser contadas.

Fiel - No caí en el pantano en el que, según veo, tú caíste, y llegué a la puerta estrecha sin ese peligro; pero encontré a una tal dama llamada Sensualidad, de quien estuve a punto de sufrir daño.

Cristiano - Dichoso tú por haber escapado de sus lazos. Por su causa estuvo José en gran riesgo, y se libró de ella como tú, no sin grave peligro de muerte. Entonces, ¿qué te hizo ella? (Génesis 39:11-12)

Fiel - Sólo quien la haya oído puede valorar cuán lisonjera es su lengua: empleó todos sus esfuerzos para perderme, prometiéndome toda clase de placeres.

Cristiano - Seguro que no te prometió el placer de la paz de una conciencia tranquila.

Fiel - Bien sabes que hablo de los placeres carnales.

Cristiano - Da gracias a Dios por haberte librado de ella.

"Aquel contra quien el Señor está airado caerá en ella" (Proverbios 22:14)


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El Peregrino, semana 3, jueves, capítulo 10

EL PEREGRINO

EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 10

SEMANA 3 - JUEVES

Leer y orar: "Buscad al que hace las Pléyades y el Orión, y convierte la densa oscuridad en mañana, y cambia el día en noche; el que llama a las aguas del mar y las derrama sobre la faz de la tierra; Jehová es su nombre." (Am 5:8)


Cristiano en el Valle de Sombra de Muerte (2)

Entonces mi atención se fijó en un hecho que no puedo dejar de relatar. Noté que el pobre Cristiano estaba tan asustado que no reconocía su propia voz, y lo noté por las circunstancias que paso a relatar.

Cuando Cristiano llegó al borde del abismo ardiente, uno de los demonios se le acercó sin ser percibido y le susurró al oído muchas y muy terribles blasfemias, y el pobre Cristiano creía que era su propia alma la que las profería. Este hecho afligió a Cristiano más que todo lo que hasta entonces le había sucedido: ¡pensar que blasfemaba contra Aquel a quien tanto había amado antes! Pero no se le ocurrió taparse los oídos ni averiguar de dónde venían aquellas blasfemias.

Había estado ya bastante tiempo en esta triste situación cuando creyó oír la voz de un hombre que caminaba delante de él, exclamando: "Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo" (Salmo 23:4). Estas palabras lo alegraron por muchos motivos.

1º - Porque probaban que había otro que temía a Dios y que también se encontraba en este valle.

2º - Porque comprendía que Dios estaba con esa persona, a pesar de la oscuridad y tristeza que los rodeaban. ¿Y por qué no ha de estar también conmigo?, pensó Cristiano para sí, aunque yo no lo perciba, dado el lugar en que me encuentro. (Job 9:11).

3º - Porque esperaba disfrutar de la compañía de aquel o aquellos cuya voz había oído, si lograba alcanzarlos. Cobrando ánimo, decidió continuar su marcha, llamando a quien iba delante, pero este, creyéndose también solo, nunca respondió. Entonces comenzaba a amanecer, y Cristiano exclamó: "Él convierte la oscuridad en mañana" (Amós 5:8). Enseguida apareció el día, y Cristiano continuó: "Y cambia la noche en día".

Ya con luz, miró hacia atrás, no porque deseara retroceder, sino para ver, a la luz del sol, los peligros por los que había pasado durante la noche.

Entonces vio perfectamente el abismo a un lado y el pantano al otro, y consideró cuán estrecha era la vereda que pasaba entre ambos: también vio los fantasmas, los hombres lobo y los dragones del abismo, pero todos muy lejos, porque no se atrevían a acercarse a la luz del día. Sin embargo, Cristiano los veía, porque, como está escrito, "Él saca a luz las cosas ocultas de las tinieblas, y saca a la luz la sombra de muerte" (Job 12:22). Cristiano se sintió muy impresionado al verse libre de los peligros de aquel valle solitario; porque aunque los había temido mucho, ahora evaluaba mejor su gravedad al mirarlos a la luz del día.

Entonces brilló el sol, lo cual fue para el caminante un favor nada pequeño, porque si la primera parte del valle había sido peligrosísima, la segunda que aún tenía que recorrer prometía ser aún más peligrosa, pues desde el punto en que Cristiano se encontraba hasta el fin del valle, el camino estaba tan lleno de lazos, redes y obstáculos, y tenía tantos abismos, precipicios, pozos y barrancos que, si hubiera sido de noche, como en la primera parte del camino, mil almas que Cristiano tuviera, todas las habría perdido irremediablemente: pero afortunadamente el sol brillaba con todo su resplandor. Entonces dijo para sí: Su lámpara resplandecía sobre mi cabeza, y guiado por su luz, caminaba en las tinieblas (Job 29:3).

Con esa luz llegó Cristiano al fin del valle, donde vi, en mi sueño, sangre, huesos, cenizas y cuerpos de hombres despedazados: eran los restos de los caminantes que, en tiempos pasados, habían andado por este camino. Estaba yo pensando en qué podría haber causado tantos destrozos, cuando descubrí más adelante una cueva donde habían habitado dos gigantes, el Papa y el Pagano, cuyo poder y tiranía habían causado aquellos horrores. Cristiano pasó por aquel lugar sin mayor peligro, lo cual verdaderamente me asombró; pero luego lo comprendí fácilmente, al saber que el Pagano había muerto hacía mucho tiempo, y que el otro, aunque aún vivía, además de su avanzada edad y de los vigorosos ataques que sufrió en su juventud, está tan decrépito y en condiciones tan apretadas que ya no puede hacer más que estar a la entrada de su cueva, amenazando a los peregrinos que pasan y desesperándose por no poder alcanzarlos. Mientras tanto, Cristiano seguía su camino. La vista del anciano, sentado a la entrada de la cueva, le dio mucho en qué pensar, especialmente cuando éste, por no poder moverse, gritó: No tendréis salvación, hasta que muchos más como vosotros sean entregados a las llamas.

Pero Cristiano no le respondió, y pasando sin temor y sin recibir daño alguno, exclamó: ¡Oh mundo de maravillas! Y verdaderamente así es, visto que estoy ileso, a pesar de la miseria que en ti he encontrado. Bendita sea la mano misericordiosa a quien debo mi conservación, mientras estuve en este valle, me rodearon los peligros de las tinieblas, los enemigos, el infierno y el pecado. En mi camino había innumerables lazos, abismos, obstáculos de toda clase; pero gracias sean dadas a Jesús, que de todo me ha librado. Suya es la corona del triunfo.


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El Peregrino, semana 3, miércoles, capítulo 10

EL PEREGRINO

EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 10

SEMANA 3 - MIÉRCOLES

Leer y orar: "Líbrame del cieno, para que no me hunda; sea yo salvado de los que me odian y de las profundidades de las aguas."
(Salmo 69:14)

Cristiano en el Valle de Sombra de Muerte

Cristiano sufre muchas aflicciones en el Valle de Sombra de Muerte; pero, habiendo aprendido por experiencia cuán conveniente es andar vigilante, recurre a la espada y a la oración, pasando así con toda seguridad y sin el menor daño.

Apenas había cruzado el límite que separa el Valle de la Humillación del de Sombra de Muerte, encontró a dos hombres que regresaban a toda prisa: eran hijos de aquellos que hicieron arder el país que él había visto (Núm. 13:33). Cristiano les preguntó adónde iban.

Hombres – ¡Atrás, atrás! Si valoras tu vida y tu tranquilidad, te aconsejamos que regreses inmediatamente.

Cristiano – ¿Y por qué?

Hombres – Íbamos caminando en la dirección que tú llevas, y avanzamos hasta donde nos alcanzó la audacia, pero ni siquiera sabemos cómo logramos volver, pues si hubiéramos dado unos pasos más, sin duda no estaríamos ahora aquí para advertirte.

Cristiano – ¿Pero qué fue lo que encontrasteis?

Hombres – ¿Qué encontramos? Estuvimos casi en medio del Valle de Sombra de Muerte; pero, felizmente, miramos hacia adelante y descubrimos el peligro antes de acercarnos (Salmo 44:19).

Cristiano – ¿Qué peligro?

Hombres – ¿Qué peligro? El mismo valle, que es negro como pez [brea]. Allí vimos fantasmas, hombres lobo y dragones del abismo. Luego, un continuo gemir y gritar, como de personas que se encuentran en la más afrontosa situación y que sufren las mayores aflicciones y torturas. Sobre el valle flotan horribles nubes de confusión, y la muerte extiende constantemente sobre él sus negras alas. En una palabra, allí todo es horror, todo es espantosa desolación (Job 3:5-10,22).

Cristiano – Por lo que decís, cada vez me convenzo más de que este es el camino que debo seguir para llegar al puerto deseado (Salmo 44:18).

Hombres – Si tú lo crees bueno, sigue; para nosotros no sirve.

Y se separaron de Cristiano, quien continuó su camino, llevando la espada desenvainada por temor a ser atacado.

Y, en mi sueño, extendí la vista por toda la extensión del valle. Vi, a la derecha del camino, un foso profundísimo donde unos ciegos han guiado a otros ciegos a través de los tiempos, pereciendo todos miserablemente. A la izquierda, vi un pantano peligrosísimo, donde todo aquel que cae, por bueno que sea, no puede encontrar apoyo; en él cayó el rey David una vez, y sin duda se habría ahogado si no lo hubiese librado Aquel que tiene poder para ello (Salmo 69:14).

El camino era tan estrecho que Cristiano andaba con gran dificultad, porque, como estaba en tinieblas, si intentaba alejarse del foso, corría el riesgo de caer en el pantano, y si quería huir del pantano, estaba a punto de precipitarse en aquel. Así caminó, lanzando amargos suspiros, porque, además de los peligros ya citados, el camino era tan oscuro que, si levantaba un pie para dar un paso, no sabía dónde lo iba a poner.

Poco más o menos a la mitad de este valle, se abría la boca del infierno junto al camino.

Al llegar allí, la situación de Cristiano fue horrible; no sabía qué hacer; veía salir llamas y humo en tanta cantidad, envueltos en chispas y rugidos infernales, que, al reconocer que la espada con la que había vencido a Apolión no le serviría de nada, decidió envainarla y echar mano de otra arma, es decir, el arma de la oración (Efesios 6:18), y así exclamó: "Libra, oh Señor, mi alma" (Salmo 116:4).

Y siguió adelante, envuelto de vez en cuando por terribles llamas. Otras veces oía tristes lamentos, corriendo de un lado a otro, de modo que pensaba que iba a ser destruido o pisoteado como el lodo de las calles. Este espectáculo horroroso y estos ruidos terribles lo acompañaron durante varias leguas del camino.

Llegó finalmente a un lugar donde creyó oír acercarse una legión de enemigos. Por eso se detuvo y se puso a pensar seriamente en lo que convenía hacer. Por un lado, le parecía mejor volver atrás, pero por otro, enseguida recordó que quizás ya estaba más allá de la mitad del valle. También se acordó de que ya había vencido muchos peligros, y que el riesgo de volver podía ser mayor que el de avanzar; resolvió, por tanto, proseguir. Pero, como los enemigos parecían acercarse cada vez más, y casi tocarlo, exclamó con todas sus fuerzas: Caminaré en la fuerza del Señor. A estas palabras, los enemigos huyeron, y no volvieron a perseguirlo.


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El Peregrino, semana 3, martes, capítulo 9

EL PEREGRINO

EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 9

SEMANA 3 - MARTES

Leer y orar: "En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones." (Ap. 22:2)


Cristiano llega al Valle de la Humillación (2)

Apolión - Ya que aún conservas la serenidad y sangre fría, piensa bien en lo que probablemente encontrarás en ese camino. Sabes que la mayoría de sus siervos tienen un fin desdichado, por haber transgredido contra mí y contra mis intenciones. ¡Cuántos no han sido víctimas de una muerte vergonzosa! Además, si su servicio es mejor que el mío, ¿por qué motivo no ha salido aún del lugar donde está para librar a los que le sirven? Yo soy lo contrario: cuántas veces, como puede atestiguarlo el mundo entero, ya sea por fuerza o por astucia, he librado a los que me sirven fielmente de sus manos y de las de los suyos, a pesar de que los tienen bajo su poder. Te prometo que haré lo mismo por ti.

Cristiano - Si él tarda en librarlos, según parece, es, en verdad, para probar más evidentemente su amor y ver si le permanecen fieles hasta el final. En cuanto al fin desdichado que dices que muchos han tenido, fue ese seguramente el fin más glorioso que podían tener. Porque, salvación presente no esperan ellos, que saben que se necesita tiempo para llegar a la gloria, y esta la tendrán cuando su Príncipe venga en su gloria, y en la de los ángeles.

Apolión - ¿Cómo puedes tú pensar en recibir salario, si ya has sido infiel en tu servicio?

Cristiano - ¿En qué fui infiel?

Apolión - ¡Vamos! apenas saliste de casa desfalleciste, cuando te viste en riesgo de ahogarte en el Pantano de la Desconfianza; luego intentaste, de varias formas, deshacerte del peso que llevabas, en lugar de esperar, como debías, que tu príncipe te librase de él. Después, te dormiste culpablemente, perdiendo en esa ocasión el objeto más precioso que poseías. El miedo a los leones también casi te hizo regresar, y, sobre todo, cuando hablas de tu viaje y de lo que has visto y oído, te domina interiormente el espíritu de la vanagloria.

Cristiano - Tienes mucha razón en lo que dices, y mucho más podrías aún decir, ¡pero el Príncipe a quien sirvo y venero es misericordioso y perdonador! Además, olvidas, sin duda, que esas debilidades se apoderaron de mí mientras estaba en tu país; allí fui vencido por ellas, y me costaron muchos pesares y muchos gemidos, pero me arrepentí de todo, ¡y mi Príncipe me perdonó!

Apolión, que ya no podía contener la ira que lo poseía, rompió en estos improperios: Soy enemigo de ese príncipe, aborrezco su persona, sus leyes, y su pueblo, y vengo con el firme propósito de impedirte el paso.

Cristiano - Mira bien lo que haces, Apolión, porque yo estoy en la calzada real, en el camino de la santidad, y, por lo tanto, soy muy superior a ti. Al oír esto, Apolión extendió las piernas hasta ocupar todo el ancho del camino, y dijo: - No creas que te tengo miedo; prepárate para morir, pues te juro, por el abismo infernal en que habito, que no pasarás de aquí. Voy a arrancarte el alma. Y, al mismo tiempo, lanzó con gran furia un dardo de fuego contra el pecho de Cristiano, este, que tenía el escudo en el brazo, lo detuvo con él y escapó del peligro.

Cristiano desenvainó enseguida la espada, reconociendo que era tiempo de acometer [atacar], y Apolión se lanzó sobre él, lanzando rayos tan numerosos [intensos] como granizo, hasta el punto de herir a Cristiano en la cabeza, en las manos y en los pies, a pesar de los esfuerzos que hacía para defenderse. Estas heridas lo hicieron retroceder un poco, circunstancia que Apolión aprovechó para volver al asalto con mayor energía; pero Cristiano, reanimándose, resistió con el mayor denuedo [osadía, valentía].

Esta furiosa lucha se prolongó hasta cerca del mediodía, hora en que se agotaron las fuerzas de Cristiano, que, por causa de las heridas, iba debilitándose cada vez más.

Apolión no dejó de aprovechar esta ventaja, y abandonando los dardos, lo acometió cuerpo a cuerpo. El choque fue tan rudo que Cristiano dejó caer la espada. - Ahora eres mío - exclamó Apolión, estrechándolo con tanta fuerza que por poco no lo sofocó.

Cristiano supuso que iba a morir; pero quiso Dios que, en el momento en que Apolión iba a descargar el último golpe, Cristiano echara rápidamente mano de la espada, que estaba en el suelo, y exclamara: "No te alegres de mí, oh enemiga mía; porque aunque caí, me levantaré" (Miq. 7:8). Y le asestó una estocada mortal, que lo obligó a retirarse, como quien recibe el golpe final. Al ver esto, Cristiano redobló su energía, y lo atacó de nuevo, diciendo: "Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó" (Rom. 8:37).

Apolión abrió sus alas de dragón, huyó apresuradamente, y Cristiano no lo vio más (Santiago 4:7). Solo quien, como yo, presenció este combate puede hacerse idea de los espantosos y horribles gritos y rugidos que Apolión lanzó durante la lucha. Su voz era semejante a la del dragón, y contrastaba con los suspiros y gemidos lastimosos que salían del corazón del Peregrino. Larga fue la pelea, y durante ella solo brilló en los ojos de Cristiano una mirada de alegría cuando hirió a Apolión con su espada de dos filos. Miró entonces al cielo y sonrió. ¡Nunca presencié una lucha tan encarnizada!

Terminado el combate, pensó Cristiano en dar gracias a aquel que lo libró de la boca del león, a aquel que lo auxilió contra Apolión. Y, arrodillándose, exclamó: Belcebú había resuelto perderme, enviando armado contra mí a ese secuaz; largo fue el combate, terrible fue la lucha; pero el Bendito, el Santo, vino en mi auxilio, lo obligó a huir por la fuerza de mi espada; alabado sea el Señor eternamente, gracias y mil bendiciones sean dadas a su santísimo nombre.

Entonces una mano misteriosa le ministró algunas hojas del árbol de la vida (Apoc. 22:2). Cristiano las aplicó sobre las heridas que había recibido en la pelea, y quedó completamente curado. Luego se sentó en aquel lugar, para comer del pan y beber del vino que poco antes le habían dado. Así fortalecido, siguió su camino, llevando en la mano la espada desenvainada, con temor de que algún otro enemigo le saliese al encuentro. Sin embargo, nada más se le opuso en todo el valle.

Pasado el Valle de la Humillación, entró en el Valle de Sombra de Muerte, que es atravesado por el camino que conduce a la Ciudad Celestial; este valle es muy solitario, como nos lo describe el profeta Jeremías.

Un desierto, una tierra despoblada y sin camino, tierra de sed, imagen de la muerte, tierra en la cual no anduvo varón sin ser cristiano, ni habitó hombre (Jer. 2:6).

Si fue terrible la lucha entre Cristiano y Apolión, no lo fue menos la que tuvo que sostener en este valle.


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sábado, 28 de junio de 2025

El Peregrino, semana 3, lunes, capítulo 9

EL PEREGRINO

EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 9

SEMANA 3 - LUNES

Leer y orar: "Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor." (Romanos 6:23)


Cristiano llega al valle de la Humillación,
donde es asaltado por el feroz Apolión, pero lo vence
con la espada del Espíritu y con la fe en la palabra de Dios.

SE DECIDIÓ entonces la partida de nuestro peregrino, con el consentimiento de los habitantes del palacio; pero antes de partir, lo llevaron nuevamente al arsenal, donde lo armaron con armas de la más fina templanza, para defenderse en el camino si fuera atacado. Luego lo acompañaron hasta la puerta, donde él preguntó al portero si, durante su estancia en el palacio, había pasado algún viajero. El portero le respondió afirmativamente.

Cristiano - ¿Acaso lo conoces?

Portero - No, pero le pregunté su nombre, y me dijo que se llamaba Fiel.

Cristiano - ¡Ah! ¡Ya sé quién es! Lo conozco perfectamente; es mi paisano y vecino, y viene de mi tierra. ¿Irá ya muy lejos?

Portero - Debe de ir por el final de la cuesta.

Cristiano - Gracias, buen hombre; que el Señor esté contigo y aumente sus bendiciones por el bien con que me has tratado.

Y partió. Discreción, Piedad, Caridad y Prudencia quisieron acompañarlo hasta el final del desfiladero, y todos fueron conversando sobre los asuntos que ya habían tratado.

Al llegar a la cuesta, dijo:

Cristiano - La subida me pareció difícil, pero la bajada no ha de ser menos peligrosa.

Prudencia - Así es. Siempre hay peligro para el hombre que desciende al Valle de la Humillación, adonde te diriges, de resbalar; y también son peligrosos los obstáculos que allí se encuentran. Por eso vinimos a acompañarte.

Cristiano iba descendiendo con mucha cautela, pero no sin tropezar más de una vez. Cuando llegaron al final de la pendiente, los personajes que lo acompañaban se despidieron de él, le dieron un pan, una botella de vino y un racimo de uvas.

Tan pronto como entró en el valle, comenzó Cristiano a verse en apuros. Apenas había dado algunos pasos, se le presentó un abominable demonio, llamado Apolión. Cristiano tuvo miedo y empezó a reflexionar si sería mejor huir o mantenerse firme en su puesto. Pero se acordó de que la armadura no le protegía la espalda y que, por lo tanto, darle la espalda al enemigo sería darle grandes ventajas, pues podría herirlo con sus flechas.

Se decidió, pues, a tener valor y a mantenerse firme, único recurso que le quedaba para conservar la vida.

Dio algunos pasos más y se encontró cara a cara con el enemigo. Era horrible el aspecto del monstruo; estaba cubierto de escamas, semejantes a las de los peces; tenía alas como de dragón y patas de oso; de su vientre salía humo y fuego, y su boca era semejante a la boca del león. Al acercarse a Cristiano, le lanzó una mirada de desprecio, y le habló en estos términos:

Apolión - ¿De dónde vienes y a dónde vas?

Cristiano - Vengo de la ciudad de Destrucción, albergue de todo mal, y voy a la ciudad de Sion.

Apolión - ¿Quieres decir con eso que eras mi súbdito, porque toda esa región me pertenece, y la domino como príncipe y dios? ¿Y te atreviste a rebelarte contra el dominio de tu rey? ¡Ah! Si no esperara que aún me servirás mucho, ¡te aplastaría de un solo golpe!

Cristiano - Es cierto que nací en tus dominios; pero tu servicio era tan pesado, y la paga tan miserable, que ni siquiera me alcanzaba para vivir, porque la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23). De modo que, cuando llegué a tener uso de razón, hice como la gente sensata: procuré mejorar mi suerte.

Apolión - Ningún príncipe gusta de perder a sus súbditos por poca cosa; y yo, por mi parte, no quiero perderte. Así que, como te quejas del servicio y del pago, vuelve de buena voluntad a tu tierra, que te prometo darte todo cuanto se puede dar en mis dominios.

Cristiano - Ahora estoy al servicio del Rey de reyes, así que no puedo ir otra vez contigo.

Apolión - Has ido de mal en peor, como dice el refrán; pero generalmente, los que han profesado ser siervos de tal rey, pronto se emancipan de su yugo, y, tomando mejor consejo, vuelven otra vez a mí. Haz tú como ellos, y todo te irá bien.

Cristiano - Le di mi palabra y le juré fidelidad; si desistiera ahora, ¿no merecería ser ahorcado por traidor?

Apolión - Así te portaste conmigo, y, a pesar de eso, estoy dispuesto a olvidar todo, si quieres volver.

Cristiano - Las promesas que te hice fueron hechas antes de llegar a la adolescencia, y no tienen valor alguno. Además, espero que el príncipe, bajo cuyas banderas ahora sirvo, me absolverá y me perdonará todo lo que hice para agradarte. Y, sobre todo, quiero hablarte francamente: su servicio, su paga, sus siervos, su gobierno, su compañía y su país me agradan muchísimo más que los tuyos. Pierdes tu tiempo si intentas persuadirme de lo contrario; soy su siervo, y estoy resuelto a seguirle.


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jueves, 26 de junio de 2025

El Peregrino, semana 3, domingo, capítulo 8

EL PEREGRINO
EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 8

SEMANA 3 - DOMINGO

Leer y orar: "¡Cuán preciosa, oh Dios, es tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas. Serán completamente saciados de la grosura de tu casa, y tú los abrevarás del torrente de tus delicias." (Salmo 36:7-8)


Cristiano en el Palacio Hermoso (2)

Observé además, en mi sueño, que así continuaron conversando hasta que la cena fue preparada, después de lo cual se sentaron a la mesa, que estaba provista de manjares sustanciosos y excelentes vinos.

La conversación, durante la cena, versó sobre el Señor del Desfiladero, sobre lo que Él había hecho y las razones que lo habían llevado a edificar aquella casa. Por lo que oí, pude comprender que había sido un gran guerrero, y que había combatido y vencido a aquel que tenía el poder de la muerte (Hebreos 2:14-15), pero no sin correr gran peligro, lo que le daba derecho a ser aún más amado.

Porque, según dijeron, y creo haber oído decir a Cristiano, el Señor logró esta victoria a costa de mucha sangre; pero lo que hizo esta gracia aún más gloriosa fue que Él lo hizo solo por el amor que consagró a esta tierra. Y algunos de la familia afirmaron incluso que lo habían visto y que le habían hablado después de que Él muriera en la cruz, y también aseguraban que Él había dicho que no era posible encontrar otro igual, de oriente a occidente; tanto así que se despojó de su gloria para llevar a cabo lo que hizo, y que su deseo era tener muchos que, con Él, habitaran en el monte Sion, para lo cual hizo príncipes a aquellos que, por naturaleza, eran mendigos nacidos en el lodo (1 Samuel 2:8; Salmo 113:8).

En esta conversación, tan agradable, se entretuvieron hasta altas horas de la noche, y se retiraron a sus aposentos, después de haberse encomendado a la protección del Señor. El cuarto destinado a Cristiano estaba en el piso superior del palacio; se llamaba Sala de la Paz, y tenía una ventana que daba al oriente. Allí durmió nuestro Peregrino tranquilamente hasta el amanecer, y, al despertar, entonó un cántico que, en dulces versos, decía: "¡Oh, cuán agradables son estas moradas! En verdad, esta es la casa del Señor, esta es la puerta del cielo. ¡Bendito seas, Jesús, que así provees a las necesidades de los pobres peregrinos, perdonando sus pecados y permitiéndoles descansar en las alturas!"

Después de que todos se levantaron, y de haber intercambiado entre sí los saludos de la mañana, Cristiano se disponía a partir, lo que solo le permitieron después de haberle mostrado algunas cosas extraordinarias que había en el palacio.

Lo llevaron, en primer lugar, al Archivo, donde le presentaron el árbol genealógico del Señor, y según el cual Él descendía nada menos que del Anciano de Días, habiendo sido concebido entre resplandores eternos, antes de que existiera el lucero de la mañana.

También allí vio escritas en caracteres de luz, todas sus acciones y toda su vida, así como los nombres de muchos centenares de siervos que habían conquistado reinos, practicado justicia, alcanzado promesas, vencido leones, extinguido incendios terribles, evitado el filo de la espada, escapado de enfermedades peligrosas, combatido valientemente en las guerras y desbaratado los campos del enemigo (Hebreos 11:33-34).

Le mostraron luego, en otro lugar del Archivo, la buena disposición en que el Señor estaba de admitir a su favor a cualquier persona que, en otros tiempos, lo hubiera combatido o a sus designios.

Igualmente le mostraron varias reseñas de hechos ilustres, tanto de la antigüedad como de tiempos modernos, así como predicciones y profecías que, en su debido tiempo, se han cumplido; todo para el terror y confusión de los enemigos, y para satisfacción y gozo de los amigos.

Al día siguiente lo condujeron al arsenal, donde le mostraron armaduras de toda clase, que el Señor había destinado a los peregrinos: espadas, escudos, yelmos, corazas, rueda-oración¹ y borceguíes² que duran eternamente. Era tal la abundancia de pertrechos de guerra, que bastarían para armar a tantos hombres al servicio de su Señor como estrellas hay en el cielo.

También le mostraron los objetos con los que algunos siervos habían hecho maravillas prodigiosas: la vara de Moisés, el clavo y el martillo con los que Jael mató a Sísara; los cántaros, las trompetas y las lámparas con las que Gedeón derrotó a los ejércitos de Madián; la reja del arado con la que Samgar mató a seiscientos hombres; la quijada con la que Sansón realizó grandes hazañas; la honda y la piedra con las que David mató a Goliat de Gat, y la espada con la que el Señor matará al hombre de pecado el día que éste se levante contra la presa; mostrándole, en suma, muchas otras cosas excelentes, a la vista de las cuales, Cristiano sintió un gozo inefable. Y, como el día había declinado, nuevamente se entregaron al descanso.

Al día siguiente, Cristiano quería partir, pero le pidieron que se quedara un día más, para mostrarle, si la atmósfera estaba despejada, las montañas de las Delicias, cuya vista mucho contribuiría a consolarlo, por estar aquellas montañas más próximas al puerto hacia donde se dirigía que del lugar en el que se encontraba actualmente. Cristiano accedió al pedido.

Subieron, pues, por la mañana, a la terraza del palacio, del lado que mira al sur, y, a gran distancia, pudo Cristiano descubrir un país montañoso y agradabilísimo, bordeado de bosques, viñas, huertos y jardines de toda clase, alternados con arroyos y lagos de singular belleza (Isaías 33:16-17). Ese país, le dijeron, es el país de Emanuel, y es tan libre como este lugar para todos los peregrinos. Desde allí divisarás la puerta de la Ciudad Celestial. Los pastores de aquellas montañas te enseñarán el camino.


______________________

¹ Corazas rueda-oración: forma compuesta o poética para describir un círculo de oración.

² Borceguíes: botas o botines de cuero, muchas veces usados por soldados o viajeros en la Edad Media o en tiempos antiguos.


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El Peregrino, semana 2, sábado, capítulo 8

EL PEREGRINO
EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 8

SEMANA 2 - SÁBADO

Leer y orar: “Pero anhelaban una patria mejor, esto es, celestial. Por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse su Dios; porque les ha preparado una ciudad.” (Hebreos 11:16)


Cristiano en el Palacio Hermoso (1)

Piedad – Continúa. Algo más habrás visto.

Cristiano – Ya os referí lo principal y lo mejor. También encontré a tres individuos, Simpleza, Pereza y Presunción, dormidos fuera del camino, con cadenas en los pies y a quienes en vano intenté despertar.

Encontré después a Hipocresía y Formalista, que saltaron por encima del muro, pretendiendo ir a Sion; pero se perdieron poco después, por no querer escucharme. También hallé muy penosa la subida del desfiladero, y aún más terrible el paso entre las bocas de los leones. Si no fuera por el portero, que me animó con sus palabras, tal vez habría retrocedido. Pero, gracias a Dios, he aquí que estoy felizmente aquí, y os agradezco la hermosa hospitalidad que me brindáis. Prudencia, tomando entonces la palabra, le preguntó:

Prudencia – ¿No piensas algunas veces en el país que dejaste?

Cristiano – Sí, señora, aunque con mucha repugnancia y vergüenza. Si lo hubiera deseado, podría haber regresado, porque tuve suficiente tiempo y ocasión para hacerlo; sin embargo, anhelo una patria mejor, la patria celestial (Hebreos 11:15-16).

Prudencia – ¿No traes contigo algunas cosas con las que estabas familiarizado antes de partir?

Cristiano – Traigo, sí, señora; pero muy contra mi voluntad, especialmente mis pensamientos carnales, que tanto me agradaban a mí y a mis compatriotas. Ahora, sin embargo, todas esas cosas me pesan tanto que, si sólo dependiera de mi voluntad, nunca más pensaría en ellas. No obstante, cuanto más deseo hacer lo mejor, tanto más hago lo peor (Romanos 7:15-21).

Prudencia – ¿Y no sientes, algunas veces, casi vencidas las cosas que, en otras ocasiones, te llenaban de confusión?

Cristiano – Lo siento, pero pocas veces; aun así, cuando eso sucede, me parece que esas horas son para mí de oro.

Prudencia – ¿Y recuerdas los medios por los cuales vences esos males en tales ocasiones?

Cristiano – ¿Que si los recuerdo? Cuando medito en lo que vi, y en lo que pasó junto a la Cruz; cuando contemplo este vestido bordado; cuando me alegro al mirar este diploma, y cuando pienso en lo que me espera, si tengo la dicha de llegar al lugar hacia el que me dirijo, entonces me parece que esos males, que tanto me afligen, desaparecen por completo.

Prudencia – ¿Y por qué motivo anhelas tanto llegar al monte Sion?

Cristiano – ¡Oh! porque espero encontrar allí, vivo, a Aquel que hace poco vi clavado en la cruz; espero, cuando llegue, verme libre de lo que tanto me oprime ahora, porque allí no entra la muerte, y porque tendré en ese lugar la compañía que más me agrada (Isaías 25:8; Apocalipsis 21:3-4). Amo mucho a Aquel que, con su muerte, me libró de la carga que me agobiaba. Mis enfermedades interiores me han afligido mucho. Deseo llegar al país donde no habrá más muerte, y anhelo tener compañeros como los que están cantando sin cesar: ¡Santo, Santo, Santo! Caridad tomó entonces la palabra:

Caridad – ¿Tienes familia? ¿Estás casado?

Cristiano – Tengo esposa y cuatro hijos.

Caridad – Entonces, ¿por qué no los trajiste contigo?

Cristiano – (Llorando). Con la mejor voluntad los habría traído; pero, lamentablemente, los cinco eran contrarios a mi viaje, y se opusieron a él con todas sus fuerzas.

Caridad – Pero debiste haberles hablado, y haberte esforzado por convencerlos del peligro que corrían.

Cristiano – Así lo hice, mostrándoles también lo que Dios me había revelado acerca de la ruina de nuestra ciudad. Pero me juzgaron loco, y no me escucharon (Génesis 19:14); señalando que acompañé este consejo con ferviente oración al Señor, porque amaba mucho a mi esposa y a mis hijos.

Caridad – Supongo que les hablaste con bastante energía de tu dolor y del miedo que tenías de la destrucción, porque creo que veías claramente cuán inminente era tu ruina.

Cristiano – Y, en verdad, así lo hice, no una, sino muchas veces, y, además, mi temor era muy evidente en mi semblante, en mis lágrimas y en el miedo que me inspiraba la idea del juicio que pesaba sobre nuestras cabezas. Pero nada fue suficiente para persuadirlos a que me siguieran.

Caridad – ¿Y qué razones alegaron para no seguirte?

Cristiano – Mi esposa temía perder este mundo, y mis hijos estaban totalmente entregados a los placeres de la juventud; he ahí el motivo por el cual me dejaron emprender solo mi viaje.

Caridad – ¿Y no serías tú quien, por tu vida vana, inutilizabas los consejos que les dabas para que te siguieran?

Cristiano – Es verdad que nada puedo decir en defensa de mi vida, porque sé cuán imperfecta ha sido, y también sé que cualquier hombre puede anular, con su conducta, lo que procura persuadir a otros con sus palabras, para su bien. Pero lo que puedo asegurar es que evitaba cuidadosamente darles ocasión, con cualquier acción inconveniente, para que ellos se negaran a acompañarme en mi peregrinación; tanto es así que me acusaban de exagerado y de privarme, por causa de ellos, de cosas que, a su parecer, no tenían ningún mal; y puedo añadir aún que lo que veían en mí era mi gran preocupación por no pecar contra Dios y por no causar daño a mi prójimo.

Caridad – Es cierto que Caín aborreció a su hermano (1 Juan 3:12), porque las obras de Abel eran buenas, y las de él malas; y esa fue la causa por la cual tu esposa y tus hijos se enemistaron contigo; se mostraron, con ese proceder, implacables para con el bien, y tú libraste tu alma de la sangre de ellos (Ezequiel 3:19).


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El Peregrino, semana 2, viernes, capítulo 8

EL PEREGRINO
EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 8

SEMANA 2 - VIERNES

Leer y orar: “Mi Dios envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones para que no me hiciesen daño, porque ante él fui hallado inocente; y aun delante de ti, oh rey, yo no he hecho nada malo.” (Dn 6:22)


Cristiano pasa ileso entre los leones,
y llega al Palacio Hermoso, donde es recibido
afablemente y tratado con la mayor atención y cariño.

VI, en mi sueño, que al ver el palacio, Cristiano apresuró el paso, con la esperanza de encontrar allí alojamiento. Pero antes de llegar encontró un pasaje muy estrecho, a unos cien pasos del palacio, y vio, a cada lado del camino, un terrible león. He aquí el peligro, dijo Cristiano para sí mismo, que obligó a Temeroso y Desconfianza a retroceder. (Los leones estaban con gruesas cadenas, pero Cristiano no lo notó). Y también yo debo retroceder, porque veo que aquí solo la muerte me espera. Pero el portero del palacio, cuyo nombre era Vigilante, al notar la indecisión de Cristiano, le gritó:

— ¿Tienes tan pocas fuerzas? (Marcos 4:40). No temas a los leones, porque están encadenados, y están allí solo para probar la fe o la incredulidad; pasa por el medio del camino, y ningún mal te sobrevendrá.

Cristiano decidió entonces pasar. Aunque temblando de miedo, cumplió estrictamente las instrucciones de Vigilante, y, aunque oyó los rugidos de las dos fieras, no recibió daño alguno de ellas. Aplaudió de alegría, y en cuatro saltos, llegó a la portería del palacio, y así interrogó a Vigilante.

Cristiano — ¿A quién pertenece este palacio? ¿Me permitirán pasar la noche aquí?

Vigilante — Este palacio pertenece al Señor del Desfiladero, y fue construido expresamente para servir de descanso y refugio a los caminantes. Y tú, ¿de dónde vienes y hacia dónde vas?

Cristiano — Vengo de la ciudad de la Destrucción y me dirijo al monte Sion; fui sorprendido por la noche y deseaba pasarla aquí, si no hay inconveniente.

Vigilante — ¿Cómo te llamas?

Cristiano — Ahora me llamo Cristiano; antes me llamaba Privado-de-Gracia. Soy de la descendencia de Jafet, a la cual Dios persuadió a habitar en las tiendas de Sem (Génesis 9:27).

Vigilante — Llegas muy tarde. Hace mucho que el sol se ha puesto.

Cristiano — Me sucedieron grandes infortunios. Primero, me dejé vencer por el sueño en el lugar de descanso, que está en la ladera del desfiladero. A pesar de eso, podría haber llegado aquí más temprano si, mientras dormía, no hubiera dejado caer de mis manos mi diploma, cuya falta solo noté cuando llegué a la cima del monte. Tuve que volver atrás, y doy gracias a Dios por haber permitido que encontrara el precioso documento. Estas son las causas de mi demora.

Vigilante — Está bien. Ahora voy a llamar a una de las doncellas que habitan el palacio, para hablar contigo y presentarte al resto de la familia, según la costumbre de la casa, si le agrada tu conversación.

Tocó una campanilla, al sonido de la cual apareció una doncella, grave y hermosa, que se llamaba Discreción, y que se dispuso a preguntar por qué la llamaban.

Vigilante — Este hombre es un caminante que, desde la ciudad de la Destrucción, se dirige al monte Sion. La noche lo sorprendió en el camino, y está muy fatigado; desea saber si podrá recibir alojamiento aquí esta noche. Discreción lo interrogó sobre su jornada y los acontecimientos ocurridos durante ella, y como recibió respuestas satisfactorias a todo lo que deseaba saber, le preguntó:

Discreción — Dígame su nombre.

Cristiano — Me llamo Cristiano. Y, como me dijeron que este edificio fue construido expresamente para seguridad y refugio de los caminantes, deseaba que me permitieran pasar aquí la noche.

Discreción sonrió, mientras algunas lágrimas deslizaban por sus mejillas, y añadió: Déjeme llamar a algunas personas de mi familia. Y llamó a Prudencia, Piedad y Caridad, que después de hablar con él durante algunos momentos, lo introdujeron en el palacio.

Muchos de sus habitantes salieron a recibir a Cristiano, cantando: Entra, bendito del Señor; para caminantes como tú fue edificado este palacio. Cristiano les hizo una reverencia, y los siguió al interior de la casa. Se sentó, y le sirvieron una ligera comida, mientras se preparaba la cena. Y, para aprovechar el tiempo, entablaron el siguiente diálogo:

Piedad — Buen Cristiano, has presenciado el cariño y benevolencia con que te hemos tratado; cuéntanos, pues, para nuestra edificación, algunas aventuras de tu viaje.

Cristiano — Con mucho gusto. Y me alegra veros tan bien dispuestos conmigo.

Piedad — Cuéntame cuál fue la causa que te movió a emprender esta peregrinación.

Cristiano — Lo que me obligó a dejar mi patria fue una voz tremenda que continuamente clamaba a mis oídos: Si no sales de aquí, infaliblemente perecerás.

Piedad — ¿Por qué escogiste este camino?

Cristiano — Porque así lo quiso Dios. Yo estaba temblando y llorando, sin saber hacia dónde huir, cuando me salió al encuentro un hombre, llamado Evangelista, que me encaminó a la puerta estrecha, que yo, solo, nunca habría encontrado, y me indicó el camino que directamente me trajo a este lugar.

Piedad — ¿Y pasaste por la casa del Intérprete?

Cristiano — Pasé, y por mucho que viva jamás olvidaré las cosas que allí aprendí, principalmente tres:

  1. Cómo Cristo mantiene en el corazón la obra de la gracia, a pesar de los esfuerzos de Satanás;

  2. Cómo el hombre, por el exceso de sus pecados, llega a desesperar de la misericordia de Dios;

  3. La visión de quien, soñando, presenciaba el juicio universal.

Piedad — ¿Oíste contar ese sueño?

Cristiano — Lo oí, y era, en verdad, terrible. Ahora, sin embargo, me alegro mucho de haberlo escuchado.

Piedad — ¿Y no viste nada más en casa del Intérprete?

Cristiano — Vi un magnífico palacio, cuyos habitantes estaban vestidos de oro. En la entrada del palacio vi a un hombre valiente que, abriéndose paso entre la gente armada que se le oponía, logró entrar, al mismo tiempo que oía las voces de los habitantes, que lo animaban a conquistar la gloria eterna. Con gusto me habría quedado un año entero en aquella casa, pero aún tenía mucho que andar, y por eso partí de allí y continué mi camino.

Piedad — ¿Y después, qué viste?

Cristiano — Apenas había andado un poco, cuando vi a un hombre clavado en una cruz, todo lleno de heridas y de sangre. Al verlo, cayó de mis hombros un peso muy incómodo, bajo el cual iba gimiendo. Fue grande mi sorpresa, porque nunca había visto cosa semejante. Y, mientras, admirado, miraba a aquel hombre, se me acercaron tres personajes resplandecientes; uno me dijo que mis pecados quedaban perdonados; otro me quitó los andrajos que me cubrían, y me dio este espléndido vestido que ves, y, finalmente, el tercero me selló en la frente y me dio este diploma.


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martes, 24 de junio de 2025

El Peregrino, semana 2, jueves, capítulo 7

EL PEREGRINO
EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 7

SEMANA 2 - JUEVES

Leer y orar: "Por lo cual dice: Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo." (Ef 5:14)


Los otros caminantes también llegaron al comienzo del desfiladero, pero al contemplar aquellos peñascos y riscos, y ver que había otros dos caminos mucho más fáciles, que probablemente llevaban al mismo lugar donde terminaba aquel por el que avanzaba Cristiano, decidieron tomar cada uno el suyo.

Así, uno fue por el camino del Peligro, internándose en un bosque tenebroso; el otro tomó el de Muerte Eterna, que lo condujo a un campo extenso, lleno de montañas oscuras, donde tropezó y cayó para no levantarse jamás.

Volví mi mirada hacia Cristiano, para contemplarlo en su peligrosa ascensión.

¡Qué esfuerzo! ¡Qué fatiga la suya! No podía correr, y había momentos en que hasta caminar le era difícil, debiendo ayudarse con las manos. Por fortuna, había a medio camino un lugar de descanso, preparado por el Señor del camino para el consuelo y refrigerio de los viajeros fatigados. Al llegar allí, Cristiano se sentó a descansar.

Sacó del bolsillo su diploma, para recrearse y consolarse con su lectura, y para examinar el vestido que le habían dado al pie de la cruz. Pero, mientras descansaba, le sobrevino el sueño, durante el cual el diploma se le cayó de las manos, y no despertó sino cerca de la noche. Aún dormía, cuando alguien se acercó y le dijo: "Ve, perezoso, a la hormiga, mira sus caminos, y sé sabio" (Proverbios 6:6). A esta advertencia despertó y se levantó de inmediato, continuando su marcha con mayor prisa, hasta llegar a la cima del monte.

Cuando ya iba llegando, le salieron al encuentro Temeroso¹ y Desconfianza, que corrían de regreso. —¿Por qué volvéis atrás? —les preguntó Cristiano.

Temeroso — Íbamos a la ciudad de Sion, habiendo ya vencido las dificultades de este desfiladero; pero, a medida que avanzábamos, encontrábamos mayores obstáculos, hasta el punto de parecernos más prudente retroceder y abandonar la empresa.

Desconfianza — Es la pura verdad. A poca distancia de aquí encontramos dos leones en el camino; si dormían o estaban despiertos no lo sabemos, pero temimos acercarnos, porque podrían despedazarnos.

Cristiano — Vuestras palabras me atemorizan; pero ¿a dónde podría yo huir, con seguridad? Si regreso a mi país, mi ruina es segura, porque aquella tierra está condenada al fuego y al azufre; pero si logro alcanzar la Ciudad Celestial, estaré seguro para siempre. ¡Adelante, pues, tengamos confianza! Retroceder es ir al encuentro de la muerte cierta; avanzar es solo temer la muerte, pero con la vida eterna en perspectiva. ¡Adelante, pues!

Y continuó su camino, mientras Temeroso y Desconfianza descendían el monte.

Sin embargo, las palabras de aquellos dos individuos lo preocupaban, y, para animarse y consolarse, buscó en su pecho el diploma, ¡pero no lo encontró! Grande fue su aflicción y confusión al faltarle aquel diploma que tanto lo consolaba y era su salvoconducto para entrar en la Ciudad Celestial.

Recordó entonces que había dormido en el camino y, cayendo de rodillas, pidió perdón al Señor, y volvió atrás, en busca del documento que había perdido. ¡Pobre Cristiano! ¿Quién podrá expresar la amargura que le embargaba el alma? Suspiraba, derramaba abundantes lágrimas, y a sí mismo se reprendía por haber cometido la insensatez de haberse dejado vencer por el sueño en un lugar destinado únicamente al descanso y refrigerio.

Miraba cuidadosamente a un lado y al otro del camino, buscando su diploma, y así llegó al sitio donde se había dormido. Allí su dolor se hizo más intenso, y se agravó la herida de su pesar al contemplar el lugar que le recordaba una desgracia tan sensible (Apocalipsis 2:4-5; 1 Tesalonicenses 5:6).

Prorrumpió en los siguientes lamentos: ¡Miserable y desdichado de mí! ¡Dormirme durante el día! ¡Dormir en medio de tantas dificultades! ¡Consentir con la carne y darle descanso en un lugar destinado solamente al reposo momentáneo de los viajeros! Así les ocurrió a los israelitas, que, por sus pecados, fueron obligados a volver por el camino del Mar Rojo.

¡Infeliz de mí! que me veo obligado a dar estos pasos con tanto dolor, lo cual no habría sucedido si no hubiese cedido a ese sueño de pecado; ¡cuán avanzado estaría ya en mi camino! Tener que recorrer tres veces el tramo que solo una vez debía haber andado; y, lo que es peor aún, ¡ser probablemente sorprendido por la noche, porque el día está por terminar! ¡Cuánto mejor me habría sido resistir al peso del sueño!

Absorto en estos pensamientos, llegó al lugar de descanso. Se sentó por algunos momentos, para dar libre curso a su llanto, hasta que, finalmente, permitió la Providencia que, al volver la mirada en torno al banco donde estaba sentado, se encontrara con el diploma; lo recogió presuroso y volvió a guardarlo junto a su pecho.

Me sería imposible describir el júbilo que se apoderó de este hombre al verse nuevamente en posesión de aquel precioso documento, garantía de su vida y salvoconducto para el puerto que anhelaba. Lo guardó en su pecho, dio gracias a Dios por haberle permitido encontrarlo, y, llorando de alegría, reemprendió el camino, ya sonriente y ligero, aunque no tanto como para evitar que el ocaso del sol lo sorprendiera antes de llegar a la cima del monte.

¡Funesto sueño! —decía Cristiano en medio de su dolor— tú fuiste la causa de que ahora tenga que hacer mi jornada de noche. El sol ha dejado de alumbrarme. Mis pies no sabrán qué camino pisan, y a mis oídos solo llegarán los rugidos de los animales nocturnos. ¡Ay de mí! Es de noche cuando los leones que Temeroso y Desconfianza encontraron en el camino salen en busca de su presa. Si los hallo en medio de las tinieblas, ¿quién me salvará de sus garras? (Apocalipsis 3:2; 1 Tesalonicenses 5:7-8).

Tales eran los pensamientos de Cristiano. Sin embargo, al levantar la vista, vio un magnífico palacio, situado justo frente al camino, el cual se llamaba el Palacio Hermoso.


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¹ que tiene temor; que teme equivocarse; miedoso, tímido. Alguien que se muestra vacilante, retraído.


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El Peregrino, semana 2, miércoles, capítulo 7

EL PEREGRINO
EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 7

SEMANA 2 - MIÉRCOLES

Leer y orar: "sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Cristo Jesús, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, porque por las obras de la ley nadie será justificado." (Gálatas 2:16)


Cristiano encuentra a Ingenuo, Pereza y Presunción
entregados a un profundo sueño; es despreciado por Formalista
y por Hipocresía; sube el Desfiladero de la Dificultad; pierde el diploma y lo vuelve a hallar.

TERMINADA esta escena, Cristiano prosiguió su camino, y al bajar la ladera del monte en cuya cima ocurrieron los hechos que acabo de relatar, vio, a poca distancia del sendero, a tres individuos llamados Ingenuo, Pereza y Presunción, profundamente dormidos y con los pies atados por cadenas de hierro.

Se acercó a ellos para despertarlos, y les gritó: Despertad, que sois como los que duermen en la punta de un mástil (Proverbios 23:34), teniendo a sus pies el Mar Muerto, que es un abismo sin fondo. Levantaos y venid conmigo, que os ayudaré a libraros de esas cadenas, porque si pasa por aquí el león rugiente, sin duda caeréis en sus terribles garras (1 Pedro 5:8).

Los tres despertaron; miraron a Cristiano, pero no prestaron atención a lo que decía. No veo que haya peligro alguno, dijo Ingenuo. Déjame dormir un poco más, añadió Pereza, y Presunción le dijo que no se metiera en su vida y que dejara en paz a quien estaba tranquilo. Y siguieron durmiendo, dejando que Cristiano continuara su camino.

Este siguió caminando, aunque triste y afligido al ver que aquellos hombres, en tan inminente peligro, se negaban, con tal obstinación, a aceptar la generosa oferta que les había hecho, de ayudarles a librarse de sus cadenas, después de haberlos despertado de su funesto sueño y de haberles dado saludables consejos.

Entregado a estos pensamientos, caminaba Cristiano, cuando de pronto, con gran sorpresa, vio saltar del muro que protegía el camino angosto a dos hombres que, aparentemente, se dirigían hacia él; se llamaban Formalista e Hipocresía. Al llegar junto a Cristiano, se entabló entre ellos el siguiente diálogo:

Cristiano – ¿De dónde venís, señores, y a dónde vais?

Formalista e Hipocresía – Somos naturales de la tierra de Vanagloria, y vamos en busca de alabanzas al monte Sion.

Cristiano – ¿Pero cómo no entrasteis por la puerta que está al comienzo del camino? ¿Ignoráis que está escrito: "El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ese es ladrón y salteador"? (Juan 10:1)

Formalista e Hipocresía – La gente de nuestro país considera, y con razón, que es necesario dar un gran rodeo para llegar a la puerta, y sabe que es más fácil saltar el muro. Es verdad que, actuando así, transgreden la voluntad revelada del Señor, pero tienen esta costumbre desde hace más de mil años, y ya sabéis que la costumbre hace la ley.

No cabe duda de que, si esta cuestión se llevara ante un tribunal, un juez imparcial fallaría a nuestro favor. Además, de lo que se trata es de entrar en el camino; por dónde se entra es lo de menos. Vosotros entrasteis por la puerta, nosotros saltamos el muro; pero lo cierto es que todos estamos en el camino, y no entendemos que haya ventaja de vuestro lado.

Cristiano – No puedo estar de acuerdo con vosotros. Yo sigo la regla establecida por el Amo, y vosotros os dejáis guiar por los impulsos de vuestros caprichos, siendo considerados, con toda razón, por el Señor del camino, como unos salteadores. Estoy absolutamente convencido de que al final de vuestro viaje no seréis tenidos por hombres de fe y de verdad. Entrasteis sin la aprobación del Señor, saldréis sin su misericordia.

Formalista e Hipocresía – Puede que todo lo que decís sea muy cierto, pero lo mejor es que cada uno se ocupe de sí mismo y deje en paz a los demás. Que sepáis que guardamos las leyes y los mandamientos tan escrupulosamente como vosotros, y la única diferencia que hay entre nosotros es ese vestido que lleváis, probablemente porque alguien os lo dio para cubrir la vergüenza de vuestra desnudez.

Cristiano – Os equivocáis rotundamente si pensáis que las leyes y los mandamientos os salvarán, y no habéis entrado por la puerta estrecha (Gálatas 2:16). Este vestido, que ha llamado vuestra atención, me lo dio el Señor para cubrir mi desnudez, y lo tengo por una gran muestra de su bondad, pues antes no tenía sino harapos.

Cuando llegue a la puerta de la ciudad, Él me reconocerá como digno de entrar, por este vestido que me regaló el día en que me limpió de mi miseria. Además, llevo en la frente una señal que quizá aún no habéis notado, la cual me fue impuesta por uno de los amigos más íntimos del Señor, el día en que cayó de mis hombros el fardo que tanto me oprimía.

Y también tengo un diploma sellado, que igualmente me fue entregado, con el doble propósito de consolarme con su lectura durante la jornada y servirme de presentación para ser admitido en la Ciudad Celestial. Sospecho que todas estas cosas os harán falta, y no las tenéis porque no entrasteis por la puerta.

Ellos no respondieron a estas palabras de Cristiano; solamente se miraron el uno al otro y sonrieron. Después que los tres prosiguieron por el camino, Cristiano iba delante, hablando consigo mismo, ora triste, ora consolado y satisfecho, y leyendo de vez en cuando el diploma que había recibido y que tanto vigor le proporcionaba.

Así llegaron al pie de un desfiladero donde había una fuente, y además del camino que comenzaba en la puerta, había otros dos senderos llamados Peligro y Muerte Eterna. El camino que atravesaba el desfiladero se llamaba Dificultad. Cristiano se acercó a la fuente (Isaías 55:1), bebió y se refrescó.

Después comenzó a subir el desfiladero por el camino Dificultad, diciendo: El camino es empinado y áspero, pero conduce directamente a la vida: es preciso envidar¹ en esta empresa todo esfuerzo y decisión. ¡Ánimo, corazón mío, no te asustes ni vaciles; es mejor seguir por el camino verdadero, aunque escabroso, que tomar el más fácil, que conduce a la desgracia eterna!


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¹ Empeñar, aplicar


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Himno 30 "'Abba, Padre', aquí reunidos"

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El Peregrino, semana 2, martes, capítulo 6

EL PEREGRINO
EL VIAJE DEL CRISTIANO
A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 6

SEMANA 2 - MARTES

Leer y orar: "Pues habéis sido regenerados, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, mediante la palabra de Dios, que vive y permanece." (1 P 1:23)


Cristiano llega a la Cruz

Se le cae la carga de los hombros, es justificado,
y recibe un vestido y un diploma de adopción [filiación]¹ en la familia de Dios.

MI sueño continuaba. Vi a Cristiano marchando por un camino que, a ambos lados, estaba protegido por dos muros, llamados salvación (Isaías 26:1). Y ciertamente iba caminando con mucha dificultad, a causa de la carga que llevaba a la espalda, pero su paso era rápido y seguro; lo vi llegar a un pequeño monte, donde se alzaba una cruz, junto a la cual, y un poco más abajo, había una sepultura. Al llegar a la cruz, la carga se soltó de sus hombros al instante y, rodando, fue a caer en la sepultura, de donde jamás saldrá.

¡Cuán aliviado y jubiloso quedó Cristiano! ¡Bendito sea Aquel que, con sus sufrimientos, me dio descanso, y con su muerte me dio la vida! exclamó él, y se quedó por unos momentos, extático, al ver el gran beneficio que la cruz acababa de hacerle; miraba a un lado y al otro, lleno de asombro, hasta que su corazón se desbordó en abundantes lágrimas (Zacarías 12:10).

Lloraba, cuando delante de él aparecieron tres seres resplandecientes, que lo saludaron diciendo: Paz sea contigo. Y enseguida el primero de los tres le dijo: "Tus pecados te son perdonados" (Marcos 2:5). El segundo, despojándolo de los vestidos inmundos que llevaba, le vistió con un traje de gala (Zacarías 3:4), y el tercero, poniéndole una señal en la frente (Efesios 1:13), le entregó un diploma sellado, sobre el cual debía meditar en el camino, y entregarlo cuando llegara a la Ciudad Celestial.

Al ver todas estas cosas, Cristiano experimentó una inmensa alegría, y continuó su camino, cantando, más o menos, estas palabras:

"Siempre anduve oprimido bajo el peso de mis pecados, sin hallar alivio a mi sufrimiento hasta que llegué a este lugar. ¿Dónde estoy? ¡Oh! aquí es ciertamente el comienzo de mi bienaventuranza, ya que aquí se rompieron los lazos que ataban a mis hombros la carga que me oprimía. ¡Te saludo, oh cruz bendita! ¡Bendito seas, santo sepulcro! ¡Bendito sea para siempre Aquel que en ti fue sepultado por mis pecados!"


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¹ No existe base en las Escrituras para creer que los cristianos fueron adoptados por Dios. Dios no nos halló en un orfanato, Él nos engendró en Cristo. "Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abba, Padre!" (Gál 4:6).

"'Abba' es una palabra aramea que significa 'padre'. Después de ser regenerados, ya no somos meramente criaturas de Dios; somos Sus hijos. Como ahora hemos nacido de Dios y estamos relacionados con Él en vida, es muy normal y dulce que le llamemos 'Padre'" - Comentario de Witness Lee en la nota 2 de Ro 8:15 (Biblia versión Recobro)


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Himno "Su Justicia"

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domingo, 22 de junio de 2025

El Peregrino, semana 2, lunes, capítulo 5

EL PEREGRINO
EL VIAJE DEL CRISTIANO A LA CIUDAD CELESTIAL

CAPÍTULO 5

SEMANA 2 - LUNES

Leer y orar: "Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan." (Mateo 11:12)


Cristiano en casa del Intérprete (2)

Luego llevó a Cristiano a un lugar muy agradable, donde se alzaba un soberbio y suntuoso palacio, en cuyas almenas¹ había personas vestidas de oro; en la puerta vio una gran multitud, deseosa de entrar, al parecer, pero que no se atrevía a hacerlo.

Vio también, no muy lejos de la puerta, a un hombre sentado a una mesa, con un libro y material para escribir, el cual tenía a su cargo anotar los nombres de los que entraban. Además, vio en el atrio muchos hombres armados, guardando la entrada, listos para impedir, a toda costa, el acceso de los que pretendieran entrar.

Todas estas cosas sorprendieron a Cristiano, pero su asombro fue indescriptible al ver que, mientras todos retrocedían por temor a los hombres armados, uno, que llevaba impresa en su rostro la intrepidez, acercándose al que estaba sentado a la mesa, le dijo: Escribe allí mi nombre, y, acto seguido, con espada en mano y la cabeza protegida por un yelmo, acometió a los guardias, y a pesar de la furia con que lo recibieron, repartió con el mayor denuedo golpes y estocadas por todos lados.

Era tal su intrepidez que, aunque herido, habiendo derribado a muchos de los que desesperadamente pretendían impedirle el paso (Mateo 11:12; Hechos 14:22), abrió camino entre ellos y penetró en el palacio, con el aplauso general de las personas que desde las almenas¹ habían presenciado la lucha, las cuales lo aclamaban diciendo: Entrad, entrad, y gozaréis la gloria eterna; y, recibiéndolo después con inefable gozo, le vistieron con resplandecientes ropajes, semejantes a los que ellos llevaban.

—Comprendo perfectamente —dijo Cristiano, sonriendo—: permitid ahora que continúe mi camino.

—No —respondió el Intérprete—; aún tengo algunas cosas que mostrarte.

Y tomándole de la mano, lo llevó a una casa oscura donde había un hombre encerrado en una jaula.

Se notaba profunda tristeza en su semblante; tenía la mirada fija en el suelo, las manos cruzadas sobre el pecho, y prolongados suspiros y gemidos indicaban la aflicción que le invadía el alma. ¿Qué es esto? —exclamó Cristiano, lleno de asombro. Que él mismo te lo diga —replicó el Intérprete.

Cristiano —¿Quién eres?

Prisionero —¡Ah! Hubo un tiempo en que profesé ser cristiano, prosperaba y florecía ante mis propios ojos y los de mis semejantes (Lucas 8:13). Me creía destinado a la ciudad celestial, y esta idea me llenaba de júbilo. Ahora, sin embargo, soy una criatura desesperada, encerrado en esta jaula de hierro. ¡Quisiera salir, y...! ¡Ay de mí! ¡No puedo lograrlo!

Cristiano —¿Pero cómo llegaste a tan miserable situación?

Prisionero —Dejé de velar y de ser sobrio, solté las riendas a las pasiones, pequé contra lo que clara y terminantemente manda la Palabra y la bondad del Señor; entristecí al Espíritu Santo, y Él se retiró de mí; invoqué al diablo, y él acudió a mi llamado; provoqué la ira de Dios, y Dios me abandonó; mi corazón se endureció a tal punto que ya no puedo arrepentirme.

Cristiano —¿Y no hay remedio ni esperanza para ti? ¿Tendrás que permanecer encerrado perpetuamente en esa jaula desesperante? ¿No es infinitamente misericordioso el Bendito Hijo del Señor?

Prisionero —Ya no tengo esperanza. En mí mismo crucifiqué de nuevo² al Hijo de Dios (Hebreos 6:6), aborrecí su persona (Lucas 19:14), desprecié su justicia, profané su sangre, ultrajé al Espíritu de la Gracia (Hebreos 10:28-29), por eso me considero privado de toda esperanza, y sólo me quedan las terribles amenazas de un juicio cierto y seguro, y la perspectiva de un fuego abrasador que me devorará. Este es el estado al que me han reducido las pasiones, los placeres y los intereses mundanos, que en otro tiempo me proporcionaron gozo y deleites, pero que ahora me atormentan y me remuerden como gusanos de fuego.

Cristiano —¿Pero no puedes volver de nuevo a Dios y arrepentirte?

Prisionero —Dios me ha negado el arrepentimiento³; ya en su Palabra no hallo aliento para creer; el mismo Dios me ha encerrado en esta prisión, y de ella no podrían arrancarme todas las fuerzas humanas. ¡Oh! ¡Eternidad! ¡Eternidad! ¡Qué podría yo ganar con la miseria que me espera para siempre!

Intérprete —Cristiano, no olvides⁴ jamás la desgracia de este hombre; que ese recuerdo te sirva de advertencia y lección.

Cristiano —¡Y qué lección tan terrible! Permítame el Señor que pueda velar y ser sobrio, y que no llegue algún día a sufrir tan grande miseria. Pero repito, ¿no parece que ya es hora de continuar mi camino?

Intérprete —Aún no. Aún tengo una cosa más que mostrarte. Y, acompañado de Cristiano, entró en una casa donde había un hombre que se levantaba de la cama, y que, a medida que se iba vistiendo, estremecía y temblaba. El Intérprete no quiso explicar lo que significaba esta escena, sino que ordenó a esa persona que ella misma la explicara.

El hombre habló en estos términos: Soñé esta noche que espantosas tinieblas oscurecían todo el cielo, al mismo tiempo que el centellear de terribles relámpagos y el retumbar de los truenos me postraban en la más aflictiva agonía. Vi también espesas nubes chocar unas contra otras, impulsadas por un impetuoso huracán. Vi a un hombre sentado sobre una nube, acompañado de miríadas de seres celestiales, todos en llamas. Parecía que los cielos ardían como en un brasero, y al mismo tiempo oí la voz de una terrible trompeta, que decía: "¡Levantaos, muertos, y venid a juicio!" En ese momento vi que hasta las rocas se hendían y los sepulcros se abrían, saliendo de ellos los muertos que contenían, unos contentos, con la mirada fija en los cielos, otros avergonzados, intentando esconderse debajo de las montañas.

Vi entonces que el hombre que estaba sobre la nube abría un gran libro y mandaba que todos se acercaran a él, pero a una distancia respetuosa, como suele guardarse entre el juez y los reos que va a juzgar, pues de la nube salía fuego que a nadie le permitía acercarse (1 Corintios 15:1; 1 Tesalonicenses 4:16; Judas 14-15; Juan 5:28-29; Apocalipsis 20:11-13; Isaías 26:21; Miqueas 7:16-17; Salmo 44:1-3; Malaquías 3:2-3; Daniel 7:9-10). Y luego oí al hombre de la nube ordenar a los servidores: "Apartad la cizaña y la paja, y echadlo todo al fuego ardiente" (Mateo 3:12; 7:19; 12:30; 25:30; Malaquías 4:1). Y en ese mismo instante, exactamente al pie del lugar donde yo me encontraba, se abrió el abismo, de cuya boca salían, con horrible estruendo, espantosas columnas de fuego y brasas encendidas.

Y el hombre volvió a hablar, diciendo: "Recoged mi trigo en el granero" (Lucas 3:17), y vi entonces que muchos fueron arrebatados por las nubes, pero yo quedé donde estaba (1 Tesalonicenses 4:16-17). Buscaba un sitio donde esconderme, pero no lo encontraba, porque la mirada del juez estaba fija en mí; sentí entonces que mis pecados se agolpaban en mi memoria, y que mi conciencia me acusaba por todos lados (Romanos 2:15). Y desperté.

Cristiano —¿Y por qué te asustaste tanto al ver estas cosas?
—Porque creí que había llegado el día del juicio final, y yo no estaba preparado para él; y aún más porque vi a los ángeles arrebatar a muchos, dejándome a mí mismo al borde del abismo, mientras era atormentado por mi conciencia, el juez me miraba, y su rostro parecía lleno de indignación.

Cuando el hombre terminó de hablar, el Intérprete, dirigiéndose a Cristiano, que estaba oscilando entre la esperanza y el temor, le dijo: Graba estas cosas en tu memoria, y ojalá⁵ que ellas te sirvan de estímulo para no retroceder en el camino que vas a seguir. Parte, pues, y que te acompañe el Consolador, siendo siempre tu guía hasta la ciudad. Cristiano se puso en camino, y repetía amiudadas⁶ veces consigo mismo: Grandes y provechosas cosas acabo de ver; a pesar de terribles, son para mí de mucho valor. Quiero pensar en ellas, porque no fue en vano que me fueron enseñadas. Muy agradecido estoy al buen Intérprete, por la bondad que me ha dispensado.


________________________

¹ Almenas – Cada uno de los parapetos separados regularmente por merlones en la parte superior de las murallas de fortalezas y castillos; cortes en la cima de murallas o torres.

² Aunque la ilustración del hombre preso en la jaula está basada en el texto de Hebreos 6:1-8, ese pasaje bíblico no nos da ninguna base para creer que los cristianos puedan perder su salvación en Cristo. Este texto trata de una advertencia a los creyentes hebreos, que estaban dejándose persuadir para volver a su antigua religión judía, lo que impediría el avance en la obra de salvación del Señor en ellos. La obra de salvación de una persona que ya ha creído en el Señor Jesús puede retrasarse, pero nunca anularse, pues es irreversible (Juan 10:28-29). Con respecto a este asunto, el hermano Witness Lee hace el siguiente comentario sobre Hebreos 8:3: "Una vez salvos, los creyentes jamás pueden ser una verdadera maldición. Sin embargo, si no prosiguen para producir a Cristo, sino que se aferran a las cosas que desagradan a Dios, están cerca de la maldición que es sufrir el castigo del trato gubernamental de Dios. (Esto debe considerarse como la disciplina o el castigo referido en 12:7-8). Estar cerca de la maldición es completamente diferente de sufrir la perdición eterna, que es la verdadera maldición."

³ Reconocemos que Dios sí puede endurecer el corazón de los hombres (Éxodo 4:21; 7:3; Josué 11:20; 1 Samuel 2:25; Romanos 11:7-8), al punto de que ya no puedan arrepentirse. Pero si eso ocurre con un cristiano, significa que será reprobado para reinar con Cristo en la era venidera (el milenio) con los demás vencedores. Aunque los creyentes no se pierdan eternamente, pueden sufrir en el milenio un castigo dispensacional por sus fallas (Hebreos 10:28-29), lo que en el NT el Señor llama “llanto y crujir de dientes” (Mateo 8:12).

"No olvides" – "No te olvides"

"Ojalá" – "Espero que", "Quiera Dios que"

"Amiudadas veces" – "Repetidas veces"


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